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Relatos Ardientes

La tarde que mi mejor amiga me confesó su fantasía

Me llamo Nuria y todavía me cuesta contar esto sin que se me acelere el pulso. Tenía poco más de veinte años cuando pasó, y sigo siendo la misma morena de piernas duras y manía por el gimnasio que era entonces. No ha cambiado gran cosa en mí, salvo lo que aprendí aquel fin de semana.

Era un sábado por la tarde, de esos que se estiran sin prisa. Estaba tirada en mi cama con un libro abierto sobre el pecho, sabiendo que en algún momento tenía que levantarme e ir a entrenar. Mis padres habían salido a tomar algo con unos amigos y la casa estaba en silencio.

Sonó el timbre. Era Vanesa, que venía a verme sin avisar, como hacía siempre.

Nos sentamos en la cocina con un café entre las manos. No tardó ni dos sorbos en sacar el teléfono y empezar a pasarme fotos de chicos, una detrás de otra, con una sonrisa que yo le conocía bien y que nunca anunciaba nada tranquilo.

—¿Y estos quiénes son? —pregunté.

—¿Te acuerdas que te dije que iba a apuntarme a esa aplicación, a Deseos? —respondió.

—Algo me sonaba.

—Me apunté hace un par de semanas.

—¿Y estos son tus contactos? —insistí, pasando el dedo por la pantalla.

—Si quieres saber la verdad —dijo bajando la voz, aunque no había nadie más en casa—, estos son los tres con los que me he acostado gracias a la página.

Y me lo contó todo, sin filtro, como siempre que algo le quemaba por dentro. Los dos primeros eran de Sevilla, chicos normales que había conocido una noche cualquiera. El tercero, en cambio, era un tipo de paso por la ciudad, un viajero que recorría capitales solo para conocer mujeres a través de la aplicación.

—Andaba con sus análisis encima —siguió Vanesa, y por su tono no supe si me estaba presumiendo o advirtiendo—. Se hace pruebas para acostarse con desconocidas sin tener que dar explicaciones. Yo me las había hecho un mes antes con Hugo, así que…

—Espera —la corté—. ¿Te acostaste con ese tío sin nada?

—Dos veces —dijo, y la sonrisa se le ensanchó—. En su habitación de hotel.

Me quedé mirándola sin saber qué decir. Vanesa siempre había sido la valiente de las dos, la que se tiraba a la piscina sin medir el agua, y yo la que la miraba desde el borde calculando la caída.

—Me dijo una cosa que no se me ha ido de la cabeza —continuó—. Que hay que vivir las fantasías hasta el final, sin dejarlas a medias. Y creo que tiene razón.

Empezó entonces uno de sus pequeños discursos. Aquel hombre la había convencido de hacer una especie de examen de conciencia, de sentarse a pensar de verdad qué deseos quería cumplir antes que ningún otro. Y ella lo había hecho.

—¿Y a qué conclusión llegaste? —pregunté, más por inercia que por valentía.

Dejó la taza sobre la mesa, despacio, y me clavó los ojos.

—Me gustaría tener una experiencia con una chica. Preferiblemente contigo.

Lo dijo así, sin rodeos, como quien comenta el tiempo. Yo solté el aire de golpe.

—¿Conmigo? —repetí, y la voz me salió más aguda de lo que quería—. ¿En serio?

—No estoy bromeando —contestó sin parpadear—. Me gustaría que nos acostáramos.

Me quedé sin respiración, con la taza a medio camino de la boca. Pensé que había terminado, que esa era toda la confesión, pero Vanesa todavía guardaba la mitad.

—Y hay algo más —añadió—. También me gustaría que lo hiciéramos con un chico. Solo nosotras dos y él.

No supe qué responder. Me levanté de la silla y empecé a dar vueltas por la cocina, delante de ella, con los brazos cruzados. Me paraba, la miraba en silencio, y volvía a caminar con la vista clavada en las baldosas del suelo. Tenía demasiadas cosas dándome vueltas a la vez: lo que sentía, lo que se suponía que debía sentir, el miedo y, debajo de todo, una curiosidad que no me atrevía a nombrar.

Mi padre siempre dice que, cuando uno tiene varias decisiones difíciles delante, lo peor es quedarse paralizado. Que hay que elegir un camino y avanzar.

Me detuve. Volví hasta la mesa y le tomé la mano.

—Ven —le dije—. Vamos a ducharnos.

***

El agua caliente empañó el espejo del baño en cuestión de segundos. Nos metimos juntas bajo la ducha y, al principio, ninguna de las dos se movió. Solo el ruido del agua y nuestras respiraciones. Después fue ella quien me puso la mano en la cintura, y yo respondí pasándole los dedos por la espalda mojada.

—Solo sexo, ¿estamos de acuerdo? —dije, buscando sus ojos a través del vapor.

—Solo sexo —repitió—. Tengo a Hugo, con eso me basta. Esto es otra cosa.

—¿Y la fantasía del trío también la quieres con él? —pregunté.

—No, no —negó enseguida—. A Hugo lo dejo fuera de esto. Para eso buscaré a otro.

No hablamos más. Cerramos el grifo, salimos dejando un rastro de huellas húmedas por el pasillo y nos tiramos en mi cama. Lo que vino después no tenía nada de ensayado. Nos buscamos torpes y curiosas, descubriéndonos como si lleváramos toda la vida posponiéndolo. Pasamos la tarde entera dándonos placer, perdiendo la cuenta de las veces, riéndonos entre medias de lo absurdo y lo bueno que era todo a la vez.

Mis padres llegaron apenas diez minutos después de que termináramos de vestirnos. Diez minutos de margen entre dos mundos.

Mi padre, encantado de verla, invitó a Vanesa a quedarse a cenar. En la mesa le preguntó qué habíamos hecho toda la tarde.

—Cosas de chicas —respondió ella con una autoridad tan natural que zanjó el asunto en el acto.

Cenamos los cuatro, y antes de marcharse Vanesa subió un rato a mi habitación con la excusa de despedirse.

—Mañana por la mañana he quedado con el de la aplicación, el viajero —me dijo desde la puerta—. ¿Te vienes?

No supe contestarle. Le pedí la dirección y la hora, las anoté, pero no prometí nada. Ella se encogió de hombros, como diciéndome que la decisión era mía, y se fue.

***

El domingo a las once de la mañana estaba plantada frente a la puerta de una habitación de hotel. Me había puesto una minifalda negra de cuero, un top blanco de tirantes que sabía que me quedaba bien y una mochila pequeña colgada del hombro. Llevaba un rato discutiendo conmigo misma en el pasillo antes de decidirme a llamar.

Toqué. Esperaba que abriera Vanesa.

El que abrió fue un hombre, en albornoz, con el pelo aún húmedo. Me sorprendí tanto que di medio paso atrás.

—Tú debes de ser Nuria —dijo con una sonrisa tranquila—. Vanesa me avisó de que igual llegabas antes que ella.

—Sí, soy yo —contesté, todavía descolocada.

Me invitó a pasar con un gesto y, sin que yo dijera nada, pareció leerme la incomodidad en la cara.

—No hay ningún misterio aquí —dijo cerrando la puerta—. Los dos sabemos por qué estamos hoy en esta habitación. Vanesa llegará en nada. ¿Quieres que tomemos algo y nos conozcamos un rato, o prefieres que vayamos directos al grano?

Me sorprendió la facilidad con la que respondí.

—La verdad, prefiero que vayamos al grano.

No hizo falta nada más. Me tomó de la mano, me tumbó con cuidado en la cama, me bajó la ropa interior y empezó a recorrerme con la boca despacio, sin prisa, como si tuviéramos toda la mañana por delante. Lo dejé hacer. A los pocos minutos ya estaba empapada y había olvidado por completo el pasillo y mis dudas.

Se levantó, lanzó el albornoz a una silla y me ayudó a incorporarme para terminar de desnudarme. Me quedé de pie frente a él, completamente desnuda delante de un hombre al que diez minutos antes solo había visto en las fotos del teléfono de mi amiga. No sabía su nombre. No le pregunté. Me alzó como si no pesara nada, me dejó caer sobre el colchón y se metió entre mis piernas.

Nos besamos mientras se movía dentro de mí, y me corrí antes de lo que jamás me había pasado con nadie. No sé si fue él, o la situación, o saber que en cualquier momento llamarían a la puerta. Probablemente todo a la vez.

Y llamaron.

Él se levantó, se anudó el albornoz y fue a abrir. Era Vanesa, claro. La hizo pasar y ella me encontró desnuda sobre la cama, con las piernas todavía abiertas, atrapada aún en el final del orgasmo.

—Se acaba de correr —dijo él, como quien da un parte.

—¿A qué hora has llegado? —me preguntó Vanesa, mirándome entre divertida y picada.

No le respondí. No me salían las palabras.

—Llegó a las once —contestó él por mí.

—¡Quince minutos! —exclamó ella, incrédula—. ¡Quince minutos y ya estás así!

—Es el efecto de la fantasía —dijo él, encogiéndose de hombros—. Cuando llevas semanas pensando algo, el cuerpo ya viene preparado.

Poco a poco recuperé la voz y algo parecido a la compostura. Me incorporé sobre los codos.

—¿No habíamos quedado en que esto era un trío? —pregunté.

—Dejadme que os enseñe cómo se hace —respondió él, y por primera vez entendí por qué a Vanesa le había impresionado tanto.

Nos fue guiando con una calma que no parecía premeditada y sin embargo lo era. Supo dosificar todo. En un momento yo le ponía picante a lo que pasaba entre Vanesa y yo; al siguiente era ella la que sobraba y volvía cuando él decidía; después la de más era yo, mirándolos desde un costado hasta que me reclamaban. A ratos éramos dos y uno, a ratos los tres a la vez, enredados sin saber muy bien de quién era cada mano. Nos llevó por los rincones de algo que ninguna de las dos había probado y que él parecía conocer de memoria.

Se nos olvidó comer. Hacia las cinco de la tarde los tres estábamos agotados, muertos de hambre y de calor, tirados en una cama deshecha que olía a sudor y a hotel.

Pedimos algo para reponer fuerzas. Mientras comíamos, le pregunté si seguiríamos después del descanso.

—No puedo —dijo limpiándose las manos—. Tengo otra cita esta noche. Una chica nueva, que no conozco de nada.

Nos enseñó el perfil en el teléfono. También estaba para parar el tráfico.

—¿Siempre conoces chicas así de guapas? —pregunté, mitad en broma, mitad picada—. ¿Como nosotras?

—Solo hago match con chicas que me gustan —contestó sin pizca de modestia—. Y busco a las que se cuidan, las que se hacen sus pruebas. Por eso vosotras dos sois una excepción.

—Habla por ti —saltó Vanesa, riéndose—. Yo soy usuaria habitual.

—Tú eres excepcional por otra cosa —le dijo él—. Por haber traído a tu amiga. Eso no lo hace casi nadie.

Le pedí, por curiosidad, que me enseñara fotos de otras mujeres con las que había estado. Las fue pasando una a una, y cada cual me parecía más guapa que la anterior.

—¿Con cuántas quedas por viaje? —pregunté.

—Una al día, de media —respondió como si hablara del clima—. Me muevo por los barrios buenos. Allí las chicas salen buscando al hombre rico, pero muchas veces se conforman con el chico guapo que tienen delante.

Miré a Vanesa de reojo.

—¿Eso es lo que hacías tú? —le pregunté.

—No —contestó ella—. Yo lo conocí desde casa, tranquila en el sofá.

—Eso es un error —intervino él—. Para este juego hay que irse lejos de casa. Donde nadie te conozca, donde nadie pueda contar nada después.

Con ese consejo, medio en serio medio en broma, nos despedimos. Recogimos nuestras cosas, nos vestimos y salimos al pasillo del hotel todavía con el calor del día pegado a la piel.

Nunca lo volvimos a ver. Ni siquiera supe cómo se llamaba. Vanesa tampoco lo recuerda, o dice que no lo recuerda, que para el caso es lo mismo. A veces, cuando nos vemos y nos quedamos calladas, sé que las dos estamos pensando en esa habitación. Y ninguna lo dice en voz alta, igual que aquella tarde en la cocina: cosas de chicas.

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Comentarios (6)

MaraLectura

increible, me tuvo enganchada desde la primera linea!!!

LuciaMdeo

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esto.

RodroCba

me recordo a una situacion parecida que yo vivi hace años. Esas conversaciones que te cambian todo de golpe. Muy bien escrito, se siente autentico.

Pipe_2021

Lo que mas me gusto es como esta narrado, sin rodeos pero sin ser crudo. Se nota que hay algo de real en esto.

KikaRosario

uff ese momento en la cocina... no me lo esperaba jaja tremendo

LorenzitoBA

Excelente relato, de los mejores que lei en esta categoria. Seguí así!

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