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Relatos Ardientes

El interno que decía ser millonario me eligió a mí

En el pabellón de la clínica Las Acacias, ese lugar que olía a desinfectante barato y a vidas detenidas, estaba internado Damián, un hombre de cincuenta y ocho años al que los médicos habían clasificado con un delirio de grandeza. Decía ser dueño de imperios invisibles, rey de un mundo que solo él veía. Para los psiquiatras era un pobre tipo que había perdido el rumbo tras un colapso nervioso. Alto, de pelo gris revuelto y ojos que ardían como brasas, tenía un carisma que se clavaba en la piel.

Carla era la enfermera del turno. Treinta y nueve años, divorciada hacía dos de un hombre que la había dejado con deudas y un departamento medio vacío. Morena, de curvas que el uniforme blanco no alcanzaba a disimular, estaba harta de la rutina: inyecciones, pastillas, pacientes que apenas la miraban. Hasta que una tarde Damián la frenó con la voz grave.

—Vos sos la reina que mi reino necesita —le dijo, sin soltarle los ojos—. Dejame mostrarte de lo que soy capaz.

Al principio Carla se rió, convencida de que era otro de sus delirios. Pero él insistía, le contaba historias de fortunas imaginarias, y en su mirada había algo que no terminaba de ser mentira. Una lujuria cruda que la encendía sin tocarla siquiera.

***

Una noche, durante la ronda, él la agarró del brazo en el pasillo en penumbra.

—Vení conmigo, mi reina.

Ella se dejó arrastrar hasta el depósito del fondo, ese cuarto olvidado de sábanas viejas y camillas oxidadas donde nunca entraba nadie. Damián la apoyó contra la pared fría, le levantó la falda del uniforme y le deslizó la mano por debajo de la ropa interior.

—Mirá cómo estás —le murmuró al oído, mientras sus dedos la recorrían despacio—. Ni hace falta que te toque mucho.

Carla contuvo un gemido.

—Dale, no pares.

Él se bajó el pantalón del pijama, la giró contra la pared y la penetró de un solo movimiento. Embestía con una furia contenida, una mano sosteniéndole la cadera, la otra buscándole los pechos bajo la blusa. Ella ahogaba los sonidos contra su propio brazo, las piernas temblando, el cuerpo entero rindiéndose a algo que no había planeado.

—Sentilo todo —le decía él, sin aflojar el ritmo.

Carla terminó primero, mordiéndose los labios para no gritar. Él la siguió segundos después, sosteniéndola para que no se le doblaran las rodillas. Cuando salió, ella supo que ya estaba enganchada.

***

Desde esa noche, el cuarto del fondo se volvió su rincón secreto. Cada día buscaban una excusa, un hueco entre las medicaciones y las rondas. Damián la seducía con sus palabras grandiosas y la tomaba como si de verdad fuera un emperador reclamando lo suyo.

El lunes a la mañana, Carla entró con la bandeja de los remedios, el uniforme pegado al cuerpo por el calor de enero. Él la esperaba sentado en la camilla. Apenas la puerta se cerró, la sujetó de la cintura.

—Te extrañé desde anoche —le gruñó, apartándole la ropa interior a un costado.

—Rápido, que tengo ronda en diez minutos —contestó ella, ya sin aire.

No hubo más preámbulo. La apoyó contra la pared y la penetró profundo, una mano cubriéndole apenas la boca para amortiguar los sonidos. En pocos minutos los dos temblaban. Él salió despacio, mirándola con una sonrisa de triunfo.

—Acordate todo el día de quién manda acá.

***

El martes, durante la siesta, cuando el pabellón quedaba en silencio, Carla volvió con la excusa de cambiarle las sábanas. Damián la sentó sobre la camilla y le fue abriendo los botones del uniforme uno por uno, sin apuro.

—Hoy tengo tiempo —dijo.

Le besó el cuello, bajó por el pecho, recorrió cada centímetro con una calma que la enloquecía más que la prisa. Cuando por fin hundió la cabeza entre sus piernas, ella le agarró el pelo gris con las dos manos.

—No pares, por favor.

Carla se deshizo así, contra su boca, ahogando el grito contra el dorso de la mano. Después fue ella la que lo arrodilló a él en su imaginación y lo recibió encima, dejándose llevar otra vez, hasta que los dos quedaron sin fuerzas sobre la camilla angosta.

***

El miércoles le tocó el turno nocturno. Estaba sola en el pabellón. Damián la esperaba despierto, y cuando entró a controlarlo, tiró del picaporte y cerró con llave.

—Hoy quiero algo distinto —le dijo, con esa voz que ya la mojaba antes de que terminara la frase.

Ella dudó un segundo. La calentura pudo más. Se preparó con calma, dejó que él la fuera abriendo despacio, con paciencia, hasta que el cuerpo cedió. La tomó por detrás, sosteniéndola de las caderas, primero suave y después con ganas.

—Relajate —le repetía—, despacio.

Carla se acariciaba mientras él se movía, y terminaron casi al mismo tiempo, jadeando sobre la camilla, el corazón golpeándoles las costillas. El riesgo de que alguien escuchara los volvía más voraces. Puertas sin traba, gemidos que podían colarse en el pasillo: nada los frenaba.

***

El jueves Damián convenció a un celador con unos billetes que Carla le pasaba, y los dejaron solos en las duchas del fondo. El agua caliente llenaba todo de vapor. Ella se arrodilló frente a él sobre las baldosas mojadas y lo recibió en la boca, mirándolo a los ojos. Después él la levantó, la apoyó contra los azulejos fríos y la tomó de pie, con una pierna de ella en alto. El agua les caía encima, los sonidos confundiéndose con el ruido del chorro.

—Un día te saco de acá —le dijo entre embestidas—. Y te trato como te merecés.

Carla se rió y gimió a la vez, sin creerle del todo, sin querer dejar de creerle.

***

El viernes al atardecer fue distinto. Más lento, casi una despedida de la semana. Damián la desnudó con cuidado, le besó cada parte del cuerpo, la recorrió con la lengua hasta que ella le rogó que la penetrara. Se movió dentro de ella mirándola a los ojos, profundo y constante.

—Sos lo único real en este lugar —le dijo.

Ella le clavó las uñas en la espalda.

—Y vos en el mío.

Terminaron abrazados, empapados de sudor, como si el mundo de afuera hubiera dejado de existir.

***

Los días se repetían con variaciones: a veces rápido y bruto contra la puerta, a veces largos y sucios sobre el piso del depósito. Siempre con esa urgencia de animales enjaulados. Carla volvía a su puesto con el cuerpo encendido y una sonrisa que no podía borrar. Damián se dormía satisfecho, soñando con el día en que saldría y la tendría en una cama de verdad.

Pero la suerte se acabó. Una tarde, el director de la clínica entró al cuarto por casualidad y los encontró en pleno encuentro. El escándalo fue inmediato.

—¿Qué es esto? —gritó el hombre—. Esto es un hospital, no un cabaret.

A Carla la echaron en el acto. Damián se rió en la cara del director.

—No sabés con quién te estás metiendo —le dijo, antes de que lo sedaran y lo devolvieran a su cama.

***

Carla, furiosa y sin trabajo, no se quedó quieta. Peleó como una leona. Llamó a abogados, juntó papeles, exigió una junta médica que volviera a evaluarlo.

—Este hombre no está loco —repetía en cada audiencia—. Sus ideas no son peligrosas para nadie.

Fueron meses de idas y vueltas, peritos, informes. Damián le mandaba mensajes a través de un celador sobornado: «Aguantá, mi reina, que pronto salgo». Al final, la junta le dio la razón: lo dieron de alta bajo supervisión, con controles mensuales. Lo soltaron a la calle con una mochila y la sonrisa de siempre.

En la vereda de la clínica, Carla lo esperaba nerviosa. Lo besó. Pero enseguida le confesó lo que la angustiaba.

—Ahora tengo un problema, Damián. Desde que me echaron estoy casi en la calle. Sin trabajo, el alquiler me come, vivo de prestado.

Él se rió a carcajadas y la abrazó.

—Eso no es ningún problema. ¿Sabés por qué me internaron? Mi propia familia quiso declararme insano. Si un juez firmaba mi incapacidad, podían tomar el control de todo lo mío y disponer de mi fortuna. Esa demanda todavía no tiene sentencia. Y gracias a vos, la resolución de la junta la va a tirar abajo.

Carla lo miraba sin entender.

—Todo es real, Carla. Soy dueño de una inmobiliaria enorme. Tengo propiedades, edificios, desarrollos por todo el país. Lo que parecía un delirio era cierto. Vení conmigo, mi reina, que te voy a dar la vida que te prometí.

Ella se quedó con la boca abierta. Él la besó fuerte, ahí mismo en la calle, con la mano deslizándose bajo la falda.

—Vamos a casa, que te muestro mi verdadero reino.

Y así, de una aventura prohibida entre pasillos de hospital, pasaron a una vida que Carla jamás había imaginado. Departamentos con vista a la ciudad, terrazas, noches sin horario ni reglas. Damián la seguía buscando con la misma furia de rey loco, y ella respondía con la misma entrega del primer día. La pesadilla había terminado. Empezaba otra cosa, una que todavía hoy le cuesta creer que sea verdad.

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Comentarios (5)

LauraPampa

Dios mio que historia!!! me quede sin palabras

NicoMdq_lee

Se hizo cortisimo, necesito una segunda parte. Quede con ganas de saber mas sobre ese tipo

Marcelo_nocturno

Que situacion tan rara y excitante a la vez. Me pregunto si en algun momento vos tambien le creiste un poco. Muy bueno de verdad

PatoLector

jajaja el tipo por lo menos sabia elegir, hay que reconocerle eso. Buen relato

Facu_pba

Me recordo a algo que me paso hace años en una guardia de hospital, aunque nada tan intenso como esto. Los mejores relatos son siempre los que parecen reales

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