Lo que viví en el carnaval con dos desconocidas
Voy a contar esto porque todavía me cuesta creer que me pasó a mí. Aterricé en Brasil para vivir el carnaval, eso sí lo tenía claro, pero nunca imaginé hasta dónde podía llegar una sola noche cuando dejás de pensar y simplemente te dejás arrastrar por la marea de gente.
Había llegado con un grupo de amigos del trabajo, pero los perdí cerca de la medianoche. Decidí no llevar el teléfono encima por miedo a que me lo robaran, así que cuando me solté de la última mano conocida me quedé completamente a la deriva, en medio de una avenida desbordada de cuerpos que bailaban, cantaban y bebían bajo una lluvia fina y tibia.
La conocí ahí, empujado contra ella por la corriente de personas. Se llamaba Bianca, o al menos eso me dijo gritando por encima de la música. Llevaba un disfraz improvisado, una falda corta de color naranja y un top del mismo tono que apenas le cubría nada. Tenía la piel morena, el pelo castaño cayéndole por la espalda y una flor enorme tatuada entre los omóplatos. Me sonrió como si me conociera de toda la vida.
—Vení, gringo —me dijo en un español enredado con acento brasileño, agarrándome de la muñeca—. No te quedes ahí parado.
La seguí. No tenía nada mejor que hacer y, siendo honesto, no quería quedarme solo. Me arrastró calle abajo entre la multitud, parando cada tanto a saludar a gente que parecía conocer y a gente que claramente no. La noche tenía algo de irreal, como si todas las reglas que rigen el mundo normal se hubieran suspendido por unas horas.
—¿Te estás divirtiendo? —me preguntó pegada a mi oído para que la escuchara.
—No sé ni dónde estoy —le contesté riéndome.
—Mejor así.
Caminamos sin rumbo hasta que, de repente, alguien gritó su nombre. Una mujer alta, de pelo negro y una pierna entera tatuada, corría hacia nosotros con los brazos abiertos. Andaba por los treinta y pico, como Bianca, y se notaba que había bebido más de la cuenta: el maquillaje le chorreaba un poco y se movía con esa torpeza alegre del que ya perdió la vergüenza hace rato.
—¡Amiga! —chillaron las dos al abrazarse.
Se llamaba Renata. Reparó en mí enseguida, y sobre todo reparó en que Bianca seguía sin soltarme.
—¿Y este quién es? —preguntó con una sonrisa torcida.
—Mi gringo —respondió Bianca, acariciándome la cara como si fuera un trofeo que acababa de ganar—. Le encantan las brasileñas.
—Ah, ¿sí? —Renata me miró de arriba abajo, divertida—. Pero todavía no probó mujeres como nosotras.
Y diciendo eso le agarró el trasero a su amiga y empezó a besarle el cuello sin dejar de mirarme de reojo. Bianca cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro que me erizó la piel. Yo me quedé ahí parado, sin saber dónde meter las manos, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.
—Decile a mi amiga lo que me dijiste antes —me pidió Bianca de repente, clavándome los ojos.
—¿Qué cosa? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Lo que más te gusta hacer.
El alcohol y la euforia de la noche me habían quitado cualquier filtro. Las miré a las dos y lo solté sin pensar.
—Que soy adicto al sexo oral. Que me encanta dar placer con la boca.
Renata no dijo nada. Solo se mordió el labio y siguió pellizcando la cadera de su amiga, mirándome con una mezcla de desafío y curiosidad. El hecho de que fuera más alta que yo le daba un aire dominante, como si ya hubiera decidido algo y yo todavía no me hubiera enterado. Se inclinó hacia Bianca y le susurró algo al oído. Bianca primero sonrió, después se mordió el labio igual que ella, y al final soltó una carcajada y asintió con la cabeza.
—Vení con nosotras, gringo —dijo Renata, agarrándome del brazo.
***
Una alarma se encendió en alguna parte de mi cabeza. Dos mujeres que acababa de conocer, un extranjero solo, sin teléfono, sin amigos, en una ciudad que no conocía. Sabía que aquello podía salir mal. Pero también estaba borracho, embalado y más excitado de lo que recordaba haber estado en años. Y, sobre todo, pensé que estaba más seguro con ellas que vagando solo por calles desconocidas. Así que las seguí.
Subimos unas escaleras y cruzamos un callejón angosto que desembocaba en una plaza mucho más chica y menos concurrida. Estaba igual de decadente que el resto: latas vacías por todos lados, esquinas húmedas, dos o tres grupos dispersos bebiendo en la penumbra. Nadie nos prestó la menor atención.
Renata me soltó el brazo y caminó hacia una pequeña zona de jardín en uno de los extremos, a un par de metros de nosotros. No era un rincón especialmente oculto, pero a ella no pareció importarle. Se bajó los pantalones sin pudor y se acuclilló para orinar, como si fuera la cosa más natural del mundo. Pude ver un tatuaje enorme que le recorría el muslo y subía hacia la espalda. Aparté la mirada, más por reflejo que por vergüenza, porque a esas alturas nada de lo que pasaba me parecía normal.
Bianca, mientras tanto, se sentó en el borde elevado del cantero y me tiró de la mano para que me acomodara a su lado. Apenas me senté, se me echó encima. Empezó a besarme con una urgencia desordenada, sin puntería, pasándome la lengua por la comisura de los labios, sabiendo a cerveza y a tabaco. Me metió la mano por dentro del pantalón y me agarró con firmeza, y yo, sin pensarlo dos veces, deslicé la mía bajo su falda.
Descubrí con sorpresa que no llevaba nada debajo. Mi mano se encontró directamente con la piel caliente de sus muslos. Empecé a acariciarla despacio, separándola poco a poco, y ella respondió con un gemido grave, moviendo las caderas contra mi mano y agarrándome la nuca para besarme más fuerte.
Llevaba apenas unos segundos así cuando sentí una mano desconocida posarse sobre mi cabeza desde el costado.
—Gringo, mirá acá —dijo una voz que ya reconocía.
Giré la cara y me encontré a Renata de pie frente a mí, sin pantalones, a pocos centímetros. Seguía con la camiseta puesta, dejando ver el piercing del ombligo, y todavía llevaba la gorra ridícula que formaba parte de su disfraz. Avanzó la cadera hacia mí, sujetándome la cabeza con una mano para que no me apartara.
—Mmm, amiga, qué delicia —murmuró Bianca, que seguía masturbándome con una mano mientras con la otra se acariciaba a sí misma.
—El gringo no se va a olvidar nunca del carnaval —dijo Renata, empezando a frotarse contra mi cara—. ¿Verdad que no, gringo?
Yo ya no respondía. Estaba completamente desbordado, atrapado entre las dos, sintiendo el calor de sus cuerpos y el aroma intenso de una noche larga de sudor y deseo. Era todo demasiado, y a la vez no quería que parara.
—¿Probaste alguna vez a una brasileña? —preguntó Renata con los ojos cerrados, la cabeza hacia el cielo, acelerando los movimientos—. Porque quiero que lo hagas. Ya que te gusta tanto.
—Y a mí también —intervino Bianca, poniéndose de pie a mi derecha—. A las dos, gringo. A ella y a mí.
***
Se levantó la falda con una mano y con la otra me sujetó la cabeza por detrás, igual que Renata. Quedé sentado en el borde de aquel cantero, con una mujer a cada lado, las dos esperando. No lo pensé. Empecé a darles placer con la boca alternando entre una y otra, mientras ellas, de pie, comenzaban a besarse por encima de mi cabeza.
Era difícil. Sentado tan abajo y con ellas paradas, mi lengua apenas alcanzaba bien, y encontrar una posición cómoda era casi imposible. Pero ellas no parecían notar el esfuerzo. Me tiraban del pelo en una dirección o en otra, decidiendo a quién atender y cuándo, como si yo fuera un juguete que se pasaban entre risas. Cada vez que consideraban que le había dedicado demasiado tiempo a una, un tirón seco me devolvía hacia la otra.
Tenía la cara empapada, mareado por el calor, el alcohol y la situación entera. Bianca fue la primera en perder el control. Empezó a temblar, a mover las caderas de forma más brusca, y me clavó las uñas en el cuero cabelludo.
—Metelos —me ordenó con un tirón que no admitía demora—. Ahora.
Le hice caso casi a ciegas, porque en ese momento tenía la atención puesta en Renata, a mi izquierda. A los pocos segundos noté cómo Bianca se sacudía con espasmos cada vez más fuertes. Intentó contener el gemido por estar en plena calle, pero le salió igual, lo bastante alto como para que se oyera en los alrededores. Miré de reojo, con un poco de miedo de estar montando un espectáculo, pero a nadie parecía importarle lo más mínimo. Cada cual estaba en lo suyo.
Cuando terminó, Bianca dio un paso atrás, agitada, y me sostuvo la mano en alto un instante, como cerrando un capítulo. Renata, en cambio, recién empezaba. Ver a su amiga llegar al límite la había encendido todavía más. Me apretó la cara contra ella con fuerza, moviendo las caderas hacia adelante y hacia atrás, marcando un ritmo que yo apenas podía seguir.
—No pares hasta que yo te diga —decía, más para sí misma que para mí.
Yo intentaba concentrarme, hacer un buen trabajo, asegurarme de satisfacer a aquella mujer que había conocido literalmente unos minutos antes. No la conocía de nada y, sin embargo, lo único que quería en ese momento era que se fuera de allí pensando que había valido la pena.
De reojo alcancé a ver que Bianca se había puesto a hablar con un par de personas que se habían acercado. Hablaban en portugués, demasiado rápido para que yo entendiera nada. Una de las voces era de mujer. Un destello de inquietud me cruzó la mente, pero un tirón firme de Renata me devolvió de golpe al presente.
Con un movimiento brusco me echó la cabeza hacia atrás, dejándome la cara mirando al cielo nocturno. Se inclinó sobre mí, dejándome justo debajo de ella, y se llevó al límite con su propia mano hasta que la sentí estremecerse entera. Se dejó ir sin el menor disimulo, gimiendo a viva voz, sin que ya nada de lo que la rodeaba pareciera importarle.
Cuando por fin se apartó, di un largo respiro, mareado, empapado, sin saber muy bien si aquello había durado un minuto o media hora. Renata caminó hasta un banco donde había dejado sus cosas, sacó un pañuelo y empezó a limpiarse como si nada hubiera ocurrido.
Yo me sequé la cara con los antebrazos, todavía tratando de procesar lo que acababa de vivir. Bianca se acercó y me ofreció un trago de su cerveza.
—Tomá algo —me dijo, acariciándome el pelo—, porque todavía no terminaste.
La miré sin entender. Entonces señaló con la barbilla hacia un costado. A pocos metros, dos chicas de poco más de veinte habían presenciado toda la escena. Una de ellas, bajita, de piel morena y pelo rizado negro, bebía de una lata mientras se acariciaba sin disimulo por debajo de la ropa, mirándome con una sonrisa lenta y descarada.
—Me preguntaron si podían mirar —dijo Bianca, divertida—. Les dije que, si miraban, tenían que sumarse. ¿A vos te molesta?
Ya conocía la respuesta antes de preguntar. Y yo también.
La chica del pelo rizado le pasó la lata a su amiga y empezó a caminar hacia mí, sin dejar de mirarme, hasta quedar a pocos centímetros de mi cara. Detrás de mí escuché la risa ronca de Renata.
—Hoy es tu día de suerte, gringo —dijo en portugués, soltando una carcajada.
Y la verdad es que no podía estar más de acuerdo. Esa noche entendí que el carnaval no es una fiesta: es un paréntesis donde todo lo que uno se prohíbe el resto del año, por un rato, deja de estar prohibido. Lo que pasó después, tal vez lo cuente otro día.





