El trío que planeé sin que él lo supiera
Primero, antes que nada, perdón por haber desaparecido tanto tiempo. Ya os contaré el motivo en otro momento, porque tiene su historia. Lo importante es que he decidido volver. Hace unos meses regresé como simple lectora, y eso me llevó a desempolvar el correo y encontrarme con tantos y tantas pidiéndome más relatos, consejos y, sí, alguna todavía me escribe pidiendo contactos por la zona. Me encanta, de verdad.
Tengo tantas cosas que contaros que no sabía ni por dónde empezar. En mi último relato os hablé de la gran decisión que Dani y yo tomamos, y creo que os merecéis saber un poco más. Os leo siempre, tanto en el correo como en los comentarios, así que contadme qué os parece.
Después de mi lío con Marcos seguí buceando por las apps de citas con un objetivo claro: encontrar a una chica. Por mucho que me costara, no caí en ninguna de las propuestas indecentes que me llovieron durante días. Y, obviamente, tampoco le conté a Dani el polvazo que Marcos me había dado. Al final acabé hablando casi a diario con tres chicas interesadas y un chico que, aunque no era mi tipo en absoluto, tenía un no sé qué que me hacía gracia. Pero con la que más hablaba era con Noa. Ya habíamos intercambiado los números y alguna que otra foto.
Noa es una chica de Cáceres, bastante parecida a mí en cuanto a su forma de entender el sexo. Había hecho varios tríos, pero siempre con dos chicos, y justo por eso le apetecía probar con una chica y un chico a la vez. Todo iba demasiado bien, así que armé el plan.
Estuvimos casi tres semanas afinando los detalles por mensaje. Que dónde, que cuándo, que qué le diría yo a Dani para que no sospechara nada. A ella le ponía muchísimo la idea de que él no supiera lo que estaba pasando hasta tenerlo encima, y a mí me ponía todavía más ser yo la que moviera todos los hilos. Noche tras noche me dormía con el móvil en la mano, repasando cada paso como quien estudia un examen, y notaba el calor subiéndome solo de imaginarlo.
Convencí a Dani de escaparnos a Cáceres un viernes por la tarde. La excusa era cambiar de aires y cenar en un restaurante que estaba de moda. Le dije que tenía antojo, y me consintió. Paseamos por el centro, nos tomamos un par de cervezas y nos fuimos a cenar. Tras una cena estupenda regada con vino, le sugerí tomar la última en una terraza, que hacía una noche maravillosa.
Y ahí es donde aparece Noa. Se sentó en la mesa de al lado, como si nada. Se acercó varias veces a pedirle fuego a Dani y, poco a poco, fue rompiendo la barrera física: apoyaba el brazo en su hombro, le rozaba la espalda cada vez que volvía con la excusa del mechero.
—Parece que le gustas a la rubia esa —le dije—. No para de toquetearte cada vez que puede.
—Anda ya, ¿qué dices? Solo me ha pedido fuego, Carla.
—Fuego… ¿Te gusta? Es guapa.
—Ni me he fijado, te lo juro. Déjalo ya.
—Bueno, como tú quieras. A lo mejor también le gusto yo y podríamos…
—¿Lo dices en serio? —se le iluminó la cara—. Por mí sí, está buenísima, la verdad.
—Menos mal que no te habías fijado, hijo —me reí—. Pues venga, díselo tú.
—¿Yo? Esto se te da mucho mejor a ti.
—Vete al baño, anda. Vaya elemento estás hecho.
Dani se levantó y se metió en el baño. Aproveché para acercarme a Noa, que estaba supernerviosa. Fui a darle dos besos y directamente me plantó un piquito en los labios. Nos reímos de los nervios y traté de tranquilizarla.
—Vale, tía, esto está hecho —le dije al oído—. Vete para la habitación y seguimos con el plan.
Noa se marchó al hotel que habíamos reservado en pleno centro. Cuando Dani volvió del baño, ella ya no estaba.
—¿Qué? ¿Cómo ha ido? —preguntó al sentarse.
—No le ha hecho ni puta gracia, cariño. Se ha largado.
Su cara de decepción era de manual. Saqué el móvil y me puse a trastear con las redes para ganar tiempo y dejar que se cociera el momento.
—Oye, he hecho una locura —solté de repente—. Acabo de reservar una habitación aquí al lado. Vámonos, nos ponemos cómodos y buscamos a alguien en la app que esté cerca y nos guste. Y si no encontramos a nadie, nos lo montamos nosotros dos. Además, la habitación tiene jacuzzi.
—Me parece bien tu locura —dijo, recuperando la sonrisa.
***
Nos fuimos caminando y, por el camino, empecé a jugar un poquito para ir calentando el ambiente. Le pasaba la mano por dentro de la chaqueta, le mordía el lóbulo de la oreja al cruzar cada esquina poco iluminada, le susurraba lo que pensaba hacerle en cuanto entráramos. Para cuando llegamos al portal del hotel, lo notaba completamente duro contra mi cadera y él ya no hacía preguntas.
Hicimos el check-in y la recepcionista me dedicó una sonrisa cómplice que me puso aún más; estaba claro que sabía perfectamente qué clase de noche tenía pinta de ser aquella. Subimos en el ascensor pegados, sin soltarnos, y al abrir la puerta Dani fue directo al jacuzzi a apretar los botones para que se fuera llenando. El cuarto olía a limpio y a algo dulzón, y el rumor del agua llenando la bañera lo tapaba todo.
Se sentó en la cama y yo me subí encima de él. Empezamos a devorarnos. Me bajó los tirantes del vestido, liberó mis pechos y centró la boca en ellos. Lo detuve.
—Dame un momento, se me ha ocurrido una idea.
Me quité el vestido del todo y, como si fuera una bufanda, le tapé los ojos con él, haciendo un nudo flojo por detrás de la cabeza. Lo tumbé, le quité los pantalones y la ropa interior, y le atrapé la polla con la mano izquierda mientras hundía la boca entre sus huevos. A pequeños lametones fui subiendo por todo el tronco hasta el glande, y justo ahí me detuve otra vez.
—Dame un segundo, cari. Tengo que ir al baño. Pero ni te muevas ni te toques sin mí, ¿eh?
—Vale, no me muevo —dijo, ciego bajo la tela.
Entré en el baño, donde me esperaba Noa. Al verme se quedó atónita, mirándome de arriba abajo mientras se mordía el labio. La besé mientras la desnudaba y las dos salimos en silencio a la habitación. Cogí el móvil, abrí la cámara en modo vídeo y, con un solo gesto, Noa lo entendió todo. Se subió a la cama, agarró la polla de Dani y empezó a comérsela despacio.
Dani jadeaba sin tener ni idea de lo que pasaba mientras yo lo grababa todo. Noa fue subiendo el ritmo hasta metérsela entera, y entre alguna arcada y un glub glub que inundaba la habitación, él gemía cada vez más fuerte.
Noa dejó de chuparla, se subió encima, se guió la polla hasta la entrada y se dejó caer poco a poco, esforzándose por no gemir y delatarse.
—Joder, Carla, qué estrecha estás hoy —dijo él entre dientes—. Estás ardiendo.
Acto seguido subió las manos hasta los pechos de Noa, y algo en su cabeza hizo clic: las tetas de ella eran muchísimo más grandes que las mías. Me apresuré. Le quité el vestido de los ojos y, antes de que pudiera decir nada, me subí a la cama y le planté el coño en la boca.
Desde mi posición tenía enfrente a Noa, que seguía cabalgando a Dani con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Nos buscamos por encima de su cuerpo, empezamos a besarnos despacio y a jugar con nuestros pechos, y yo sentía la respiración de Dani entre mis piernas marcando el ritmo de todo. Noa me clavaba las uñas en el muslo cada vez que él la embestía más fuerte, hasta que se corrió con un pezón mío entre los labios, temblando entera. Las dos nos bajamos, liberando a Dani. Me puse a cuatro patas y él empezó a follarme mientras yo seguía con el móvil en la mano, grabándolo todo. Entonces Noa se colocó detrás de él y le comió el culo.
Dani jadeaba, le faltaba poco. Lo conozco demasiado bien.
—No lo metas, no lo metas —repetía.
Noa empezó a meterle un dedo mientras él seguía dentro de mí. El «no lo metas» no era porque no le gustara; ya lo tengo bien enseñado. Era porque eso aceleraba sus ganas de correrse y no quería terminar todavía. Me salí, lo empujé sobre la cama y le pasé el móvil para que siguiera grabando. Llamé a Noa con un gesto y entre las dos nos lo comimos hasta que se corrió como hacía tiempo que no lo veía correrse.
Noa empezó a besarme, recogiendo los restos de la cara, e hice lo mismo con ella. Después nos dejamos caer las tres sobre la cama, agotadas y muertas de risa.
Le quité el móvil a Dani. Volvimos a reírnos de los nervios, pero esta vez los tres juntos. Entonces me di cuenta de que Noa tenía la mano apoyada otra vez sobre la polla de Dani. La miré.
—Disfrútala de nuevo. Ahora tú sola.
—¿De verdad? ¿No te importa?
—Dale —le dije, sonriendo.
***
Me levanté y me metí en el jacuzzi con el móvil en la mano. Entré en la app y tenía un mensaje nuevo.
—Hola, niñata, ¿qué haces esta noche? —escribía un tal Álex.
Le mandé una foto de Noa encima de Dani, comiéndosela.
—Hoy estoy ocupada, guapo. Ya hablamos otro día.
Apoyé la nuca en el borde del jacuzzi y los observé desde el agua, el vapor subiendo entre nosotros, sin ninguna prisa por salir. Esto es exactamente lo que llevaba semanas imaginando.
Niñas, no dejéis de escribirme, que prometo estar mucho más activa a partir de ahora. Y, ya que estamos… ¿alguna quiere que le coma el coño?