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Relatos Ardientes

Le pedí a mis amigos algo que ningún marido pediría

Me llamo Andrés y esto pasó hace unos años, cuando todavía creía que la vida tenía un orden y que las cosas salían como uno las planeaba. Estaba casado con Marisol desde los veinticinco. La conocí muy joven, nos hicimos novios casi de inmediato y nos casamos apenas dos años después. Ella era morena, de pelo negro hasta la espalda, no muy alta, con un cuerpo que todavía hoy me cuesta describir sin sonar como un idiota enamorado.

Siempre habíamos querido ser padres, pero con calma. Primero la casa, después los negocios, después la estabilidad. Hicimos todo bien, en el orden correcto, como dos personas responsables. Cuando por fin nos sentimos preparados, dejamos los cuidados y empezamos a buscarlo en serio.

Pasaron los meses y no llegaba nada.

Al principio lo tomamos con humor. Después con paciencia. Después con esa ansiedad callada que no se dice en voz alta. Nos hicimos unos estudios pensando que era un trámite, una formalidad para quedarnos tranquilos.

El estéril era yo.

No hay manera elegante de contar ese momento. El médico hablaba y yo veía cómo se le movían los labios sin entender del todo lo que decía. Marisol me apretaba la mano debajo de la mesa. Salimos de ahí en silencio y manejamos hasta casa sin decir una palabra, cada uno mirando por su ventana.

Los días siguientes fueron los peores de nuestro matrimonio. No nos peleábamos, que habría sido más sano. Simplemente no hablábamos. Comíamos frente a la televisión, nos acostábamos dándonos la espalda y fingíamos dormir.

Una noche, por fin, me animé.

—Perdoname —le dije en la oscuridad—. Sé cuánto querías esto.

—No es tu culpa, Andrés.

—¿Y si adoptamos?

Se quedó callada un rato largo.

—Yo quiero pasar por el embarazo —dijo al fin—. Quiero sentirlo crecer dentro de mí. Si no puede ser así, prefiero no ser madre.

Mencionó la inseminación, un banco, un donante anónimo. La idea de que mi hijo viniera de un tubo de ensayo, del semen de un desconocido al que jamás le vería la cara, me revolvía algo por dentro que no supe nombrar en ese momento. Y entonces, sin pensarlo del todo, dije la frase que lo cambió todo.

—¿Y si se lo pedimos a Diego o a Tomás?

Marisol giró la cabeza despacio sobre la almohada.

—¿Para qué? Si no querés un banco.

—Pues como se hacen los hijos de verdad. Naturalmente.

—¿Estás hablando en serio? ¿Dejarías que uno de tus amigos se acueste conmigo?

Lo dijo con la voz quebrada, mitad escándalo, mitad otra cosa. Y yo, que esperaba sentir rabia o asco solo de imaginarlo, sentí en cambio una calma rara, casi un alivio.

—Si es para darte un hijo, sí. Los conozco de toda la vida. Confío en ellos más que en nadie.

No me contestó. Pero esa noche, por primera vez en semanas, nos dormimos abrazados.

***

Diego y Tomás eran mis amigos desde el colegio. Habíamos crecido juntos, nos habíamos emborrachado juntos, nos habíamos sostenido en cada cosa fea que da la vida. Si había alguien en el mundo en quien yo pudiera confiar algo así, eran ellos.

Los cité en un bar. Pedimos un par de cervezas y dejé que la conversación fluyera hasta que junté el valor.

—Les tengo que pedir algo —solté—. Algo grande.

—Te pusiste serio de golpe —dijo Tomás.

—Soy estéril.

Diego dejó la botella sobre la mesa. Tomás me miró sin saber qué decir.

—Lo siento, hermano —murmuró Diego al fin—. Sé lo que significaba para ustedes.

—Por eso vine. Necesito que uno de ustedes embarace a Marisol.

El silencio que siguió fue tan denso que se oyó la música del fondo, una canción vieja que ninguno de los tres habría puesto.

—Andrés... —empezó Tomás.

—Ya lo hablé con ella. Estamos seguros. No me malinterpreten, no es un capricho. Es lo único que nos queda y quiero que el padre sea alguien a quien quiera, no un número de catálogo.

—¿Y si te ofrecemos plata para un tratamiento mejor? —probó Diego.

—No es de plata. Es esto o nada.

Se miraron entre ellos. Esa mirada que tienen los amigos viejos y que dice más que cualquier discurso.

—¿Sabés qué? —dijo Tomás—. Si lo pensás bien, mejor que lo intentemos los dos. El doble de posibilidades.

Me reí sin ganas, con los ojos llenos de lágrimas.

—Gracias. En serio. No saben lo que esto significa.

***

Le escribí a Marisol que habían aceptado. Cuando llegamos a casa, ella nos esperaba con una pollera corta y una blusa que dejaba poco a la imaginación. Estaba nerviosa, lo notaba en cómo se reía de cualquier cosa, en cómo le temblaba un poco la mano cuando nos sirvió algo de tomar.

Nos sentamos en el living e hicimos un esfuerzo absurdo por conversar de cualquier cosa, como si no estuviéramos todos pensando en lo mismo. Hasta que Tomás se puso de pie y le tendió la mano.

—¿Vamos? —dijo, suave.

Marisol me buscó con la mirada. Yo asentí. Y los vi desaparecer por el pasillo hacia el cuarto.

Me quedé con Diego en el living, los dos en silencio, fingiendo interés en la televisión. Pasaron unos minutos y empezaron a oírse los sonidos. Primero la respiración de ella, después un gemido contenido, después ya sin contener nada. Yo esperaba sentir celos, una puñalada en el pecho, ganas de levantarme y terminar con todo.

Sentí lo contrario.

—¿Estás bien? —me preguntó Diego, incómodo.

—Sí —dije, y me sorprendió mi propia voz—. La verdad es que me excita escucharla.

Diego soltó una risa nerviosa.

—A mí también, no te voy a mentir.

Estuvimos así un buen rato, hablando a media voz mientras del cuarto llegaba todo lo que estaba pasando ahí dentro. Cuando se hizo el silencio, Tomás salió acomodándose la ropa, despeinado, con una sonrisa de disculpa.

—Te toca —le dijo a Diego.

Y así fue la primera noche. Cuando se fueron, entré al cuarto. Marisol estaba tendida boca arriba, agotada, con una expresión que no le conocía. Me acerqué, me acosté a su lado y le aparté el pelo de la cara.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Más que bien —dijo, y se rió—. Gracias, amor.

—No me las des.

—Te amo.

—Y yo a vos.

***

Lo que empezó como una solución se fue convirtiendo en una rutina, y la rutina en una forma de vida que nunca planeamos. Diego y Tomás venían casi todos los días. A veces de día, a veces de noche, a veces los dos juntos. Yo había dejado de tener sexo con Marisol para no «contaminar» el intento, según una teoría medio inventada de Diego, pero la verdad es que a esa altura a ninguno de los tres nos importaban demasiado las teorías.

Lo raro era cuánto me gustaba. Verla deseada, escucharla disfrutar, sentir que mis dos mejores amigos y mi mujer compartían algo que yo había puesto en marcha con mis propias palabras. Me había convertido en espectador de mi propio matrimonio y, en lugar de dolerme, me encendía de una manera que no sabía explicar.

Pasaron casi tres meses. Yo le insistía a Marisol con la prueba, pero ella prefería esperar, no hacerse ilusiones. Hasta que una noche me esperó en la puerta con los ojos brillantes.

—Andrés, estoy embarazada.

La levanté en el aire. Lloramos los dos, abrazados en el pasillo, como dos chicos. Después de tantos meses de oscuridad, por fin la luz.

—Dos meses y medio —dijo entre lágrimas—. Vamos a ser papás.

Esa misma noche me dijo, con cierta timidez, que el médico le había recomendado seguir teniendo intimidad con el padre durante el embarazo, que era bueno para ella. Que ya había hablado con Diego y Tomás. Y yo, que para entonces ya había aceptado en qué se había convertido nuestra vida, simplemente le dije que sí.

***

Con el tiempo, Diego y Tomás terminaron mudándose con nosotros. Tenía dos cuartos libres y la excusa fue ayudar con el alquiler, pero los tres sabíamos que esa no era la razón. La casa se transformó en algo que jamás habría imaginado años atrás, cuando soñaba con la familia perfecta del manual.

Marisol dio a luz a una nena preciosa. Yo corté el cordón. Yo la sostuve primero. Yo fui quien se levantó cada madrugada cuando lloraba, quien le cambió los pañales, quien le cantó para que se durmiera. Diego y Tomás eran parte de todo aquello, sí, pero la nena me decía papá a mí, y eso para mí lo era todo.

Meses después, Marisol me preguntó si podíamos tener otro. Siempre había querido una familia grande, y yo también. Le dije que sí sin dudarlo. Esta vez ni siquiera hubo conversación incómoda con los muchachos: ya eran parte de la casa, de la rutina, de nuestra vida.

Hoy tenemos cuatro hijos y Marisol está esperando el quinto. La gente que nos ve en la plaza ve a una pareja con un montón de chicos y dos amigos que siempre andan cerca. Nadie imagina la historia de cómo llegamos hasta acá, y está bien que así sea.

Sé que muchos van a leer esto y van a pensar lo peor de mí. Que no soy un hombre, que perdí la dignidad, que me dejé. Lo entiendo. Hubo noches en que yo mismo me lo pregunté. Pero después abro la puerta del cuarto y veo a mis hijos dormidos, y a Marisol feliz, y siento que de todas las vidas posibles elegí la única en la que nadie se quedó sin lo que más quería.

No es la historia que planeé. Es la que me tocó. Y, contra todo pronóstico, no la cambiaría por ninguna.

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Comentarios (4)

SofiLect

Increible, me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Muy bien narrado todo.

NostalgicoPas

Que historia mas fuerte... me dejaste pensando un buen rato despues de terminar de leer. Se siente real.

Pablito_rdg

ese titulo me atrajo de entrada jajaja, y el relato no decepcionó para nada

lectorx_ba

como terminó todo al final? me quedé con la intriga, necesito saber

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