Lo que hice para sobrevivir cinco años entre rejas
Cinco años. Esa fue la cuenta que me cayó encima cuando crucé la frontera con una valija que ni siquiera era mía. Me la había dado Esteban, mi jefe y mi amante, con una sonrisa de las que yo todavía me creía. «Llevásela a un contacto en Bolivia, te pago el viaje y un extra», me dijo. En el control me retuvieron, y horas después llegó la orden del juez para abrir la valija a la fuerza. Adentro había casi un millón y medio de dólares.
Me habían usado de mula para sacar plata sucia del país. Esteban cantó todo cuando lo apretaron, pero su abogado se encargó de que no me limpiara del todo. Así que ahí estaba yo, Carla, guardada en el penal de mujeres de Las Acacias, en un pabellón para delitos económicos.
El abogado me repetía siempre lo mismo en cada visita: que me portara bien, que me anotara en algún taller, que con buena conducta en dos o tres años podía salir antes. Yo asentía. Pero la verdad es que adentro hay otra economía, otra moneda, y nadie te la explica el primer día.
***
El pabellón no se pasaba tan mal, si una sabía moverse. Había que hacer amigas, repartir favores, devolver gentilezas. Y entre las celadoras y el grupo de choque que entraba cuando había quilombo, siempre había algún uniforme con ganas. Si alguno te echaba el ojo, la cosa cambiaba: un rato en el cuarto de guardia se canjeaba por cigarrillos, por golosinas, por que la vida adentro fuera un poco menos gris.
A mí me había marcado Damián, uno de los del grupo antimotines. Alto, morocho, con una barba de tres días que raspaba como lija. Esos tipos andaban más aburridos que nosotras, dando vueltas por el patio como perros buscando una pista. Yo me arremangaba el uniforme gris para que se viera el tatuaje del muslo, una serpiente que subía enroscándose, y sabía perfectamente qué miradas atraía.
Una tarde de noviembre el sol pegaba como un fierro caliente en el cemento rajado del patio. Yo estaba apoyada contra la pared, fumando un cigarrillo que le había sacado a la gorda Susana, que siempre tenía de más. Damián apareció de la nada, con el chaleco que le marcaba el pecho y esa cara de dueño del lugar.
—Vení —me dijo bajito, agarrándome del brazo sin que nadie lo viera—. Hoy te toca.
No era una pregunta. Yo ya sabía lo que venía, y no voy a mentir: el cuerpo se me adelantaba a la cabeza. En ese agujero, un poco de deseo de verdad era un lujo.
***
Me llevó al cuarto de guardia viejo, uno de antes de la reforma, escondido detrás del pabellón. Una mesa rota, un catre, un ventilador que no enfriaba nada. Cerró la puerta con llave y se dio vuelta a mirarme como quien mide lo que va a comer.
—Sacate la ropa —dijo, bajándose el cierre del pantalón.
Obedecí. Si no lo hacía, adiós cigarrillos, adiós golosinas, y adiós a esa única hora de la semana en que me sentía algo más que un número. Me saqué la remera, después el pantalón, y me quedé en una bombacha roja que me había dejado Nélida cuando la largaron.
Él ya tenía todo afuera, duro, mirándome con esa media sonrisa.
—Mirá cómo me ponés —murmuró.
Me arrodillé en el piso sucio porque conocía el ritual de memoria. Lo tomé con la boca, despacio primero, sintiendo el peso, el calor, el sabor salado. Él me agarró del pelo, no con violencia, más bien marcando el ritmo, y soltaba palabras roncas entre dientes. Yo cerré los ojos y me dejé llevar, lamiendo, succionando, perdiendo de a poco la noción del cuartucho y del olor a humedad. Le pasé la lengua por la punta, por el tronco, hasta que lo tuve húmedo de saliva y de mi respiración caliente. Cuando quiso más, me empujó la cabeza un poco más abajo, y yo obedecí con la boca abierta, tragándome el ahogo y la urgencia como si no hubiera nada más en el mundo que esa verga dura golpeándome la lengua.
—Así, carajo —gruñó—. No aflojes.
Se le tensó toda la panza cuando me tomé un poco más de lo que entraba cómodo, y yo noté cómo le cambiaba la respiración, cómo le temblaban apenas los dedos sobre mi nuca. Le gustaba verme manejarlo con las mejillas hundidas y la mandíbula cansada, como una perra que sabe exactamente qué está haciendo. Le lamí la base, le chupé el glande, le escupí apenas para volver a lustrarlo con la lengua, y él empezó a soltar esas puteadas bajas que me calentaban más que cualquier caricia.
Me levantó de un tirón y me tiró sobre el catre.
—Abrí —dijo, y se agachó entre mis piernas.
Sus dedos me corrieron la bombacha a un costado y me abrió con dos falanges, apretando, explorando, mojándose con mi calor. La barba me raspó la parte interna de los muslos cuando hundió la cara entre mis piernas y empezó a comerme el coño despacio, con hambre. Me lamía de arriba abajo, separándome los labios con la lengua, insistiendo justo donde yo ya me estaba desarmando. Me agarró de las caderas para que no me moviera, pero igual yo me arqueaba, empujando contra su boca, buscando más fricción, más presión, más lengua.
—Eso —dijo contra mí, sin dejar de lamer—. Dale, mojame todo.
Cuando metió los dedos y curvó la mano hasta tocar ese punto exacto, dejé de fingir cualquier compostura. Entró profundo, encontrándome el nervio con paciencia sucia, y yo empecé a sacudirme entera, con las piernas abiertas de par en par y la bombacha corrida hasta la rodilla. Me vine fuerte, con un espasmo caliente que me subió por el vientre y me dejó las tetas pesadas, el cuerpo temblando y la cabeza golpeando el colchón duro del catre. Me mordí el brazo para no gritar y que medio pabellón se enterara, pero igual se me escapó un gemido roto, de esos que no se pueden tragar.
—Ahora sí —dijo él, riéndose, limpiándose con la manga.
Se puso encima y entró de una. Yo le enganché las piernas en la cintura y le clavé las uñas en la espalda mientras el catre crujía con cada embestida. Sentí cómo me abría la carne desde adentro, cómo su verga me llenaba de golpe, dura y caliente, entrando hasta el fondo con empujones secos que hacían chocar nuestros cuerpos de una forma brutal. Cada vaivén me corría un poco más la respiración, y él me hablaba al oído con la boca llena de saliva, diciéndome que me gustaba, que me encantaba que me cogiera así, que yo era una puta agradecida. Y la verdad es que sí, me gustaba; me gustaba el dolor fino de la fricción, el peso de su torso aplastándome, el ruido de nuestras pieles golpeándose, la certeza de que en ese rato yo no era una presa sino una mujer desatada debajo de un macho con ganas.
Me dio vuelta sin sacársela y me acomodó boca abajo sobre el catre. Me agarró de las caderas, me levantó apenas el culo y volvió a metérmela desde atrás, más hondo todavía. Yo apoyé las manos en el colchón y sentí el olor a sudor, a tela vieja y a semen sin acabar de salir de ninguna parte. Con cada embestida me golpeaba el punto exacto por dentro, y el cuerpo se me iba poniendo más blando y más caliente, como si estuviera a punto de desarmarse del todo. Él me agarró una teta por encima del corpiño de algodón y me la apretó fuerte, tirando del pezón hasta que me hizo chillar bajito. Después me metió dos dedos en la boca y yo los chupé sin pensar, sabiendo lo que venía, sabiendo que él también estaba por venirse.
—Dale, Carla —me dijo, jadeando—. Quiero corrérmela adentro.
Yo le respondí con un movimiento de cadera, ofreciéndome más, apretándolo, sintiendo cómo el golpe de su pelvis se volvía más torpe, más urgente. El final lo agarró con un temblor en la garganta y un gruñido animal. Se quedó clavado un segundo dentro de mí y después empezó a vaciarse a pulsos, caliente, espeso, llenándome por dentro mientras yo seguía moviéndome para ordeñarle hasta la última gota. Me apretó fuerte la cintura, hundiéndose lo más que pudo, y cuando terminó se quedó respirando encima de mi espalda, pesado, sudado, como si se le hubiera caído el mundo de golpe.
Después me dio el cigarrillo de siempre, y volví a la celda con las piernas flojas y una calma rara, como la que deja una tormenta cuando por fin descarga.
***
Rita me esperaba. Era mi compañera de celda, una morocha tetona que había caído por una estafa con tarjetas, y tenía un olfato afilado para el chisme y para el sexo fresco.
—Te reventaron bien, eh —dijo, sin levantar la vista del cigarrillo a medio armar.
Esa noche, después de la cena de siempre, nos metimos en la cucheta de abajo. Rita tenía manos que sabían y una boca todavía mejor. No había cámaras en las celdas, solo el ruido lejano de las celadoras y el zumbido del pabellón dormido. Nos buscamos despacio, conociéndonos los rincones de memoria, ahogando los gemidos contra la almohada para no llamar la atención. Con ella era distinto que con Damián: no había orden ni canje, solo dos mujeres que se acompañaban en el encierro de la única forma que les quedaba. Rita me desabrochó la remera, me lamió los pezones con paciencia, y me hizo abrir las piernas hasta que su lengua encontró el centro caliente de mi coño, ya sensible por todo lo que me había dejado Damián. Me comía despacio, girando la lengua, separándome con los dedos, y yo le tironeaba del pelo, oliendo su piel, su jabón barato, el gusto salado de los dos cuerpos mezclándose en esa cucheta estrecha.
—Así, no pares —le susurré, con la voz rota.
Ella se reía contra mí y seguía, metiendo dos dedos mientras me chupaba, llevándome otra vez al borde hasta que el cuerpo me empezó a patear solo. Después nos dimos vuelta, nos manoseamos las tetas, nos rozamos el culo, nos hicimos espacio entre sábanas ásperas y calor humano. Rita se acomodó encima de mí y me montó lento, moviendo la cintura con un ritmo sucio que hacía rechinar la estructura de metal. Yo le hundí los dedos en la espalda y le mordí el hombro para no gemir demasiado fuerte, sintiendo cómo me volvía a llenar de esa necesidad animal que adentro no te deja pensar en otra cosa que en la próxima vez. Con ella era puro desahogo, puro consuelo convertido en carne.
—Descansá —me dijo después, abrazándome desde atrás—. Mañana es otro día igual.
Y tenía razón. Los días en Las Acacias eran todos iguales: talleres, visitas controladas, la cuenta regresiva del abogado, y los encuentros robados en los rincones que ya conocía como la palma de mi mano.
***
No todo era Damián. En el taller de costura, donde nos obligaban a coser uniformes para matar las horas, mandaba la Sargento, una celadora fornida, de pelo corto y ojos que te clavaban. Todo el mundo sabía lo que le gustaba.
—Quedate, tengo que revisarte —me dijo una tarde, cuando las demás ya se iban.
Cerró la puerta. Su «revisión» empezó por las manos, siguió por el cuello y terminó donde las dos sabíamos que iba a terminar. La Sargento era directa, sin vueltas, y a cambio dejaba caer cigarrillos extra y algún permiso que otras hubieran matado por tener. Lo de ella se volvió rutina los martes, después del taller, sobre la mesa todavía llena de retazos de tela gris. Me hacía apoyar las palmas contra la madera, me levantaba la falda hasta la cintura y me pasaba los dedos por el culo y entre las piernas, hurgando sin delicadeza, probando mi humedad como si revisara una mercadería. Después me hacía dar vuelta, me abría la boca con dos dedos y me ordenaba que le chupara el pecho por encima del uniforme, apretándome la nuca con una fuerza que no admitía discusión. Si estaba de buen humor, me dejaba bajar al piso y le comía el coño entre los rollos de tela; si estaba seca de paciencia, me lo hacía saber con una palmada en la cara y una orden breve: «Mirá y aprendé». Entonces yo me quedaba frente a ella, con las piernas abiertas, mirando cómo se tocaba despacio mientras me hacía pensar que el poder también podía venir en forma de transpiración, de cuero negro y de dedos con olor a tabaco.
A veces pienso en lo que se vuelve normal cuando una está adentro. Afuera, todo eso me habría parecido de otro mundo. Adentro era apenas la manera de seguir respirando, de sentir que el cuerpo todavía era mío aunque me lo hubieran encerrado.
***
Los meses pasaron, porque el tiempo es lo único que adentro nunca falla: pasa, para bien o para mal. El abogado vino un día con una sonrisa distinta.
—En tres meses, antes de las fiestas, salís con libertad condicional si seguís así —me dijo.
Asentí, sin demasiada emoción. Cinco años te curten la piel y algo más adentro. La libertad ya no me parecía un sueño, más bien otro cambio de celda, una más grande, con el cielo arriba en vez de un techo.
Una de esas tardes de visita vino mi hermana, con la cara de cansancio que arrastraba desde que yo había caído. Hablamos las pavadas de siempre —cómo estaba mamá, que el sobrino ya caminaba— y después bajó la voz y soltó lo que traía guardado.
—Carla… el hijo de puta de tu ex jefe. Lo trasladaron al penal de Cruz del Sur. Dicen que la está pasando muy mal, que se enfermó feo, que lo van a llevar al hospital penitenciario. Está hecho una sombra.
Me quedé callada un rato largo, mirando el vidrio rayado que nos separaba. Esperé sentir algo: alegría, bronca renovada, ganas de festejar. No sentí nada de eso. Tampoco lástima. Solo una calma fría, como cuando apagás un cigarrillo contra la pared y ya no queda ni humo.
—La basura va al tacho —dije al final, sin levantar la voz—. Que se las arregle.
Mi hermana me miró fijo, como esperando que explotara o llorara. Pero no había nada más que decir. Colgué el tubo, me levanté y volví al pabellón con el mismo paso lento de siempre.
***
Esa noche, en la cucheta, Rita me preguntó qué había pasado. Le conté lo justo: que el tipo que me había mandado adentro estaba peor que yo, mucho peor, y que el destino tenía sus formas de cobrar.
—Karma de mierda —dijo ella, con una risita seca—. ¿Y vos?
—Yo salgo pronto. Y cuando salga, voy a vivir. Sin mirar para atrás.
Me dio un beso en la nuca y me pasó la mano por el cuerpo despacio, no con urgencia esta vez, más bien como para recordarme que seguía viva, que todavía sentía, que adentro de toda esa mugre yo seguía estando entera.
—Entonces disfrutá lo que queda —me susurró—. Que afuera te espera una vida nueva. Y este lugar se va a quedar con sus fantasmas.
Cerré los ojos y me dejé llevar por sus dedos, pensando en lo raro que da vueltas todo. El hombre que me mandó a la mierda terminó hundido más hondo que yo. Y yo iba a salir caminando, con el cuerpo gastado de tantas noches, pero entera, y eso era lo único que importaba.
***
Salí un martes de diciembre, con una bolsa de plástico y la ropa con la que había entrado, que ya me quedaba grande. En la puerta del penal el sol pegaba igual que aquella tarde de noviembre, como un fierro caliente, pero ahora no me encerraba contra ninguna pared.
No me arrepiento de lo que hice para sobrevivir. Cada quien aguanta el encierro como puede, y yo aguanté así: cambiando deseo por aire, calor por un poco de dignidad robada. Esta es mi confesión, contada sin maquillaje. La basura, al final, va al tacho. Y yo, contra todo pronóstico, salí caminando hacia adelante.





