Mi cuñada me llevó a una playa escondida
Durante aquel verano empecé a ver a Mara casi todos los días. Era la cuñada de Darío, mi socio y amigo desde hacía años, y acabó entrando en mi rutina con una naturalidad peligrosa: mañanas de playa, cenas largas, copas en terrazas del paseo y esas bromas cargadas de veneno que solo parecen inocentes mientras nadie da el paso.
Mara estaba separada desde hacía tiempo y arrastraba esa fama de mujer inaccesible que vuelve más sucio todo lo que uno imagina. Tenía dos hijas ya mayores de edad, una lengua rápida para responder cualquier pulla y una manera de mirarte cuando sonreía que hacía pensar que sabía perfectamente lo que provocaba. No presumía de nada, y quizá por eso la mirábamos todos más de la cuenta.
Yo también iba cargado con mis propias contradicciones. Estaba casado, tenía una vida ordenada, una rutina cómoda y esa clase de matrimonio que desde fuera parece estable aunque por dentro lleve años sin fuego. Con Mara me llevaba bien desde el principio, sin torpezas, sin silencios raros. Nos tratábamos con confianza, con un punto de descaro, y eso fue precisamente lo que me metió en el problema.
La noche anterior a todo habíamos quedado a tomar algo después de cenar. Mi mujer decidió quedarse en casa porque le dolía la cabeza, y yo bajé solo a la terraza del puerto donde ya estaban Darío, su esposa y Mara. Apenas me vio aparecer, ella se levantó, me dio dos besos y me apretó el brazo despacio.
—Te sienta demasiado bien esa camiseta —me dijo, sin apartarse del todo.
—No me provoques esta noche —respondí riendo—. Vengo sensible y encima sin vigilancia.
La mesa estalló en carcajadas. Su hermana incluso soltó un «aprovecha, que hoy viene suelto», y la broma quedó flotando un segundo de más. Mara no dijo nada, pero me sostuvo la mirada con una media sonrisa que ya no era de chiste.
Al día siguiente organizamos una cena en una cala de piedras, apartada del centro del pueblo. Fuimos varios: familias, neveras, carne para la parrilla, cervezas, música baja y niños correteando a su aire. Todo iba normal hasta que vimos un control de alcoholemia montado en la rotonda de la salida, a pocos metros. Pensamos que se irían antes que nosotros. No fue así.
Pasaron las horas y la patrulla seguía allí. Nosotros seguíamos bebiendo, asando carne y alargando la noche con esa falsa paciencia del que sabe que no puede marcharse todavía. Cerca de medianoche ya estábamos todos incómodos, esperando sin querer parecer que esperábamos. Yo me aparté con un cigarrillo y empecé a caminar por la orilla, bordeando las dunas hasta perder de vista al grupo.
Me senté en una roca plana, con el mar oscuro delante y el murmullo lejano de la reunión a mi espalda. El aire olía a sal, brasas apagadas y verano. Pensé que en unos minutos volvería, pero entonces escuché pasos hundiéndose en la arena.
Era Mara.
Se acercó sin prisa y se sentó abajo, apoyando la espalda contra la roca donde yo estaba. Sus brazos quedaron sobre mis rodillas como si aquel gesto le perteneciera desde siempre. Durante un rato no dijimos nada. Solo miramos el reflejo de la luna sobre el agua.
Cuando se oyó una voz lejana desde el otro lado de las dunas, hice ademán de levantarme. Mara echó la cabeza hacia atrás para mirarme y, en ese mismo movimiento, me apretó la entrepierna con la nuca. Fue un roce claro, calculado, imposible de confundir.
—Que recojan otros —murmuró—. Tú ya has currado bastante.
Antes de que yo reaccionara, me agarró las manos y se las llevó al pecho, por encima del bikini. Tenía las tetas pequeñas, firmes, y los pezones ya duros bajo la tela. Empezó a mover la cabeza despacio, frotándose contra mi paquete con una provocación obscena y tranquila, como si llevara horas pensando en ese momento.
—Mételas dentro —me dijo—. No me hagas pedirlo dos veces.
Noté un golpe seco en el pecho. Deseo, sorpresa, miedo a que alguien apareciera. Todo junto. Metí las manos bajo la parte de arriba del bikini y le agarré las tetas. Sus pezones eran largos, tensos, sensibles de verdad. Apenas los rocé entre los dedos, soltó un gemido bajo. Entonces su mano se deslizó dentro de la braguita y empezó a tocarse delante de mí.
La oía respirar más rápido. Yo le pellizcaba los pezones con cuidado al principio, luego con más firmeza, viendo cómo arqueaba el cuello y apretaba los muslos. Ella se metía los dedos con hambre, mojándose cada vez más, y su cabeza seguía empujando mi polla a través del bañador.
—Así… no pares —susurró—. Tírame de ellos.
Le obedecí. Tiré de sus pezones un poco más fuerte y ella se estremeció entera. Su mano se movió a toda velocidad entre las piernas, el aliento se le volvió irregular y me clavó los dedos en la rodilla. Se corrió así, mordiéndose el labio para no gemir alto, temblando contra la roca mientras yo seguía estrujándole las tetas.
Cuando recuperó algo de aire, se giró de rodillas frente a mí. Metió la mano por la pernera de mi bañador, me sacó la polla y la sostuvo un segundo como si quisiera mirarla antes de usarla. Luego pasó la lengua desde la base hasta la punta, lenta, húmeda, sin apartar los ojos de mi cara.
—Joder… —se me escapó.
No sonrió. Se la metió en la boca de golpe, hasta donde pudo, y empezó a chuparme con una decisión que me desarmó. Yo estaba demasiado caliente, demasiado sorprendido, y además hacía tiempo que nadie me comía así. Me agarré a la roca, intentando aguantar, mientras ella me lamía el glande, me chupaba con fuerza y me masajeaba los huevos con la mano.
Duré una miseria. Se lo advertí entre dientes, pero no se apartó. Al contrario, profundizó más y me hizo correrme en su boca. Tragué saliva y cerré los ojos cuando sentí la corrida salir a pulsos. Ella se lo tragó todo sin sacar la polla hasta el final, como si llevara esperando precisamente eso.
Cuando terminó, me besó la punta y se limpió la comisura con el pulgar.
—Mañana temprano te vienes conmigo —dijo—. Invéntate cualquier excusa. Quiero que me folles de verdad.
No contesté enseguida. No hacía falta. Los dos sabíamos que ya estaba hecho.
***
Media hora después, ya con todos delante, comenté que al día siguiente tenía que acercarme al pueblo vecino a mirar unas cosas para la casa. Mara preguntó al instante si podía venir, que quería pasar por una tienda antes de que se llenara todo de gente. Sonó tan natural que nadie sospechó nada. Ni siquiera mi mujer, que jamás se levantaba temprano en vacaciones.
La recogí a la mañana siguiente a eso de las nueve. Subió al coche con un vestido playero abierto de arriba abajo, anudado apenas a la cintura, y un bikini rosa debajo que resaltaba el moreno de su piel. Cerró la puerta, me agarró de la nuca y me besó metiéndome la lengua hasta dejarme sin aire.
Mientras me besaba, me metió la mano en el muslo y me apretó la polla por encima del bañador.
—Arranca —dijo—. No pienso perder la mañana hablando.
Salí del pueblo como pude, con ella pegada a mí. Me metió la mano bajo la camiseta y empezó a jugar con mis pezones. Siempre habían sido uno de mis puntos débiles, y la hija de puta lo descubrió en una noche. Me los pellizcaba con las uñas, suave y luego fuerte, viendo cómo se me cortaba la respiración.
—Como sigas, paro aquí mismo —le advertí.
—Pues para —contestó, retorciéndome uno hasta hacerme soltar un taco.
Tomé una carretera secundaria que bordeaba la costa y bajé por un desvío de tierra hasta una arboleda hundida por debajo del nivel del camino. Desde arriba no se veía el coche. Paré el motor y me volví hacia ella. Mara ya estaba quitándose el vestido con una prisa obscena.
—Fuera todo —le ordené.
Se quitó el bikini sin hacerse la tímida. Me abrió el techo corredizo del coche y se puso de pie sobre el asiento del acompañante, dándome la espalda. Apoyó un pie más alto, separó las piernas y me mostró el coño abierto, brillante, hinchado de ganas. Tenía la raja empapada y un hilillo de flujo bajándole hacia el culo.
Me incliné y le pasé la lengua por los glúteos antes de bajar hasta el coño. Le abrí los labios con los dedos y la lamí de abajo arriba, hundiendo la lengua mientras ella se agarraba al techo y empezaba a gemir. No hacía falta calentarla mucho. Estaba lista desde que se subió al coche.
Le metí dos dedos y entraron sin resistencia. Luego tres. Se retorció, empujando el culo hacia mi mano.
—Más adentro —jadeó—. Mételos bien.
La obedecí. La follé con los dedos mientras le chupaba el clítoris y con el pulgar le presionaba el ano. Noté cómo se cerraba alrededor de mi mano, cómo temblaban sus piernas. En cuanto le pellizqué el clítoris entre dos dedos, se corrió con un espasmo brusco, apretando los muslos y dejando escapar un gemido ronco que tuvo que tragarse.
Saqué la mano empapada y me la llevé a la boca. Ella me miró por encima del hombro, con la cara encendida.
—Ahora fóllame —dijo—. Nada de mirarme. Fóllame.
Salimos del coche y la apoyé contra la carrocería caliente. Le separé las piernas con el pie, me saqué la polla y la busqué desde atrás. Entré de una sola embestida, sin suavidad, y el sonido de su gemido se perdió entre los árboles. Estaba tan mojada que la penetración fue directa, profunda, sucia.
Le agarré una teta con una mano y con la otra le sujeté la cadera para marcar el ritmo. Empecé a follarla fuerte, clavándosela hasta el fondo, sacando y metiendo con golpes secos que hacían vibrar el coche. Mara abría más las piernas para recibirme mejor y echaba el culo hacia atrás, pidiéndome más sin necesidad de palabras.
—Así, cabrón… así —jadeaba—. No aflojes.
Le pellizqué los pezones con fuerza y ella soltó un grito ahogado. Le gustaba el dolor justo en el límite. Volví a tirar de ellos mientras la follaba cada vez más rápido. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo se mezclaba con su respiración rota y el golpe de sus manos contra la chapa.
—No te corras dentro —dijo entre jadeos—. Ni se te ocurra.
No pensaba hacerlo ahí. Se la saqué, le acaricié el coño hinchado y llevé la punta hasta el culo. Ella entendió al instante. Metió una mano por debajo, me agarró la polla y se la colocó ella misma en la entrada, separándose los glúteos con la otra.
—Despacio al principio —murmuró—. Luego me das lo que quieras.
La punta entró con algo de resistencia, ayudada por su propia humedad y un poco de saliva. Fui presionando con calma, sintiendo cómo el ano cedía milímetro a milímetro hasta tragarse media polla. Mara apretó los dientes, respiró hondo y echó más el culo atrás. Seguí avanzando hasta meterla entera.
—Joder… sí… —siseó—. Quédate un segundo.
Me quedé dentro, notando el calor apretado de su culo alrededor de mi polla. Luego empecé a moverme despacio. Una mano fue a su clítoris y la otra a sus tetas. Le frotaba el coño por delante mientras la penetraba por detrás, alternando empujones lentos con otros más profundos. Su cuerpo se fue relajando hasta pedirme más velocidad con pequeños empujes hacia atrás.
Entonces sí la follé de verdad por el culo. Con ganas. Sujetándola de la cintura, entrando y saliendo con fuerza, escuchando sus gemidos volverse más sucios. Ella se metió dos dedos en el coño mientras yo se la clavaba atrás, y el espectáculo de verla masturbándose mientras la ensartaba me puso al borde.
—No pares… me voy a correr… —dijo casi sin voz.
Le pellizqué el clítoris, luego se lo froté con círculos rápidos, y sentí cómo el culo se le contraía alrededor de mi polla. Se corrió temblando, doblándose hacia delante, con una sacudida larga que la dejó sin piernas. Yo tuve que sujetarla para que no se desplomara contra la puerta.
Saqué la polla despacio. Estaba brillante, dura como una piedra. Me miró con hambre y se arrodilló en la tierra sin que yo se lo pidiera. Me cogió los huevos, me lamió desde abajo y volvió a tragársela entera con una ansiedad que ya no tenía nada de tanteo. Chupaba de verdad, con ruido, con saliva, con esa dedicación obscena de quien disfruta tragando polla.
Me corrí en su boca al poco rato, empujándole la cabeza con ambas manos. Ella mantuvo el ritmo hasta sacarme la última gota, tragó y luego me enseñó la lengua vacía, sonriendo apenas.
—Ahora sí podemos ir a hacer tus supuestos mandados —dijo.
***
Nos dimos un baño rápido en una cala cercana para quitarnos el sudor y enfriar la piel. Evitamos mojarnos el pelo para no volver oliendo a sal. Después nos vestimos, hicimos un par de compras absurdas para guardar las apariencias y seguimos en el coche como si nada. Pero nada estaba calmado. La tensión seguía allí, creciendo otra vez.
Fue ella quien lanzó la siguiente locura. Dijo que le excitaba la idea de follar en un sitio público, en un lugar por el que luego pasáramos a diario y recordáramos lo que habíamos hecho dentro. Yo conocía a un amigo con una autocaravana aparcada cerca de su casa y le pedí las llaves con la excusa de moverla un par de horas. Nunca imaginó para qué la quería.
Cuando subimos a la autocaravana, Mara cerró la puerta y se giró hacia mí con una sonrisa que ya no ocultaba nada.
—Aquí quiero perder la cuenta —dijo.
No me dio tiempo ni a responder. Se arrodilló delante de mí y me bajó el bañador. Empezó besándome el pubis, la ingle, el interior de los muslos, haciéndome esperar mientras yo le veía la cara entre mis piernas. Luego me lamió los huevos con la lengua plana y me rodeó la polla con la mano, apretándola lo justo antes de empezar a chupar.
Lo hacía mejor de lo que recordaba de la noche anterior. Más profunda, más húmeda, más desvergonzada. Metía y sacaba, me miraba mientras se la tragaba, dejaba caer saliva por la base y la extendía con la mano. Yo le agarré el pelo y ella respondió gimiendo con la polla dentro, excitada por la propia humillación de estar arrodillada ahí.
—Quiero que me uses —murmuró al sacársela un segundo—. Pero primero túmbate.
Me tumbé en el pequeño sofá-cama de la autocaravana y se colocó entre mis piernas. Me levantó los muslos y me lamió el culo sin dudar, con la misma naturalidad con la que otros dan un beso. La lengua me rodeó el ano en círculos lentos hasta hacerme temblar. Después me escupió, metió un dedo y empezó a moverlo dentro mientras con la otra mano me masturbaba.
Era una sensación nueva para mí, rara al principio, enseguida adictiva. Mara lo notó y sonrió como una perra satisfecha. Añadió un segundo dedo, me masajeó por dentro y luego volvió a chuparme la polla sin sacar los dedos del culo. La combinación me dejó medio loco. Gemía como un imbécil, con el cuerpo tenso y las piernas abiertas mientras ella hacía conmigo exactamente lo que quería.
—¿Te gusta? —preguntó, apartándose solo para hablar.
—Sí. Joder, sí.
—Pues dame la vuelta.
La puse a cuatro patas sobre el colchón estrecho. Le abrí el culo con los pulgares y me quedé mirando cómo se le contraía, brillante todavía de antes. Le escupí, repartí la humedad con la punta de la polla y entré despacio. La autocaravana crujió en cuanto empecé a empujar.
El espacio reducido lo volvía todo más animal. No podía coger impulso de lejos, así que cada embestida nacía desde la cadera, corta, dura, repetida. Le agarré las tetas por debajo, luego el pelo, luego los pezones. Ella apretaba la cara contra el colchón y gemía sin disimular ya, pidiéndome que la follara más fuerte, que no la tratara con cuidado.
—Revienta ese culo —dijo, girando la cabeza lo justo para que la oyera bien.
Lo hice. La sujeté de las caderas y empecé a dárselo sin pausa, notando cómo se abría mejor con cada embestida. Con una mano fui a su coño y descubrí que estaba empapada otra vez. Le metí dos dedos mientras la follaba por el culo, entrando y saliendo por delante con la mano al mismo ritmo que por detrás con la polla.
Su cuerpo empezó a sacudirse. Se tocó el clítoris ella misma, desesperada, y acabó corriéndose con un gemido largo, roto, tan fuerte que por un segundo pensé que alguien podría oírla desde fuera. Yo seguí unos segundos más, endurecido por verla perder el control así, hasta que sentí la corrida subiéndome por la espalda.
Me salí a tiempo y ella se giró como un resorte para tragársela. Me masturbó con furia mientras me chupaba la punta y dejó que le disparara dentro de la boca otra vez. No apartó la lengua hasta sacarme limpio.
Nos quedamos un rato respirando, sudados, con las piernas todavía temblando. Pero no habíamos terminado. Ni de lejos.
Más tarde, cuando recuperé la erección, ella se sentó encima de mí, de cara, guiándose la polla hasta meterla en su coño mojado. Bajó despacio, mordiéndose el labio, y empezó a cabalgarme. El vaivén de sus tetas, sus manos apretadas sobre mi pecho, la manera en que se abría ella misma para tragarme mejor… todo era un exceso.
Yo le sujetaba el culo, enterrándole los dedos en la carne mientras subía y bajaba cada vez más rápido. A ratos la dejaba caer del todo para luego levantarla de golpe y clavársela otra vez. Mara me insultaba en voz baja, excitada, pidiéndome más fondo, más ritmo, más fuerza.
—Tócame el clítoris —ordenó—. Quiero correrme encima de tu polla.
Le obedecí. La froté justo donde lo necesitaba mientras seguía rebotando sobre mí. En cuestión de segundos se quedó rígida, con la boca abierta, y se corrió a chorros, apretándome dentro. Yo la seguí poco después, sacándomela a tiempo para corrérmele sobre el vientre y las tetas. Ella se llevó los dedos a la piel, recogió mi semen y se lo metió en la boca mirándome fijamente.
Ese gesto, más que cualquiera de las folladas, fue lo que terminó de reventarme la cabeza.
***
Cuando por fin nos vestimos y ventilamos la autocaravana, ya era media tarde. El cuerpo me dolía de puro agotamiento y, aun así, seguía empalmándome cada vez que la miraba recolocarse el vestido. Durante el trayecto de vuelta, Mara me acarició por encima del bañador con una tranquilidad indecente, como si todo lo ocurrido entrara dentro de un plan perfectamente controlado.
Hablamos de ello con una frialdad que no cuadraba con lo que acabábamos de hacer. Dijimos que había sido una locura, que precisamente por eso no debía repetirse, que bastante milagro era haber salido limpios de un lío así. Los dos sabíamos que, si seguíamos, acabaríamos reventando más de una vida.
—Mejor dejarlo aquí —dijo, sin dejar de sobarme la polla—. Justo ahora que todavía podemos mirarnos a la cara.
Asentí. No porque me apeteciera, sino porque entendía el desastre que habría detrás de una segunda vez. La dejé en casa de su cuñado, se bajó del coche, me dedicó una sonrisa tranquila y se marchó como si aquella mañana hubiera ido conmigo solo a comprar unas tonterías al pueblo de al lado.
Nunca volvimos a follar.
Pero tampoco hizo falta. A día de hoy, cada vez que veo una cala apartada, una autocaravana mal aparcada o una mujer morena mordiéndose el labio mientras sostiene una copa, vuelvo a sentir sus pezones entre los dedos, su culo apretándose alrededor de mi polla y aquella voz baja, sucia, ordenándome que no perdiera el tiempo hablando.
Fue una sola vez. Y precisamente por eso no se me ha borrado jamás.
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