La confesión con el abuelo de mi alumna
Después de aquella mañana en que el abuelo de una de mis alumnas se quedó en el aula durante la clase, ya no pude fingir que era una simple simpatía. Había algo en él que se me metía debajo de la piel con una calma peligrosa. No era el tipo de hombre que se abalanzaba ni el que desnudaba con los ojos. Al contrario. Me hablaba con respeto, me miraba como si yo importara de verdad, y justo por eso me calentaba más de lo que me habría gustado admitir.
Durante dos noches seguidas dormí mal. No por culpa de un remordimiento, sino por culpa de la imaginación. Me sorprendía pensando en sus manos grandes, oscuras de sol y trabajo, sujetando una taza con cuidado, acomodando una silla, tocando la madera de la ventana como si supiera escucharla. Y de ahí mi cabeza daba el salto inevitable: esas mismas manos sobre mis piernas, bajo mi blusa, entre mis muslos.
Había conocido hombres más directos, incluso más atrevidos. Pero ese hombre me desordenaba de otra forma. Lo suyo no era la urgencia. Era una tensión lenta, madura, casi doméstica. Como si antes de cogerme quisiera entenderme. Y a mí eso me hacía mojarme solo de pensarlo.
Así que cuando necesité pedir las llaves de la escuela para que él fuera después de clases a revisar la ventana, lo hice con una naturalidad que no sentía.
—Va a venir el abuelo de una alumna a arreglar el marco —expliqué—. Con los niños aquí no se puede trabajar bien.
Me dieron las llaves sin más preguntas. Mejor así.
Ese día me vestí despacio. No con la rigidez de la maestra que necesita parecer intocable, sino con la intención clara de sentirme mujer. Me puse unos jeans que se pegaban bien al culo y una blusa clara, ligera, con los botones suficientes para seguir siendo correcta y los justos para dejar respirar el escote. Debajo, un brasier blanco de encaje sencillo. Nada escandaloso. Solo lo bastante bonito para que yo supiera que lo llevaba.
Pasé la jornada entera inquieta. Hablaba con los niños, corregía ejercicios, repartía hojas, sonreía, pero por dentro estaba contando el tiempo. Cada vez que miraba la ventana trabada me recorría un golpe de calor por el vientre. Hoy viene. Hoy vamos a estar solos.
Cuando sonó la salida, el aula se vació poco a poco entre risas, mochilas y tierra. Vi marcharse a la última niña y me quedé sola en ese silencio repentino que siempre dejaba la escuela vacía. Cerré la puerta del salón, acomodé dos cuadernos sin necesidad y me pasé la mano por el cuello. Estaba nerviosa, sí. Pero era un nervio con hambre.
Él llegó unos minutos después.
Lo vi cruzar el patio con una caja de herramientas en una mano y el sombrero en la otra. Llevaba la camisa arremangada hasta los antebrazos. El polvo se levantaba apenas bajo sus botas. Cuando entró al aula, llenó el espacio con esa presencia tranquila que tenía, sin necesidad de alzar la voz ni la postura.
—Buenas tardes, maestra —dijo.
—Ya puede dejar de decirme maestra cuando estemos solos —respondí, antes de pensarlo demasiado—. Dígame Nadia.
Él sostuvo mi mirada un segundo más de lo habitual.
—Entonces usted dígame Elías.
El cambio fue pequeño, pero se sintió enorme. Como si en lugar de soltarnos una formalidad nos hubiéramos quitado una prenda.
—La ventana es esa —le dije, señalando.
Él dejó la caja sobre una mesa, se acercó al marco y empezó a revisarlo con paciencia. Yo me quedé a unos pasos, observándolo más de la cuenta. Se inclinó, probó la bisagra, metió un desarmador en una esquina, apretó con fuerza. Los músculos de su antebrazo se marcaron bajo la piel tostada. Tragué saliva.
—No estaba tan mal —dijo—. Solo le hace falta ajuste. La humedad la hincha y luego nadie la acomoda a tiempo.
—A veces pasa eso también con una —solté, medio en broma, medio no.
Él giró la cabeza para mirarme. No sonrió de inmediato. Primero me sostuvo los ojos, como midiendo la temperatura de la frase.
—Sí —dijo al fin, con voz baja—. A veces a una también le hace falta que la traten con calma.
Sentí un golpe seco entre las piernas. No era una conversación inocente y los dos lo sabíamos.
Me acerqué con la excusa de ver lo que hacía. Quedé a su lado, tan cerca que pude olerlo: jabón, madera, sudor limpio y aire de campo. Un olor simple y masculino que me entró directo al cuerpo. Miré sus manos en el marco y se me escapó:
—Tiene manos muy cuidadosas para alguien que trabaja tan duro.
—Depende de lo que toque —respondió.
Su voz salió grave, sin apuro. Bajé la mirada a sus dedos. Él dejó la herramienta sobre el pupitre y giró hacia mí despacio. No hubo sobresalto. Solo un movimiento decidido.
—Nadia —dijo—, si estoy entendiendo mal, dígamelo ahora.
Mi corazón golpeaba fuerte, pero mi coño ya había decidido por mí hacía rato.
—No está entendiendo mal.
Se acercó un paso. Luego otro. Sentí mi espalda rozar el borde del escritorio. No me arrinconó de golpe; me dio tiempo para apartarme, para arrepentirme, para frenarlo. No hice ninguna de las tres cosas.
—Llevo días pensando en usted —me confesó—. Y no como debería pensar un hombre casado en la maestra de su nieta.
La palabra me atravesó, pero no me detuvo. Yo también estaba cruzando una línea y lo sabía.
—Yo también llevo días pensando en usted —dije—. Y no como debería.
Entonces sí me besó.
Fue un beso lento al principio, casi contenido, como si todavía le quedara un resto de prudencia. Sus labios eran firmes, cálidos, pacientes. Le respondí abriéndole la boca con la mía, metiéndole la lengua, agarrándolo de la camisa. El aire se me fue en un gemido corto cuando una de sus manos se apoyó en mi cintura y la otra me sostuvo la nuca.
—Mierda —murmuró contra mi boca—. Tenía ganas de hacer esto desde que me ofreció café.
—Yo desde antes —le contesté, y volví a besarlo.
La calma se nos rompió ahí. Mis dedos bajaron por su pecho hasta el cinturón. Los suyos subieron por mi espalda y apretaron mi culo por encima del jean, con una firmeza que me hizo arquearme contra él. Ya no me estaba mirando con ternura solamente. Ya me estaba tocando con hambre.
—Así que esta era la maestra seria —dijo, pegando la boca a mi cuello.
—No se burle —jadeé.
—No me burlo. Me la estoy imaginando empapada debajo de esa ropa.
Ese hombre, tan medido, acababa de decir empapada con una voz tan ronca que casi me dobló las piernas. Le mordí el labio. Él me respondió apretándome más fuerte el culo y rozándome con la cadera. Sentí el bulto duro bajo su pantalón y se me escapó un gemido más claro.
—Eso quería sentir —dije.
—¿Mi verga?
Lo dijo sin alzar la voz, pero me golpeó directo en el vientre. Asentí. Él me miró con una intensidad serena, como si le gustara comprobar que yo también sabía hablar claro cuando estaba caliente.
—Entonces ayúdeme —dijo.
Me giró con suavidad y me sentó sobre el escritorio. Los cuadernos se deslizaron a un lado. Quedé con las piernas abiertas para él, respirando deprisa, la blusa desordenada. Elías se colocó entre mis muslos y me besó otra vez, mientras me desabotonaba la blusa sin tirones. Cuando apartó la tela y me vio el brasier blanco, soltó una exhalación pesada.
—Joder. Venía a arreglar una ventana y me encuentro esto.
—No se queje.
—No me estoy quejando.
Me bajó una copa del brasier y me sacó un pecho. Su mano lo sostuvo entero antes de inclinarse y meterme el pezón en la boca. Cerré los ojos y llevé una mano a su cabello. Su lengua me recorrió lento, luego chupó con fuerza suficiente para hacerme soltar un gemido abierto que rebotó en las paredes del salón vacío. Me dio vergüenza por medio segundo. Después me dio más morbo.
—Si alguien pasara… —dije sin convicción.
—La puerta está cerrada.
—Siga.
Sonrió apenas, sin dejar de chuparme. Luego cambió al otro pecho. Sus manos no se quedaron quietas: una me sobaba el muslo, la otra me desabrochó el jean. Le ayudé levantando las caderas. El sonido del cierre bajando me aceleró todavía más. Él metió la mano dentro de mi ropa interior y me encontró mojada de inmediato.
—Carajo, Nadia —murmuró—. Está chorreando.
Me ardieron las mejillas de puro gusto.
—Es por su culpa.
—No. Eso ya lo traía desde antes.
Metió dos dedos y me los hundió despacio. Se me cortó la respiración. No lo hizo con torpeza ni con ansiedad. Los movió con un ritmo seguro, entrando y saliendo, mientras el pulgar me buscaba el clítoris. Abrí más las piernas y me aferré al borde del escritorio.
—Así… —jadeé—. No pare.
—Míreme.
Le obedecí. Tenía la cara cerca de la mía, los ojos oscuros, la boca húmeda por haberme chupado las tetas. Siguió metiéndome los dedos, cada vez más hondo, y yo mantuve la mirada como pude mientras mi coño se los apretaba.
—Quiero verla cuando se corra —dijo.
—Todavía no.
—No se aguante por mí.
Pero no quería corrérmela aún. Quería más. Quería su boca en mi coño, quería su verga fuera del pantalón, quería esa lentitud suya hecha algo mucho más sucio. Le agarré la muñeca y le saqué la mano. Él me miró extrañado apenas un segundo.
—Quiero chupársela —le dije.
No discutió. Solo respiró hondo. Se apartó del escritorio lo justo para desabrocharse el cinturón. Bajó el cierre y metió la mano en el pantalón. Cuando sacó la verga, sentí otra punzada entre las piernas. Era gruesa, ya bien dura, con la punta húmeda. No necesitaba ninguna fantasía para excitarme; verlo así, de pie en mi aula, con la camisa arremangada y la polla al aire, era más de lo que había imaginado.
Me bajé del escritorio y me arrodillé frente a él.
—No tiene que hacer eso —dijo, aunque la voz le salió tensa.
—Sí quiero.
Le di un beso en la base, luego pasé la lengua por debajo, hasta la punta. Elías soltó un gruñido contenido y me puso una mano en el pelo. No me empujó. Solo me sostuvo. Eso me gustó todavía más. Abrí la boca y me la metí despacio, saboreando el peso y el calor, escuchando cómo se le alteraba la respiración.
—Joder… así no.
Lo dijo como si no fuera a aguantar mucho. Lo tomé más hondo. Saqué y volví a meter, dejando que la saliva corriera. Con una mano le masajeaba los huevos y con la otra le agarré la cadera. Su cuerpo se tensó.
—Míreme —me pidió.
Levanté los ojos sin sacármela de la boca. Soltó una maldición ronca.
—No sabe cómo me pone verla arrodillada aquí.
Chupé más fuerte. Lo sentí latir sobre la lengua. Él me acarició el cabello, luego me lo recogió en una sola mano para dejarme la cara libre. Empecé a mover la cabeza con un ritmo más rápido, tragándolo hasta donde pude. El sonido húmedo llenó el salón. Mis rodillas se clavaban en el piso, pero no me importaba.
—Basta un poco —dijo al fin, tirando suave de mi pelo—. Si sigue así, me voy a correr en su boca y no he hecho ni la mitad de lo que quiero hacerle.
Me levantó de los brazos con facilidad. Volvimos a besarnos, ahora con el sabor de él en mi lengua. Le desabotoné del todo la camisa y le pasé las manos por el pecho. Él me bajó el jean y la ropa interior hasta los muslos. Sentí el aire tibio del aula en el coño y me estremecí.
—Mire cómo está —dijo, pasando los dedos por mis labios mojados—. Toda abierta para mí.
Gemí y apoyé la frente en su hombro. Él me dio un beso en la sien y luego bajó la mano entre mis piernas para abrirme más. El sonido húmedo del roce me encendió aún más.
—Súbase otra vez.
Obedecí. Me senté al borde del escritorio con el pantalón atrapado en las piernas, abierta para él sin ninguna dignidad que defender. Elías se agachó, me apartó más los muslos y hundió la cara entre ellos. Casi grité.
Su lengua no fue tímida ni pulida. Me lamió de abajo arriba con ganas, metiéndola entre mis pliegues, chupándome el clítoris después con una presión exacta que me hizo retorcerme. Le agarré el cabello con las dos manos y abrí más las piernas mientras él me comía como si hubiera esperado años para hacerlo.
—Así, Elías… así…
Él respondió con otro lengüetazo largo y después me metió dos dedos al mismo tiempo. La combinación me partió. Su boca me chupaba el clítoris mientras sus dedos entraban y salían empapados. El sonido obsceno de mi coño llenaba el salón junto con mis gemidos. No había romanticismo posible a esa altura. Solo carne, saliva y hambre.
—Me va a hacer correr —dije casi sin aire.
Él se apartó apenas para hablar, con la barba húmeda por mí.
—Eso es lo que quiero.
Volvió a hundir la cara y apretó el ritmo. Yo ya no podía sostenerme elegante ni callada. Movía las caderas contra su boca, lo llamaba por su nombre, le decía groserías entre jadeos. Cuando me corrí, fue duro y sin gracia, temblando sobre el escritorio, con los muslos apretándole la cabeza y un gemido largo que me dio igual si se escuchaba afuera o no.
Elías me dejó terminar temblando antes de levantarse. Tenía la boca brillante y los ojos todavía más oscuros.
—Ahora sí —dijo—. Quiero cogerla.
La palabra me hizo volver a mojarme de inmediato.
Busqué en el cajón del escritorio donde guardaba algunas cosas y saqué un preservativo que había quedado de una charla de salud. Nos miramos un segundo y los dos nos reímos, nerviosos y calientes al mismo tiempo.
—Menos mal que es una mujer precavida —murmuró.
—Menos mal.
Se lo entregué. Él lo abrió con los dientes y se lo puso sin apartar la vista de mí. Después se colocó entre mis piernas y me pasó la punta de la verga por la entrada, embarrándose con lo mojada que yo estaba. Sentí un espasmo anticipado.
—Dígame si le duele.
—Métala de una vez.
Entró despacio, grueso, firme, separándome poco a poco. Solté un gemido ronco y me agarré de sus hombros. Cuando estuvo dentro hasta el fondo se quedó quieto un instante, los dos respirando fuerte, sintiendo el ajuste.
—Joder —dijo entre dientes—. Qué apretada está.
—Muévase.
Y se movió.
Primero con embestidas largas, controladas, como si quisiera saborear cada centímetro. El escritorio rechinaba bajo nosotros. Yo lo recibía levantando la cadera, sintiendo cómo me abría y me llenaba una y otra vez. El vaivén se volvió más rápido por pura necesidad. Mis pechos rebotaban fuera del brasier, su cinturón golpeaba contra la madera, nuestras respiraciones ya eran casi jadeos animales.
—Míreme cuando la follo —me ordenó, y obedecí.
Había dejado de ser el hombre silencioso del patio. Seguía siendo él, pero excitado, caliente, dueño de una firmeza que me desarmaba. Me agarró de la nuca con una mano y del muslo con la otra, abriéndome más para entrar más hondo.
—Así la imaginé —dijo—. Sentada aquí, abierta, tragándose mis ganas.
—Y yo imaginé su verga —le solté—. Metida hasta el fondo.
Gruñó y me embistió más duro. El golpe me arrancó un grito. Ya no había ritmo contenido; ahora me estaba cogiendo de verdad, con empujes fuertes que hacían crujir la mesa. Lo jalé de la camisa y lo besé mientras seguía entrando y saliendo de mí. Sentía el roce exacto adentro, esa presión que iba acumulando otra corrida.
—Póngame de espaldas —le pedí.
No lo dudó. Me bajó del escritorio, me giró y me inclinó sobre la superficie, apartando cuadernos con una mano. Quedé con el pecho contra la madera, el jean enredado a media pierna y el culo levantado para él. Escuché cómo escupía en su mano y cómo me acariciaba entre las nalgas antes de volver a entrarme en el coño de una sola embestida.
—Mierda —gemí.
Desde ahí se sintió todavía más hondo. Me agarró de la cadera y empezó a darme duro, sin perder del todo el control. Cada golpe me empujaba contra el escritorio. Yo abría más las piernas como podía para recibirlo mejor. El salón entero parecía reducido al sonido húmedo de la penetración, la madera golpeando y mi voz rota pidiéndole más.
—Más fuerte —jadeé.
—¿Así?
Me dio una embestida brutal que me hizo apretar los dedos sobre la mesa.
—Sí. Así. No pare.
Su mano subió a mi cuello, no para ahorcarme, solo para sujetarme firme. La otra se deslizó hasta mi vientre y luego entre mis piernas, buscando mi clítoris mientras me seguía follando por detrás. Cuando empezó a frotarlo, perdí lo poco que me quedaba de compostura.
—Voy a correrme otra vez —dije entre gritos ahogados.
—Córrese. Quiero sentirlo.
Me corrí con su verga golpeándome por dentro y su mano restregándome el clítoris sin piedad. El orgasmo me dobló sobre la mesa. Mi coño se contrajo duro alrededor de él y lo escuché maldecir detrás de mí.
—Apriéteme otra vez así y me vengo.
Se salió un segundo y me hizo girar. Me cargó por debajo de los muslos y me sentó en el borde del escritorio casi al vuelo. Volvió a entrarme al instante. Yo le rodeé la cintura con las piernas y me abracé a su cuello. Nos besamos con torpeza, jadeando, mientras él embestía hacia arriba, cada vez más rápido.
—Quiero verlo correrse —le dije.
—Y yo quiero corrérmela dentro del condón mientras la miro.
La crudeza de su voz me encendió de nuevo. Sus empujes se hicieron cortos, desesperados. Lo sentía al borde. Yo también estaba otra vez en ese filo caliente, sensible por completo. Me sostuvo la cara entre las manos y apoyó la frente contra la mía.
—Qué desastre me hizo, Nadia.
—Mírese usted.
Sonrió apenas, una sonrisa rota por el esfuerzo, y dio tres embestidas más, profundas, durísimas. En la última se quedó enterrado hasta el fondo y se corrió con un gruñido grave, apretándome contra él. El temblor le recorrió entero el cuerpo. Yo me vine casi al mismo tiempo, sacudida por la sensación de su orgasmo y por el roce final de su pelvis contra mi clítoris.
Nos quedamos así un momento, pegados, sudados, respirando como si hubiéramos corrido una larga distancia. Afuera empezaban a oírse otra vez algunos sonidos del pueblo. Adentro, solo estábamos nosotros y el eco de lo que acabábamos de hacer.
Él salió despacio y se ocupó del preservativo con calma. Yo me acomodé la ropa como pude, todavía con las piernas temblorosas. Vi mi reflejo borroso en el vidrio de la ventana recién arreglada: la blusa abierta, el pelo revuelto, los labios hinchados. Parecía otra mujer. O quizá la misma, pero por fin sin disfraz.
Elías se abotonó la camisa sin prisa. Luego se acercó y me apartó un mechón de la cara.
—No le prometo tonterías —dijo—. Ni le voy a mentir con palabras bonitas.
Asentí. Lo prefería así.
—Yo tampoco quiero mentiras.
—Pero sí le digo una cosa —continuó—. No la busqué para jugar. Y después de esto, menos.
Lo miré en silencio. Había ternura todavía, sí, pero ahora venía mezclada con la imagen fresca de su boca entre mis piernas y su verga golpeándome sobre el escritorio. Esa mezcla me parecía todavía más peligrosa.
—Entonces no juegue conmigo —le dije.
—No sé hacerlo con usted.
Me besó una vez más, más corto esta vez, más íntimo. Recogió sus herramientas, miró la ventana y soltó:
—Al menos eso sí quedó arreglado.
Me reí, todavía sin poder creer la escena completa. Cuando salió del aula, el atardecer le dibujó la espalda en dorado. Esperé a que cruzara el patio antes de sentarme de nuevo. Me dolía rico entre las piernas. Tenía el cuerpo usado, satisfecho, despierto.
Volví la vista a la ventana y luego al escritorio. Ahí había empezado de verdad algo que yo ya no podía llamar capricho. Tampoco amor. Ni siquiera sabía si quería ponerle nombre. Solo sabía que esa tarde me había cogido el abuelo de mi alumna sobre la mesa donde corregía tareas, y que lo había deseado con una intensidad que todavía me latía en el coño.
Supongo que por eso lo escribo como una confesión. Porque hay encuentros que no solo te calientan. También te revelan. Y ese hombre, con su voz suave y sus manos de trabajo, me reveló la parte de mí que ya estaba cansada de fingir decencia cuando lo que quería era abrir las piernas, pedir más y corrérmela sin culpa.
La ventana quedó funcionando. Yo, en cambio, quedé peor: abierta.