Mi verdadera primera vez llegó en el turno de noche
El título de esta confesión podría confundir a más de uno. Para mí, como para casi todas las mujeres, la primera vez no se olvida. Lo que pasa es que en mi caso no la recuerdo con cariño, sino con una mezcla de pena y resignación.
Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y mi novio diecinueve. Los dos éramos torpes, inexpertos, y las ganas nos podían más que la cabeza. Una tarde nos quedamos solos en su pieza después de clases. Me subió la falda, me bajó la ropa interior hasta los tobillos, se aflojó el pantalón hasta las rodillas y, sin más preparación que unos besos apurados, me lo metió de golpe.
No fue agradable. Para peor, justo cuando empezaba a acostumbrarme al intruso y quizás iba a empezar a sentir algo, él acabó dentro de mí. No lo culpo. Él tampoco sabía nada del asunto, y yo creí que así tenía que ser, que el placer era una cosa de las películas.
Lo repetimos un par de veces más, siempre por insistencia suya. Como lo quería, lo complacía. Hasta que un día me di cuenta de que mi período no llegaba. Estaba embarazada. Él se hizo cargo, me llevó a vivir con él y con su padre, nació el bebé y aguantamos juntos un par de años, hasta que la relación se gastó y nos separamos.
Como verás, mi primera vez no es de esas que dan ganas de cerrar los ojos para revivirla. Volví a casa de mis padres, terminé el colegio y me puse a trabajar para sacar adelante a mi hijo. Mi vida romántica, y mucho menos la sexual, no eran ninguna prioridad. Las había guardado en un cajón y había tirado la llave.
Entré a trabajar de vendedora en una distribuidora del centro. Me hice un par de amigas, y la tarde en que les conté mi historia me miraron con cara rara. Las dos coincidieron en lo mismo: que lo que me había tocado vivir no era normal, que ellas recordaban su estreno con una sonrisa que a mí me resultaba ajena.
—A ti te falta que alguien te enseñe bien —me dijo una, medio en broma.
Me reí, pero la frase se me quedó dando vueltas más tiempo del que quería admitir.
***
Al poco tiempo me tocó mi primer turno de noche con don Aníbal, un viudo de casi sesenta años que cuidaba el depósito. Mis compañeras bromeaban con lo coqueto que era el caballero. Me decían que tuviera cuidado, que si me agarraba desprevenida me iba a hacer «la maldad», y se reían entre ellas con una complicidad que yo todavía no entendía.
Don Aníbal tenía aspecto bonachón. Pelado, bajito, de manos grandes. Yo mido un metro sesenta y le sacaba media cabeza. Esa primera noche me pareció un señor encantador. Las horas se pasaron volando entre sus cuentos, porque el hombre tenía una historia para cada cosa. El turno era tranquilo: quedábamos los dos solos vigilando las cámaras de una oficina interior de la empresa, así que había mucho tiempo para hablar sin que nadie nos interrumpiera.
Me contó de su mujer, que había muerto hacía cinco años. De los viajes que nunca alcanzaron a hacer. De los nietos que veía poco. Lo escuchaba con la guardia baja, sin esa coraza que arrastraba desde el embarazo. A su lado no tenía que demostrar nada ni cuidarme de nada. Era, sencillamente, agradable estar ahí, en esa salita de monitores, tomando café malo de máquina a las tres de la madrugada.
Para la tercera noche ya me sentía completamente cómoda con él. Empezamos a bromear, a darnos empujones con las sillas con rueditas, a perseguirnos por el escritorio como dos chiquillos. Un par de veces su brazo me rozó los pechos. Lo atribuí a la casualidad, aunque, si te soy sincera, tampoco me habría molestado que fuera a propósito.
En un momento me levanté para ir al baño. Cuando volví, lo encontré de pie, apoyado contra el escritorio, justo frente a mi asiento, bloqueando el paso estrecho entre el mueble y la pared.
—Permiso —le dije, y pasé empujándolo con el cuerpo más de lo necesario.
Él me empezó a hacer cosquillas y casi me caigo, pero me sostuvo con firmeza por la cintura. No me soltó. Se quedó abrazándome desde atrás, con el pecho pegado a mi espalda y mi trasero apretado contra su cadera.
Me quedé quieta. Sentí un bulto extraño a través de la ropa. Apoyándome en la silla, empujé un poco hacia atrás para confirmar la sospecha. El señor estaba excitado. Y yo, en lugar de apartarme, no me moví ni un milímetro.
No dije nada, pero mi cuerpo habló por mí. Un suspiro se me escapó cuando él me apretó más fuerte. Sus manos empezaron a recorrerme los pechos por encima de la blusa, primero con cuidado, después con descaro, y al rato se colaron por debajo de la tela. Sentir sus manos ásperas y tibias en la piel desnuda me puso la carne de gallina. Hacía años que no me sentía así. Solo respiraba, agitada, dejándome hacer.
Estiré los brazos hacia atrás y le palpé el bulto del pantalón. Era considerable. Metí la mano por la cintura y lo toqué directamente, ya sin disimulo, con un deseo que no me reconocía.
—¿Te gusta lo que tocas? —me preguntó al oído.
No fui capaz de contestar. Solo asentí con la cabeza, mordiéndome el labio.
El sostén ya estaba fuera de lugar y él me manoseaba con total libertad, apretándome los senos, pellizcándome apenas los pezones. Con la otra mano me abrió el botón del pantalón y deslizó los dedos por debajo de la ropa interior. Lo sentí jugar despacio, sin apuro, y noté cómo me iba mojando, traicionada por mi propio cuerpo.
—¿Lo quieres? —me dijo, con la voz ronca.
—Sí. Dámelo —le respondí, ya sin aguantarme.
***
Yo misma terminé de bajarme el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas. Me apoyé en el respaldo de la silla y giré la cabeza para mirarlo. Lo vi bajarse la ropa con calma, como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Verle el miembro, listo, grueso, rodeado de vello canoso, me hizo desearlo todavía más. No era lo que una imagina a esa edad, y sin embargo no podía dejar de mirarlo.
Me tomó de la cadera y se acomodó contra mí. Cerré los ojos y esperé el empujón doloroso, el mismo de aquella tarde de hacía años. Pero nunca llegó.
Empezó a moverse con un cuidado que no conocía. Despacio, milímetro a milímetro, lo fui sintiendo entrar. Fue una verdadera tortura, de las buenas, sentirlo deslizarse entre mis pliegues, abriéndose paso sin prisa, hasta que por fin estuvo todo dentro de mí. Solté el aire que ni sabía que estaba conteniendo.
Entonces empezó a moverse en serio. Con tanta intensidad que tuve que apoyar las dos manos en la pared de atrás para resistir las embestidas. Lo disfrutaba como nunca antes. Me faltaba el aire. No podía dejar de gemir, y me daba igual que alguien pudiera oírnos.
Justo cuando un calor desconocido me empezaba a subir desde el vientre, él se detuvo en seco.
—No quiero que acabes así —me dijo.
¿Cómo que no? Si estaba a punto.
Me hizo sentar en la silla. Se arrodilló frente a mí, me levantó las piernas por encima de sus hombros y hundió la boca entre ellas. Sentí su lengua entrar, buscar, encontrar un punto exacto que me sacudía con pequeños golpes eléctricos. No sabía que algo así existía. No sabía que mi cuerpo era capaz de eso.
Hasta que sentí que todo se me salía de golpe. Empecé a temblar en la silla, sin control, tratando sin éxito de apartarle la cabeza con las manos. Solo me soltó cuando un líquido desconocido se me escurrió por los muslos y mojó el cuero del asiento. Mi primer orgasmo, a esa altura de mi vida, en el turno de noche de una distribuidora, con un hombre que me triplicaba en experiencia.
Me quedé tirada en la silla, deshecha, mirando el techo, sin entender cómo había vivido tantos años sin saber lo que era esto.
***
La semana todavía no terminaba, así que las noches siguientes seguí disfrutando de lo que don Aníbal sabía hacer. Lo dejé tomarme de maneras que jamás había imaginado posibles, y menos con un hombre de su edad. Me enseñó a pedir, a esperar, a no tener vergüenza de lo que el cuerpo reclamaba. Cada madrugada era una clase nueva, y yo era la alumna más aplicada que había tenido.
Una noche me sentó sobre el escritorio y se tomó su tiempo, lentísimo, hasta que le rogué que terminara de una vez. Otra me puso de espaldas contra la ventana, con la ciudad dormida abajo y mi propio reflejo mirándome, y descubrí que verme así, entregada, me encendía todavía más. Aprendí que el placer no era un golpe rápido sino una construcción paciente, y que la paciencia era justo lo que a los dieciocho años nadie había tenido conmigo.
Lo que más me sorprendía no era el cuerpo, sino la cabeza. Por primera vez no estaba pensando en si lo hacía bien, en si me veía fea, en si terminaba pronto. Solo sentía. Y entre embestida y embestida, don Aníbal me hablaba al oído, me decía lo que iba a hacerme, y esas palabras me prendían tanto como sus manos.
A la semana siguiente, mis compañeras me preguntaron con disimulo si había pasado algo con don Aníbal. Por supuesto que lo negué todo. Pero por la forma en que me miraron, con esa sonrisita cómplice, entendí al fin de qué tanto se reían. Ellas también habían disfrutado del viejito alguna vez, y sabían perfectamente lo bueno que era.
Hoy me atrevo a decirlo sin culpa: aquella sí fue mi verdadera primera vez. La única que de verdad quedó grabada en mi memoria, y la que vuelvo a recordar, con los ojos cerrados, cada vez que necesito sonreír.