Lo que dejé que pasara en el tren de las diez
Renata era de esas mujeres que aprenden a no ocupar espacio. Medía poco más de uno setenta y tenía un cuerpo que el tiempo y las horas de pie habían redondeado sin pedirle permiso: caderas anchas, una cintura que todavía resistía, un cuello largo que el moño dejaba siempre a la vista. Llevaba el pelo castaño recogido con disciplina, como si soltarlo fuera una imprudencia. A los treinta y ocho años sentía que vivía una vida prestada, una rutina en blanco y negro donde el color aparecía apenas, en los segundos robados antes de dormir, cuando se permitía imaginar otra cosa.
Últimamente algo se había encendido dentro de ella. No sabía nombrarlo, pero lo reconocía: una chispa que se negaba a apagarse, que crecía cada vez que alguien la miraba como si todavía fuera deseable. Había empezado días atrás, en la tienda donde trabajaba desde hacía nueve años, con un cliente habitual de unos sesenta que olía a colonia barata y la seguía con los ojos mientras ella reponía las góndolas.
—¿Me ayudás a encontrar la yerba? —le pidió un martes, acercándose más de lo necesario.
Cuando ella le señaló el estante, el hombre fingió un tropiezo y apoyó la mano en su pecho un segundo de más. Renata sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No dijo nada. Se apartó y siguió trabajando, pero esa noche, mientras su marido roncaba a su lado, volvió a pensar en esa mano y en lo despierta que la había dejado.
El hombre regresó al día siguiente, y al otro. El jueves, mientras ella se agachaba frente a un estante bajo, sintió una presencia detrás. Antes de que pudiera girarse, unos dedos le rozaron el interior del muslo por encima del pantalón. Contuvo la respiración. Debía sentirse ofendida, humillada, y en parte lo estaba. Pero también sentía algo más antiguo, una mezcla de rabia y de poder que la encendía por dentro.
***
Esa tarde había sido particularmente larga. El calor de principios de abril se había metido en el local y el aire acondicionado libraba una batalla perdida contra el bochorno que pegaba la ropa a la piel. Renata acomodaba naranjas con esa rapidez mecánica de quien podría hacerlo dormida, cuando Bruno, un encargado de poco más de veinte recién ascendido, se paró a su lado.
—Renata, estas naranjas están desordenadas —dijo con una condescendencia que la hizo apretar los dientes—. El cliente quiere ver perfección, no este desastre.
Ella sintió el calor subirle a las mejillas. Nueve años en ese trabajo, nueve años aprendiendo a colocar cada fruta con cuidado, y ahora este pibe que antes le pedía consejos le hablaba como a una inútil.
—Las estoy ordenando —respondió sin mirarlo, con la voz controlada.
—Apurate, que viene inspección —dijo él, y le dio una palmada en la nalga que tuvo poco de accidental.
Renata se quedó quieta, sintiendo la quemadura de esa mano en la piel. No era la primera vez que un hombre se pasaba de la raya. Pero esa tarde, quizás por la humillación pública, quizás por la acumulación de años, sintió que algo se rompía dentro de ella. Algo que llevaba demasiado tiempo cerrado.
Más tarde, en el vestuario, su compañera Vanesa la miró mientras se cambiaba.
—Te noto distinta hoy, Rena —le dijo con su falta de filtro habitual—. ¿Pasó algo bueno?
Renata negó con la cabeza, pero sabía que Vanesa tenía razón. Esa mañana, antes de salir, había dudado frente al cajón de la ropa interior y, sin entender bien por qué, había decidido no ponerse nada debajo de la falda del uniforme. Una decisión pequeña, casi un capricho, que ahora le parecía una promesa.
***
Caminó hasta la estación de Constitución con el bolso colgando del hombro y el dolor habitual en la espalda, pero también con una energía nueva que le recorría las piernas. El tren de las diez menos cuarto era su ritual nocturno, el que la llevaba del bullicio del centro a la quietud de Adrogué. Subió al vagón y se quedó parada en mitad del pasillo, aferrada a una de las barras verticales para sostenerse.
El tren arrancó con su traqueteo de siempre y se fue llenando de gente en cada parada. Renata cerró los ojos, dispuesta a dejarse mecer por el movimiento. Pero esa noche algo sería distinto. Justo antes de que las puertas se cerraran en Yrigoyen, un hombre se ubicó detrás de ella. No dijo nada. Simplemente se quedó ahí, tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela del uniforme.
Al principio lo atribuyó al apuro, a la inevitable cercanía del transporte lleno. Pero cuando el tren avanzó hacia la próxima estación, sintió que la mano del hombre empezaba a moverse con intención. Era un tipo de unos cuarenta, moreno, con una camisa de trabajo gastada y un olor a tabaco que en otra circunstancia la habría apartado, pero que esa noche se mezclaba con el calor que empezaba a despertarle entre las piernas.
La mano descendió despacio y le palpó la nalga sobre la tela. Renata sintió un temblor. No era miedo. Era algo más viejo y más prohibido. Hacía seis años, desde que se había casado, que nadie tocaba su cuerpo con verdadero deseo. Gustavo, su marido, se había vuelto un compañero de cama indiferente que apenas la miraba.
El tren frenó en Sarandí y subió más gente, apretándolos todavía más. El hombre aprovechó el empujón para pegarse a ella, y su otra mano subió por el frente hasta rozarle el costado del pecho. Renata contuvo el aire. El corazón le latía como un pájaro encerrado que de pronto encuentra una rendija.
—¿Te gusta? —le susurró él al oído, tan cerca que el aliento tibio le erizó la piel del cuello.
Renata no respondió. Apretó los ojos y se concentró en esa mano que ahora le recorría el interior del muslo. Los viajes en tren siempre habían sido un espacio intermedio, una transición entre el trabajo y la casa. Esa noche se estaban convirtiendo en otra cosa.
En Avellaneda el hombre se animó más. Su mano subió bajo la falda y encontró que debajo no había nada. Una decisión de la mañana que ahora parecía premonitoria. Los dedos rozaron la piel desnuda, y ella sintió cómo se humedecía al instante.
—Mirá cómo estás —murmuró él, notando su reacción—. Hacía rato que no tocaba algo tan mojado.
Renata sintió una mezcla de vergüenza y excitación. El lenguaje crudo del hombre la ofendía y la encendía al mismo tiempo. Gustavo jamás le hablaba así; era todo formalidad y disculpas, incluso en los escasos momentos en que todavía la buscaba.
Con cada estación, la audacia del desconocido crecía. En Lanús, sus dedos encontraron el borde de su sexo y empezaron a jugar sin entrar todavía. Renata aguantaba la respiración, sintiendo cómo su cuerpo respondía con espasmos que no podía controlar. Una parte de ella quería detenerlo. Otra, más oscura, rezaba para que no parara.
—¿Querés que te ponga los dedos? —preguntó él, directo al oído—. ¿Querés que te toque bien adentro?
Ella apenas asintió, un movimiento mínimo que el hombre pareció captar a la perfección. En Banfield, sus dedos se deslizaron dentro de ella, primero uno, después dos. Renata se mordió el labio para no emitir sonido. El movimiento rítmico se combinaba con el traqueteo del tren en una sintonía que la llevaba lejos de su vida cotidiana.
—Te gusta que un desconocido te toque en medio de toda esta gente —dijo él, seguro de su victoria.
No podía negarlo. Le gustaba lo ilícito, el riesgo, la certeza de ese hombre que la trataba como a un cuerpo disponible y al mismo tiempo la despertaba de un letargo de años.
Cuando el tren se acercaba a Lomas, el hombre retiró los dedos con una lentitud tortuosa. Renata suspiró, sintiendo de golpe la ausencia de ese contacto que ya había empezado a necesitar.
—Bajamos acá —le susurró—. Hay unos vagones viejos a unos metros de la estación. Quiero estar con vos como se debe.
La propuesta era escandalosa, peligrosa. Pero Renata sintió cómo su sexo se contraía de anticipación. Hacía años que no sentía un deseo tan grande, una necesidad que pasaba por encima de cualquier razón. Asintió otra vez, y cuando las puertas se abrieron en Lomas, los dos bajaron como si nada.
***
El aire de la noche era más frío que el del vagón, pero el cuerpo de Renata ardía. El hombre la tomó de la mano sin preguntarle el nombre y la guio por la oscuridad de las vías hasta unos vagones oxidados y abandonados. Olía a metal y a humedad, pero a ella no le importaba. Solo pensaba en el deseo que la consumía.
Él la apoyó contra la puerta de uno de los vagones y la besó con una ferocidad que la tomó por sorpresa. Su lengua le invadía la boca mientras sus manos le abrían el uniforme con prisa. Un botón saltó y rodó por el piso de cemento.
—Qué bien que estás —dijo él, separándose un instante para mirarla—. Parecés una pendeja, no una señora.
El comentario la habría ofendido en otro momento; ahora la encendió más. El hombre la giró con brusquedad y la hizo apoyar las manos contra la chapa fría del vagón. Le levantó la falda, se arrodilló detrás de ella, y Renata sintió su aliento caliente y después su lengua recorriéndola con una audacia que nunca había conocido.
—¡Ah! —se le escapó—. ¿Qué hacés?
—Quedate quieta y disfrutá —respondió él, sin detenerse, mientras sus dedos volvían a su sexo. Renata se perdió en una maraña de sensaciones, un placer que le parecía prohibido y que justamente por eso la hacía sentir más viva que nunca.
Damián —recién entonces, mucho después, sabría su nombre— la levantó y la condujo hacia el interior del vagón, donde había un colchón viejo tirado en el piso. La recostó sobre él con una energía que la asustó y la excitó por igual. Sin decir palabra, se abrió el cinturón y bajó el cierre.
—Primero te preparo bien —dijo, ubicándose entre sus piernas.
Renata sintió cómo sus rodillas se abrían casi solas, como si su cuerpo obedeciera a un mandato más viejo que su propia voluntad. Él no esperó. La penetró de una sola vez.
—¡Dios mío! —gritó ella, sintiendo cómo la llenaba por completo.
—Dios no tiene nada que ver —rio él, empezando a moverse con un ritmo salvaje—. Te voy a tratar como necesitás.
Cada embestida era más profunda que la anterior. Renata sentía cómo su cuerpo se adaptaba, cómo se humedecía cada vez más, facilitando ese movimiento implacable.
—¿Te gusta? —preguntó él entre jadeos, sosteniéndola de las caderas.
—¡Sí! —gritó ella, sin pudor—. ¡No pares!
Renata estaba completamente entregada. Sus manos se aferraban al colchón mientras sus caderas se movían al compás de las de él. Sus pechos, libres del corpiño, se sacudían con cada empuje, y los pezones duros parecían dos faros en la penumbra del vagón.
—Mirame —le ordenó él, y ella abrió los ojos que no recordaba haber cerrado—. Mirame mientras lo hacemos.
Renata lo miró, y en ese momento vio algo más que a un desconocido. Vio una liberación, la posibilidad de sentir más allá de la monotonía de su matrimonio. Vio, en los ojos de él, el reflejo de una mujer que ella misma no terminaba de reconocer, una mujer llena de deseo.
Él se inclinó y le mordió un pezón, arrancándole un grito en el que dolor y placer se confundían. Cambió de posición, le levantó las piernas y las apoyó sobre sus hombros, y desde ahí la penetró todavía más hondo.
—¡Así! —gritó ella—. ¡Así, más adentro!
El ritmo se volvió frenético. Renata sentía su orgasmo acercarse, una ola creciente que amenazaba con ahogarla.
—No pares —rogó—. Por favor, no pares.
Él aceleró hasta que ella estalló en mil pedazos. Fue un orgasmo violento y liberador que la recorrió entera y la dejó temblando, sin aire. Damián se movió un poco más y entonces gritó, terminando dentro de ella con una fuerza que la hizo sentir cada espasmo.
Se quedaron quietos un momento, escuchando sus respiraciones agitadas y el sonido lejano de otro tren pasando.
—Todavía no terminamos —dijo él, con una sonrisa que mezclaba promesa y amenaza—. Quiero más.
Renata sintió un escalofrío de miedo y de anticipación. Sabía que lo que venía podía dolerle, pero también que necesitaba sentirlo, llegar hasta el límite de esa sensación nueva de estar viva.
Él humedeció los dedos y los pasó por una zona que su marido jamás se había atrevido a tocar, una parte de su cuerpo que ella misma consideraba un tabú.
—¿Te animás? —preguntó.
—Sí —respondió ella, con la voz temblorosa—. Pero tené cuidado.
El hombre la hizo arrodillar sobre el colchón, las caderas en el aire y la mejilla apoyada en la superficie áspera. Se acomodó detrás y empezó a entrar despacio.
—Respirá hondo —le advirtió.
El ardor fue inmediato y agudo. Renata gritó e intentó apartarse, pero él la sostuvo con firmeza por las caderas.
—No te muevas —le dijo, sin brusquedad esta vez—. Relajate y dejame entrar. Ya vas a ver.
Ella obedeció, respirando profundo mientras él avanzaba lento pero implacable. Cada centímetro era una tortura que de a poco se transformaba en otra cosa, una mezcla de dolor y de éxtasis que la dejó sin aliento.
—¡Me estás partiendo! —gritó cuando él estuvo del todo dentro.
—Aguantá —respondió, empezando a moverse con suavidad—. Ya la estás disfrutando, ¿no?
No podía negarlo. El hombre fue ganando ritmo, cada empuje más profundo, y Renata sintió cómo su cuerpo se abría para acomodarlo. El dolor seguía ahí, pero debajo nacía una sensación de llenura que nunca había experimentado.
—¡Más! —gritó, sorprendiéndose a sí misma—. ¡Dame más!
Él la tomó del pelo y le levantó la cabeza del colchón sin dejar de moverse. Renata sintió las lágrimas correrle por las mejillas, pero no eran de dolor: eran de pura emoción, de algo que se soltaba después de demasiado tiempo apretado.
—Venite —le pidió él—. Venite conmigo.
Ella no necesitó más estímulo. Empezó a mover las caderas al ritmo de él, buscando cada vez más profundidad. Sentía el clímax acercarse otra vez, imparable.
—¡Me vengo! —gritó.
—¡Yo también! —respondió él, y con un último empuje terminó dentro de ella. Ese calor la arrastró a su propio orgasmo, una explosión que la recorrió entera y la dejó deshecha sobre el colchón.
***
Se quedaron un rato en silencio, escuchando el lejano paso de otro tren. Renata sentía una mezcla de satisfacción y desconcierto. ¿Qué acababa de hacer? ¿Qué significaba todo eso?
El hombre se acostó a su lado y le acarició el pelo sudado.
—Me llamo Damián —dijo, rompiendo el silencio—. ¿Y vos?
—Renata —respondió ella, sintiendo lo extraño que sonaba su nombre en esa circunstancia.
—Renata —repitió él, como saboreando la palabra—. Esto fue increíble. Pero me tengo que ir.
Se vistieron sin mirarse demasiado. Damián la acompañó de vuelta hasta la estación y, antes de separarse en el andén, le dio un último beso.
—La próxima te llevo a un lugar mejor —prometió—. Más cómodo.
Renata apenas pudo asentir, todavía procesando. Subió al tren hacia Adrogué con el cuerpo dolorido y la cabeza enredada. Miró por la ventanilla las luces de los barrios pasar a toda velocidad y se preguntó si alguna vez volvería a ser la misma mujer que había subido en Constitución unas horas antes.
Cuando llegó, Gustavo ya dormía, como siempre. Renata se duchó, lavando las huellas de Damián pero no el recuerdo de su contacto. Se acostó junto a su marido sintiendo el abismo que ahora los separaba.
Cerró los ojos y, en vez de dormir, revivió cada momento de esa noche: los roces en la tienda que la habían encendido, la audacia inicial en el tren, la exploración de sus propios límites, la ferocidad con la que la habían tomado. Por primera vez en seis años se sentía viva, deseada, peligrosamente viva.
Una parte de ella sabía que debía sentirse culpable. Y sin embargo, lo único que se preguntaba era cuándo volvería a sentir algo así. Mañana sería otro día de trabajo, otro viaje en tren. Pero ya nada sería igual: ahora sabía lo que se sentía al ser tomada con deseo, a perderse en el placer sin culpa ni pensamiento. Y esa certeza, tan recién descubierta y tan perturbadora, la cambiaría para siempre.