Lo que pasó en el club liberal antes de que llegaran
Para situaros un poco: soy un hombre valenciano de cuarenta y cinco años, me conservo razonablemente bien para la edad que tengo. Castaño, metro setenta, setenta kilos más o menos, y el pelo más largo de lo que se estila. No soy de gimnasio, fumo, me gusta la cerveza y, en general, tengo todos los vicios que se supone que uno no debería tener. Aun así, no me puedo quejar de cómo me devuelve el espejo la mirada por las mañanas.
Hace ya unos cuantos años descubrí una de esas aplicaciones de chat gratuitas, de salas temáticas, donde la gente entra a hablar de cualquier cosa a cualquier hora. Yo pasaba ratos largos ahí, enganchado a conversaciones que iban de lo absurdo a lo más íntimo sin avisar. En una de esas salas hice buenas migas con Vera, diminutivo de Verónica, una mujer de treinta y dos años, sevillana, con una lengua tan afilada como caliente.
Pasábamos horas escribiéndonos. Después llegaron las fotos, y después la cámara, con resultados que ninguno de los dos esperaba la primera vez que nos atrevimos. No era una modelo de revista, pero tenía unas curvas muy bien repartidas y, sobre todo, una personalidad arrasadora. Por aquel entonces yo trabajaba en otra empresa y viajaba una vez al mes a Sevilla, varios días, por reuniones y papeleo de esos que no se acaban nunca.
Aquella mañana iba en el tren hablando con ella por teléfono. Le contaba que tenía una reunión a primera hora de la tarde, pero que sobre las siete me quedaba libre. Y ella, con ese humor suyo que desarmaba a cualquiera, me soltó que había quedado con una pareja en un club liberal, pero que hasta las diez tenía tiempo, y que si me apetecía acompañarla a tomar algo antes.
No me lo pensé dos veces. Nunca había pisado un sitio así, me podía la curiosidad, y siempre he creído que es mejor quedarse con la culpa que con las ganas.
***
Nos vimos en un bar a un par de calles del local. Ella llegó con una mochila al hombro, traje de chaqueta y pantalón, una imagen tan formal que contrastaba con mis vaqueros, mis botas de montaña y la cazadora tejana que llevaba ese día. Parecíamos dos personas que no tenían nada que hacer juntas, y quizá por eso me hizo tanta gracia.
—¿Vienes de currar o de un funeral? —le dije señalando el traje.
—De una reunión de las tuyas, listo —contestó riéndose—. Aunque la mía la he aprovechado mejor.
Un par de cervezas después, y mucha risa de por medio, nos fuimos hacia el club. Por lo que me explicó, había dos ambientes bien diferenciados. Un bar normal y corriente, donde la gente bebía y charlaba como en cualquier sitio, y al fondo una puerta que daba a unos vestuarios y a varias habitaciones, por si surgía la cosa.
Mientras nos bebíamos otra cerveza, le pregunté qué llevaba en la mochila.
—Pues mira, te lo enseño —dijo abriéndola sobre la mesa—. Kit básico de supervivencia: muda de ropa interior, condones, lubricante, mi succionador, toalla y gel de ducha.
—Joder, Vera, vienes preparada para una expedición. Lo del succionador no lo pillo, oye.
—Por si me quedo con ganas de más. Nunca salgo de casa sin él —contestó muerta de risa.
—Eres de lo que no hay —le dije, sin poder parar de reírme yo tampoco.
—Venga, vamos a cambiarnos y nos tomamos la última en una sala privada.
—Va, pero cuando lleguen tus amigos me piro, que mañana madrugo un montón.
***
Y para allá fuimos. Antes pasamos por el vestuario, donde te daban una toalla pequeña, unas chanclas y poco más. Yo entré con mi cerveza en la mano, sintiéndome a medio camino entre un colegial en un sitio prohibido y un señor que no sabía muy bien qué hacía allí.
La sala que había reservado la pareja era amplia. Una cama de matrimonio en el centro, un par de sillas y una especie de mesa baja de metro y medio de largo y poco más de medio de ancho. Un espacio diseñado para una sola cosa, sin disimulos: dar rienda suelta a lo que a uno le apeteciera.
Seguimos riendo y hablando, pero la conversación empezó a subir de tono casi sin darnos cuenta. Nos fuimos tocando por encima de la ropa interior, cada uno a lo suyo, igual que tantas veces habíamos hecho frente a una pantalla. Solo que esa noche no había cámaras de por medio, ni distancia, ni excusas.
Se quitó el sujetador y descubrió un pecho generoso, que caía un poco por su propio peso pero seguía firme. Yo ya me había quedado sin nada de ropa, con la mano en la entrepierna, empezando a tocarme mientras la miraba. Cuando terminó de desnudarse, perfectamente depilada, cogió el succionador y lo puso en marcha. Ese zumbido bajo y constante es inconfundible.
—Tío… es muchísimo más divertido sin una cámara en medio —dijo soltando un suspiro.
—Ya te digo. Se ve todo sin tener que mover ni un dedo —contesté.
—Voy a tumbarme en la cama, que aquí estoy más cómoda.
—Yo me quedo de pie, que tengo mejores vistas.
Mentí. No me quedé donde estaba: me levanté para verla mejor. Aquella mujer desnuda, con las piernas abiertas, moviéndose contra el aparato que trabajaba incansable y le arrancaba gemidos cada vez más hondos, era algo que no estaba dispuesto a perderme desde lejos.
—Uf, si tus vistas son buenas, las mías ya ni te cuento —murmuró sin abrir del todo los ojos.
—Ya veo que te has puesto cómoda, sí.
La escena era esta. Yo de pie, a medio metro de la cama, masturbándome despacio. Ella se había colocado con la cabeza al borde del colchón y las piernas abiertas, dándose con el succionador y con los dedos a la vez. Cuanto más la miraba, más me costaba mantener el ritmo lento que me había impuesto.
—Uf… qué ganas de polla tengo, joder… —soltó entre jadeos.
—¿Y qué quieres que haga yo? Si has quedado dentro de un rato, vas a tener de sobra. Esto es solo el calentamiento —le dije riéndome.
—Caliente ya estoy… —y se quedó sin palabras un instante—. No puedes estar ahí, de pie, tocándote delante de mí, y no dejarme probar.
No la dejé ni terminar la frase. Di un paso y ya tenía mi polla en su boca, hasta la mitad, antes de que pudiera arrepentirse de pedirlo.
—Aguántalo ahí —le dije pasándole el succionador a la mano—, así no te tienes que preocupar por sujetarlo.
Y, haciéndome el gracioso, le subí la intensidad del aparato un par de niveles mientras le metía la polla un poco más adentro. Ella respondió con una arcada y un gruñido que sonó a cualquier cosa menos a queja.
La estaba follando la boca despacio mientras el succionador seguía trabajando entre sus piernas. Tumbada, espatarrada, con la boca abierta y mi polla entrando y saliendo sin prisa, era una imagen difícil de olvidar. En esas sonó su teléfono. Se lo acerqué y contestó, dejándome a mí sujetarle el aparato para que no perdiera el ritmo. Eran ellos: que se adelantaban media hora y que la esperaban en el bar.
—Tranquilos, que estoy… —y se le quebró la voz un segundo— estoy aquí mismo, ahora bajo.
Colgó, tiró el móvil sobre la cama y me miró de una forma que prometía complicaciones.
—Eres un hijo de puta —dijo, pero sonriendo.
—Calla y túmbate bien, anda —contesté yo, divertido.
—Fóllame la boca en serio. Sin miramientos, sin frenar.
Se me abrieron los ojos como platos, pero si ella lo quería así, quién era yo para discutirlo. Succionador a toda potencia y polla dentro. Por un momento olvidé que era su boca y no otra cosa, y empecé a entrar entera, hasta el fondo, como si no hubiera un después. La saqué un segundo para que cogiera aire. Le caían lágrimas y se le había corrido el rímel, pero me sujetó las piernas con las dos manos, no para apartarme, sino para empujarme hacia ella.
—¿Ya te has cansado? —preguntó con la voz ronca—. Sigue… y córrete en mis tetas.
—¿En las tetas? Ni hablar. Si tu boca es lo que es esta noche, ahí me voy a correr —le dije.
—En la boc… —y no pudo terminar, otra vez.
Entre el aparato y mis dedos, la cama estaba empapada de todo lo que le salía de dentro, pero ella ni se apartó ni me hizo el menor gesto de parar. Levantó las caderas, se le tensaron los muslos, y eso fue demasiado para mí.
Me corrí en su boca y ella me mantuvo dentro, sin dejarme salir. Me vacié en su garganta mientras solo escuchaba sus arcadas, que tampoco la hicieron retroceder. Cuando por fin me calmé, sacó la polla sorbiendo, dejándola limpia, y se dejó caer de espaldas sobre el colchón con una sonrisa de satisfacción absoluta.
—Joder, menuda corrida… —dije recuperando el aliento—. Si llego a saberlo, vengo antes.
—Me tiemblan las piernas… qué gusto —contestó estirándose entera—. Esto hay que repetirlo otro día.
—Hecho. Pero la próxima me traigo algún juguete extra para ti.
—¿Qué estarás pensando, cabrón? —se rió, todavía sin fuerzas.
—Voy a vestirme, que tus amigos están al caer y no quiero molestar.
—Tú no molestas, pero sería un poco raro que siguieras aquí, la verdad. Llámame luego y me cuentas, ¿vale?
—No lo dudes. Y quiero detalles de lo tuyo, eh.
***
De allí me fui descargado, contento y con cara de no haber roto un plato, camino del hotel. Tocaba una ducha larga y dormir las pocas horas que me quedaban antes de la reunión de la mañana. Por el camino no podía dejar de sonreír como un idiota.
Y eso es todo, queridos lectores. Espero que os haya gustado esta confesión tanto como a mí vivirla. Como siempre, gracias por vuestro tiempo, y para lo que haga falta, aquí sigo.
Saludos para ellos y un abrazo para ellas. Hasta la próxima.





