La pareja del chat me dejó dirigir cada paso
Era una tarde muerta de jueves, de esas en las que uno no espera nada, y entré al chat de parejas más por costumbre que por ganas. No buscaba conversación seria. Solo quería pasar el rato leyendo los mismos nicks de siempre, los mismos mensajes que nunca llegan a ningún lado.
Entonces apareció uno que no había visto antes: «losdosjuntos». Algo en el nombre me hizo abrir un privado. Resultó ser una pareja, él de treinta y cuatro, ella de veintisiete. Damián y Carla. Al principio fui frío, convencido de que terminaría como todas las charlas del chat, en nada o en un silencio incómodo. Pero fuimos congeniando despacio, palabra a palabra, hasta que la conversación dejó de parecer un trámite.
Me contaron que apenas tenían experiencia. Su única aventura había sido tibia: la concertaron por una aplicación de citas buscando algo cuckold, con Damián en el papel sumiso, pero el hombre que conocieron solo quería follarse a Carla y se desentendió del resto. Por eso buscaban una segunda oportunidad, una donde Damián pudiera ejercer de verdad su rol de sumiso al servicio del otro. Me lo dijeron sin rodeos, y yo les respondí que por mi parte, encantado.
Escribía sobre todo Damián, aunque cada tanto el tono cambiaba y era ella la que tomaba el teclado. Se notaba en las frases: las de él, prudentes, midiendo cada palabra; las de ella, directas, casi descaradas. Esa diferencia me gustó. Me dejaba claro quién mandaba de los dos cuando se apagaba la pantalla, y por qué necesitaban a alguien que invirtiera ese orden.
—¿Qué es lo que más te asusta de quedar conmigo? —le pregunté a Damián en un momento de la charla.
—Que me guste demasiado —escribió, y tardó un rato largo en mandarlo.
Tras un buen rato intentando conocernos, llegó el examen final: el intercambio de fotos. Ese momento que decide si hay química o si todo se desinfla. Me mandaron una foto de los dos en una playa del sur, de noche, y el resultado me convenció enseguida. Carla era una morena de tetas generosas, con un escote que la camiseta ajustada apenas contenía y una falda corta que prometía. Damián, por su parte, era un chico que de no estar con ella esa noche no habría tenido problema para encontrar compañía: castaño, cuidado, con un aire claramente metrosexual. La foto que les envié también pasó la prueba, y les gustó saber que yo tenía cincuenta y cuatro años, veintisiete más que ella.
Les esbocé un plan para el día siguiente. Quedaríamos a mediodía en un gran centro comercial de la zona norte, montaríamos algunas escenas dentro de la tienda y después nos trasladaríamos a un hotel de paso, de los que se reservan por horas, en un pueblo cercano.
—¿Y si nos echan? —preguntó Carla por el chat.
—No nos van a echar. Vosotros hacéis lo que yo diga y dejáis el resto de mi cuenta.
Hubo un silencio largo del otro lado. Después llegó un simple «de acuerdo» de los dos, y supe que vendrían.
***
Al día siguiente me planté allí a la hora acordada, las doce, en la sección de lencería. Pero antes pasé por una tienda erótica del propio centro para comprar un plug anal con control remoto. Lo guardé en el bolsillo y fui a buscarlos. Los reconocí al instante, plantados entre los maniquíes, mirando a todos lados con esa rigidez que delata a quien no sabe dónde meter las manos.
Nos saludamos con frialdad. Los primeros minutos siempre son los peores, cuando el deseo todavía no ha derretido la vergüenza. Les pregunté si estaban preparados para seguir mis instrucciones al pie de la letra. Ambos asintieron con una risa nerviosa, esa que se escapa cuando uno ya ha decidido pero todavía no se atreve a creérselo.
Mi primera orden fue para Damián. Le dije que cogiera una prenda cualquiera para tener la excusa de entrar al probador, y le entregué el paquete con el plug.
—¿Qué es esto? —preguntó, sopesándolo en la mano.
—Un plug. Te lo metes hasta el fondo del culo antes de salir. Y no se te ocurra sacártelo hasta que yo lo diga.
Se puso rojo, tragó saliva, y asintió sin devolverme la mirada. Eligió unos pantalones y se encaminó hacia los probadores. Pero antes de que se alejara lo detuve.
—Espera. Mírame.
Agarré a Carla por el cuello y le metí la lengua hasta la garganta delante de su cara. Ella reaccionó con frialdad al principio, tensa, casi sin responder. Y de pronto algo cambió. Fue ella la que empezó a empujar la lengua, la que me sujetó la nuca, la que se entregó como si el resto de la tienda hubiera dejado de existir. Aproveché para meterle la mano por debajo de la falda y comprobar que ya tenía las bragas empapadas. Le pellizqué un pezón por encima de la camiseta hasta que se le escapó un gemido bajo. A unos metros, una señora de aspecto pudiente que llevaba un rato curioseando entre las perchas nos miraba de reojo, imagino que sin terminar de creer lo que veía. A Damián se le cayeron los pantalones que llevaba en la mano; los recogió sin decir nada y siguió su camino, con el paquete del plug apretado contra el pecho.
Solté a Carla y dejé que Damián se perdiera por el pasillo de los probadores. Entonces me la llevé a la zona de lencería.
—Coge ropa. Para ti y para él.
Ella iba descolgando conjuntos y me los enseñaba; yo aprobaba o descartaba con un gesto mientras empezaba a tocarla sin disimulo, una mano en la cadera, los dedos rozando el borde de la falda y colándose por debajo hasta encontrar de nuevo la humedad entre sus piernas. Le froté el coño por encima de las bragas con dos dedos, despacio, y noté cómo se le doblaban un poco las rodillas mientras fingía leer una etiqueta. Elegimos lo mismo para los dos: sujetador, braguitas y liguero, todo de una tela elástica mínima que dejaba poco a la imaginación. Saber que aquella lencería terminaría sobre el cuerpo de Damián, apretándole la polla dentro de las braguitas, me ponía tanto como sobre el de ella.
A lo lejos vimos salir a Damián del probador. Saqué el móvil, abrí la aplicación del plug y lo activé. Lo vimos retorcerse en medio del pasillo, sujetarse al marco de una puerta, disimular como pudo. Carla se rió por lo bajo, y yo aproveché para girarla, apretarla contra una columna y besarla otra vez, esta vez con ella ya completamente entregada, restregándome el paquete contra el vientre.
Cuando Damián llegó hasta nosotros, con la cara descompuesta y una mancha de sudor en el cuello de la camisa, le dije a Carla que cogiera cualquier cosa para probarse. Ella le dejó la lencería a él en los brazos y me siguió hasta un probador libre.
***
Dentro no quería preámbulos. Eché el pestillo, me bajé los pantalones de un tirón y la polla saltó ya dura, apuntándole a la cara. Le agarré del pelo y la empujé al suelo.
—De rodillas. Sácamela toda con la boca.
Carla se arrodilló sin rechistar, me cogió la verga con las dos manos y se la metió entera de una sola vez, hasta que noté la punta chocando contra el fondo de su garganta. Le pedí su móvil y abrí una videollamada con Damián para que lo viera todo en directo. Con la otra mano manejaba el plug desde mi teléfono.
—Pon el volumen al máximo —le dije a él por la cámara—. Quiero que la gente que tienes alrededor oiga cómo se la come tu mujer.
Carla chupaba con un descaro que me sorprendió, sin medias tintas, mirándome desde abajo cada pocos segundos. Se sacaba la polla de la boca con un chasquido y me lamía los huevos uno a uno, luego los cogía enteros con la lengua y me los ensalivaba mientras me pajeaba con la muñeca girando. Volvía a subir, se metía el capullo hasta la campanilla y bajaba despacio, tragándome centímetro a centímetro, sin apartar los ojos ni un segundo. Me babeaba la polla entera hasta que el semen previo y su propia saliva le chorreaban por la barbilla, le colgaban en hilos hasta el escote y le mojaban la camiseta pegándosela a las tetas. El probador era estrecho, las luces blancas pegaban fuerte sobre el espejo, y el único sonido era el ruido húmedo de su boca engulléndome y mi respiración cada vez más entrecortada. Subí la intensidad del plug poco a poco, imaginando a Damián al otro lado del pasillo, con el culo lleno vibrándole, sosteniendo la pantalla con la mano temblando y la polla marcándosele por dentro del pantalón.
—Escúpela y frótatela por la cara —le ordené.
Ella obedeció al instante. Se sacó la polla, la sujetó por la base y se la pasó por las mejillas, por los labios, por la frente, dejándose un brillo de saliva por toda la cara. Después abrió la boca y sacó la lengua para que le apoyara la punta encima y golpearle con ella los dientes, chac, chac, chac, mientras la cámara del móvil enfocaba el espectáculo.
De vez en cuando giraba el teléfono de Carla hacia el espejo, para que Damián se viera a sí mismo reflejado en la cámara mientras espiaba. Quería que entendiera el papel que ocupaba: ni dentro ni fuera, solo mirando, esperando una orden, con el plug clavado en el culo recordándole quién mandaba. Por el altavoz me llegaba su respiración acelerada y, de fondo, el murmullo del centro comercial, voces de gente que pasaba a pocos metros sin sospechar nada.
—Levántate. Apoya las manos en el espejo y sepárate las piernas —le dije.
Se puso de pie, se subió la falda hasta la cintura y se bajó las bragas hasta los tobillos. El coño le brillaba, hinchado, con los labios abiertos y un hilo de flujo que le bajaba por la cara interna del muslo. Le metí dos dedos de golpe y ella soltó un gemido que tuvo que ahogar mordiéndose el brazo. La follé con la mano un buen rato, in y out, sacando los dedos empapados y volviéndoselos a meter, mientras con el pulgar le apretaba el clítoris en círculos. Con la otra mano sostenía el móvil enfocando el reflejo entero en el espejo: su cara desencajada, su culo apretado, mis dedos entrando y saliendo brillantes, todo en directo para Damián.
—Dile lo que estás haciendo —le ordené sin dejar de moverle los dedos dentro.
Ella levantó la cara un segundo, con los labios brillantes y una mueca de placer, y habló hacia la pantalla con la voz rota.
—Me está metiendo los dedos, cariño… hasta el fondo… me está poniendo el coño chorreando… y ahora me va a follar mientras tú miras como un buen chico.
Saqué los dedos y se los pasé por la boca para que se los limpiara. Después me coloqué detrás, me sujeté la polla y se la metí entera de una sola embestida. Carla soltó un grito que se le quedó atragantado en la garganta. Empecé a follármela contra el espejo, cogido a sus caderas, sacándola casi entera y volviéndola a clavar hasta los huevos. Cada golpe le rebotaban las tetas dentro del sujetador y sus manos dejaban marcas de vaho sobre el cristal. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo retumbaba en aquel probador diminuto, y yo rezaba porque nadie del pasillo se acercara demasiado. Le tapé la boca con una mano para ahogarle los gemidos y con la otra seguí grabando desde el móvil, enfocando el punto donde mi polla entraba y salía embadurnada de sus jugos.
—Ábrete el coño con los dedos —le susurré al oído sin dejar de embestirla—. Que Damián vea bien cómo entra.
Ella bajó una mano y se separó los labios del coño con dos dedos en uve mientras yo me la seguía metiendo. La cámara pilló el detalle en primer plano: el vello recortado, los labios estirados, mi polla desapareciendo dentro con un ruido pegajoso cada vez. Al otro lado del pasillo, oía a Damián respirar como un perro.
La saqué justo antes de correrme, la giré de nuevo y le empujé la cabeza hacia abajo.
—Abre la boca. Saca la lengua.
Cuando ya no aguantaba más, me pajeé dos veces sobre su cara y me corrí a chorros. El primero le cayó cruzándole la frente hasta el mentón, el segundo le llenó la boca abierta, el tercero le manchó la mejilla y le colgó en un hilo espeso desde la nariz. No la avisé; viendo lo lanzada que era, no hacía falta. Pero sí le di una orden.
—No tragues. Aguántalo en la boca hasta que yo diga. Y no te limpies la cara.
Ella asintió con los labios cerrados, los ojos brillantes, la lengua asomando llena de semen. La ayudé a levantarse, le subí las bragas empapadas, le bajé la falda y le arreglé el pelo lo justo para que pareciera que solo se había estado probando algo. Nos recompusimos la ropa, salí yo primero y la dejé seguirme un par de pasos por detrás, con la cara todavía brillante y un hilo blanco escapándosele por la comisura.
Damián esperaba cerca de la entrada de los probadores, fingiendo mirar una estantería que no le interesaba. Tenía la cara roja y la polla marcada por debajo del pantalón. Le hice una seña a Carla.
—Ve y dale un beso. Pásaselo todo. Y no dejes que escupa nada.
Ella se acercó, le sujetó la nuca con las dos manos y le plantó la boca encima, obligándolo a abrir. Vi cómo Damián se rendía, cómo separaba los labios y aceptaba el semen que ella le empujaba con la lengua, cómo se le escurría un poco por la comisura y Carla se lo recogía con el dedo para volvérselo a meter en la boca. Le lamió la barbilla, le limpió las mejillas manchadas con su propia lengua, y le fue pasando pegote a pegote toda mi corrida hasta que no le quedó nada en la cara.
—Tómalo todo, mi amor —le susurró—. Es de nuestro hombre. Trágalo despacio para que lo sientas bajar.
En ese instante subí el plug a su máxima potencia. Damián se tensó entero, cerró los ojos, se agarró al brazo de Carla y supe por su cara que se estaba corriendo allí mismo, vestido, en medio de la tienda, con el culo vibrándole y mi semen aún resbalándole por la garganta. Vi cómo se le formaba una mancha oscura por delante del pantalón, cómo se le doblaban las piernas un segundo y cómo Carla tenía que sujetarlo por la cintura para que no se cayera de rodillas. La señora de antes ya se había marchado, pero el subidón de saber que cualquiera podía aparecer por el pasillo nos dejó a los tres temblando.
***
Nos quedamos los tres en silencio un momento, recuperando el aliento entre las perchas, con esa risa contenida de quien acaba de hacer algo que no debería. Carla se atusaba el pelo y se pasaba el dorso de la mano por la boca; Damián respiraba hondo con la frente perlada de sudor y la mancha del pantalón asomándole por debajo del faldón de la camisa, que se apresuró a estirar; y yo guardaba el móvil como si no acabara de pasar nada, con la polla aún medio dura marcándose por dentro del bolsillo.
—¿Vamos? —pregunté.
Ninguno de los dos contestó con palabras. Carla me cogió de un brazo, Damián recogió la bolsa con la lencería que aún no habíamos pagado y la dejó en una caja al salir, y nos encaminamos hacia el aparcamiento. La tarde apenas empezaba, y lo mejor del plan todavía nos esperaba en una habitación reservada por horas, a quince minutos de allí, con el plug todavía metido en el culo de Damián y las bragas de Carla empapadas de mi semen y sus propios flujos.
Pero eso ya es otra escena. Y esa la cuento otro día.