Subí adelante con el chofer y no me arrepentí
Me llamo Daniela Restrepo, tengo treinta y tres años y soy de Cali, en el Valle del Cauca. Tengo la piel trigueña, los ojos color miel y el cabello castaño hasta media espalda. Soy alta, delgada, y si algo cuido es mi cuerpo, porque el gimnasio es casi una religión para mí. No tengo tetas grandes ni pequeñas, sino normalitas, redonditas y paraditas; lo que sí me dejaron las sentadillas es un culo que llama la atención más de lo que debería, de esos que se marcan hasta debajo de un vestido de misa.
Soy soltera, y no porque sea amargada o complicada. Sé lo que muchos piensan: que a mi edad ya debería estar casada o por lo menos en algo serio. La verdad es que disfruto demasiado mi vida como para entregarla. Me gusta salir de compras con mis amigas, irme de fiesta, dedicarle tiempo a mi familia. Algún día me tocará sentar cabeza, supongo, pero por ahora prefiero vivir a mi manera. No me gusta tener que avisarle a nadie para dónde voy ni de dónde vengo, y mucho menos andar pendiente del teléfono. Digamos que soy una mujer de una sola noche; ni siquiera me gusta la cursilería de las cenas en restaurante. Prefiero que me inviten un trago y de ahí, la polla que tenga que entrar, que entre.
Si hay algo sagrado para nosotras las caleñas son las salidas de los fines de semana. Antes dejamos el café que una rumba, y el viernes pasado no fue la excepción. El problema es que casi todas mis amigas tienen novio, y mi mejor amiga ya está casada con un hombre más celoso que cualquier noviecito de colegio. Así que decidí no rogarle a nadie y salir sola. Me bañé sobre las ocho de la noche y me arreglé con calma.
Me puse una blusa blanca de tela liviana, tan finita que se me marcaban los pezones cada vez que rozaba con algo, un short de jean azul apretadísimo que me abrazaba el culo y dejaba al aire mis piernas, unas medias blancas y zapatillas rosadas. Debajo del short, nada. Ni tanga ni hilo, el coño al aire, calientito y depiladito, con esa sensación de tela áspera rozándome directo que me tenía mojada desde antes de salir. Me colgué unos aretes dorados y una cadenita con un dije que casi nunca me quito, porque tiene la foto de mi perrita, que murió hace unos años. Encima de la blusa me eché una chaqueta negra, porque la noche prometía estar fría. Un toque de perfume entre las tetas y otro entre los muslos, el bolso al hombro con el celular adentro, y salí a la sala a pedir el carro por la aplicación.
El conductor asignado se llamaba Ramiro Estrada. Según la foto, era un hombre de unos sesenta años, de piel canela, ojos oscuros, cabello corto y bastante canoso, de estatura mediana y cuerpo robusto. Guardé el teléfono de nuevo y salí a la calle a esperarlo. Como estaba cerca, no demoró ni cinco minutos. Llegó en una camioneta blanca, y la verdad es que en persona se veía mucho mejor que en la foto. Tenía un aire de hombre tranquilo, de esos que han vivido lo suficiente como para no afanarse por nada, y unas manos grandes, gruesas, de esas que una se imagina de inmediato apretándole el culo sin pedir permiso.
Lo primero que hizo fue bajarse del puesto del conductor para abrirme la puerta. Me abrió la de atrás, porque la mayoría de la gente prefiere no sentarse adelante. Pero yo no iba a desperdiciar la oportunidad de conversar, así que le pedí el favor de que me abriera mejor la del copiloto. Me miró un segundo, sonrió, y me la abrió. Cuando me acomodé, cerró con suavidad, rodeó la camioneta y se subió a mi lado. Arrancó despacio, sin afán. Yo crucé las piernas de una forma que sé perfectamente lo que provoca, y el short se me subió todavía más, dejando medio muslo al descubierto.
Las caleñas hablamos hasta por los codos, y esa noche no fui la excepción. Durante el viaje parecía un detective interrogando a un sospechoso, porque le pregunté de todo a Ramiro. Soy demasiado curiosa, no lo puedo evitar. Me contó que se había casado tres veces. De la primera quedó viudo, por cosas del destino; era su amor de juventud, Consuelo, la novia que tuvo desde el colegio y con la que se casó a los veinticuatro. De la segunda esposa, Amparo, solo duró tres años, porque ella lo dejó por un hombre más joven. Con la actual, Rosalba, ya llevaba cinco años.
Como ya le tenía un poco más de confianza, la conversación fue subiendo de tono sin que yo me diera mucha cuenta. Me confesó que su vida íntima no era la mejor, y no por la edad. Resulta que Rosalba sufre de una condición que le causa dolor crónico en el coño, así que desde hace tiempo evitan follar para no hacerle daño. Ramiro me dijo que la entiende y la respeta, que prefiere arreglárselas solo con la mano, porque, según sus propias palabras, la verga todavía se le para como a los veinte y las ganas no se le han ido.
No sé en qué momento pasó, pero esa conversación me empezó a calentar más de lo que estoy dispuesta a admitir. Pensar en todo el semen que ese hombre llevaba guardado durante años, en cuántas pajas se habría hecho pensando en un coño ajeno, me prendió algo por dentro. Sentí cómo el mío empezaba a humedecerse, cómo mis labios de abajo se hinchaban contra la costura del jean, y cómo se me endurecían los pezones bajo la blusa. No es lo mismo aliviarse uno solo que con una boca hambrienta encima, pensé. Confianza ya había de sobra. Solo faltaba que alguien tomara la iniciativa, y Ramiro no dejaba de mirarme las piernas de reojo cada vez que el semáforo nos detenía, con esa mirada de hombre que hace rato no tiene y que ya no disimula.
—Papi, ¿y si te ayudo con ese problemita tuyo? —le dije, sonriéndole con toda la coquetería que pude, mientras me acariciaba yo misma el muslo con la punta de los dedos, subiendo despacito hacia el borde del short.
Nos miramos. Los dos sabíamos perfectamente qué estaba pasando. ¿Para qué fingir y dar tantas vueltas, como si tuviéramos veinte años y estuviéramos en una primera cita? Él, un hombre maduro y curtido por la vida; yo, una perra caliente que dentro de unos años entraría también en esa etapa que dicen que es de las mejores. Cuando uno quiere polla, simplemente la toma, sin rodeos.
—¿Qué me propones, preciosa? —me contestó, con un poquito de vergüenza, aunque el bulto que se le marcaba entre las piernas hablaba más fuerte que sus palabras.
Con esa decisión, mis planes de la noche cambiaron por completo. Yo casi siempre salgo a tomar para terminar en algún motel con cualquier desconocido bien parecido, pero esta vez la rutina se iba a romper de otra forma. Solo le dije que se orillara, que frenara y se dejara llevar. Ramiro, todo obediente, arrimó la camioneta contra el borde de la vía, en una calle oscura y solitaria. Como los vidrios eran polarizados, lo único que hicimos fue subir todas las ventanillas.
***
Me acomodé de lado en el asiento, con una pierna doblada, y empecé a acariciarle por encima del pantalón. La verga la tenía dura como piedra, palpitándole, y se le marcaba entera contra la tela, gruesa, larga, insultantemente grande. Verme las piernas al aire lo tenía encendido, y eso me facilitaba todo, porque no tenía que esforzarme en despertarlo. Le pasé la palma abierta de arriba abajo, apretándosela por encima del pantalón, sintiendo cómo latía. Ramiro soltó un suspiro largo, con los ojos entrecerrados, y se dejó caer contra el respaldo.
—Uy, papi, ¿pero qué es esta cosa que traes aquí guardada? —le susurré, mordiéndome el labio mientras seguía apretándole.
Le solté la hebilla del cinturón despacio, con parsimonia, disfrutando cada segundo. Le bajé el cierre diente por diente, y el sonido del zíper llenó la cabina de la camioneta. Le deslicé el pantalón hasta las rodillas y me encontré con unos calzoncillos blancos, sencillos, tensos por la erección. Le pasé la nariz por encima y respiré hondo. Olía a hombre, a jabón mezclado con sudor, a verga necesitada. Le mordí suavecito el bulto por encima de la tela y sentí cómo se estremecía entero.
Cuando le bajé los calzoncillos, la verga le saltó afuera de un tirón, dura, hinchada, con la punta morada y una gota de líquido pre-seminal ya asomándole. Me quedé mirándola un segundo, sin creérmelo del todo. La tenía enorme, más grande que cualquier polla que jamás me había encontrado, gruesa como mi muñeca, con las venas marcadas a lo largo, y aun así era bonita, derecha, justo como me gustan. La imagen de esa verga esperando por mi boca me puso todavía más caliente. Sentí un latigazo entre las piernas y supe que si me pasaba la mano por el coño me la iba a encontrar empapada.
—Mmmm, papi, ¿y todo esto tenías escondido? ¿Por qué te lo guardabas, mi amor? Con esta verga tan rica, y tu mujer sin poder disfrutártela… qué desperdicio —le dije mientras la envolvía con la mano y empezaba a masturbarlo despacio.
Comencé con movimientos lentos, subiendo y bajando la mano por todo el largo, sintiendo cómo se ponía todavía más dura entre mis dedos. Con el pulgar le acariciaba la punta, esparciéndole el líquido que le salía, mientras con la otra mano le agarraba los huevos y se los apretaba con suavidad. Ramiro soltaba unos gemidos roncos, profundos, esos de hombre curtido que no gime por gimotear sino porque ya no puede evitarlo. Le escupí un chorro grueso de saliva sobre la punta y usé eso para deslizarme mejor, apretando más firme, girando la muñeca en cada bajada.
—Qué rico la tienes, papi, tan gruesa, tan dura… mira cómo te palpita en mi mano —le susurré, aumentando el ritmo—. ¿Cuánto hace que nadie te la come, mi amor?
—Años, mamita, años —me contestó apenas, con la voz quebrada.
Me daba algo de pena que un hombre con semejante instrumento no recibiera la atención que merecía, así que decidí dejar de pensar y entregarme al momento. Me incliné sobre su regazo, con el culo apuntando hacia el volante, y empecé con besos suaves, recorriéndosela entera. Le besé la base, los huevos, le pasé la lengua por la costura del medio, subí de nuevo por toda la longitud hasta la punta, dándole besitos húmedos, mojándosela de saliva. Olía y sabía a hombre de verdad, salado, macho, y por alguna razón eso solo me prendía más.
Le lamí despacio de abajo hacia arriba, como si fuera una paleta, marcando la vena principal con la punta de la lengua, y cuando llegué arriba le di vueltas alrededor del glande, chupándoselo suavecito. Ramiro soltó un gruñido que parecía salirle del estómago. Finalmente abrí bien la boca y me la metí entera, o al menos toda la que pude, porque de golpe me tocó la garganta y me dio ganas de toser.
—Ay, papi, la tienes tan grande que no me cabe toda… pero yo me esfuerzo, mi amor, tranquilo —le dije, con la saliva colgándome de los labios.
Subía y bajaba la cabeza sobre su verga, sintiéndola entrar y salir de mi boca, apretándola con los labios, chupando con fuerza, haciendo esos ruidos húmedos y obscenos que sé que a los hombres los vuelve locos. Cada vez que llegaba abajo, apretaba más, hundía la cabeza tratando de metérmela hasta la garganta, y cuando subía la sacaba entera con un sonido de succión, para volver a comérmela de un bocado. Le pasaba la lengua por debajo mientras la tenía dentro, y cuando salía la castigaba con lametones rápidos en la punta.
Ramiro me acariciaba el cabello con una mano, primero con ternura, casi con respeto, como si no quisiera apurarme. Yo lo miraba desde abajo sin sacármela de la boca, con los ojos aguados, y podía sentir cómo palpitaba contra mi lengua. Le agarré los huevos con una mano y se los masajeé, y con la otra le tomé la base para acompañar el movimiento de la boca. Estaba mojando el asiento con la baba que se me escapaba.
—Ay, mi amor, qué rico chupas —murmuró él—, hace tanto que nadie…
—Shhh, papi, disfruta —le dije yo, sacándomela un segundo para hablar y volviéndomela a meter de golpe hasta que arqueé la espalda por las arcadas.
Poco a poco fui despertando ese lado más salvaje que tenía dormido. Empezó a tomarme del pelo con más fuerza, a guiarme el ritmo, marcándome él mismo qué tan rápido lo quería. Me hizo un moño con el cabello, agarrándolo firme como una rienda, y empezó a moverme la cabeza a su antojo, bajándomela hasta abajo, sosteniéndomela ahí un segundo, sintiendo cómo la garganta se me apretaba alrededor de su verga. Por momentos me faltaba el aire, se me saltaban las lágrimas, y la saliva me chorreaba por la barbilla hasta la blusa. Pero la sensación de tenerlo así de desesperado, follándome la boca como si fuera un coño, era más fuerte que cualquier incomodidad.
—Así, papi, cógeme la boca —le dije en un jadeo cuando me dejó respirar—. Fóllamela como quieras, mi amor, que para eso está.
Me dejaba respirar un instante, solo para volver a buscarme la boca con esas manos grandes sosteniéndome las mejillas, obligándome a abrirla más. Yo me metía la mano dentro del short, entre las piernas, y me encontré el coño empapado, chorreando, con los labios hinchados. Empecé a acariciarme el clítoris con dos dedos mientras me la seguía comiendo, y cada vez que él empujaba más profundo, yo me estremecía entera. Estaba a punto de correrme yo también, solo con tenerle esa verga en la boca.
Yo habría querido seguir, subirme encima, montarle esa verga hasta despedazarme, llevarlo al motel, tener esa noche entera para nosotros, pero era pedir demasiado. Ramiro llevaba años sin que nadie lo tocara, y mi boca lo estaba apurando más de la cuenta. Le puse una mano en el pecho y sentí el corazón latiéndole desbocado. Supe que ese era su límite. La verga se le hinchó todavía más entre mis labios, empezó a palpitarle contra la lengua, y los huevos se le tensaron dentro de mi mano.
—Me corro, mamita, me corro —gruñó, agarrándome la cabeza con las dos manos.
—Dámelo todo, papi, en mi boca, en mi lengua, no te guardes nada —alcancé a decirle antes de volver a hundírmela.
Mientras seguía con la verga metida hasta el fondo, lo sentí estremecerse entero y correrse contra mi lengua con un gemido largo que se le escapó desde el fondo del pecho. Un chorro grueso, caliente, me llenó la boca de golpe, seguido de otro, y otro más. Era demasiado, no podía tragármelo todo, y parte se me escapó por la comisura de los labios, chorreándome por la barbilla hasta el pecho. Yo seguí chupándole despacio, ordeñándole hasta la última gota, saboreando el semen espeso y salado de un hombre que llevaba años sin poder soltarlo dentro de nadie.
No me aparté. Me quedé un momento más, suave, mamándole apenitas la punta, hasta que él mismo se apartó, agotado y satisfecho. Le pasé la lengua una última vez, despacio, recogiendo lo que se había escapado, y le sonreí con los labios brillantes. Ramiro me miraba como si no terminara de creer lo que acababa de pasar. Yo abrí la boca para mostrarle lo que quedaba adentro y me la tragué de un solo sorbo, con la mirada clavada en la suya.
—Mmmm, papi, deliciosa —le dije, relamiéndome.
***
Cuando recuperó el aliento, se acomodó la ropa: los calzoncillos, el pantalón, el cierre, el cinturón. Pude notar cierta frustración en su cara, esa de quien quisiera haber dado más, de quien habría querido metérmela por el coño y por el culo también, pero yo solo le sonreía para que no le diera muchas vueltas al asunto. Me pasé el dedo por la comisura de los labios, recogí una gota que se me había quedado y me la chupé despacito delante de él, para que no se le olvidara nunca. Me preguntó si me llevaba a la discoteca y le dije que sí.
Él iba feliz, en paz, con la tranquilidad de quien hacía mucho no se sentía deseado ni ordeñado por una boca hambrienta. Yo, en cambio, iba más encendida que cuando salí de mi casa, con el coño chorreando entre las piernas, los pezones duros marcados contra la blusa y la boca todavía con el sabor a semen tibio. Quería llegar a la rumba a ver qué verga me deparaba la noche, porque una cosa estaba clara: apenas estaba empezando. Pero eso, mis amores, será para otra historia.
Arrancamos de nuevo, y el resto del camino lo hicimos en silencio, con esa complicidad rara de dos desconocidos que comparten un secreto. Cuando me dejó frente a la discoteca, Ramiro me abrió la puerta una vez más, como un caballero, y me dio las gracias con una sinceridad que me sacó una sonrisa. Me bajé, le tiré un beso desde la acera y entré sin mirar atrás, sintiendo cómo el jean se me pegaba a un coño todavía empapado.
Esa noche me la pasé pensando en lo fácil que es romper la rutina cuando uno se atreve. Pude haberme quedado calladita en el asiento de atrás, mirando el celular, esperando a llegar. En cambio, escogí sentarme adelante, y esa pequeña decisión terminó con una verga descomunal en mi boca y una de las anécdotas que todavía me hacen apretar los muslos cuando la recuerdo.
Y bueno, mis amores, eso fue todo por ahora. Espero que les haya gustado esta primera confesión, completamente real, de esta caleña atrevida. Cuídense mucho, y por favor cuéntenme cuál fue su parte favorita, que quiero saberlo todo.





