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Relatos Ardientes

Confieso lo que vivimos los tres en Toronto

Salimos de Miami con el cuerpo pesado y el ánimo peor. Camila no había vuelto a decirme una palabra desde que dejamos a Bruno en el aeropuerto, y yo sabía exactamente lo que sentía, porque a mí me pasaba lo mismo cada vez que me tocaba despedirme de él. Nos esperaban casi siete horas de vuelo hasta Toronto, donde me aguardaba Andrés, mi marido.

—¿Crees que se quedó triste? —me preguntó por fin, con la frente apoyada en la ventanilla.

—Claro que sí. ¿No te diste cuenta de cómo nos mira? Pero tiene su vida, sus negocios. Te aseguro que antes de un mes te escribe.

Camila apretó entre los dedos la pulsera que Bruno le había regalado al despedirse, una cadena fina grabada con la fecha de aquel encuentro. La misma que me dio a mí.

Es tan joven todavía. No sabe que esto recién empieza.

—No es su cuerpo lo que voy a extrañar —dijo, como adivinándome el pensamiento—. Es cómo me trataba.

—Lo sé. A mí me pasa igual. Y eso no cambia con la distancia.

Se quedó callada un rato largo, mirándome de reojo, calculando hasta dónde podía preguntar.

—¿Sientes lo mismo cuando estás con tu marido que cuando estabas con Bruno?

Lo pensé bien antes de contestar, porque no quería rebajar a ninguno de los dos comparándolos.

—Cuando tengo a Andrés dentro me viene una alegría que me sube por el pecho. No lo comparo con nadie. Con los dos me pierdo. Los amo por igual, Camila. Son mis dos hombres.

Abrió los ojos como platos.

—¿A poco has estado con los dos a la vez?

—Más de una vez —le dije, y dejé que su imaginación hiciera el resto.

***

Andrés nos esperaba apenas cruzamos migración. Solté las maletas sin mirar dónde caían y me lancé a sus brazos; nos besamos olvidándonos del mundo, hasta que escuché a Camila pelear sola con tres valijas a la vez. Andrés corrió a ayudarla, la levantó del suelo entre risas y recién ahí los presenté.

—Este es Andrés, del que tanto te hablé —dije—. Ya te avisé que no lo voy a olvidar nunca.

En el coche, camino a casa, Andrés nos contó que un viejo amigo suyo, Sergio, administraba un club nocturno y que esa misma semana habría un par de noches especiales.

—Es como un bar, van hombres y mujeres —explicó—. Los jueves entran más mujeres. Hay quienes suben al escenario y actúan, si se animan.

—¿Actuar? —Camila se enderezó de golpe, curiosa—. ¿Y nosotras podríamos?

—Claro. Yo me muero por ir —reconocí—. Dejémoslo para el sábado, hoy venimos muertas.

***

El sábado llegamos al club temprano. La entrada para las mujeres era un pasillo angosto, con piso de piedritas sueltas y barandales a los costados; del suelo subía, cada tanto, una ráfaga de aire que levantaba las faldas. Hicimos pasar a Camila adelante. Llevaba un vestido ancho, y apenas dio dos pasos el viento la sorprendió: tuvo que aferrarse a los barandales con las dos manos mientras la tela le tapaba la cara. Andrés y los demás, del otro lado del vidrio, se llevaron el mejor espectáculo de la noche.

—¡Malvados! —reía ella, roja, sin soltar el pasamanos.

Nos sentaron frente al escenario. Bianca, la maquilladora, nos arregló con la mano cargada y nos vistió con prendas mínimas, brillantes, hechas para volar de un tirón. Salimos en el segundo número. Camila se lució; tenía un talento natural que ni ella se conocía. La seguimos los pasos como si lo hubiéramos ensayado mil veces. La gente gritaba, nos metían billetes, y por un momento sentí que volvía a tener veinte años.

Al bajar del escenario, Sergio nos felicitó y nos anunció que la próxima noche habría una sorpresa preparada solo para nosotras.

***

Volvimos a casa todavía con la adrenalina en la sangre. Nos sentamos los tres en la cama de Camila, y ella, que venía callada, soltó al fin lo que la tenía así.

—Lo extraño —murmuró, recostándose sobre mi hombro—. No es solo su cuerpo. Es él.

—Ven con nosotros —le dijo Andrés, atrayéndola con suavidad—. Lorena te adora, y yo voy a aprender a quererte también.

Ella aceptó el gesto y se acurrucó entre los dos. Le acaricié los muslos, subiendo despacio, y cuando llegué al borde de su ropa interior apretó las piernas, atrapándome la mano. Tenía la piel tibia, suave, y se me fue el aire al tocarla. La besé, y ella me devolvió el beso con una urgencia que no le conocía, metió la mano en mi escote y me soltó la blusa.

—¿Me dejas, Lorena? —susurró contra mi boca—. Por favor. Dijiste que tu marido es como Bruno. Déjame.

La comprendí. La besé como respuesta y me hice a un lado. Antes de cederle el lugar, dejé que Andrés me rozara apenas, lo justo para calmarme, y después miré cómo se buscaban. Él la levantaba y la dejaba caer de nuevo, marcando un ritmo lento que la fue enloqueciendo, hasta que los dos llegaron al mismo tiempo. Yo los observé desde el costado, ardiendo, feliz de verlos así.

—¿No te dan ganas de matarme? —me preguntó ella después, besándome agradecida.

—Claro que sí —reí—. Y al rato me desquito.

***

A la mañana siguiente, mientras Andrés se duchaba, Camila se sentó a los pies de mi cama con la curiosidad encendida.

—¿Él sabe cuando estás con otros? ¿Lo ha visto?

—Sí. Varias veces. Y yo a él. Nunca lo buscamos, las cosas fueron pasando solas. La primera vez que me dejé llevar por un desconocido fue en Lisboa, hace ya muchos años. Aquel hombre se enamoró de mí; todavía me manda regalos de vez en cuando, y a Andrés también.

—¿Entonces es como si estuvieras casada con los dos?

—En cierto modo, sí. Andrés y Bruno se tratan como hermanos. Los dos pueden conmigo, y yo con ellos. Es raro, ya lo sé, pero funciona porque nadie miente.

Camila se quedó pensando un largo rato, y vi en su cara que no me juzgaba: me envidiaba un poco.

***

La noche de la sorpresa, Bianca nos pidió que no nos pusiéramos crema en el cuerpo para que el maquillaje aguantara. Salimos al escenario después del segundo acto, justo como lo habíamos planeado con Sergio. Se apagaron las luces, sonó un golpe seco, y aparecieron tres hombres con capuchas negras que nos arrastraron hasta el centro entre el alboroto del público. Era teatro, todo estaba arreglado, pero la gente lo gritaba como si fuera de verdad.

Uno de ellos me levantó en el aire y me sostuvo contra su pecho. Iba a gritar, parte del número, cuando me habló al oído.

—Te amo, Lorena.

Le aparté la capucha y se me cortó la respiración. Era Marcos. Lo había conocido en el viaje anterior y creía haberlo perdido para siempre; ni su teléfono tenía. Lo besé delante de todos, y el club entero estalló.

—¡Camila! —llamé entre risas—. ¡Ellos son los amigos de los que te hablé!

El otro, Tobías, hacía volar a Camila por el aire mientras ella reía a carcajadas. Terminamos el número agotadas y eufóricas, llovieron las propinas, y Sergio tuvo que apagar las luces para que pudiéramos salir del escenario.

—No fue casualidad —me confesó Marcos en el camerino—. Fue tu marido el que nos buscó y habló con Sergio para darte esta sorpresa.

Me volví hacia Andrés. Me sonreía desde la puerta, orgulloso de lo que había armado para mí. Lo besé sin importarme quién mirara.

***

Eran más de las tres de la mañana cuando llegamos todos a casa. Andrés encargó pizzas y bebidas, y poco a poco la reunión se fue volviendo otra cosa. Las parejas se acomodaron cada una en su rincón. Tobías y Camila reían juntos en el sofá; Marcos y yo, en el suelo, recuperando un año entero de ausencia.

—Cuídamela mucho —le pedí a Marcos por Camila—. Y ayúdame a darle todos sus gustos.

Lo vi acercarse a ella, levantarla en brazos y llevarla a mi habitación. Camila me había hablado tanto de la fama de aquellos hombres que la curiosidad la tenía temblando. La seguimos sin que se dieran cuenta, solo para mirar. Marcos la recostó con una paciencia que no esperaba, la besó entera antes de hacerla suya, y ella se aferró a él con todas sus fuerzas.

—Más fuerte —le pedía—. No tengas miedo, aguanto todo.

Lo aguantó, y mucho. Cuando terminaron, se volteó hacia mí con la cara mojada de placer y me besó sonriendo.

—Pude sentirlo hasta el alma —dijo—. Gracias, Lorena. Gracias por todo esto.

Tobías me reclamaba a mí del otro lado de la cama. Es un hombre grande, generoso, y me dejé llevar por él un buen rato, los dos riéndonos y agradeciéndonos lo bien que la pasábamos. Nunca decidí cuál venía primero. Siempre quise a los dos.

***

Los días que siguieron fueron un torbellino. Salíamos en moto con ellos, comíamos en lugares que solo los locales conocen, volvíamos a casa a perdernos hasta el amanecer. Andrés se sumaba cuando podía y, cuando no, se iba a dormir a casa de un amigo con una sonrisa cómplice.

—Diviértanse mientras estén aquí —nos decía—. Todo lo que hay en esta casa es de las dos.

La última noche la pasamos los tres juntos, como al principio. Andrés nos admiró un rato largo en silencio, después nos besó por turnos, y las dos nos quedamos dormidas a sus lados, agotadas y completas. Camila había aprendido en una semana lo que a mí me costó años entender: que el deseo, cuando se vive sin mentiras y sin culpa, no le quita nada a nadie. Lo multiplica.

***

En el aeropuerto, Marcos y Tobías nos esperaban junto a sus motos para despedirnos. Cada uno nos regaló una pequeña figura de madera, de esas que bailan sobre el tablero del coche, con un billete escondido dentro y una promesa: volver a vernos antes de un año.

La despedida dolió menos que la de Miami, aunque el sentimiento era el mismo. Camila apretó su pulsera contra el pecho mientras despegábamos, y esta vez no lloró. Me miró, sonrió, y supe que ya nunca volvería a ser la misma. Yo tampoco lo fui, después de la primera vez. Y no me arrepiento de nada.

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Comentarios(4)

VeroMdq

increible!!! una de las mejores confesiones que lei aca, se siente demasiado real

SantiagoKlr

Por favor que haya una segunda parte, esto no puede quedarse asi

CristinaCba

Me atrapó desde el primer párrafo. Se nota que lo viviste de verdad, eso le da una intensidad que los relatos inventados no tienen. Seguí escribiendo!

Martin_BA

Como llegaron a esa situación? me imagino que no fue tan espontanea como parece en el relato jaja

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