La tarde en que descubrí mi gusto por el oral
Gracias por todos los mensajes lindos que me dejaron sobre los relatos anteriores. Varios me preguntaron lo mismo: si lo que cuento me pasó de verdad o si me lo invento. No les voy a contestar. Prefiero dejarlos con la duda, que es donde está la gracia. Pero sí me animo a confesarles otra cosa, algo más íntimo, que casi nunca cuento.
Les voy a explicar cómo descubrí que me encantaba usar la boca. Y digo «descubrir» en serio, porque no nací sabiéndolo. Me lo enseñaron. Se lo debo a dos hombres muy distintos, y de cada uno aprendí algo que todavía me acompaña. Esta vez les hablo del primero. El segundo queda para otro día.
El primero fue mi novio de aquella época. Vamos a llamarlo Bruno.
***
Por entonces yo tenía veinte años recién cumplidos y estudiaba el primer curso en la facultad. A Bruno lo conocía desde hacía tiempo, del barrio, pero ese año coincidimos en las mismas clases y todo se aceleró. Teníamos una confianza rara, de las que no se explican: nos reíamos de cualquier cosa, nos contábamos lo que nos gustaba sin filtro, sin vergüenza. Y eso, créanme, es lo que hace que el sexo funcione de verdad.
Quedábamos casi todas las semanas en su casa, con la excusa de estudiar. A veces estudiábamos. La mayoría de las veces no tanto. Cuando su madre andaba por ahí, nos encerrábamos en su cuarto y nos portábamos casi bien, entre risas y manos quietas a la fuerza. Pero los días en que ella no estaba, los libros ni se abrían.
Con Bruno también empecé a descubrir lo que me gustaba hacerlo en sitios donde podían pillarnos. Le ponía mucho ese juego, esa adrenalina de follar a escondidas, y a mí se me fue pegando sin darme cuenta. Pero de eso ya hablé en otros relatos. Esta tarde fue distinta, más tranquila, más nuestra, y sin embargo es la que mejor recuerdo.
Siempre fui de las que disfruta viendo gozar al otro. Y con las mamadas encontré mi lugar perfecto, porque puedo mirarle la cara, sentir cómo cambia su respiración, notar cada movimiento, escuchar esos sonidos que se le escapan sin querer. Hay algo de poder ahí, en saber que el tío que tenés delante depende por completo de lo que vos decidas hacer con la lengua en el próximo segundo. Nadie se me quejó nunca, así que algo bueno hago, supongo.
Aquella tarde en concreto su madre no estaba. Lo supimos apenas crucé la puerta, por cómo me miró él. Fuimos directos a su habitación, cerró con llave y nos empezamos a besar de pie, sin prisa pero sin pausa.
Sus manos me recorrían entera, de los hombros a la cintura, deteniéndose donde sabía que me derretía. Mientras nos besábamos, mi lengua jugaba con la suya, a veces despacio, a veces con hambre. Mis manos tampoco se quedaban tranquilas: le tocaba los brazos, el pecho, la espalda, y sobre todo me encantaba sentir cómo se le iba marcando el bulto contra mi cadera, esa polla que ya empezaba a ponerse dura solo de besarnos.
Empezó a desvestirme con esa torpeza linda de las ganas. Me dejó la camiseta a la altura de los ojos, tapándome la vista, y me soltó el sujetador. Con las manos y la boca fue recorriéndome las tetas, chupándome los pezones lento, mordiéndolos apenas, y yo ya notaba cómo se me humedecía el coño solo con eso.
—A este paso no aguanto y te la meto con la ropa puesta —murmuró contra mi piel.
—¿No decías que hoy querías probar algo nuevo? —contesté, medio entre risa y suspiro.
—Lo sé. Pero es que me ponés muchísimo, Marina —dijo, sin dejar de besarme el cuello—. Me dan ganas de rompértelo y ya.
—¿Como aquella tarde en el aparcamiento? —le recordé, pegándome más a él y notando su polla dura clavándoseme en el vientre—. Eso lo podemos repetir mañana. Hoy tocaba tu sorpresa.
Se quedó pensando un segundo, y se le notó que la idea de aquella otra vez también le tiraba. Pero ganó la curiosidad.
—Tenés razón —dijo—. Lo dejamos para otro día. Igual tenía muchas ganas de probar esto.
***
Me terminó de sacar la camiseta y la tiró al suelo. Me recorrió con la mirada, mordiéndose el labio, como arrepentido de no haberse dejado llevar antes. Me agarró del pantalón y las bragas a la vez y me los bajó de un solo movimiento, decidido. Cuando me quedé desnuda del todo, se agachó, me metió la cara entre las piernas y me lamió el coño de abajo hacia arriba, una vez, lento, como quien firma. Se me escapó un gemido tan largo que hasta me sorprendió a mí.
—Esto es solo un adelanto —dijo, relamiéndose—. Después vamos a por más.
Me levantó de la cintura, me besó con mi propio sabor todavía en la boca, y casi sin darme cuenta estábamos los dos sobre la cama. Se quitó la camiseta y se bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón. Cuando le vi la polla salir de golpe, dura, tiesa, con el glande hinchado y brillante, se me hizo la boca agua. Lo digo tal cual. Ya no era ganas: era hambre.
Me acomodó encima de él. Mientras una mano seguía recorriéndome la espalda y el culo, acercó la boca a mi oído, me besó justo debajo de la oreja y me lo dijo bajito, en ese tono que me desarmaba.
—Bajá. Chupámela.
Cruzamos una mirada de las que no necesitan palabras. Empecé a bajar despacio, dejando un reguero de besos por su pecho, por el abdomen, por la línea de vello que bajaba hasta la ingle, deteniéndome donde sabía que se le aceleraba todo. No tenía ninguna prisa. Me gustaba el camino tanto como el destino, y quería que él sintiera cada centímetro.
Le pasé la lengua por la parte interna del muslo, subí hasta los huevos y se los besé enteros, uno y otro, chupándolos con cuidado mientras notaba cómo la polla se le sacudía sola contra mi mejilla. Él soltó un «joder» apretado, y yo sonreí sin dejar de besarle ahí abajo.
Cuando por fin le atrapé la polla con la mano, lo hice tomándome mi tiempo, mirándolo a los ojos. Se la agarré por la base, firme, y saqué la lengua. Empecé despacio, lamiéndosela desde los huevos hasta el glande, de abajo hacia arriba, otra vez, y otra, como si fuera un helado que no me quería terminar. La rodeé con la lengua por la punta, jugueteé con el frenillo, sentí cómo le latía viva contra mi lengua. Un hilo brillante se le escapó del glande y me lo comí sin pensarlo, con una sonrisa.
—Me vas a matar, Marina... —susurró.
Me la llevé a la boca de a poco, hundiéndomela primero medio palmo, cerrando los labios apretados alrededor, chupándola con hambre. Después más, y más, hasta que la sentí pegar contra el fondo del paladar. Estaba tan cachonda que sentía que el juego se me había convertido en necesidad. Me faltaba el aire pero no quería soltarla. Mi cabeza subía y bajaba con un ritmo propio, la mano acompañando lo que no me entraba en la boca, girando en la base, y con la otra mano le acariciaba los huevos, tirándoselos suave, sopesándolos. Él apoyó la mano en mi pelo, sin empujar, solo dejándola ahí, como quien acompaña, aunque yo notaba de vez en cuando el impulso contenido de sus dedos.
En un descanso, mientras seguía masturbándosela despacio con la mano llena de saliva, levanté la vista. Un hilo de baba me caía de la boca hasta el glande.
—¿Y eso nuevo que querías probar? —pregunté, curiosa de verdad.
—No te lo puedo decir —contestó con una sonrisa pícara, agitado—. Es una sorpresa. Vos seguí chupándomela así.
Volví a lo mío, que para entonces ya era mi lugar favorito de la tarde. Escupí encima del glande para que resbalara mejor y me la volví a meter entera, apretando los labios, chupando con ganas al sacarla. Fue un buen rato, largo y sin apuro. Probaba de todo: a veces la sacaba entera y le daba lametazos anchos con toda la lengua plana, a veces me la clavaba hasta el fondo y me quedaba ahí, aguantando las arcadas, con los ojos llorosos, mientras él soltaba un gemido gutural que me hacía apretar los muslos. Le hacía saber con la mirada lo bien que me lo estaba pasando. No era un trámite. Me estaba corriendo yo también por dentro, y él lo notaba.
Me gustaba el peso de su polla en la lengua, el sabor salado que se le acentuaba, el calor de su piel, la manera en que se le cortaba la respiración cuando cambiaba el ritmo. Cada tanto la sacaba del todo y me la pasaba por la cara, por la mejilla, por los labios cerrados, solo para mirarlo, para ver esa mezcla de placer y de impaciencia que se le dibujaba, y después me la volvía a meter de golpe hasta atrás. Era como un juego en el que yo llevaba el mando, y él me dejaba llevarlo encantado.
***
En cierto momento sentí que su mano cambiaba. No empujaba, pero tampoco me dejaba alejarme. Me mantenía justo ahí, con la polla clavada bien adentro de la boca. Lo escuché gemir un poco más fuerte, sentí cómo se le tensaban los muslos, cómo se le hinchaba aún más la verga entre mis labios, y entonces pasó.
Un calor repentino, espeso, me llenó la boca. La primera corrida salió tan fuerte que la sentí chocar contra el paladar, contra la garganta, sin aviso. Y después otra, y otra más, cada chorro de semen caliente inundándome la lengua, llenándome hasta que casi se me escapaba por las comisuras. Era la primera vez que un tío me terminaba dentro de la boca. El sabor lo conocía de pasada, de habérselo probado con la punta de la lengua otras veces, pero nunca así, nunca de golpe, nunca la corrida entera y por entero.
Y ahí estaba yo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, la boca llena de leche, sin saber muy bien qué hacer. Lo gracioso es que, en lugar de asustarme, se me encendió todo por dentro. Sentí un latigazo en el coño, se me apretó sola, y noté que estaba empapada. No pude evitar jugar un poco antes de levantar la cabeza. La solté con los labios cerrados apretados, dejándola caer todavía dura y goteando contra su vientre, y lo miré a los ojos, aguantándole la corrida en la boca sin tragar.
—Hmmm, qué bien lo hiciste... —dijo él, agitado, con el pecho subiéndole y bajándole—. No me mires así. Esa era la sorpresa. Quería correrme en tu boca sin avisarte, a ver cómo reaccionabas. Y me encantó tu cara con toda mi leche dentro. Eso, y... a ver si te animás a tragártela entera. Decime qué te parece.
Yo, en ese punto, estaba demasiado cachonda para pensarlo mucho. Así que lo hice. Le abrí la boca un segundo para que viera todo lo que me había soltado dentro, cómo la lengua nadaba en su semen, y después cerré los labios y tragué. Tragué tanto como pude de una vez, sintiendo el calor bajarme por la garganta, espeso, salado, y después rematé pasando la lengua por los labios, recogiendo lo que se me había escapado, sin dejar de mirarlo. Le lamí la punta de la polla, todavía sensible, chupándole la última gota que le quedaba en el glande.
—¿Y? ¿Qué tal? —preguntó, con una mezcla de nervios y orgullo.
—¿La verdad? —dije, todavía con el corazón a mil y el sabor de él en toda la boca—. Ni tan mal. Bastante mejor de lo que esperaba. Podría acostumbrarme a esto. —Hice una pausa y agregué—: Aunque sos un caradura por no avisarme, casi me atraganto con toda la corrida de golpe.
—Sos increíble, Marina —contestó, riéndose—. Cada vez me gustás más. Tranquila, que dudo que la próxima te avise. —Me guiñó un ojo, y me pasó el pulgar por la comisura del labio, recogiendo una gota que se me había escapado, y me lo metió en la boca para que se lo chupara—. Y todavía nos queda tarde por delante. Ahora me toca a mí comerte ese coño hasta que me pidas por favor que pare.
***
El relato termina ahí, aunque les confieso que Bruno cumplió lo prometido y me tuvo un buen rato más abierta de piernas, lamiéndome el coño hasta hacerme correr dos veces seguidas antes de metérmela otra vez, y esa parte me la guardo. Lo que quería contarles era justo eso: la primera vez que me tragué una corrida entera y la sensación tan rara y tan caliente de descubrir algo nuevo de una misma.
Porque eso fue lo que pasó, en el fondo. No fue solo una mamada. Fue darme cuenta de que había una parte de mí que no conocía, una que disfrutaba con esa entrega, con esa cercanía, con ver al otro perder el control por algo que yo le daba con la boca. Le tomé el gusto rápido. Y con el tiempo ese gusto creció, se afinó, se volvió otra cosa. Pero eso, de verdad, ya es material para otro relato.
Como les dije al principio, el segundo me lo enseñó un hombre muy distinto, mayor que yo, con otra paciencia y otras mañas. De él aprendí a chupar de otra manera, con cosas que con Bruno ni se me habían cruzado por la cabeza. Pero esa es otra historia, y se la debo a otra tarde.
Espero que les haya gustado esta confesión. Hasta la próxima.





