Confieso lo que pasó la segunda vez que cedí
Voy a confesar algo que todavía no termino de creerme, y lo hago porque escribirlo es la única forma que tengo de ordenar lo que pasó. Como les conté en lo anterior, después de aquella primera vez con Bruno me quedé con una inquietud rara, una mezcla de culpa y de ganas que no se me iba. Me prometí que no volvería a pasar. Pero hay promesas que una hace sabiendo de antemano que no las va a cumplir.
La señal de que algo se había roto en mí llegó una noche con Diego, mi novio. Estábamos en la cama, yo a punto de terminar, y se me escapó una frase que no debí decir. Algo sobre querer más, sobre sentirme abierta de una manera que él no conocía. Diego se frenó en seco.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó, desconcertado—. Nunca me hablaste así.
Le contesté lo primero que se me ocurrió, que era por lo grande que la tenía, que me llenaba completa. Se rio, le gustó el cumplido y siguió. Pero yo me quedé helada por dentro. Estaba pensando en otro mientras estaba con él.
***
Diego forma parte de la selección de atletismo, así que poco después me avisó que viajaba a Portugal por unas pruebas y de paso aprovechaba para visitar a unos parientes. Calculaba entre veinte y treinta días afuera. Me lo tomé con calma, le dije que estaríamos en contacto, que cuidara su rodilla, todas esas cosas que una dice. Lo despedí en la puerta con un abrazo largo, convencida de que ese mes me serviría para volver a centrarme.
Duré quince días.
Al principio me mantenía ocupada, el trabajo, el gimnasio, las amigas. Pero mi cuerpo tenía otra agenda. Y justo cuando peor estaba, me llegó el mensaje de Bruno preguntándome cómo andaba, si quería salir con el grupo o tomar algo. Dijo que pasaría con su hermana a buscar unas cosas a la casa de Tomás, un amigo de Diego, y que de paso me las acercaba. Le dije que no, por supuesto. Insistió. Como yo justo iba camino al departamento de mi novio, terminé diciéndole que nos viéramos ahí para entregarle las cosas a su hermana. Le escribí a Tomás para confirmar que era cierto lo del paquete, y me dijo que sí. Recién entonces acepté.
Bruno llegó solo. Sin la hermana, sin nadie. Lo dejé pasar igual, charlamos un rato, pero no me sacaba los ojos del escote.
—¿Qué tanto mirás, tonto? —le dije.
—A vos, obvio —contestó sin pestañear—. Y encima venís con esa blusa y esa falda. Te queda demasiado bien, Camila, no es justo.
Le agradecí el cumplido y le dije que iba a buscar la caja con sus cosas. Cuando me agaché para tomarla, sentí sus manos por detrás, sobre mis pechos, apretándolos despacio. Se me erizó toda la piel y cerré los ojos un segundo antes de reaccionar.
—Bruno, por favor —le pedí—. Ya hablamos de esto.
—Lo sé, y mirá que respeté todo lo que me dijiste. Pero contestame una cosa: ¿en serio querés que me vaya ahora mismo? Lo hago, decímelo y me voy.
Me quedé callada. Y mi silencio dijo más que cualquier palabra. Quince días sin tocar a nadie, con él parado frente a mí, fue demasiado. No me fui, no lo eché. Dejé que pasara.
No voy a entrar en cada detalle de esa tarde, porque mi confesión no se trata realmente de eso, sino de lo que vino después. Resumiendo: lo hicimos con más urgencia que ternura, dos cuerpos reencontrándose. Esa vez fue por la vagina; todavía no estaba lista para más. Terminé dos veces y él también.
***
Lo inquietante llegó con la charla de sobremesa. Recostados, Bruno empezó a contarme de las juntadas que hacían entre primos y amigos en esa misma casa. Fiestas que terminaban con una o dos chicas y todos ellos. Lo decía como quien comenta el clima. Yo no pregunté si Diego participaba; algo me decía que no quería saber. Pero me dio un morbo absurdo imaginarme en el centro de algo así.
—Mis hermanos y los primos hablaron de vos —soltó Bruno—. Todos te tienen ganas. Pero son respetuosos, saben que sos la novia de Diego.
—¿Ah, sí? —dije, fingiendo que me daba risa—. ¿Y vos qué opinás cuando dicen eso?
—Yo me hago el desentendido, para que nadie sospeche. Pero la verdad es que a mí me encantaría verte con ellos.
Le dije que estaba loco, que era imposible. Que yo era la pareja de su primo, que cualquiera podía abrir la boca, que se armaría un escándalo y todo terminaría mal. La conversación quedó ahí. O eso creí.
Dos días después volví a quedar con él. Y dos días después de eso, también. Cada vez que nos veíamos, Bruno volvía sobre el tema, midiéndome, soltando un comentario nuevo, contándome que su hermano había dicho que esas cosas son privadas, que nadie tendría por qué enterarse. Yo le decía que no, pero cada negativa me salía un poco más débil que la anterior.
—Me excitaría verte rodeada de ellos —me confesó una tarde—. Verte disfrutar.
—Estás enfermo —le dije, riéndome—. Te gustaría verme con los ojos en blanco, ¿no, pervertido?
—Si lo ponés así… sí.
Lo peor es que mientras lo negaba, ya lo estaba imaginando.
***
Faltaba poco más de una semana para que Diego volviera. Y yo, en lugar de frenar, me había metido sola en una fantasía de la que no sabía salir. Pensaba en eso a cualquier hora, en el subte, cocinando, antes de dormir. Hasta que un día le escribí a Bruno y le dije que sí. Que quería intentarlo, una sola vez.
Quedamos en la casa de Diego, una tarde que se hacía noche. Bruno me pidió que me pusiera algo especial. Elegí un body de malla que me marcaba todo, lo guardé debajo de una blusa y una falda, y me prometí que esto sería la última locura antes de que mi novio volviera y todo volviera a la normalidad.
Eran tres. Bruno, su hermano Andrés y su primo Lucas. Cuando les abrí la puerta, los noté nerviosos, casi tímidos, sorprendidos de que de verdad hubiera aceptado. Se sentaron en el living y empezaron a tirarme cumplidos torpes. Bruno se mantenía al margen, callado, disimulando su papel. Me di cuenta de que si yo no daba el primer paso, ninguno se animaría.
—Bueno, chicos —dije—. Bruno me contó que me tienen ganas. Y la verdad es que hoy estoy de humor. ¿Qué dicen?
Andrés se rio, incómodo.
—Es que estás hermosa, Camila. Mi primo se sacó la lotería.
—¿Y vos, Lucas? —pregunté—. ¿Qué harías?
—Todo —contestó, con la voz tomada—. Todo.
***
El hielo se rompió de golpe. Me acerqué a Lucas primero, porque era el que más curiosidad me daba, y empecé a tocarlo por encima de la ropa. Andrés se sumó por el otro lado. Bruno seguía mirando, expectante, conteniéndose para no delatar que él y yo ya nos conocíamos de antes.
Me quitaron la blusa y descubrieron el body de malla. La reacción de los tres valió toda la espera. Me arrodillé entre ellos y los fui atendiendo de a uno, alternando, mientras me acariciaban la espalda y los pechos por encima de la tela elástica. Llevaba tiempo practicando con Diego, así que pude ir más lejos de lo que jamás había podido. Lucas me sostenía la cabeza con suavidad, sin forzar, gimiendo cada vez que lo miraba a los ojos.
—Así, despacio —murmuraba—. Lo hacés increíble.
Pasamos al dormitorio. Me acostaron y Andrés bajó entre mis piernas mientras Bruno y Lucas se ocupaban del resto. Estaba tan estrecha que costó al principio; mi cuerpo iba a su ritmo, no al de ellos. Andrés tuvo paciencia, fue de a poco, y cuando por fin cedí, ya estaba gimiendo sin disimulo.
—¿Te gusta? —me preguntó Bruno al oído.
—Sí —fue lo único que pude decir—. Sí, me encanta.
***
Lo que siguió fue una hora larga en la que perdí la cuenta de las veces que terminé. Me turnaban, uno entraba, otro salía, cambiaban de posición, me hacían girar. Hubo un momento en que me subí sobre Lucas dándole la espalda y, mientras él me sostenía las caderas, los otros dos me rodeaban. Sentí cómo el control se me escapaba por completo. Ya no pensaba en Diego, ni en Tomás, ni en las consecuencias. Solo existía ese cuarto.
—Sos una locura —jadeó Andrés—. Cómo apretás.
Me vine tantas veces que en un punto me empezaron a temblar las piernas solas. Les pedí que pararan un segundo, me reí sin aire, y enseguida volví a pedirles más. Bruno fue el primero en terminar, en mi boca; lo dejé limpio, sin rastro. Andrés vino después, sobre mi cara y mi cuello. Lucas, el que más me había gustado, fue el último, y cuando terminó me quedé un rato más con él, sin querer soltarlo, sorprendida de mí misma.
Se fueron de a uno. Yo me quedé tirada en la cama, dolorida, agotada, mirando el techo. Una parte de mí estaba en paz, satisfecha de una forma que no conocía. La otra ya empezaba a hacer cuentas y a sentir el peso de lo que había hecho.
***
Pasaron tres días. Faltaba poco para que Diego volviera y yo debía haber cerrado el capítulo. Pero no podía dejar de pensar en Lucas. Me había quedado dando vueltas en la cabeza, su forma de mirarme, su manera de tocarme sin apuro. Le mandé un mensaje, al principio con la excusa de saludar.
—La verdad, me quedé pensando en vos —escribí, al fin.
—Yo también —contestó casi al instante—. No te dije nada antes por lo de mi primo, ya sabés.
—Lo entiendo. Pero igual quería decírtelo.
—¿Se podría repetir? —se animó él—. Teniendo una mujer como vos, yo estoy más que dispuesto.
Quedamos ese mismo día, esta vez en mi departamento, los dos solos. No voy a dar detalles. Solo diré que esa tarde confirmé que con él era distinto, más lento, más buscado, menos urgencia y más deseo. Fue la primera vez que sentí que no estaba apagando una necesidad, sino eligiendo a alguien.
***
Y acá estoy, confesando todo esto. Si me pongo a pensar en lo que pasó en un solo mes, me cuesta reconocerme. De resistirme con culpa pasé a tener a Diego, a Bruno y a Lucas, y a manejar mis días para que ninguno se cruce con el otro. Sé que es cuestión de tiempo, que tarde o temprano la bomba va a estallar y mi novio se va a enterar. Lo sé y aun así no freno.
No voy a seguir contando cada encuentro, porque se volvería repetitivo y no es esa la idea. Quería dejar registrado este punto, este momento exacto en el que me di cuenta de en quién me había convertido sin haberlo decidido del todo. Gracias por leerme. Un beso para todas y todos los que llegaron hasta acá.





