El consejo de mis amigas que lo cambió todo esa noche
Todos los miércoles me junto con mis amigas a tomar un café que casi siempre termina en vino. Hablamos de trabajo, de plata, de los hijos ajenos, y tarde o temprano la conversación cae donde siempre cae: en lo que pasa, o no pasa, entre las sábanas. Una de esas tardes solté que con mi pareja lo hacíamos dos o tres veces por semana, y en lugar de aplausos recibí una mueca colectiva.
—No es cantidad, boba —me dijo la más directa de todas—. Es que vos te dejás llevar siempre. ¿Cuándo fue la última vez que decidiste vos cómo, cuándo y dónde? ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste: quiero que me la metas así, en esta posición, y que te corras acá?
Me puse colorada hasta las orejas y no supe qué contestar. Y esa pregunta se me quedó clavada como una astilla.
Durante semanas me bombardearon con consejos: soltate, pedí lo que querés, tomá la iniciativa, dejá de esperar a que él arranque. Al principio me daba vergüenza hasta imaginarlo. Después empezó a darme otra cosa. Cada vez que me lo imaginaba —yo arriba, decidiendo, con su polla dura entre las manos, obligándolo a mirarme mientras me lo cogía a mi ritmo— sentía un calor bajo el ombligo que no me dejaba pensar en otra cosa. Me pasaba en el trabajo, en el subte, cocinando; se me humedecía la bombacha sin aviso y tenía que cruzar las piernas para disimular. Así que un día les dije, medio en broma medio en serio, que el sábado siguiente iba a hacer algo distinto.
***
Llegó el sábado y las palabras de las chicas me daban vueltas en la cabeza desde el desayuno. Soltate. No pienses. Mandá vos. Decidí que esa noche no iba a esperar a nadie. Elegí un conjunto de encaje negro que tenía guardado hacía meses, me depilé prolija, me perfumé entre los pechos y entre los muslos, y me puse un vestido corto sin corpiño que me marcaba los pezones apenas rozaba la tela.
Empecé temprano, con detalles mínimos. Una mano que se demoraba de más en su espalda al pasar por la cocina, un comentario con doble sentido cuando me preguntó qué quería cenar, una mirada sostenida un segundo más de lo necesario. Al pasar detrás de él, mientras revolvía la olla, le apoyé las tetas contra el hombro y le mordí el lóbulo de la oreja. Martín se reía, divertido, pero me observaba raro, como si estuviera tratando de descubrir qué le había cambiado a la mujer con la que vivía hace años.
Durante la cena fui directa. Dejé el tenedor, lo miré por encima de la copa y le dije que esa noche quería probar algo diferente.
—¿Algo diferente como qué? —preguntó, levantando una ceja.
—Como que hoy la que decide soy yo —le contesté—. Cómo, cuándo y dónde. Y vos hacés lo que yo te digo.
Se le atragantó el vino. Me hice la misteriosa, me levanté, rodeé la mesa y me le paré atrás. Le mordí el cuello, le pasé la lengua por el borde de la oreja y bajé una mano por adelante hasta apretarle el bulto por encima del pantalón. Lo tenía a medio empalmar y bastó ese roce para que se le pusiera dura del todo. Le susurré al oído que tenía un par de ideas y que se fuera acostumbrando. Él me siguió el juego con una sonrisa, pero noté que algo en el aire ya se había modificado. Terminamos el vino sin apuro, hablando de cualquier cosa, los dos sabiendo que la conversación real era otra y que abajo de la mesa a mí ya me chorreaba el coño.
Cuando nos levantamos de la mesa, lo tomé de la mano y lo llevé al living sin decir nada. Bajé las luces, puse música a volumen bajo y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que era yo la que estaba al mando. Lo abracé por el cuello y empezamos a movernos despacio.
—Mmm, ¿qué te pasa hoy? —me murmuró al oído, las manos en mi cintura—. Me gusta.
No le respondí con palabras. Moví las caderas contra él, lento, al compás de la música, restregándole el pubis contra la verga que ya empujaba la tela del pantalón. Lo sentí endurecerse todavía más contra mi vientre, y la primera gota de sudor me corrió por la nuca. Seguimos bailando y besándonos con lengua, mordidas suaves, saliva, mientras sus manos bajaban por mis muslos y me subían el vestido hasta la cadera. Le agarré una mano y me la llevé directo entre las piernas, por encima de la bombacha empapada.
—Tocá cómo estoy —le dije—. Así estoy desde que empezamos a comer.
Él lo notó. Mientras me besaba el cuello, deslizó los tirantes del vestido con una delicadeza calculada y la tela cayó al piso. Me quedé frente a él en bombacha, los pezones parados, y en lugar de cubrirme le rocé la oreja con los labios.
—Esta noche olvidémonos de todo —le dije—. Sin pensar. Hasta que no podamos más. Hasta que no te quede una sola gota adentro.
Su respuesta fue un suspiro largo que sentí vibrar contra mi piel.
Una de sus manos se cerró en mi nuca y tiró suave de mi pelo hasta dejar mi cuello expuesto a su boca. La otra bajó por mi espalda, lenta y posesiva, hasta colarse por debajo del elástico de la bombacha y ahuecarse contra mi culo. Me apretó una nalga, después la otra, y sus dedos se deslizaron hacia adelante hasta encontrarme abierta, hinchada y mojada. Un dedo se hundió sin resistencia, después otro, y me arrancó un gemido que me sorprendió a mí misma. Pero antes de que tomara él el control, me solté de su agarre.
Bajé despacio, arrodillándome frente a él sin dejar de mirarlo. Mis dedos, todavía algo temblorosos, le soltaron el cinturón. Cuando le liberé el pantalón, la excitación ya marcaba la tela del boxer, un manchón húmedo en la punta donde ya se le escapaba el líquido preseminal. Subí las manos por sus muslos tensos, lo acaricié por encima de la ropa, sintiendo su calor y su latido, y recién entonces le bajé todo de un tirón. La polla le saltó afuera, dura, gruesa, la cabeza colorada y brillante.
No le di tiempo a reaccionar. Se la agarré con la mano en la base, saqué la lengua y le lamí de abajo hacia arriba, siguiendo la vena gruesa, y cuando llegué al glande me la metí entera de una vez, hasta que sentí la punta pegarme en el fondo de la garganta. Vi cómo su asombro le borraba de golpe cualquier sonrisa de suficiencia. Le corrió un temblor por los muslos. Esa imagen era exactamente lo que yo había ido a buscar.
Me moví con una determinación que me sorprendió a mí misma, chupándosela profundo, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla y le empapara los huevos. La sacaba entera, le pasaba la lengua ancha por la cabeza, jugaba con el frenillo y volvía a hundirmela hasta la garganta. Con la mano libre le acariciaba los huevos, apretándoselos suave, sintiéndolos tensarse en la palma. Cada temblor de su abdomen, cada suspiro entrecortado, cada uña que me clavaba en el hombro me decía por dónde iba.
—Así, sí… —murmuró, con la voz quebrada—. Dios, así, no pares…
Lo sentí palpitarme en la boca, cada vez más firme, la vena de arriba hinchada contra mi lengua. Encontré un ritmo, sincronizando la presión de mis labios con la mano que le bombeaba la base, y él se fue tensando como un arco a punto de romperse. Los huevos se le pegaron al cuerpo, señal de que estaba por reventar.
—Estoy cerca… me voy a correr… —dijo, casi un lamento, las dos manos hundidas en mi pelo.
No me detuve. Aceleré, se la chupé más profundo, le apreté la base con los dedos como un anillo, y justo cuando sentí que iba a explotar en mi boca, paré en seco. La saqué con un pop húmedo y me incorporé, dejándolo ahí, la verga chorreando saliva, latiendo sola en el aire, jadeando contra la pared con cara de no entender nada.
—Recién empezamos —le dije, y le sonreí, limpiándome la comisura con el pulgar.
***
Lo guié hasta el sillón y lo hice recostarse. Le terminé de sacar el pantalón y la remera y me arrodillé entre sus piernas abiertas. Me saqué la bombacha empapada, la enrollé y se la pasé por debajo de la nariz.
—Oleme —le dije—. Así vas a tener el olor puesto toda la noche.
Se la olió, cerró los ojos y gimió. Se la tiré al piso. Le agarré la polla otra vez y lo masturbé con movimientos lentos, largos, apretando desde la base hasta la punta, esparciéndole el líquido preseminal por todo el glande con el pulgar, mirándolo recuperar la firmeza bajo mis manos. De vez en cuando bajaba la cabeza y le daba un lamidón lento, o le escupía un poco de saliva y volvía a bombear. Cuando lo tuve listo, me trepé sobre él, una pierna a cada lado de sus caderas, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—No tenés idea de lo que me hacés sentir —susurré, mientras agarraba su verga, la apoyaba entre mis labios y la deslizaba por toda mi raja empapada, mojándola en mi flujo antes de acomodarla en la entrada.
Me dejé caer despacio, un centímetro por vez, sintiendo cómo se me abría el coño para hacerle lugar. Un suspiro se me escapó al sentir cómo me llenaba, cómo la cabeza me raspaba las paredes internas y bajaba tocando cada rincón. Cuando la tuve toda adentro, hasta que mis nalgas quedaron pegadas contra sus muslos, me quedé quieta un instante, adaptándome, apretándolo con los músculos internos, y después empecé a moverme. Despacio al principio, saboreando cada segundo, subiendo hasta dejar solo la punta y volviendo a bajar entera, con las manos apoyadas en su pecho. Yo decidía la profundidad, la velocidad, el ángulo. Tenía el control absoluto y eso me encendía más que nada.
—¿Lo sentís? —le pregunté entre jadeos, acelerando—. Así es como me gusta. Así de profundo, hasta el fondo.
—Dios… tu coño me está apretando… —respondió, las manos clavadas en mis caderas—. No sé cuánto voy a aguantar.
—No te atrevas a acabarte todavía —le ordené—. Aguantá.
Apreté los músculos a propósito alrededor de él y lo vi cerrar los ojos, morderse el labio. Me incliné hacia adelante hasta pegarle los pezones en la boca y él los agarró de una, chupándomelos, tironeándolos con los dientes mientras yo seguía moviéndome. El sudor me corría por la espalda, entre las tetas, por el vientre. El placer se acumulaba en algún punto profundo, ese lugar donde su glande me pegaba en cada bajada, y cuando llegué, me sacudió en oleadas que me hicieron perder el ritmo. El coño se me cerró alrededor de su verga en espasmos que no podía controlar, y grité pegada a su cuello. Pero él todavía no había terminado, y yo no estaba dispuesta a parar.
Tomé aire y volví a moverme, ahora con una urgencia distinta, buscando arrastrarlo conmigo. Me enderecé, me apoyé con las manos hacia atrás en sus rodillas, y empecé a rebotarle encima, dejando que las tetas me saltaran, ofreciéndole toda la vista. Nuestros cuerpos chocaban con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación, ese slap slap slap de la piel mojada contra la piel. Sus caderas empezaron a empujar hacia arriba, a encontrarse con las mías con fuerza, hasta que un gruñido ronco le salió de la garganta.
—Me corro, me corro adentro… —jadeó.
—Sí, adentro, llenámelo todo —le dije, apretándolo con todo lo que tenía.
Lo sentí latir dentro mío, un chorro caliente, después otro, y otro más, y con cada espasmo suyo yo volvía a deshacerme sobre él. Me desplomé contra su pecho, los dos empapados, los corazones acelerados latiendo casi al unísono, con su semen chorreándome por los muslos hasta el sillón.
***
Más tarde, ya duchados, terminamos en la cocina preparando una limonada con jengibre. Él se sentó en la silla, yo sobre la mesa, con nada más que su remera puesta, y la charla cayó donde tenía que caer.
—Estuviste increíble —me dijo—. ¿A qué se debe el cambio?
Me sonrojé un poco y le conté una verdad a medias: que había estado hablando con mis amigas, que ellas decían que a veces hacerlo sin tanto romanticismo, más directo, más sucio, estaba buenísimo. Que quería darle un picante nuevo a la noche.
—Bueno, ahora ya me conocés mejor —agregué, riéndome—. ¿O no te gustó?
—Me encantó —dijo, y se quedó pensando un segundo, mirándome las piernas abiertas sobre la mesa—. Así que ahora sé que te gusta más esto que el romanticismo de siempre.
Le arranqué una carcajada cuando le tiré la toalla por la cabeza, y la cosa volvió a encenderse ahí mismo, sobre la mesa de la cocina. Me abrió las piernas con las dos manos, se arrodilló entre ellas y sin previo aviso me plantó la boca en el coño. Empezó a lamer despacio, con la lengua ancha y plana, de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para hacerle círculos. Me clavó dos dedos, me los curvó buscando ese punto de adentro, y con la lengua siguió trabajándome el clítoris al mismo tiempo. Me arqueé sobre la mesa, tiré la cabeza para atrás, con una mano me agarré de sus pelos y con la otra me apreté una teta. Me chupó el clítoris con los labios, me lo mordió apenas, volvió a lamerlo con la punta, y yo grité su nombre hasta quedarme sin voz, meándole la boca de flujo mientras él seguía sin soltarme.
Pero fue cuando volvimos a la cama, un rato después, que la noche dio el giro que de verdad la hizo distinta.
***
Estábamos enredados entre las sábanas, besándonos como dos adolescentes, con el gusto de mí en su boca y el gusto de él en la mía, cuando se me ocurrió la idea. Bajé por su cuerpo, lo agarré con las dos manos y me lo llevé a la boca otra vez, y mientras se la chupaba empecé a tocarme yo, con dos dedos hundidos en mi coño y el pulgar dándome vueltas al clítoris. Él me miraba, los abdominales tensos, las manos abriéndose y cerrándose sobre las sábanas, esforzándose por no terminar. Y entonces le propuse un trato.
—Hagamos algo más distinto todavía —le dije, soltándolo un momento, la mano todavía moviéndosele lenta en la base—. Si te corrés antes de que yo llegue, perdés.
—¿Y qué gano si aguanto? —preguntó, divertido y excitado a la vez.
—Si ganás —contesté, sosteniéndole la mirada, chupándome mis propios dedos húmedos—, me tenés como vos quieras. Sin reglas. Todos los agujeros. Como se te cante.
—¿Como yo quiera? —repitió, levantando una ceja.
—Literal —le dije, y vi cómo la idea le encendía los ojos.
Volví a arrodillarme entre sus piernas y me apliqué con ganas. Se la chupé profundo, se la saqué, le pasé la lengua por los huevos, se la volví a meter, dejé que la saliva me chorreara. Al mismo tiempo yo seguía masturbándome, hundiéndome tres dedos en el coño, dejándolo escuchar el ruido mojado que hacían al entrar y salir. Lo llevaba justo hasta el borde una y otra vez: aceleraba hasta que lo sentía palpitar y contraerse, y ahí le apretaba fuerte la base con la mano, cortándole el orgasmo, dejándolo temblando. Lo tenía donde quería: luchando, jadeando, perdido. Pero en algún momento, mirándolo así, me di cuenta de algo. Ganar la apuesta significaba verlo terminar solo mientras yo miraba. ¿Y eso qué tenía de divertido para los dos?
Así que cambié de plan sin avisarle. Empecé a fingir. Aceleré la mano sobre mí misma, dejé escapar gemidos cada vez más sonoros, exageré la respiración, tensé los muslos, y cuando lo sentí al límite, lo solté, me hundí los dedos hasta el fondo y dejé salir un suspiro largo y entrecortado, como si acabara de terminar.
Él se relajó, aliviado, y dejó ir todo con un gruñido, corriéndose en chorros calientes que le cayeron sobre el vientre y el pecho.
—No aguantaste, amor —dijo, en tono triunfal.
—Me confié —mentí, riéndome por dentro—. Todo esto nuevo me calienta demasiado.
Le pasé un dedo por el pecho, junté un poco de su semen tibio y me lo llevé a la boca. Me acarició la mejilla y me dijo que así estábamos perfectos, que él me iba a devolver el favor porque me lo merecía. Y lo cumplió. Lo que vino después fue una sucesión que perdí la cuenta de cuántas veces me hizo gritar. Me abrió las piernas y me comió el coño durante lo que parecieron horas, alternando la lengua con dos, tres dedos, tocándome el punto G hasta que se me nublaba la vista. Me hizo acabar con la boca, después con los dedos, después me puso boca abajo y me la clavó por atrás, agarrándome del pelo y pegándome contra el colchón, hasta que yo le rogaba que parara y le rogaba que no parara todo al mismo tiempo. Con la boca, con las manos, con la verga, con todo el cuerpo, hasta dejarme temblando y sin aire sobre el colchón, el coño en carne viva y la cara mojada de saliva y sudor.
***
Para entonces yo estaba destruida, en el mejor de los sentidos, y pensé que la cosa terminaba ahí. Pero él me recordó, con una sonrisa, que la apuesta seguía vigente. Había perdido, y eso significaba que ahora era él quien ponía las condiciones.
—El culo —me dijo, sin rodeos, mirándome a los ojos—. Esta noche te la meto por el culo.
Se me apretó todo por dentro. Asentí.
Me llevó de la mano al sillón ancho, el mismo de tantos juegos, y me hizo apoyarme en el respaldo, con el culo bien parado hacia atrás y las piernas separadas. Empezó despacio, con paciencia. Me llenó las nalgas de lubricante, me abrió y dejó caer un chorro justo en el agujero, viendo cómo bajaba entre mis cachetes. Después con el pulgar empezó a masajearme el aro sin invadir, con círculos suaves, hasta que dejé de contraerme. Un dedo entró primero, hasta el nudillo, y me hizo respirar hondo. Después dos, moviéndolos en tijera para irme abriendo. Una voz baja que cada tanto me preguntaba si estaba bien, si me relajaba. Yo asentía, concentrada en respirar, en aflojar cada músculo que se tensaba por instinto. Mientras me abría por atrás, con la otra mano me buscaba el clítoris por adelante y me lo trabajaba lento, para mantenerme mojada y encendida.
—Esta vez va a ser diferente —murmuró detrás de mí—. Despacio, hasta donde aguantes. Pero te la voy a meter toda.
Sentí la cabeza de su verga, gruesa y resbaladiza de lubricante, apoyarse contra mi agujero. Empujó despacio, una presión inmensa, lenta, que abría camino milímetro a milímetro. Contuve el aliento, las uñas clavadas en la tela del sillón. Sentí el aro ceder de golpe y la cabeza entrar entera, y solté un quejido agudo. El primer momento fue agudo, ardiente, pero él se quedó quieto ahí, dejándome adaptar, sin moverse, respirando pegado a mi oreja, con una mano en mi clítoris dibujando círculos suaves que repartían el placer por todo el cuerpo. De a poco fue empujando el resto, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus caderas pegadas contra mis nalgas y sus huevos rozándome el coño.
—Toda adentro —jadeó—. La tenés toda.
Cuando empezó a moverse, las embestidas eran cortas, exactas, buscando un punto interno que me hacía temblar las piernas. Sacaba apenas y volvía a hundirse hasta el fondo, con un ritmo pausado que me estaba volviendo loca. Los dedos en el clítoris no paraban. Empecé a empujar el culo hacia atrás para pedirle más, y él entendió: agarró mis caderas con las dos manos y empezó a moverse más rápido, más profundo, cada embestida un golpe seco contra mis nalgas.
—¿Te gusta, amor? —jadeaba—. ¿Te gusta cómo te cojo el culo?
—Sí… sí… más fuerte… —le contesté, con la voz rota contra el respaldo.
El orgasmo me tomó por sorpresa, distinto a todos los anteriores, profundo y visceral, un temblor que se expandía desde adentro y me subía por la espalda. Grité, y todos mis músculos lo apretaron con tanta fuerza —el culo, el coño, los muslos— que casi lo arrastran a él también.
Pero se detuvo a tiempo. Me sacó del sillón con cuidado, todavía dura, brillante de lubricante, se sentó sobre el apoyabrazos y me hizo bajar sobre él de frente, dejándome a mí el control de la profundidad. Bajé despacio, guiándome su verga con la mano, apoyándomela en el agujero abierto, manejando cada centímetro hasta mi límite, mientras él me sostenía la cintura y resoplaba en cada descenso. Cuando la tuve toda adentro otra vez, me quedé quieta, sentándome a fondo, con las piernas abiertas a los costados de las suyas y su cara a la altura de mis pechos.
—Es todo tuyo —jadeó, chupándome un pezón—. Ahora mandás vos otra vez.
Me moví con cuidado primero, subiendo y bajando apenas, después más rápido, la transpiración corriéndome por la espalda. Con una mano me agarré de su hombro y con la otra me empecé a tocar el clítoris frenéticamente, mientras me lo cogía en el culo yo misma. Él me clavaba los dedos en las nalgas, ayudándome a subir y bajar, mordiéndome las tetas, gruñendo cada vez que lo enterraba entero. Cuando llegué al fondo por última vez, los dos gritamos casi al mismo tiempo. Lo sentí derramarse dentro de mí con un rugido gutural, un chorro caliente que me llenó por dentro, y yo me dejé caer con todo mi peso, aprovechando cada espasmo, apretándolo con el aro para exprimirle hasta la última gota, hasta que no quedó nada más que dar.
Quedamos así, conectados, inmóviles, jadeando hasta que las respiraciones se fueron acompasando. Su mano buscó la mía y la entrelazó. No hicieron falta palabras. Cuando por fin me levanté y él salió de mí, sentí un hilo caliente bajarme por los muslos.
***
Un rato después, con la cabeza apoyada en su hombro, no me aguanté y se lo confesé.
—¿Sabés? Me rendí a propósito en la apuesta. Quería que me ganaras.
Él se quedó quieto un segundo y después soltó una risa baja, incrédula.
—¿En serio?
—Sí. Quería sentir que era tuyo hasta en eso. Que no tenía escapatoria. Que me la ibas a meter donde quisieras.
Me apretó contra su pecho.
—Ya me había dado cuenta —dijo—. Te seguí la corriente. Pero ya que estamos confesando… yo también hice trampa.
Levanté la cabeza y lo miré.
—Tomé una pastilla mientras te duchabas —admitió, medio avergonzado—. Para aguantar, para darte todo lo que pedías. Entendí que si perdías era porque querías exactamente esto.
Me quedé mirándolo, y después me reí. Los dos nos habíamos hecho trampa, los dos para lo mismo: que esa noche fuera inolvidable, sin límites.
—La próxima —le dije, todavía riéndome, pasándole una mano por la verga todavía pegajosa— jugamos sin engaños ni ayuditas. Y ahí vamos a ver quién aguanta más.
Él me apretó más fuerte, con ese destello de complicidad en los ojos, y terminamos los dos a las carcajadas. Mis amigas tenían razón en una sola cosa: lo que cambió esa noche no fue lo que hicimos, sino quién se animó a decidirlo.





