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Relatos Ardientes

La mujer que conocí en línea me dejó sin aliento

Tengo que contar esto antes de que se me borren los detalles, porque hay noches que uno quiere guardar exactamente como pasaron. A Mariana la conocí hace apenas un mes, y en ese tiempo me cambió por completo la manera de pensar en el deseo. No exagero cuando digo que nunca una mujer me había desarmado la verga tan rápido.

La vi por primera vez en una de esas aplicaciones donde uno termina deslizando el dedo sin pensar. Sus fotos no eran las típicas poses ensayadas. Había algo en su mirada, una mezcla de calma y desafío, que me hizo detenerme. La empecé a seguir esa misma noche y, después de darle vueltas durante días, junté el valor para escribirle.

No esperaba respuesta. Mujeres como ella reciben cientos de mensajes y los borran sin leerlos. Pero me contestó. Una sola línea, irónica, que me hizo sonreír frente a la pantalla como un idiota.

Esto va a ser un problema, pensé.

Hablamos durante una semana entera. De madrugada, en el trabajo, en el transporte, a cualquier hora. Mariana tenía esa rara habilidad de decir poco y dejarte pensando mucho. Cada vez que cerraba la conversación yo me quedaba con la polla dura y ganas de más, y eso es exactamente lo que ella buscaba.

***

La primera vez que la vi en persona no fue una cita formal. Me había acobardado de invitarla a solas, así que aproveché que un amigo armaba una reunión en su departamento y la invité ahí. Un terreno neutral, con gente alrededor, donde el peso de mirarla a los ojos se diluyera entre el ruido y las copas.

Me sorprendió que aceptara. Pasé por ella a su edificio en el centro, y desde el instante en que abrió la puerta del auto y se sentó a mi lado supe que estaba perdido. Olía a algo cálido y caro. Llevaba un vestido oscuro y una sonrisa que parecía saberlo todo de mí antes de que yo dijera una palabra.

—Así que este es tu plan seguro —dijo, mirando el camino—. Esconderme entre tus amigos para no tener que hablarme.

—No es eso —mentí.

—Claro que sí —se rió—. Tranquilo. Me parece tierno.

La reunión pasó en una nebulosa. Recuerdo poco de lo que hablé con los demás y demasiado de cada gesto suyo. Cómo sostenía la copa con dos dedos. Cómo echaba la cabeza hacia atrás al reírse. La manera en que, cada tanto, me buscaba con la mirada desde el otro extremo de la sala, como para confirmar que yo seguía pendiente de ella. Lo estaba. No podía dejar de estarlo. La tenía media dura debajo del pantalón cada vez que se cruzaba de piernas y el vestido le trepaba un poco por el muslo.

Cuando la llevé de vuelta a su casa, nos quedamos unos minutos en el auto, en silencio, con el motor apagado. Ella se despidió con un beso en la mejilla que se demoró un segundo de más, justo en la comisura de los labios. Después se bajó sin decir nada y entró al edificio sin mirar atrás.

Esa noche, al llegar a mi casa, tuve que hacerme una paja apenas cerré la puerta. No fue una decisión, fue una necesidad. Me bajé el pantalón en el pasillo, me agarré la verga ya hinchada y empecé a bombeármela con la mano derecha, apoyado contra la pared. No necesité ningún video ni ninguna imagen en la pantalla. Me bastó con recordar su perfume, la curva de su cuello, esa boca con sabor a labial. Imaginé su lengua chupándome la punta, imaginé su coño mojado abriéndose para que yo se la clavara hasta el fondo, imaginé sus tetas rebotando mientras me la cabalgaba. Me corrí en menos de un minuto, un chorro largo y espeso de semen que me manchó la mano y el suelo. Me quedé jadeando con la polla todavía palpitando entre los dedos, más obsesionado que antes.

***

Salimos un par de veces más a lo largo de esas semanas. Apenas tres encuentros, en realidad, pero cada uno me hundía un poco más. Mariana me provocaba emociones tan intensas que yo vivía en una especie de tensión constante, midiendo cada palabra para no arruinarlo, conteniéndome para no asustarla con la fuerza de lo que sentía.

El problema era que la verga no entendía de paciencia. Bastaba con verla cruzar la calle hacia mí, con el pelo suelto y los tacones repiqueteando sobre el asfalto, para que se me endureciera de inmediato dentro del pantalón. Cada noche, después de dejarla, repetía el mismo ritual con la mano. Me la sacaba apenas entraba a mi cuarto, me tiraba en la cama boca arriba y me hacía una paja larga imaginándomela desnuda. A veces me duraba veinte minutos, a veces reventaba en cinco chorros gruesos sobre el abdomen. Era patético y delicioso a la vez. Nunca una mujer me había tenido así, con la polla encendida solo con su recuerdo.

Llegué a memorizar detalles absurdos. El lunar diminuto que tenía bajo la oreja izquierda. La forma en que se mordía el interior de la mejilla cuando pensaba algo que no quería decir en voz alta. El modo en que decía mi nombre, alargando la última sílaba, como si fuera una pregunta.

—¿En qué piensas tanto? —me preguntó una de esas tardes, en una cafetería—. Te quedas mirándome y te vas a otro lado.

—En que no entiendo cómo me respondiste el mensaje —confesé.

Ella sonrió, removió su café y no dijo nada. Le gustaba dejarme con la duda. Le gustaba el poder que tenía sobre mí, y yo, para mi vergüenza, también disfrutaba de entregárselo.

Una de esas tardes la acompañé a comprar un regalo para su hermana. Algo tan inocente como caminar a su lado entre vitrinas se convirtió en una hora de tortura dulce. Cada vez que se inclinaba para mirar algo en una repisa baja, el vestido se le tensaba sobre el culo y yo tenía que apartar la mirada para no ponérmela dura ahí en medio del local. Cada vez que me pedía mi opinión rozándome el brazo, yo sentía que el aire entre nosotros se cargaba un poco más. Ella lo notaba. Estoy seguro de que lo notaba.

—Tienes buen gusto —me dijo al salir, colgándose de mi brazo—. Para ser un hombre, claro.

Me reí, pero por dentro estaba temblando. No era el sexo lo que me tenía así, todavía no. Era la promesa de él. Era saber que tarde o temprano esa tensión iba a desbordarse, que tarde o temprano le iba a meter la polla hasta el fondo, y que cuando lo hiciera no quedaría nada de mí en pie.

Llegué a mi casa esa noche convencido de que algo se acercaba. Lo sentía en la forma en que ella empezaba a sostenerme la mirada un segundo más de lo necesario, en cómo sus despedidas se demoraban, en los mensajes que ahora llegaban más tarde y más cargados de dobles sentidos.

***

La noche que lo cambió todo empezó como cualquier otra. La pasé a buscar para cenar en un restaurante tranquilo, de luz baja y mesas separadas. Antes de bajarnos del auto nos besamos por primera vez de verdad, sin pretextos. Le agarré la nuca con la mano y la atraje hacia mí, y ella abrió la boca de inmediato, dejándome entrar con la lengua. Fue largo, profundo, de esos que te dejan sin aire. La sentí morderme el labio inferior, chuparlo despacio antes de soltarlo, y por debajo del vestido su mano se me fue directo a la entrepierna, apretándome la verga por encima de la tela con una descaro que no esperaba. Tuve que apartarme y tomar una bocanada de aire porque sentí que, si seguía, se la iba a sacar ahí mismo en el estacionamiento y se la iba a meter en la boca a la fuerza.

—Vamos a entrar —dijo ella contra mi boca, con la respiración entrecortada, sin sacar la mano de mi bulto—. Antes de que hagamos una locura.

Entramos. Pero la locura ya estaba adentro de mí, y adentro del pantalón la tenía dura como una piedra.

Durante toda la cena no pude concentrarme en otra cosa. La tenía justo enfrente, hablándome de su semana, de un viaje que quería hacer, y yo asentía mientras debajo de la mesa libraba mi propia batalla. Estaba duro de una forma casi dolorosa, la polla presionando contra la tela del pantalón como si quisiera romperla, la punta pegajosa de tanto líquido preseminal que había soltado desde el beso. Tuve que acomodarme con disimulo más de una vez, fingiendo que cruzaba las piernas, rogando que el mesero no eligiera ese momento para acercarse. Ella, mientras tanto, se pasaba la lengua por el borde de la copa como si supiera lo que me estaba haciendo.

—Estás raro esta noche —comentó ella, ladeando la cabeza.

—Estoy bien —respondí, con la voz menos firme de lo que hubiera querido.

Mariana entrecerró los ojos, como si supiera exactamente lo que pasaba. Probablemente lo sabía. Esa mujer leía a la gente como otros leen un menú. En un momento estiró el pie descalzo bajo la mesa y me lo apoyó sobre el bulto, apretando despacio, subiendo y bajando la planta contra la tela. Casi tiro la copa.

—Come tranquilo —susurró, con una sonrisa mansa—. Todavía falta el postre.

***

Pedí la cuenta antes del postre. No aguantaba más estar sentado. Salimos al fresco de la noche, le abrí la puerta del auto como siempre, y di la vuelta para subirme del lado del conductor. El estacionamiento estaba casi vacío, apenas una farola lejana iluminando las filas de coches.

Apenas cerré la puerta, ella me miró de una manera distinta. Sin ironía, sin juego. Directa.

—Te he visto toda la noche —dijo en voz baja—. No disimulas tan bien como crees. La tienes dura desde que me besaste.

Sentí que se me secaba la garganta. Antes de que pudiera responder, su mano cruzó el espacio entre los dos asientos y se posó sobre mi pierna. Despacio al principio, apenas un roce. Después fue subiendo, con una lentitud calculada, hasta encontrar el bulto que llevaba horas tratando de esconder. Cerró los dedos sobre la tela y me apretó la polla de la base a la punta.

—Lo sabía —susurró—. Está durísima. Se te marca todo el largo.

Apretó otra vez con la palma abierta y todo mi cuerpo respondió. Tuve que contenerme, morderme el labio, porque después de tantas noches imaginando ese instante y de tantas pajas a solas temía correrme en el pantalón como un adolescente. Respiré hondo. Cerré los ojos un segundo. Ella se dio cuenta y sonrió.

—Tranquilo —dijo—. Tenemos tiempo. Voy a chupártela rico, así te dura más.

Bajó el cierre de mi pantalón sin apuro, con los dientes apretados en el labio. Sus dedos delgados metieron la mano por dentro del bóxer y me sacaron la verga afuera de un tirón limpio. Se me paró completa contra el vientre, gruesa, roja, con una gota transparente colgando del glande. Ella la miró un segundo entero, como estudiándola, y soltó un gemido bajo por la nariz.

—Mírame esta polla —murmuró—. Toda mojada por mí.

Empezó a masturbármela con la mano, cerrando el puño alrededor y subiendo y bajando despacio, esparciendo el líquido pegajoso de la punta por todo el largo. Cada caricia era una pequeña tortura, exactamente la clase de tortura que llevaba semanas deseando. Con el pulgar me frotaba la corona en cada subida, arrancándome un espasmo que ella medía con los ojos. Yo apenas podía mantener las manos quietas sobre el volante, los nudillos blancos de apretarlo tan fuerte.

—¿Te gusta así? —preguntó, apretando un poco más—. ¿O más fuerte?

—Más fuerte —logré decir, con la voz rota.

Ella se rió por lo bajo y se dobló sobre el asiento. Me chupó primero la punta, un beso húmedo y sonoro que me hizo cerrar los ojos. Después sacó la lengua y me lamió desde la base hasta el glande, despacio, siguiendo la vena gruesa que me corría por debajo. Sentí su aliento tibio antes de que abriera la boca del todo. Esa anticipación fue casi peor que el contacto. Después no hubo más espera.

Se la tragó de una, hasta donde le llegaba, y yo tuve que ahogar un gemido con la mano libre para no quebrar el silencio del estacionamiento. Mariana sabía perfectamente lo que hacía. No había torpeza ni duda en ella, solo una seguridad que me volvía loco. Sentí su lengua enroscarse alrededor del glande, su saliva chorreando por el tronco y bajando hasta los huevos, el calor de su boca cerrándose sobre mí con succión firme. Cuando salía a tomar aire dejaba un hilo de saliva colgando entre sus labios y la punta de mi verga, y volvía a meterla enseguida. Alternaba el ritmo para que yo no supiera nunca qué venía después: unos segundos de chupada lenta, con toda la lengua trabajando por debajo, y de golpe se la metía hasta la garganta con un sonido húmedo y sucio que casi me hace terminar ahí.

—Uy, cómo late —murmuró, sacándomela un instante para mirarme—. Vas a explotar en mi boca.

Y volvió a tragársela. Con una mano me sostenía la base y me masturbaba lo que no le entraba, con la otra se me metió por dentro del pantalón y me apretó los huevos con delicadeza, jugando con ellos mientras me chupaba. Me miraba de reojo mientras lo hacía, y esa imagen, su rostro entregado a la tarea bajo la luz tenue de la farola, mis dedos enredados en su pelo negro, sus labios rojos estirados alrededor de mi verga entera, fue más de lo que pude soportar.

—Mariana —jadeé—, me voy a correr.

—Dámelo todo —me dijo, sin sacársela más que un segundo—. Adentro de la boca. No te aguantes.

Se la volvió a meter hasta el fondo, chupando con más fuerza, mamándomela como si le fuera la vida en eso. Quise avisarle de nuevo, quise resistir un poco más, pero el deseo acumulado de todas esas noches a solas reventó de golpe. Me aferré al asiento, temblando, y me corrí en su boca con un espasmo largo que me sacudió entero. Fue una descarga larga, intensa, casi violenta de lo demorada que estaba. Sentí cada chorro salir de la punta directo contra su lengua, y la escuché tragar, uno tras otro, sin sacársela. Cuando por fin la soltó, un hilo blanco le quedó en la comisura y ella se lo recogió con el dedo, se lo llevó a la boca y lo chupó mirándome a los ojos.

—Rica —dijo bajito—. Muy rica.

***

Cuando recuperé el aliento, ella se incorporó despacio, se acomodó el pelo y me dedicó esa sonrisa suya que lo sabía todo.

—¿Ves? —dijo—. No tenías que esconderte. Era esto lo que necesitabas.

No supe qué responder. Estaba deshecho, agotado y feliz de una manera que no recordaba haber sentido en años, con la polla todavía afuera y goteando los últimos restos de semen sobre el bóxer. Le tomé la mano, esa misma mano con la que me había estado masturbando, y se la besé en silencio. Ella dejó que lo hiciera, y después me ayudó a guardarla y subirme el cierre con una ternura rara, como quien acomoda un regalo.

Arranqué el auto sin prisa y la llevé a su casa. En el camino apenas hablamos, pero esta vez el silencio no era de tensión. Era de algo nuevo, algo que recién empezaba. Antes de bajarse, se inclinó y me besó otra vez, corto y firme. Le sentí el sabor de mi propia corrida todavía en los labios.

—La próxima —dijo, con la puerta ya abierta— no nos quedamos en el auto. La próxima me la clavas entera, en mi cama, hasta que no pueda caminar.

Y entró al edificio sin mirar atrás, como la primera vez. Solo que ahora yo sabía que volvería a llamarme. Y que iba a pasar mucho tiempo antes de que dejara de pensar en su boca, en su lengua y en esa promesa cada noche, con la verga en la mano.

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Comentarios(5)

ElLectorNocturno

Tremendo relato, me tuvo pegado a la pantalla hasta el final. Seguí escribiendo!!!

Mati_Sur

y la segunda parte??? me quede con ganas de mas jaja

CarmenBA

Me recordo a situaciones propias de esa época, ese momento en el auto lo sentí de verdad. Muy bueno.

Gonza_RJ

Como puede ser que encuentres eso en la primera cita jajaja algunos tienen toda la suerte del mundo

SandroV71

Excelente! La tension que fuiste construyendo es lo mejor, no es facil lograr eso.

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