Lo que vi por la ventana de mis vecinos
La luz de unas velas temblaba detrás de los setos de la casa de enfrente, y Bruno supo que aquello estaba ocurriendo otra vez. Dejó la taza sobre la mesa, se calzó las zapatillas y, sin levantar demasiado la voz, le dijo a su mujer que iba a estirar las piernas un momento.
—Vuelvo en diez minutos —murmuró—. Necesito tomar el aire.
Elena ni siquiera apartó la vista del televisor. Bruno salió por la puerta trasera antes de que ella pudiera ofrecerse a acompañarlo. No quería testigos.
El corazón le iba más rápido de lo que admitía mientras bordeaba los arbustos altos que separaban las dos parcelas. Era la tercera vez ese mes que hacía lo mismo. Llevaba semanas observando esa casa, desde que empezó a notar algo extraño en las costumbres de sus vecinos.
Primero había sido un coche gris que aparcaba al anochecer. Luego un sedán azul. En los últimos días, una furgoneta oscura. Ninguno llegaba antes de que cayera el sol y ninguno se marchaba hasta la madrugada siguiente, cuando todavía no había amanecido del todo.
Allí vivían Carla y Damián. Una pareja normal, simpática, de las que saludan en el supermercado. Lo que desconcertaba a Bruno era que toda la casa quedara a oscuras poco después de que llegaran las visitas, todas las luces apagadas salvo una: la del dormitorio del fondo.
Se dijo a sí mismo que solo cumplía con su deber de vecino. Formaba parte del grupo de vigilancia del barrio, ¿no? Si pasaba algo raro, alguien tenía que comprobarlo. Era una excusa pobre y lo sabía, pero le servía para seguir avanzando entre las sombras.
La persiana del dormitorio estaba subida. Le pareció un descuido extraño. Solo le faltaban unos pasos para asomarse y ver, con sus propios ojos, qué hacían sus vecinos con tanta gente y tan a menudo.
No había luna esa noche. La oscuridad lo cubría por completo y él llevaba una camiseta negra que lo volvía casi invisible. Si alguien lo descubría, podría echar a correr y meterse en su casa antes de que distinguieran su cara.
Pegó la frente al cristal y lo que vio lo dejó sin aire.
Era Carla, de pie junto a la ventana, con un camisón oscuro y fino que apenas la cubría. La melena rubia le caía hasta la cintura. Se movía despacio, sonriendo, balanceando las caderas como si bailara para alguien que estaba dentro de la habitación, fuera del alcance de su mirada. La tela transparente se le pegaba a los pezones erectos, oscuros bajo la seda, y por debajo se le adivinaba el triángulo rubio del coño sin bragas.
Está sola, parece feliz, pensó él, sin entender. ¿Por qué baila en camisón a estas horas, sin nada debajo?
Entonces Carla se apartó del cristal y Bruno solo alcanzó a ver sombras en la pared, dibujadas por la llama de una vela. Dos siluetas, quizás tres. Había alguien más en esa habitación con ella.
Recordó al hombre alto y de espaldas anchas que había bajado de la furgoneta esa misma noche. No le había visto la cara, pero su tamaño era inconfundible.
***
Cuando volvió a asomarse, Carla ya no estaba de pie. Estaba en la cama, tumbada de lado, besándose con aquel desconocido con la boca abierta, las lenguas visibles buscándose entre saliva. Seguía con el camisón puesto, y la mano del hombre se había deslizado por debajo de la tela, subiéndosela hasta la cintura para dejarle el culo redondo al aire. Los dedos del tipo se hundían entre las nalgas de Carla, buscando la raja del coño desde atrás, y ella abría las piernas para dejarse tocar mientras gemía dentro de la boca del otro.
Bruno vio cómo el hombre encontraba el clítoris y empezaba a frotárselo en círculos lentos. Carla arqueó la espalda y separó los labios del beso para soltar un jadeo largo, ronco, que empañó el aire caliente de la habitación. La mano del amante se llenaba de humedad. Bruno alcanzó a distinguir el brillo de los dedos cuando el tipo los sacó y se los llevó a la boca de ella, que los chupó despacio, mirándolo, saboreando su propio jugo.
¿Por qué le hace esto a Damián? Está engañando a su marido en su propia cama.
El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que temió que lo oyeran desde dentro. No podía moverse. Veía a su vecina rubia entregarse a otro hombre y, contra toda lógica, sentía cómo su propio cuerpo respondía. La excitación lo recorría como una corriente que no había pedido. La polla se le había puesto dura dentro del pantalón, tan tensa que le dolía, y sin darse cuenta se apretó la entrepierna con la palma para calmarla.
Carla se incorporó, se arrodilló sobre el colchón y empujó con suavidad al hombre contra la almohada. Le abrió el albornoz que aún llevaba puesto de un tirón y le tiró de los calzoncillos hacia abajo. La verga del tipo saltó hacia arriba, larga, gruesa, con el glande hinchado y morado, latiéndole contra el vientre. Carla soltó una risa baja, satisfecha, y la envolvió con los dedos.
Empezó por lamérsela desde la base, la lengua ancha y plana subiendo por la vena gorda del reverso, hasta llegar a la punta. Le rodeó el capullo con los labios y le dio un beso húmedo, sonoro, antes de metérsela entera en la boca. Bruno vio cómo se hundía hasta la garganta, cómo las mejillas se le ahuecaban con la succión, cómo el hombre le agarraba la nuca con la mano y la obligaba a bajar aún más. Carla no se resistió: dejó que la follara la boca, tragándosela hasta que las lágrimas le brillaron en los ojos y una hebra de saliva le colgó de la barbilla al sacársela.
—Así, guarra —lo oyó gruñir Bruno a través del cristal—. Mámame la polla como te gusta.
Carla no contestó. Volvió a metérsela en la boca, y esta vez chupó con ganas, apretando los labios alrededor del tronco, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo cochino, dejando que se le escapara la saliva por las comisuras. Con la otra mano le acariciaba los huevos, apretándoselos, sopesándolos, y de vez en cuando le rozaba con las yemas el agujero del culo, hasta que el tipo daba un respingo y le tiraba del pelo.
Bruno tragó saliva. Lo que estaba presenciando era más intenso que cualquier película que hubiera visto a escondidas. El hecho de que fuera real, de que la conociera, de que la saludara cada mañana por encima del seto, lo volvía insoportablemente caliente. Se llevó la mano al bulto del pantalón y se apretó otra vez, sin atreverse a más.
El hombre gemía con la cabeza echada hacia atrás. Carla lo miraba desde abajo, con la polla dentro de la boca, satisfecha, dueña de la situación. Es una desconocida, pensó Bruno. La mujer que conozco se queda en la puerta de su casa, y esta guarra que le está comiendo la verga a otro hombre no tiene nada que ver con ella.
Las preguntas se le agolpaban. ¿Dónde estaba Damián? ¿Desde cuándo pasaba esto? ¿Cuántos hombres habían cruzado esa puerta en las últimas semanas? Y, sobre todo, ¿cómo era posible que aquella pareja, que parecía tan feliz, viviera así?
No se atrevía a contestarse. Solo quería seguir mirando.
***
El hombre se incorporó, la agarró de los brazos y la levantó lo suficiente para ayudarla a quitarse el camisón. Bruno vio cómo la tela se deslizaba por encima de su cabeza y la dejaba completamente desnuda a la luz de las velas. Las tetas, más grandes de lo que él había imaginado, le colgaban pesadas y blancas, con los pezones duros y oscuros apuntando hacia arriba. El vientre plano, las caderas anchas, el coño depilado dejando ver los labios rosados brillantes de humedad. La vista lo dejó clavado en el sitio, con la polla latiéndole contra la cremallera.
El tipo la empujó boca arriba sobre las sábanas y se acomodó entre sus muslos abiertos. Le agarró las piernas y se las echó a los hombros, doblándola en dos. Bruno vio con perfecta claridad cómo el hombre se escupía en la mano, se la pasaba por la verga para lubricarla y se colocaba el glande contra la entrada del coño de Carla. Se frotó despacio contra los labios, arriba y abajo, hasta que ella soltó un quejido impaciente y le clavó los talones en la espalda.
—Métemela ya, joder —gimió Carla en voz alta, y Bruno oyó cada palabra a través del cristal—. No me hagas esperar.
El hombre le hizo caso. De un empujón lento, largo, se la enterró hasta el fondo. Bruno vio cómo la verga desaparecía dentro del coño de su vecina, cómo los labios se estiraban alrededor del tronco grueso, cómo el vientre de Carla se hundía al recibirla. La boca de ella se abrió en un grito ahogado y las manos se le agarraron a la cabecera de la cama.
Entonces el amante empezó a follársela. Al principio con embestidas hondas y espaciadas, dejándola sentir cada centímetro de polla, sacándosela casi entera antes de volver a metérsela de golpe. Los muelles del colchón crujían. Las tetas de Carla rebotaban con cada empujón, arriba y abajo, y ella se las agarraba con las manos, se pellizcaba los pezones, se los retorcía mientras gemía sin ningún pudor.
—Más fuerte —le pedía—. Fóllame más fuerte, dame con todo.
El tipo obedeció. Aceleró el ritmo hasta que las caderas le chocaban contra el culo de ella con un plaf plaf plaf sonoro y constante. El sudor le brillaba en la espalda a la luz de las velas. Carla ya no gemía: aullaba, se retorcía, le clavaba las uñas en los brazos, le mordía el cuello. Cambiaron de postura sin salirse. Él la puso de lado, le levantó una pierna al aire y siguió embistiéndola de costado, con una mano apretándole una teta, con la otra tapándole la boca cuando los gritos amenazaban con hacerse demasiado altos.
Bruno los vio pasarse a cuatro patas. Carla se puso a gatas sobre el colchón y le ofreció el culo respingón, arqueando la espalda como una gata en celo. El hombre la agarró de las caderas, le escupió sobre la raja y volvió a hundírsela en el coño de un tirón. Empezó a martillearla desde atrás, cada envión levantándola del colchón, y ella dejaba caer la cabeza contra la almohada mientras gruñía y babeaba y decía guarradas que Bruno no llegaba a entender del todo.
En algún momento, sin darse cuenta del todo, Bruno se descubrió a sí mismo bajándose la cremallera, sacándose la polla dura y rezumante, y machacándosela despacio pegado al cristal. Se avergonzaba, se odiaba por hacerlo, pensaba en Damián, en su confianza traicionada, y aun así no podía despegarse de la ventana ni soltar la verga. La tenía tan tensa que dolía. Se frotaba con la palma seca, apretando los dientes, tratando de no gemir en voz alta.
Y entonces ocurrió algo que lo descolocó por completo.
El amante frenó las embestidas, giró la cabeza hacia los pies de la cama y habló en voz baja, dirigiéndose a alguien que Bruno no había visto.
—Creo que es buen momento para que vengas a ocuparte de tu mujer.
¿Con quién habla? ¿Hay alguien más?
De la penumbra del fondo emergió una tercera figura, desnuda, con la polla ya en la mano. Bruno reconoció el perfil al instante. Era Damián. Y no estaba enfadado, ni sorprendido, ni dolido. Se acercó a la cama con una naturalidad que lo dijo todo, se subió al colchón por delante de su mujer y le presentó la verga tiesa a un palmo de la boca. Carla, todavía empalada por detrás, abrió los labios sin dudar y se tragó la polla de su marido hasta la garganta con la misma hambre con la que había mamado al otro.
Bruno sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No la está engañando. Lo hacen juntos. Esto es lo que son. Se la está follando otro delante de él y a él se le pone dura.
Los dos hombres empezaron a moverse a la vez, uno metiéndosela por el coño, el otro por la boca, y Carla se dejaba usar entre los dos como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. El desconocido la agarraba de las caderas y la martilleaba desde atrás; Damián le sujetaba la cabeza con las dos manos y le follaba la boca con embestidas cortas y profundas. Los gemidos de Carla salían ahogados alrededor de la verga de su marido, mezclados con arcadas suaves y babeo.
Damián se retiró un momento para tomar aire y le apoyó las manos en la nuca a su mujer. Por un segundo, Carla levantó la vista hacia la ventana. Bruno se quedó helado, con la polla todavía en la mano. Sus miradas se cruzaron a través del cristal. Ella no apartó los ojos. Sonrió con la boca llena de saliva y de semen ajeno, y le sacó la lengua a modo de invitación.
Lo había descubierto.
Bruno se guardó la verga como pudo, se subió la cremallera atrapándose piel en el intento, se separó de la ventana como si quemara, se dio la vuelta y cruzó el jardín casi a ciegas, tropezando con las raíces, hasta colarse por la puerta de su propia cocina. El corazón le iba a estallar. La polla, todavía dura, le rozaba contra la tela del pantalón a cada paso.
***
Elena seguía en el sofá, con su pijama rosa, los pies recogidos bajo el cuerpo. Levantó la cabeza cuando lo oyó entrar.
—¿Qué tal el paseo? —preguntó sin demasiada curiosidad.
—Tranquilo —mintió él, dejándose caer a su lado—. Hace fresco.
Ella se acurrucó contra su hombro y volvió a su película. Bruno cerró los ojos. Detrás de los párpados solo veía a Carla mirándolo, sonriendo con la boca llena, sabiendo. Me reconoció. Sabe que era yo. Vio cómo me la meneaba.
Las posibilidades se le amontonaron en la cabeza. Podían llamar a la policía. Podían contárselo a Elena. Podían arruinarle la vida con una sola frase. ¿Cómo iba a explicarle a su mujer que se pasaba las noches espiando a los vecinos por la ventana del dormitorio, con la polla fuera?
Esa noche apenas durmió. Elena se acostó desnuda a su lado, como siempre, y le dio las buenas noches con un beso. Él la abrazó por la cintura y se quedó mirando el techo, pensando en lo que jamás se habría imaginado de la pareja de enfrente, con la verga todavía a medio bajar contra el muslo de su mujer.
***
A la mañana siguiente, un domingo soleado, Bruno cortaba el césped en el jardín trasero. Elena había salido a hacer la compra, como cada domingo. El zumbido de la máquina casi le impidió oír la voz al otro lado del seto.
—Hola, vecino.
Se dio la vuelta. Carla cruzaba hacia su parcela con dos vasos de té helado en las manos. Llevaba un vestido ligero de verano y una sonrisa imposible de descifrar.
—Te vi sudando con la máquina y pensé que te vendría bien algo fresco —dijo, tendiéndole uno de los vasos.
—Gracias —contestó él, con la garganta seca.
Carla bebió un sorbo sin dejar de mirarlo, y la sonrisa se le afiló un poco.
—Bruno, vine a hablar de lo de anoche.
A él se le congeló la sangre. Intentó adelantarse, balbuceando una excusa torpe.
—Lo siento mucho, de verdad. Solo estaba comprobando que todo estuviera bien. Vi la casa a oscuras y una luz en el fondo y pensé que podía haber un problema, un escape, un incendio...
Sabía que sonaba ridículo. Carla ladeó la cabeza, divertida.
—Qué considerado tener un vecino tan pendiente de nosotros —dijo, y bajó la voz—. Pero te vi perfectamente, Bruno. Anoche, junto a la ventana, con la polla fuera. Y te aseguro que a mí me encantó tenerte de público.
Él casi se atraganta con el té. Durante un instante no fue capaz de articular palabra. Al final solo le salió una.
—Sí.
Carla soltó una risa breve, sin maldad, casi tierna.
—Me lo imaginaba. Damián y yo llevamos meses con esto. A él le gusta mirar tanto como participar. No le molesta verme follar con otros; al contrario, se le pone la verga como una piedra viendo cómo me la meten. —Lo miró fijo—. Supongo que también viste esa parte.
Bruno asintió en silencio, incapaz de creer que estuvieran teniendo esa conversación a plena luz del día, entre el olor a césped recién cortado y el zumbido lejano de un aspersor.
—Te propongo una cosa —siguió ella, acercándose un paso—. Lo que pasa en nuestra casa se queda entre nosotros. Nadie en el barrio tiene por qué saberlo. ¿Estamos de acuerdo?
—Claro —se apresuró a decir él—. Por supuesto. No diré nada.
—Bien. —Carla se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla. El roce de su cuerpo contra el brazo de Bruno le erizó la piel, y ella, disimuladamente, le pasó la palma por encima del bulto del pantalón, apretándoselo un segundo—. Vaya, ya se te está poniendo dura otra vez. Buen chico. —Le sonrió con dulzura—. Por cierto, ¿a qué hora vuelve Elena de la compra? Hay algo de lo que me gustaría hablar con ella.
El corazón de Bruno dio un vuelco distinto. Algo en el tono de Carla le decía que la conversación de anoche no había terminado, sino apenas empezado.
—En un par de horas, supongo —contestó—. ¿Quieres que le diga algo?
—No hace falta. —Carla sonrió de nuevo, esa sonrisa que Bruno empezaba a temer—. Se lo digo yo misma.
***
El coche de Elena apareció en el camino de entrada antes de que Bruno pudiera ordenar sus ideas. Las dos mujeres se abrazaron como si fueran amigas de toda la vida, y Carla, con una naturalidad pasmosa, le contó que quería invitarla a salir el viernes siguiente. Una noche de chicas, dijo. Música, unas copas, nada del otro mundo.
Elena se iluminó. Hacía años que no salía sin él, confesó entre risas, y le pareció una idea estupenda. Carla la enganchó del brazo y, antes de irse, se volvió hacia Bruno.
—¿Por qué no te haces el buen marido y entras tú la compra mientras charlo un rato con tu mujer?
Bruno cargó las bolsas en silencio, sabiendo que Carla estaba jugando con él, moviéndolo por el tablero a su antojo. Cuando terminó y salió de nuevo al jardín, las dos mujeres ya desaparecían entre los setos camino de la casa de enfrente.
Fue una semana larguísima. Elena hablaba con Carla a diario, por teléfono o en persona, y cada día parecía más entusiasmada con la dichosa salida del viernes. Bruno trató de sonsacarle adónde iban exactamente, pero su mujer le restaba importancia: un club, unas copas, bailar un poco.
No es que no confiara en Elena. Era Carla la que lo inquietaba. Tenía la sensación de que no estaba siendo del todo sincera sobre los planes de esa noche.
***
El viernes, mientras Elena se duchaba, Carla apareció en la puerta con una funda de plástico negro colgada del brazo y una bolsa con zapatos. Le dedicó a Bruno una sonrisa que ya conocía demasiado bien y se metió en el dormitorio a esperar a su mujer.
Tardaron casi dos horas. Cuando Elena salió por fin, Bruno apenas la reconoció. Llevaba un vestido rojo ajustado, mucho más atrevido que cualquier cosa que se hubiera puesto nunca, con un escote profundo que le dejaba media teta al aire y una falda tan corta que apenas le tapaba el culo. Unos tacones a juego, medias con liguero que se le adivinaban al andar. El pelo recogido con unos rizos sueltos, los labios pintados de rojo, brillantes, obscenos. Estaba deslumbrante y, al mismo tiempo, parecía otra persona: una zorra a la que Bruno no había visto nunca dentro de su propia mujer.
—¿Adónde la llevas vestida así? —preguntó Bruno, intentando que no se le notara el nudo en la garganta.
—No te preocupes por Elena esta noche —contestó Carla con dulzura—. Si la quieres, confía en ella. ¿Verdad, Elena?
Elena se acercó a darle un beso en los labios, un beso lento, con lengua, distinto a todos los besos que le había dado en años.
—Cariño, no llegaré tarde. Solo vamos a bailar un rato. Hacía siglos que no salía sin ti y me apetecía muchísimo.
Cogió un bolso pequeño, le dio otro beso y caminó hacia la puerta del brazo de Carla. Antes de salir, Carla se volvió una última vez, con esa sonrisa que a Bruno se le había metido bajo la piel.
—Damián vendrá un rato a hacerte compañía esta noche. Hasta luego.
La puerta se cerró y Bruno se quedó solo en el salón, con el corazón disparado, preguntándose en qué se había metido exactamente la noche en que decidió acercarse a esa ventana.
Damián llegó una hora después con una botella de vino y un par de carcasas de DVD bajo el brazo. Saludó como quien visita a un viejo amigo, pidió un par de copas y se acomodó en el sofá como si la casa fuera suya.
—Nuestras mujeres se han ido muy guapas esta noche —comentó mientras servía el vino—. Estaremos listos para cuando vuelvan, no te preocupes.
Bruno notó que las manos le temblaban al sostener la copa. Damián sonrió, encendió el reproductor y le pasó una de las carcasas.
—Siéntate y relájate, Bruno. Tenemos toda la noche por delante.
Y Bruno, sin saber muy bien si quería huir o quedarse, se sentó.





