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Relatos Ardientes

La fantasía que mi novio me confesó con una copa de más

Me llamo Lucía y todavía me cuesta creer hasta dónde llegamos. Tengo veintinueve años y llevo tres viviendo con Bruno, mi novio, en un departamento pequeño que sentimos enorme cuando estamos los dos. Siempre pensé que lo conocía de memoria: cómo respira cuando duerme, qué silencios significan qué cosa, en qué piensa antes de decirlo. Esa seguridad se rompió una noche cualquiera, de esas en que abrís una botella sin ocasión y la charla se va sola hacia lugares insospechados.

Estábamos en el sofá, descalzos, con la segunda copa de vino tinto por la mitad. Hablábamos de nada y de todo, hasta que terminamos en el tema de las fantasías. Yo le confesé que las mías, las que alguna vez había imaginado, ya las habíamos cumplido juntos: sexo en la playa de madrugada, en el auto con los vidrios empañados, en la última fila de un cine vacío. No me quedaba ninguna pendiente.

—¿Y vos? —le pregunté, apoyando los pies sobre sus piernas—. ¿Tenés alguna que no me hayas contado?

Bruno se quedó mirando su copa más tiempo del necesario.

—Tengo una —dijo—. Pero es rara. Mejor olvidalo.

—Ahora no podés dejarme así. Contame, podés decirme lo que sea.

No tenía idea de lo que estaba a punto de escuchar.

Le tomó un buen rato arrancar. Se removió en el sofá, se pasó la mano por la nuca, y finalmente me preguntó si sabía lo que era un hombre al que le gusta que su pareja esté con otros. Le dije que sí, que algo había leído. Entonces me explicó que existía gente que sentía placer justamente con eso: con la idea de que su mujer disfrutara con otro, de saberlo, de imaginarlo.

—¿Me estás diciendo que a vos te gusta eso? —pregunté, entre la risa nerviosa y el desconcierto.

—Me gusta —admitió, sin mirarme—. Y hay más.

Buscó algo en el teléfono y me pasó la pantalla. Era un párrafo, uno de esos textos que circulan en foros, donde se hablaba de hombres que disfrutaban de ser humillados por sus parejas, de que les dijeran que no alcanzaban, que otro les iba a dar mejor sexo, que eran unos pavos mirando mientras su mujer se dejaba coger por alguien más. Cuanto más sucio y cruel el trato, más placer. Leí dos veces, incrédula, mientras él esperaba mi reacción con la respiración contenida.

—No puedo creerlo —dije al fin—. ¿Hace cuánto que sabés esto de vos?

—Desde siempre. Empecé a leer historias parecidas y entendí que era mi fantasía más grande. Nunca pensé que te lo iba a decir. Debe ser el vino.

De golpe encajaron mil cosas. Que nunca fuera celoso. Que me dejara salir sola con mis amigas, que me alentara a vestirme provocativa, que jamás me hiciera una escena. No era indiferencia. Era deseo.

—Gracias por contármelo —le dije, y lo decía en serio—. No debe haber sido fácil.

Se quedó callado un momento y después soltó, casi como un chiste que no lo era:

—Si algún día te animaras…

—No —corté enseguida—. Entiendo tus gustos, te lo juro, pero jamás podría estar con otro. No es lo mío.

Bruno asintió y bajó la mirada. Se puso triste de una manera que me dolió, porque es el hombre más bueno que conocí, el que me consiente en todo. Yo solo quería verlo feliz, y sin embargo lo que me pedía estaba a kilómetros de lo que yo era capaz de hacer. Entonces se me ocurrió algo intermedio.

—Esperá —dije—. Capaz hay una forma. ¿Y si lo jugamos?

—¿Cómo jugarlo?

—Como un juego. Cuando salga, te escribo mensajes diciéndote cosas. Que me voy a ir con alguien, que lo estoy haciendo. O en la cama, te lo digo al oído mientras te toco. Sin que pase nada de verdad, solo para que lo imagines.

Se le iluminó la cara como a un chico. Estiró la mano y me di cuenta, al rozarlo por encima del pantalón, de lo excitado que ya estaba con la sola idea.

—Sos la mejor —murmuró.

Esa misma noche empezamos. Me sentía rara diciendo en voz alta cosas que nunca habría dicho, pero la respuesta de su cuerpo era tan inmediata, tan honesta, que algo en mí se encendió también. Le hablé al oído mientras lo acariciaba por encima del pantalón, le dije que algún día buscaría a otro, que tuviera permiso para verme con alguien más, que se imaginara mis piernas abiertas para un tipo que no era él mientras vos te quedabas mirando, babeando por no poder tocarme. No reconocía mi propia voz. Y él, debajo de mí, respiraba entrecortado, con la verga marcada creciendo contra la tela, temblando como nunca lo había visto temblar.

—Más —jadeaba—. No te cortes.

Le desabotoné el pantalón con lentitud, sintiendo cómo la tensión le sacudía la panza. Cuando metí la mano y le saqué la pija dura, caliente, palpitante, soltó un gemido ahogado que me hizo apretar los muslos. Le pasé el pulgar por la punta, húmeda, y él arqueó la espalda, clavándome los dedos en la cintura como si necesitara agarrarse de algo para no desarmarse. Le chupé la boca mientras seguía hablándole sucio, diciéndole que estaba disfrutando de imaginarme con otro, que era un cabrón excitado viendo cómo me iba a dejar coger por alguien mejor. La verga le latía en la mano como un animal vivo.

Terminó con una intensidad que me dejó impresionada. Le temblaron las piernas cuando se vino entre mis dedos y un chorro espeso le manchó la mano, la panza y el borde del pantalón. Después me abrazó, me besó la frente y me agradeció como si le hubiera regalado algo enorme. Yo me reí, un poco incómoda, un poco orgullosa. No entendía del todo lo que acababa de pasar, pero me gustaba el efecto que tenía sobre él.

***

El juego se volvió costumbre. Con las semanas le perdí el pudor y, sin darme cuenta, empecé a disfrutarlo por mi cuenta. Me gustaba tener el control. Me gustaba la sensación de poder en cada mensaje que le mandaba desde un bar. Algo en mí cambió: me sentía más libre, más segura, más dueña de mi cuerpo. Coqueteaba con los hombres en las fiestas sin culpa, sabiendo que no iba a pasar nada, solo por el placer de sentirme deseada.

Hasta que apareció Tomás.

Lo conocí una noche en la fiesta de un amigo en común. Tiene treinta y dos años, una sonrisa fácil y una manera de escuchar que te hace sentir la única persona del lugar. Bailamos, hablamos hasta la madrugada, hubo química desde el primer minuto. Lo notable fue que él nunca intentó nada: ni un beso robado, ni una mano de más. Al despedirnos me pidió el número. Yo nunca lo doy, y sin embargo esa noche lo di.

No le conté a Bruno. No por miedo —sabía que le iba a encantar— sino porque estaba segura de que no iba a pasar nada, y no quería ilusionarlo en vano. Con Tomás hablábamos a diario, nos cruzábamos en reuniones, manteníamos ese coqueteo constante que sabe a peligro. Él sabía que yo tenía novio. No parecía importarle. A mí, cada vez menos.

Dos semanas después me invitó a una reunión en su casa. Acepté sin pensarlo demasiado. Había varias personas, música, tragos, un clima relajado. En algún momento de la noche quedamos bailando uno frente al otro, mirándonos fijo, y la distancia entre nuestras caras se fue acortando sola. No sé quién dio el primer paso. Nos besamos. Un beso largo, profundo, de esos que te borran el resto del mundo. Me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo, y yo lo rodeé con los brazos sin pensar en nada más.

—Vamos a mi cuarto —me dijo al oído.

Le dije que sí. Cerró la puerta con llave y todo se volvió urgente. Mientras me besaba el cuello, pensaba en Bruno, en su fantasía, en que estaba a punto de hacer realidad lo que tantas noches le había susurrado de mentira. Esa idea, lejos de frenarme, me encendió todavía más.

Tomás me apoyó contra la pared y me levantó la remera por encima de la cintura, con las manos firmes, recorriéndome la espalda, los costados, los pechos por encima del corpiño hasta hacerme soltar un gemido. Me desabrochó el sostén con torpeza ansiosa y, cuando me dejó las tetas al aire, se quedó un segundo mirándolas como si tuviera hambre. Bajó la boca a uno de los pezones y lo chupó con fuerza, primero suave, después más bruto, mientras yo le hundía los dedos en el pelo. Me corría un calor espeso entre las piernas y él lo notó enseguida, porque sonrió contra mi piel antes de deslizar una mano a mi entrepierna.

—Estás empapada —murmuró.

No contesté. Le abrí más las piernas con la rodilla y él metió la mano debajo de la falda, separó la tela de la bombacha y me rozó el coño por encima de la tela húmeda. Ese contacto bastó para hacerme sacudir. Después apartó la bombacha a un costado, pasó dos dedos entre mis labios y se encontró con toda la humedad que yo ya no estaba escondiendo. Se ensució las puntas con mi jugo y me miró como si eso le importara de verdad. Yo no paraba de pensar en Bruno, en lo que le contaría después, en que iba a describirle cada segundo de esta escena mientras él se la clavaría en la cabeza hasta correrse.

—Quiero verte bien abierta —dijo Tomás.

Me llevó hasta la cama y me empujó con suavidad para que me sentara en el borde. Se arrodilló frente a mí, me separó las piernas con las manos y me besó el monte de Venus antes de bajar la lengua a mi clítoris, directo, preciso, sin vueltas. Gemí fuerte y me agarré de las sábanas. Me comía con hambre, alternando lamidas lentas con chupadas más duras, metiendo un dedo después, dos, follándome con la mano mientras su lengua seguía presionando donde más me hacía vibrar. Yo estaba tan mojada que el sonido era obsceno. Me arquearon las caderas sin permiso y terminé temblando cuando me vino el primer orgasmo, profundo, sacudiéndome entera. Tomás no se detuvo; siguió lamiendo hasta que me hizo correrse otra vez, con las piernas abiertas de par en par y la respiración rota.

Cuando me puso boca arriba y se sacó la ropa, ya no quedaba nada de juego. Tenía una pija grande, dura, venosa, y se masturbó un segundo antes de acomodarla entre mis muslos. Frotó la cabeza contra mi entrada, empapándose con mis fluidos, y me penetró despacio, centímetro a centímetro, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo el calor de su cuerpo me invadía hasta el fondo. Cuando estuvo adentro del todo, se quedó quieto, respirando pesado, y me besó con la boca abierta, como si estuviéramos probando una gravedad nueva. Después empezó a moverse de verdad, saliendo y entrando con un ritmo cada vez más brusco, golpeando ese punto exacto que me hacía perder el control.

—Decime que te gusta —me pidió, apretándome las caderas—. Decime que este tipo te está haciendo mierda el cuerpo.

—Sí —le respondí, sin aire—. Me estás dejando loca.

Cambió de posición, me dio vuelta y me puso en cuatro. Me agarró de las caderas y me entró desde atrás con una violencia deliciosa, hundiéndose hasta el fondo, haciendo sonar la cama con cada embestida. Yo apoyé la cara en la almohada para no gritar, pero no me aguanté y terminé gimiendo su nombre, sintiendo cómo me castigaba el coño desde un ángulo que me dejaba temblando los brazos. Me dio una nalgada seca, después otra, y me dijo al oído que me veía preciosa así, abierta, rendida, cogida por un hombre que sí sabía usarme. Yo me agarré al borde del colchón y me corrí otra vez, con contracciones fuertes que lo apretaron por dentro. Él siguió moviéndose, más y más rápido, hasta que me llenó con una corrida caliente, larga, metida hasta el fondo.

Cuando todo acabó, me quedé un rato mirando el techo, asimilando lo que acababa de cruzar. Por primera vez en mi vida le había sido infiel a mi pareja. Y lo extraño era que no sentía culpa, sino una mezcla rara de adrenalina y ternura, porque sabía exactamente a quién le iba a importar, y de qué manera.

***

Llegué a casa pasadas las nueve de la mañana, con el pelo húmedo de una ducha que no había sido sola y una marca en el cuello que no me molesté en tapar. Bruno estaba despierto, me había preparado el desayuno. Apenas me vio, supo. No necesité decir una palabra. Su cara fue un poema entre el asombro y un deseo que ya no podía disimular.

—¿Qué pasó anoche? —preguntó con la voz tomada.

—Sentate —le dije—. Te tengo que contar algo.

Me senté a su lado y le conté todo, despacio, sin saltearme nada. Quién era Tomás, cómo lo había conocido, cómo se había dado sin que yo lo planeara. Él escuchaba con los ojos brillantes, colgado de cada palabra, y yo veía en su cara que aquello era, para él, la confesión más excitante que había escuchado en su vida.

—No te imaginás cómo me hace sentir escucharte —dijo cuando terminé.

—Lo sé —respondí, y le tomé la cara con las dos manos—. Por eso te lo cuento todo. Porque te amo, aunque ahora haya alguien más.

Esa mañana hicimos el amor distinto a todas las otras. Yo le hablaba al oído, pero esta vez no era un juego, no era una mentira que inventábamos a dúo. Era verdad, y los dos lo sabíamos. Bruno me pidió que le contara otra vez cómo me había lamido Tomás, cómo me había llenado la boca y el coño con esa ansiedad sucia de desconocido, y mientras lo hacía le bajé el pantalón, saqué su pija endurecida y me la metí en la boca despacio, chupándolo con ganas, lamiendo la base y apretándole los huevos con una mano. Él me agarró del pelo, jadeando, y me cogió la cara mientras yo seguía mamándolo, hasta que me tiró contra la mesa y me abrió las piernas con una urgencia feroz. Me entró fuerte, sin pausa, con la misma desesperación de otras veces pero con una cabeza distinta, porque esta vez cada embestida iba acompañada de la imagen de mí gimiendo debajo de otro. Yo le arañaba la espalda y le repetía al oído que sí, que me había gustado, que Tomás me había cogido mejor de lo que nadie me había cogido antes, y ese veneno dulce lo hizo apretar más, embestirme más hondo y venirse con un temblor violento, metido hasta el fondo, respirando como un animal.

Bruno encontró su fantasía hecha realidad y yo encontré una parte de mí que no sabía que existía: la mujer que decidía, que elegía, que sostenía con honestidad un deseo que a cualquier otro le habría parecido imposible.

No sé adónde nos lleva esto. Sé que Tomás volvió a escribirme, que Bruno me pregunta por él cada noche con una sonrisa cómplice, y que nosotros dos estamos, contra todo pronóstico, más unidos que nunca. Capaz algún día les cuente cómo sigue. Por ahora, me quedo con la certeza de que el secreto que mi novio confesó esa noche de vino terminó acercándonos de un modo que jamás habría imaginado.

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Comentarios(8)

Valentina_norte

ufff que historia... el excerpt solo ya me dejó enganchada. la tensión de esa noche se siente

NovioDeNadie

jaja el título me mató. tres años juntos y hace falta una copa de mas para animarse a contarlo... muy real eso, lo viví yo tambien

Daniela22

Excelente!! muy bien contado, se siente autentico y no forzado. sigue así!!

CristiMdo

me recordó a una situacion con mi ex, de esas noches donde uno se sincera de golpe. son las mas intensas aunque despues no sabes bien como procesarlo

FlorDelSur_22

Y entonces que paso con la fantasia?? no podes cortarlo ahi jajaja. necesito la continuacion!

LucioRdp

Buen relato. me gusta cuando tienen esta base emocional antes de lo demas, le da otro nivel a la lectura. Felicitaciones

MarceloPta

La tension que describis antes de que el cuente se siente en cada parrafo. muy buena escritura, de verdad

Tere_GBA

se hizo cortísimo. pero buenísimo. ojalá haya segunda parte!!

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