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Relatos Ardientes

Volví con mi ex por mi cumpleaños y crucé un límite

A Mateo lo quise demasiado, pero si soy honesta, lo que más extrañé cuando todo terminó no fueron las conversaciones ni los planes. Fue el sexo. Ahora que ya no estamos juntos, voy a contar nuestros encuentros por partes, como una especie de venganza íntima conmigo misma. Tal vez alguien que esté atrapada en lo mismo lea esto y se anime a soltar. O tal vez solo necesito escribirlo para creer que ya lo superé.

Esa vez viajé a la ciudad donde él vivía para pasar mi cumpleaños juntos. Llevábamos casi dos años de idas y vueltas, y entre nosotros la diferencia de edad era de quince años. Siempre me gustaron mayores, sobre todo en la cama; tienen una calma que los chicos de mi edad no entienden. Llegué al hotel temprano, con tiempo de sobra para prepararme y esperarlo como a él le gustaba.

En ese entonces yo era más delgada, de pechos medianos y caderas estrechas. Me había teñido el pelo de un rojo encendido que me hacía sentir más atrevida de lo que era. Me bañé, me arreglé con calma y me puse un conjunto de encaje que no dejaba nada a la imaginación. Después me senté en el borde de la cama, recién perfumada, a contar los minutos hasta escuchar la cerradura.

Apenas entró, se lanzó sobre mí. Le encantaba encontrarme así, lista, esperándolo. Me tomó la cara con las dos manos y me besó como si tratara de recuperar todo el tiempo perdido, su lengua buscando la mía en un frenesí sin pausa mientras sus manos enormes me recorrían entera.

—Qué bien estás, mi amor —murmuró contra mi boca, peleando con los cierres del encaje.

Yo ya sentía su erección contra mi muslo.

—Estás durísimo —le dije, deslizando la mano hacia abajo—. Quiero probarte.

Él se desvestía con prisa mientras yo lo liberaba de la ropa interior. Me incorporé para lamerlo despacio. Estaba circuncidado, y me encantaba sentir esa cabeza lisa contra los labios, recorrerlo entero antes de tomarlo. Podría haberme quedado horas así, sin apuro, solo por el gusto de oírlo respirar distinto.

—Primero te toca a ti —dijo, y me empujó con suavidad de vuelta contra el colchón.

Con Mateo descubrí lo que era de verdad un buen oral. Bajó besándome el cuello, los pechos, el vientre, deteniéndose en cada centímetro como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando por fin llegó entre mis piernas, empezó lento, casi torturándome, y después con una intención que me arqueó la espalda. Yo movía las caderas contra su boca, lo apretaba con los muslos, perdida.

El primer orgasmo me agarró desprevenida. Temblé entera y él no se detuvo: siguió con la lengua mientras dos de sus dedos entraban a buscar otro punto.

—Métemela —le pedí, casi sin voz—. La quiero entera.

Se irguió sobre mí, enorme, y frotó la punta contra mi entrada sin entrar todavía. Le gustaba hacerme sufrir un poco, esperar a que se lo rogara.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

En lugar de penetrarme, volvió a subir por mi cuerpo y me ofreció su sexo. Apurada, lo seguí con la boca, lo tomé otra vez, y él fue empujando despacio, midiendo cuánto podía darme. Yo había aprendido a dominar las arcadas, a respirar por la nariz, a relajar la garganta. Lo agarraba de las caderas y dejaba que entrara hasta el fondo.

—¿Te gusta? —preguntó, los ojos oscurecidos de deseo.

Asentí sin soltarlo. Lo sentí endurecerse aún más, a punto, y entonces la sacó de golpe.

—Date vuelta —ordenó—. En cuatro.

Obedecí al instante, apoyando el pecho contra la cama y levantando las caderas. Se acomodó detrás y me penetró de una sola vez. Resbalaba con mi propia humedad, y lo sentí golpear hondo. Sin aviso, exploté en un segundo orgasmo que me dejó mojadas las piernas y las suyas también.

—Así me gusta que te vengas —dijo, sin dejar de moverse.

Me dio vuelta otra vez, me cubrió con su cuerpo y volvió a entrar. Me besaba el cuello, me mordía los pechos, me embestía con una dureza que me arrancaba el aire. Era más ancho cerca de la punta, y cada vez que entraba sentía esa mezcla justa de dolor y placer que me volvía loca.

—Me vengo —jadeó—. Estás demasiado caliente.

—Yo también —le contesté—. Adentro, lléname.

Aceleró, y mientras me llenaba yo llegaba por tercera vez. Pero esa noche mi cuerpo no quería parar. Cuando él salió, me llegó otro, y otro más; le confesé entre temblores que estaba teniendo varios seguidos. Me metió un par de dedos para alargarlos, y cuando por fin me calmé estaba exhausta, deshecha sobre las sábanas.

***

Salimos a comer algo y después acordamos volver por la noche. Me puse un vestido ceñido y corto, nada vulgar, apenas insinuante, con unas botas de tacón y un abrigo liviano. Era pleno verano y la noche estaba tibia. Fuimos a un bar tranquilo, pedimos unas copas y nos pasamos un poco de la cuenta. Queríamos bailar, pero en cuanto me levanté y él me abrazó por la cintura, lo sentí otra vez firme contra mi cuerpo, y lo único que quise fue tenerlo dentro de nuevo.

—Vámonos al hotel —le dije al oído.

En el taxi empezó lo de siempre: la mano subiendo bajo el vestido, los dedos buscándome por encima de la tela, despacio. Yo le acariciaba el bulto del pantalón y le hablaba bajito hasta que el chofer fingió no escuchar nada.

Apenas cruzamos la puerta de la habitación se me echó encima. Me levantó el vestido y se encontró con un encaje rojo que apenas me cubría.

—Estás empapada —dijo con una sonrisa.

—Esta noche soy toda tuya —le respondí, bajándole el cierre.

Eso lo encendía. Se desvistió en segundos y me arrancó la ropa interior. Yo todavía no estaba del todo lista, y cuando entró de una se me escapó un quejido. No se detuvo hasta acabar, y se quedó encima de mí, lamiéndome los pechos, recuperando el aliento.

Minutos después ya estaba duro otra vez. Empecé a tocarme mientras él me miraba haciendo lo mismo, y cuando los dos estuvimos listos se recostó de espaldas y me subió encima. Me clavé sobre él y vi las estrellas. Lo cabalgué primero con un vaivén lento, después levantándome casi por completo para dejarme caer de golpe. Él me atrajo hacia adelante, le besé el pecho, me puso un dedo en los labios y se lo chupé obediente.

Entonces sentí su mano deslizarse hacia atrás, hacia un lugar que nunca había explorado nadie. Hizo círculos despacio, tanteando, y luego presionó un dedo dentro. Me dolió, pero algo en su mirada me dijo cuánto lo disfrutaba.

—Quiero tenerte en todos lados —murmuró.

Entre la excitación y el alcohol perdí toda prudencia.

—Donde quieras —le dije—. Quiero sentirte completo.

Me empujó boca abajo contra la cama. Sentí la punta de su sexo tantear una entrada que seguía siendo virgen. Por momentos volvía a la vagina y salía, y yo sentía la presión crecer donde nunca había cedido. Pensé que iría lento, con cuidado.

No lo hizo. Me separó las nalgas, me dio un beso en la espalda, una palmada suave, y empujó de una.

El dolor me recorrió entera. Por un segundo quise escapar, pero su brazo me sostenía contra el colchón. Se quedó quieto, dejándome respirar, y después empezó a moverse muy despacio. Dolía muchísimo, aunque el alcohol me tenía como dormida por dentro. Cuando notó que ya no me resistía, metió la mano entre mi cuerpo y la cama y me acarició mientras me embestía por detrás.

Fue larguísimo. Era el segundo encuentro de la noche y yo sabía que tardaría en acabar. En algún momento, entre tanto, el dolor se transformó en otra cosa. Empecé a sentir placer con esa sensación nueva de estar completamente llena de él. Vi cómo aumentaba el ritmo, lo sentí hincharse, y cuando se vino lo hizo con un gemido ronco que todavía recuerdo.

Nos recostamos abrazados y nos quedamos dormidos así, pegados, su respiración en mi nuca.

***

Amanecí adolorida y se lo reproché entre risas a la mañana siguiente. Él solo me dio un beso largo y me abrazó desde atrás, de cucharita.

—Es que estás demasiado rica —me dijo al oído—. No me pude aguantar. La próxima soy más cuidadoso, te lo prometo.

Lo perdoné, claro. Con Mateo nunca supe decir que no. Era glorioso despertar entre sus brazos, sentirlo otra vez buscándome despacio, y dejarme llevar como si lo nuestro no tuviera fecha de vencimiento.

Esto es apenas el comienzo. Hay muchas otras noches que todavía no me animé a contar, pero las llevo todas grabadas en el cuerpo. Si quieren que siga, déjenmelo saber en los comentarios. Besos.

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Comentarios(5)

TatoMDQ

Que relato!! me dejo sin palabras de verdad, muy bueno

Patricia_sur

Me paso algo muy parecido con mi ex hace unos años... la nostalgia es una trampa, eso seguro. Muy bien contado, se nota que es real

NicolasMdz

y despues que paso?? necesito una segunda parte por favor, no me puedo quedar con la intriga asi jaja

GabiCba

Los relatos de confesiones siempre me atrapan pero este fue especial. Muy autentico

CristianLR

Buenisimo. El final sobre todo me hizo pensar bastante, de los mejores que leí en mucho tiempo. Gracias por compartirlo

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