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Relatos Ardientes

Me quedé sin dinero para el taxi y él propuso otra cosa

Me llamo Carla y tengo veintisiete años, aunque eso es lo de menos en esta historia. Lo que importa es que llevo dentro algo que pocas personas conocen: me gusta jugar al borde, sentir que un desconocido me desea y comprobar hasta dónde soy capaz de llegar sin que nadie de mi vida se entere. Tengo novio desde hace dos años. Lo quiero. Y aun así, esto que voy a contar pasó camino a su casa.

Aquella tarde me había arreglado para él. Un short de mezclilla más corto de lo que cualquier madre aprobaría, un top rojo de tirantes finos, el vientre al aire y nada debajo del top, porque odio los sostenes y porque me encanta cómo se marca todo cuando hace calor. Salí del edificio, doblé la esquina y levanté la mano. Un taxi se detuvo casi enseguida.

Le di la dirección, me acomodé en el asiento de atrás y dejé que la ciudad pasara por la ventanilla. El conductor era un hombre mayor, de unos cincuenta, con las manos grandes apoyadas en el volante y una mirada que cada tanto me buscaba por el espejo retrovisor. No me molestó. Reconozco que algo en mí se enciende cuando me miran así.

Fue a mitad del camino cuando me toqué el bolsillo y se me cayó el alma a los pies.

—Oiga, perdón… acabo de darme cuenta de que no traigo la billetera —dije, palpándome los bolsillos del short como si fuera a aparecer por arte de magia.

—No me diga eso, señorita —contestó él, sin enojo, casi divertido—. Y para colmo es lejos. Imagino que sabe que el viaje hasta allá no es barato.

—Lo sé, lo sé. No es la primera vez que voy. Se me quedó todo en casa, hasta el teléfono. Llegando le pago, se lo prometo —insistí, y era verdad: mi novio podía cubrirlo.

—¿Y yo cómo sé que va a pagar y no se me escapa? —preguntó, mirándome de lleno por el espejo—. No lleva billetera, ni teléfono, ni una identificación que pueda dejarme de garantía.

—¿Y qué quiere que haga? —solté, medio en broma.

—Pues la veo bastante ligera de ropa. ¿Y si me enseña las tetas?

Lo dijo así, directo, sin rodeos, y juro que esa sola frase me prendió por dentro. Sentí el calor subirme por el cuello y bajarme al mismo tiempo. No deberías ni contestarle, pensé. Pero el pulso ya se me había disparado.

—¿Y todavía quiere que le pague? —respondí, riéndome para disimular lo nerviosa y excitada que estaba.

—No. Si me las enseña y me deja tocarlas un poco, la llevo gratis.

Podría haber dicho que no. Podría haberle pedido que parara y bajarme ahí mismo. Pero la verdad es que quería seguir el juego, porque eso es exactamente lo que me pone, esa tensión de no saber dónde termina.

—¿Y cómo sé que después no va a querer más? —pregunté, alargando el momento.

—Eso no se lo puedo prometer —contestó él, y se rió bajo—. La verdad es que con usted dan ganas de pedir más. Pero usted manda.

—Yo no prometo nada —murmuré, y me mordí el labio.

Se me estaba saliendo la parte de mí que guardo bajo llave casi siempre.

***

Ya estábamos entrando a la colonia donde vive mi novio cuando el taxista, en vez de seguir derecho, dobló en una esquina y metió el coche en un terreno baldío, lejos de la avenida. Apagó el motor. El silencio de pronto se hizo enorme. Se bajó, abrió la puerta de atrás y se sentó a mi lado.

—A ver, ¿se los saca usted o se los saco yo? —dijo, con esa calma que tienen los hombres seguros de lo que quieren.

—Hágalo usted, que me da pena —respondí, en voz baja, fingiendo una timidez que no tenía.

Si él hubiera sabido que lo que de verdad quería era que me arrancara la ropa de un tirón…

Tomó uno de los tirantes y lo deslizó por mi hombro. Después el otro. El top rojo cayó hasta mi cintura y quedé desnuda de arriba, con la piel erizada por el aire y por la mirada de aquel desconocido. No esperó permiso. Me cubrió un pecho con la mano entera y empezó a apretar despacio, amasando, y yo solté un gemido que ni siquiera intenté contener.

Soy demasiado sensible ahí. Siempre lo fui. Me pellizcaba los pezones, me los hacía rodar entre los dedos, y cada toque me arqueaba la espalda y me empujaba hacia él, buscando más. Cerré los ojos. Me dejé llevar por las manos ásperas de un hombre que había conocido quince minutos antes, alguien que en la calle ni habría volteado a ver.

Entonces sentí su boca. Me mordió un pezón mientras me apretaba el otro, y se me escapó un «uf, qué rico» que sonó más a súplica que a queja.

—Oiga, no abuse, dijo que solo tocar —protesté, sin ninguna intención de que parara.

—Ya lo sé, señorita —contestó contra mi piel—. Pero no iba a desaprovechar la oportunidad.

Siguió lamiendo, chupando, mordiendo, las dos manos y la lengua repartiéndose mis pechos. Yo no dejaba de jadear. Le agarré la cabeza y le hundí los dedos en el pelo para que se quedara justo ahí. Y en algún momento, entre un gemido y otro, la parte más descarada de mí tomó el control.

—Tienes razón —le dije, tuteándolo por primera vez—. No hay que desaprovechar la oportunidad. Así que sácatela, que te la voy a chupar.

No lo dudó ni un segundo. Se desabrochó el pantalón y la sacó: gruesa, dura, con la cabeza hinchada y una gota brillante en la punta. La esparcí con el pulgar por todo el glande antes de inclinarme. Primero solo la cabeza, mientras lo masturbaba con la mano. Después fui bajando, encontrando el ritmo, hasta que la mano me sobró.

La sentía golpearme el fondo de la garganta. Me daban arcadas, se me llenaban los ojos de lágrimas, y aun así no paré. Me encantaba ese estado: la boca llena de la verga de un desconocido, el rímel corrido, sin control de nada. Él me sujetaba de la nuca y me marcaba el ritmo, empujándome para que lo tomara más profundo.

—Eso, así —jadeaba—. Si lo que querías era esto, lo hubieras pedido desde el principio.

No le contesté. Tenía la boca ocupada y, además, tenía razón.

***

Duró un buen rato. Lo suficiente para que me ardieran las rodillas dobladas contra el asiento y para que se me corriera del todo el maquillaje. En un momento me tiró suavemente del pelo para que levantara la cara.

—Ya me voy a venir —dijo, con la voz ronca—. ¿Te lo vas a tragar?

—Dámelo todo —respondí, y volví a hundirme.

Lo sentí tensarse, sujetarme la cabeza con las dos manos, y entonces terminó dentro de mi boca. Me tomó por sorpresa la cantidad. Tosí, se me escapó un poco que cayó sobre mi pecho, y otro chorro me alcanzó la mejilla y un mechón de pelo. Quedé hecha un desastre, con semen en la cara, en el cabello y en los senos, además del que alcancé a tragar.

Me incorporé despacio, recuperando el aire, y me limpié con el dorso de la mano como pude. Él me miraba con una mezcla de incredulidad y agradecimiento, subiéndose otra vez el pantalón.

—Hazme un favor —le dije, todavía agitada—. Sácame una foto. Y dame tu número para que me la mandes.

Me gusta verme así, despeinada y marcada, y guardarlo para mí. Es una de mis pequeñas debilidades, una que casi nadie conoce. Él sonrió, sacó su teléfono, me retrató tal como estaba y prometió enviármela. Me arreglé el top, me acomodé el pelo lo mejor que pude y decidí no preocuparme demasiado por el rastro que aún tenía en la mejilla. Apostaba a que mi novio no lo notaría.

—Lléveme a la dirección, por favor —le dije, ya con la voz tranquila—. Y espéreme tantito, que ahí le pago.

Arrancó. Cinco minutos después estábamos frente al edificio de mi novio. Le pedí que esperara, bajé y toqué el timbre. Cuando él abrió, le sonreí como si nada.

—Amor, se me olvidó la cartera —le dije, poniendo cara de circunstancia—. ¿Traes para el taxi? Perdón que te pida.

—Tranquila —contestó, sacando unos billetes—. Toma, dáselos.

Volví al coche, le pagué al conductor, le di las gracias y, de espaldas a mi novio, le guiñé un ojo y le lancé un beso que solo él pudo ver. Sentía la mejilla tirante por lo que se había secado ahí. Cuando subimos, mi novio me señaló la cara.

—Tienes algo aquí —dijo, frotándose su propia mejilla para indicarme dónde.

—Ah, debe ser maquillaje —respondí, encogiéndome de hombros—. No lo difuminé bien.

Me creyó, claro. Siempre me cree.

***

Esa noche, cuando volví a mi casa, revisé el teléfono que había dejado olvidado. Tenía un mensaje de un número desconocido. Era la foto: yo, con el pelo revuelto, la cara y los pechos manchados, los ojos brillantes. La miré más tiempo del que debería confesar. Me encendí tanto que terminé tocándome sola, reviviendo cada minuto de aquel asiento trasero.

Nunca volví a ver al taxista. Tampoco lo busqué. Forma parte de esas cosas que pasan una sola vez y que, justamente por eso, no se olvidan. Mi novio jamás lo supo. Y supongo que por eso la guardo: porque es mía, solo mía, una de esas confesiones que una nunca dice en voz alta.

Es la primera vez que la escribo. Y, lo admito, contarla me ha puesto casi tan caliente como vivirla.

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Comentarios(5)

GabrielR_77

Que situacion mas tensa y excitante al mismo tiempo. Se nota que lo viviste de verdad, se lee con mucho realismo.

Romi_lectora

Ay dios me puse nerviosisima leyendo esto jajaja. Excelente!!

TecnicoFan_22

Muy buen relato. La forma en que describis la incomodidad inicial lo hace muy creible. Seguí subiendo!

Patricio_BA

Nunca pensé que una situación así pudiera volverse tan... intensa. Con ganas de leer más de vos.

MarcosLector

Me recordó a algo que me pasó en un viaje, aunque la mia no terminó tan bien jajaja. Muy bueno, seguí así.

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