Mi mujer me pidió algo que no me atreví a negarle
Noelia es pelirroja y tiene un cuerpo que llama la atención sin proponérselo. Nos conocimos en el almacén logístico donde yo coordinaba turnos y ella llevaba la administración; yo tenía treinta y tres años, ella veintiséis. Al principio fue todo miradas en los pasillos, después cafés que se alargaban, y al final una relación que parecía sólida como pocas.
Todo esto que voy a contar ocurrió hace casi veinte años. Seguimos juntos, seguimos queriéndonos, pero apenas hablamos de aquella época. Y, sin embargo, no hay noche en que no vuelva a ella cuando estoy a solas conmigo mismo, con la polla en la mano y los recuerdos golpeándome como si fuera ayer.
No éramos lo que se dice una pareja abierta. Nuestro sexo, casi siempre empujado por ella, era imaginativo y desprejuiciado —le encantaba montarme hasta dejarme seco, chuparme la verga mirándome a los ojos, pedirme que le corriera en las tetas—, pero pasados unos años noté que algo le faltaba. Lo intuía en cómo me miraba después, con una ternura que escondía una pregunta sin formular.
Una tarde de domingo paseábamos por el casco viejo y, casi sin darme cuenta, fue ella quien me condujo hasta la puerta de una tienda erótica. Entramos. Noelia se plantó sin pudor frente a la estantería de juguetes y eligió uno grande, oscuro, mucho más grande de lo que yo jamás podría ser. Me lo puso en las manos con un guiño y me hizo pagarlo en la caja. Entendí el mensaje sin necesidad de palabras.
Mi polla ya no le alcanzaba, y ella había dejado de fingir que sí.
Esa misma noche la probó delante de mí. Se abrió de piernas sobre la cama, se untó el consolador con saliva y se lo metió despacio, gimiendo con la boca abierta mientras yo miraba sentado a los pies del colchón. Cuando el falo negro le entró entero y su coño lo tragó hasta la base, me miró y sonrió con una mezcla de disculpa y desafío. Me corrí en la mano sin tocarme apenas, viendo cómo se follaba con algo que me humillaba y me ponía a partes iguales.
Fue por entonces cuando entró a trabajar Brandon. Caribeño, de hombros anchos y sonrisa fácil, repartía y reponía mercancía con una seriedad que lo hacía aún más atractivo. Provocó un pequeño terremoto entre las compañeras y las clientas, pero él no parecía interesado en intimar con ninguna.
***
El pedido grande de la semana lo hacíamos los viernes. Noelia se las arregló, con la excusa del peso, para que nos lo entregaran un sábado a última hora. Todavía hoy no sé si mi destino empezó ahí o si ella lo tenía planeado desde mucho antes. Lo cierto es que, cuando Brandon llegó a casa con las cajas, resultó de lo más natural invitarlo a quedarse un rato.
—¿Una copa antes de volver? —ofreció ella.
—No quiero molestar —dijo él, pero ya se estaba sentando.
Noté el nerviosismo en los dos. Lo noté y, en lugar de incomodarme, me encendió por dentro de una manera que no supe explicar.
Tras un par de copas, la conversación se fue volviendo provocadora. Noelia la condujo con habilidad hacia el sexo, hacia la destreza de los hombres, hacia los tamaños y lo que cada cual podía ofrecer. El bulto evidente en el pantalón de Brandon le dio pie a soltar lo que llevaba rato rondándole la cabeza.
—Siempre me he preguntado si eso de que los caribeños la tienen enorme es un mito o una verdad —dijo, con una naturalidad calculada.
—Por lo que enseñan las películas, no parece mito —comenté yo, mirando a Brandon, sorprendido de mis propias palabras.
Noelia se acercó a mi oído y me susurró algo que me dejó tenso, curioso y excitado a partes iguales:
—Quiero vérsela. Quiero saber cuánto mide la polla de este negro. Ayúdame, por favor.
Tragué saliva. Algo en mí, en lugar de frenar, decidió empujar.
—¿Y qué tal te va con las chicas, Brandon? —pregunté.
—No sé qué decir —respondió, y ante los ojos muy abiertos de ella añadió—: algunas me dicen que se la parto. Que no pueden con toda.
A Noelia le faltó tiempo para reaccionar. Sacó de algún sitio una cinta métrica de costura, como si la hubiera tenido preparada, y propuso salir de dudas allí mismo, midiendo, comparando. Estaba lanzada, quizá por el alcohol, quizá por una curiosidad que llevaba años conteniendo.
Nos puso firmes, nos aflojó los cinturones y nos dejó medio desnudos en mitad del salón. Yo estaba cortado, casi temblando, con la polla a media asta asomando por encima del calzoncillo bajado. Brandon, en cambio, se quitó también la camiseta con una calma que me hizo envidiarlo, y dejó al descubierto un torso esculpido. Cuando se bajó los pantalones, se me secó la boca. Le colgaba entre las piernas una verga oscura, gruesa, larga incluso en reposo, con los huevos pesados descansando encima de un muslo. Era otra cosa. Era otro animal.
—Madre mía —murmuró Noelia después de medir—. Es casi el doble que la de Marcos, y eso que la tiene en reposo.
***
No se conformó con los números. Dijo que la prueba no estaba completa si no nos veía en plena forma y, sin el menor reparo, se agachó. Primero se ocupó de mí: se metió mi polla en la boca de golpe, entera, y la sacó brillante de saliva a los pocos segundos, chasqueando la lengua. Después se volvió hacia él. La cara le cambió cuando le agarró la verga con las dos manos y aún le sobraba tronco. La lamió desde los huevos hasta el glande, despacio, como quien reza. Cuando abrió la boca y trató de tragársela, apenas le cabía el capullo. Le corrían las lágrimas de esforzarse y no paraba de sonreír entre arcadas.
—Es una barbaridad —jadeó, con un hilo de saliva colgando—. No me cabe en la boca, joder, no me cabe.
Yo la miraba con una mezcla de vértigo y deseo que jamás había sentido. Cuando se incorporó, se desnudó del todo y comprobé que estaba empapada desde hacía rato: le brillaban los muslos hasta las rodillas y las bragas caían al suelo con un chapoteo húmedo.
Brandon me buscó con la mirada, pidiendo permiso. Se lo concedí con un gesto de la cabeza, sin pensarlo, como si mi voluntad ya no me perteneciera. La tumbó sobre la alfombra, le abrió las piernas con las dos manos y le pasó el glande por el coño abierto, arriba y abajo, empapándose. Ella temblaba y se mordía el labio.
—Métemela ya, por favor, métemela entera —suplicó.
La primera embestida la partió en dos. Noelia gritó, un grito ronco, gutural, y arqueó la espalda como si le hubieran metido un hierro caliente. Brandon empujó despacio, ganando centímetros con cada envite, hasta que hundió las caderas contra las suyas y los cojones le chocaron contra el culo con un golpe carnoso.
—Así, no pares —le pedía ella, agarrándose a sus hombros—. Dámelo entero. Rómpeme si hace falta, pero no la saques.
Él empezó a follársela con un ritmo constante, profundo, sacándola casi entera y volviendo a enterrarla de un empujón que la desplazaba sobre la alfombra. El coño de Noelia se estiraba alrededor de aquella verga negra, brillante de flujo, y cada vez que él salía la carne rosada se veía dilatada, abierta, incapaz de cerrarse. Ella no dejaba de gemir, de gritar palabrotas, de suplicar más.
Por la confianza con que se movían, por cómo se buscaron las bocas en un beso largo y hambriento, comprendí que aquella no era la primera vez. Lo habían hecho antes, a mis espaldas, y aquella escena solo era el modo que ella había elegido para confesármelo en caliente.
Lejos de hundirme, la idea me disparó. Me quedé sentado en el sofá, a su altura, y dejé que mi mano cayera sobre la espalda de Brandon mientras él se movía. Sentía sus lumbares tensarse y aflojarse con cada embestida, el sudor corriéndole por la columna. Bajé la mano hasta su culo prieto y noté cómo se contraía al hundirse en ella. Algo en mí necesitaba participar, formar parte de aquello aunque fuera desde el borde. Lo acaricié con una osadía que no me conocía, como si llevara toda la vida haciéndolo.
Te estás llevando a mi mujer, pensé, pero te tengo conmigo, en mi casa, bajo mis manos.
Noelia me miró y estiró un brazo hacia mí.
—Ven, dámela, quiero chupártela mientras me folla —jadeó.
Me arrodillé a su lado y le metí la polla en la boca. Ella la recibió con hambre, mamando al ritmo que Brandon le imponía con las caderas. Cada envite del caribeño la empujaba contra mi verga y se la tragaba entera hasta la garganta. Me agarró un huevo con la mano libre y lo apretó suavemente, y con cada gemido suyo yo sentía la vibración en el glande. Le follaba la boca al ritmo que él le follaba el coño, y los tres nos movíamos como una máquina engrasada.
Cuando se giraron y ella quedó encima, recuperé la firmeza solo de mirarlos. Noelia se sentó a horcajadas sobre Brandon y se empaló despacio, gimiendo cada centímetro, hasta apoyar el culo contra los muslos del negro. Empezó a moverse arriba y abajo, con las tetas balanceándose, roja de calor. Aprovechando el momento, me sumé desde atrás, con cuidado, escupí en mi mano, me la unté en la polla y se la fui pasando por la raja del culo. Ella dio un respingo, echó una mano hacia atrás para abrirse una nalga y me susurró un «méteme también, quiero los dos, dádmelo todo». Empujé despacio, notando cómo el ojete se abría y me tragaba, mientras por debajo la verga de Brandon seguía enterrada en su coño. Nunca había sentido nada parecido: la barrera de carne entre él y yo, palpitando, y Noelia atrapada en medio, sacudida por dos hombres a la vez.
Terminamos casi a la vez. Brandon rugió y ella sintió el chorro caliente inundándola por dentro; yo me corrí en su culo con un espasmo que me dobló sobre su espalda; ella gritó y se corrió entre los dos, empapándonos las ingles. La cara de Noelia, iluminada de felicidad sobre la alfombra, con semen escurriéndole del coño y del culo, fue lo último que vi antes de derrumbarme.
—Tenía tantas ganas de esto —confesó después, abrazada a mí—. No sabía cómo decírtelo. Pensé que en caliente lo entenderías mejor.
Y lo entendí. Vaya si lo entendí.
***
Una hora más tarde seguíamos los tres por la casa sin vestirnos, ella radiante y nosotros detrás como dos sombras dóciles. Aquella noche descubrí algo de mí que no sabía que existía: que mirar, que servir, que estar al borde y no en el centro me daba un placer más hondo que cualquier protagonismo.
Lo que vino después fueron meses intensos. Brandon era educado, limpio, cuidadoso; nos gustaba una buena ducha antes, y más de una vez los sorprendí juntos bajo el agua —él con la verga dura apoyada en su culo, ella enjabonándose las tetas—, y me sumé con una mezcla de deseo y envidia que ya había aprendido a disfrutar. Él me pedía a veces que lo ayudara: que le sujetara las piernas a Noelia mientras se la follaba desde arriba, que le pasara la polla por la cara mientras la penetraba por detrás, que le lamiera el coño empapado de semen recién soltado. Y yo lo hacía sintiéndome parte de algo y no un simple testigo. Aprendí el sabor de la corrida de otro hombre en el coño de mi mujer, y no me dio asco: me puso duro como una piedra.
Aprendimos a leernos los tres sin hablar. Una mirada de Noelia bastaba para que yo supiera cuándo acercarme y cuándo quedarme quieto, observando. Brandon, por su parte, había dejado de tratarme como al marido incómodo y empezó a buscarme también a mí, a incluirme en sus gestos, como si entendiera que sin mí aquello perdía la mitad de su sentido. Una noche me pidió que se la chupara para ponerla dura antes de metérsela a Noelia, y lo hice sin pensarlo, arrodillado entre los dos, sintiendo cómo aquella verga crecía en mi boca hasta ahogarme. Nunca lo dijimos en voz alta, pero los tres habíamos firmado un pacto silencioso.
Recuerdo tardes enteras en las que el tiempo dejaba de existir. Empezábamos con una copa y una conversación cualquiera, y de repente eran las tres de la mañana y seguíamos enredados en la cama, agotados y sin ganas de parar. Noelia decía que conmigo se sentía segura y con él se sentía llena, y que solo teniéndonos a los dos era completamente feliz. A mí, que debería haberme dolido, me llenaba de un orgullo extraño.
Hubo una noche en que me ataron las manos al cabecero porque les distraía verme buscar mi propio placer mientras ellos se entregaban. Brandon se la folló durante casi una hora, en todas las posturas, mientras yo forcejeaba con las cuerdas y se me escurría el líquido preseminal por la barriga sin poder tocarme. Ella se corrió tres veces, gritando mi nombre y el suyo mezclados, y cuando él acabó vaciándose en su boca y le dejó el semen caer por la barbilla, se acercó a mí, se subió a la cama y se sentó sobre mi cara para que se lo limpiara con la lengua. Terminar así, tragándome la corrida de otro sin poder tocarme, fue difícil y casi doloroso, pero lo recuerdo como una de las veces más intensas de mi vida. La frustración, descubrí, también podía ser un combustible.
Todo aquello terminó cuando a Brandon le salió un trabajo en otra ciudad y se marchó. Yo había cambiado de empleo y cubría turnos de noche en una empresa de seguridad. Noelia, que no encontraba tiempo entre su trabajo y el mío, me pidió que fuera yo quien buscara a alguien que ocupara el hueco que Brandon había dejado.
Lo intenté sin demasiado empeño al principio. Pero cuando la vi comprar un masajeador nuevo y mirar embelesada ciertos vídeos en la pantalla —negros enormes reventando a mujeres pequeñas—, comprendí que ya no había marcha atrás. Aquel juguete que habíamos comprado en la tienda erótica seguía en el cajón de su mesita, aunque para entonces se le había quedado pequeño.
***
Los primeros candidatos no funcionaron. Unos por bruscos, otros por torpes, casi todos porque no aceptaban que yo estuviera presente, que interviniera, que le lamiera el coño mientras ellos la penetraban, que les chupara la polla para dejársela a punto. A mí no me valía cualquiera: necesitaba a alguien que entendiera que en aquella casa el placer era de los tres o no era de nadie.
Con el tiempo, la intensidad fue bajando sola. Brandon nos visitó una vez más, de paso, y hasta quiso presentarnos a alguien, pero ya no era lo mismo. Algo de aquel primer asombro se había gastado, como se gasta todo lo que se repite demasiado.
Ya digo que de esto hace casi veinte años, contando los pocos que duró aquella locura compartida. Hoy Noelia se entretiene con otras cosas: antifaces, cadenas finas, una fusta que apareció en el armario sin que yo preguntara de dónde.
Ahora mismo me llama desde el dormitorio, con la voz un poco ronca. No sé exactamente qué quiere, aunque lo intuyo. Seré lo que ella decida que sea, pero tonto no soy. Y juraría que ha invitado a alguien a casa para una pequeña demostración.
Me levanto. Como siempre, voy detrás de ella, con la polla ya dura antes de cruzar la puerta.





