La fiesta donde me fui con un hombre casado
La noche empezó por culpa de una invitación que mi madre no estaba dispuesta a rechazar. Una de sus amigas celebraba cumpleaños en un apartamento de otra ciudad, y desde la tarde me estuvo insistiendo para que la acompañara. Yo había vuelto cansada de mis clases y lo único que quería era ducharme y acostarme, pero ella ya tenía otro plan en la cabeza.
—No me vas a dejar ir sola —me dijo desde la puerta de mi cuarto—. Además, van a ir varios amigos de Nora. Hombres interesantes, elegantes, de esos que sí saben tratar a una mujer.
Yo me reí, porque conocía ese tono. Mi madre siempre había sido descarada, y conmigo nunca fingió pudor. Las dos sabíamos movernos en ese terreno de fiestas, tragos, coqueteos y hombres maduros que terminaban pagando un hotel sin hacer demasiadas preguntas.
Cuando entré al cuarto vi sobre la cama el vestido que me había escogido. Negro, pegado al cuerpo, de tirantes finos y tan corto que apenas cubría lo necesario. Lo levanté con dos dedos y la miré desde la puerta del baño.
—¿Quieres que vaya vestida o envuelta en una servilleta?
—Quiero que te veas buena —respondió sin vergüenza—. Y con ese vestido te vas a ver buenísima.
Me duché despacio, me depilé como hacía casi siempre cuando salía de noche y sospechaba que no iba a volver sola, y me quedé un momento frente al espejo observando mi cuerpo mojado. No era inocente. Sabía exactamente lo que provocaba cuando me arreglaba así. Me puse solo una tanga negra de encaje, nada de sostén, y cuando deslicé el vestido por mis caderas comprobé que mi madre tenía razón: se me pegó como una segunda piel y dejó mis tetas marcadas con claridad.
Al salir, ella soltó un silbido corto.
—Mierda, mujer, pareces un pecado.
—Tú también quieres llamar la atención —le respondí, viéndola ajustar su propio vestido frente al espejo.
—Yo solo abro camino.
Nos fuimos en transporte hasta la ciudad vecina. Durante el trayecto llevé un abrigo largo encima para no cruzarme con conocidos, pero en cuanto bajamos y empezamos a caminar me lo quité. El aire era tibio y, además, me gustó sentir las miradas. Hombres en la calle, algunos solos, otros sentados en terrazas, todos siguiéndome las piernas, el culo, el escote. No me molestaba. Me encendía.
La fiesta ya estaba animada cuando llegamos. El apartamento era amplio, con música, licor y gente hablando en grupos pequeños. La anfitriona, a la que llamaré Nora, nos recibió con besos, halagos y dos copas bien servidas. Mi madre se integró enseguida. Yo tardé menos de diez minutos en sentir el efecto del alcohol y empezar a moverme con más soltura.
Una hora después llegó él.
Entró saludando con confianza, como alguien acostumbrado a gustar. Alto, de hombros anchos, piel clara, cabello entrecano, ojos verdes y un bigote cuidado que le daba una pinta demasiado masculina para mi gusto de esa noche. No sería exacto decir que era viejo. Era un hombre maduro, sí, pero se veía fuerte, limpio, elegante. De esos que entran a un lugar y hacen que una lo note de inmediato.
Mi madre se inclinó hacia mí apenas lo vio.
—Ese de allá es Darío. Hace años que lo conozco.
—Está guapo —admití sin disimular.
—Y está casado —añadió ella, mirándome de lado con una sonrisa torcida.
—No te he preguntado eso.
Él se acercó a saludarnos. Besó a mi madre en la mejilla, intercambió dos frases con ella y luego me miró con una mezcla de sorpresa y descaro que me hizo sonreír.
—¿Y esta mujer quién es? —preguntó—. No puede ser tu hija.
Mi madre se rió encantada.
—Pues sí. Y ya está bastante crecidita.
Me tendió la mano, pero al estrecharla sus dedos se cerraron un segundo de más sobre los míos. No fue un accidente. Tampoco la mirada lenta con la que recorrió mi escote.
—Mucho gusto —dijo—. Eres peligrosamente bonita.
—Y tú hablas como si supieras lo que haces —le respondí.
Vi cómo se le curvaba la boca. Ya estaba hecho el primer contacto.
Durante un rato fingimos normalidad. Él se quedó con otros hombres cerca del bar improvisado en la sala, pero desde mi silla podía sentir sus ojos encima. Yo crucé las piernas despacio, dejé que el vestido subiera un poco más sobre mis muslos y pasé la mano por una pierna como quien no quiere la cosa. Cada vez que lo hacía, él interrumpía su conversación para mirar. A veces yo le sostenía la mirada. Otras, me mordía el labio y volteaba despacio, como si no me hubiera dado cuenta.
Mi madre no era tonta.
—No seas tan evidente —me dijo por lo bajo—. Si sigues así, se te va a lanzar encima antes del pastel.
—¿Y eso sería tan grave?
Ella soltó una carcajada y apuró su copa.
—Solo no lo dejes escapar si te gusta.
La música subió y la fiesta se desordenó un poco más. Cuando fueron a cantar el cumpleaños, todos nos acercamos a la mesa. Darío se colocó detrás de mí. No necesitaba verlo para saberlo; sentía su calor pegado a mi espalda. En un momento, al moverme para dejar pasar a alguien, su mano se cerró sobre mi cintura. Firme. Segura. Sus dedos descendieron apenas un poco y rozaron la curva de mi nalga por encima del vestido.
Se me tensó el vientre al instante.
Giré la cabeza lo justo para mirarlo por encima del hombro.
—Así no —murmuré, con una sonrisa que decía exactamente lo contrario.
—Es difícil portarse bien contigo —respondió cerca de mi oído.
La foto del cumpleaños nos dejó a los cuatro juntos: la anfitriona, mi madre, él y yo. Mientras sonreíamos para la cámara, sentí otra vez su mano bajar, esta vez apretándome una nalga sin ningún disimulo. Fue un apretón corto, pero deliberado. El golpe de morbo me bajó directo al coño. Noté humedad entre las piernas y odié lo mucho que me gustó.
Después de eso ya no hubo manera de fingir nada. Cuando empezó el baile, él pasó por varias mujeres antes de venir por mí. Era una forma elegante de no levantar sospechas, pero sus ojos llevaban toda la noche anunciando cuál era su verdadera intención. Acepté su mano y nos fuimos al centro de la sala.
Al principio mantuvo cierta distancia. Duró una canción. En la segunda, su palma ya estaba instalada en la parte baja de mi espalda. En la tercera, se deslizaba por mi cintura hasta el borde de mi culo. Yo me pegué más, dejando que mis tetas rozaran su pecho cada vez que girábamos. Su perfume era seco, masculino, limpio. Su respiración me tocaba la sien cuando se inclinaba para hablarme.
—No he podido dejar de mirarte desde que llegué.
—Se te nota.
—Y a ti se te nota que te gusta.
Levanté la vista y esta vez no esquivé sus ojos.
—Tal vez.
Su mano me apretó con más descaro la nalga derecha. Sentí algo duro contra mi muslo cuando acercó más la pelvis. Ya estaba excitado. Yo también. Mi coño latía de una forma insoportable, caliente, húmedo, necesitado de contacto de verdad y no solo de roces de baile.
La siguiente canción era más lenta, más pegada. Me di vuelta y le restregué el culo sin ningún pudor. Él soltó aire por la nariz, como si tuviera que contenerse. Aprovechó el movimiento para meter la mano por debajo del borde del vestido y tocarme directamente la piel de la nalga. Sus dedos eran grandes, calientes. Yo eché la cabeza hacia atrás hasta apoyarla apenas en su hombro.
—Me vas a meter en problemas —murmuró.
—No me culpes si no sabes controlarte.
—No quiero controlarme.
Entonces me besó.
No fue un beso tímido ni tanteando el terreno. Me tomó la cara con una mano y me metió la lengua a la boca con hambre, como si llevara horas deseándolo. Yo se la devolví igual de fuerte. Su bigote me raspó un poco el labio superior y esa sensación me encendió aún más. Nos besamos en plena pista, rodeados de gente borracha, de luces de colores, de risas ajenas. Yo ya no pensaba en quién miraba. Solo en su boca y en la presión dura de su polla empujando contra mí.
Fuimos a sentarnos sin dejar de tocarnos. Escogimos un rincón de la mesa donde aún estaba mi madre hablando con un par de conocidos, demasiado bebida para interesarse de verdad en lo que yo hacía. Me acomodé sobre las piernas de Darío como si fuera lo más natural del mundo. En cuanto apoyé el culo, sentí su erección dura, larga, clavándose entre mis nalgas.
Moví las caderas despacio a propósito.
Él me besó el cuello y metió una mano por mi muslo. Fue subiendo, centímetro a centímetro, hasta encontrar la tanga empapada. No tuvo que tocarme directamente para darse cuenta.
—Joder —susurró—. Estás chorreando.
Su dedo índice presionó el centro de la tela, justo sobre el clítoris. Se me escapó un gemido corto y tuve que morderme el labio. Nadie parecía estar pendiente, pero a esa altura ya me daba igual. Él siguió frotando con pequeños círculos, hundiendo apenas la yema sobre la tanga mojada, sintiendo cómo me temblaban las piernas.
—Si sigues así, me voy a correr aquí mismo —le dije al oído.
—Entonces vámonos.
Metió dos dedos por un costado de la tanga y me tocó al fin la vulva desnuda. Resbaló sin esfuerzo entre mis labios hinchados y lanzó una risa baja, satisfecha, al comprobar cómo estaba.
—Mierda, qué coño tan caliente.
Yo giré la cara y lo besé otra vez, esta vez más sucio, más desesperado.
—Llévame al hotel —le dije—. Y no me hagas esperar más.
Se lo comuniqué a mi madre con una naturalidad que a cualquiera habría escandalizado. Ella me miró, miró a Darío, y levantó la copa con una sonrisa cómplice.
—Anda, pues. Solo no desaparezcas todo el fin de semana.
***
En el coche no duramos ni cinco minutos comportándonos. Apenas dobló la primera esquina, me agarró de la nuca para besarme y yo le solté el cinturón para girarme hacia él. Metió la mano por mi escote y atrapó una teta con fuerza, apretándola sin delicadeza. Gemí contra su boca. Sentí cómo me endurecían los pezones al instante.
—Quería hacerte esto desde que te vi entrar —gruñó.
Bajó el tirante del vestido y sacó una teta. La chupó con hambre, rodeando el pezón con la lengua y luego mordiéndolo lo justo para arrancarme otro gemido. Mientras tanto, su mano libre subió mi falda hasta la cintura. Apartó la tanga y deslizó dos dedos por mi coño húmedo.
—Mírate —dijo—. Empapada por un hombre al que acabas de conocer.
—No hables tanto y tócame.
Me los metió de golpe. Dos dedos gruesos, entrando y saliendo rápido mientras con el pulgar me restregaba el clítoris. Abrí más las piernas sobre el asiento y me toqué una teta yo misma, excitada con la escena, con el coche avanzando, con el riesgo idiota de que alguien pudiera vernos por una ventanilla.
Él sacó los dedos, brillantes de mi flujo, y me los llevó a la boca. Los chupé sin apartar la mirada de la suya. Después fui yo la que bajó la mano a su bragueta, la abrí y metí los dedos dentro del bóxer. Su polla estaba durísima, caliente, gruesa. La saqué y la acaricié con gusto. Tenía una buena verga, de esas que llenan la mano y hacen pensar en cómo se sentirán adentro incluso antes de probarlas.
—Así que esto era lo que tanto me estabas restregando —dije.
Se rió, pero respiraba cada vez más fuerte. Guié mi mano arriba y abajo mientras él seguía conduciendo. El preseminal ya le humedecía la punta. Le pasé el pulgar por la cabeza y él soltó un insulto en voz baja.
—Si no llegamos pronto, te voy a coger aquí mismo.
—Pues llega rápido.
***
El hotel era discreto, de esos donde nadie hace preguntas. En el ascensor me estampó contra la pared y volvió a besarme. Sus manos me recorrieron entera: tetas, cintura, culo, muslos. Yo le metí la lengua hasta hacerlo gruñir y le froté la polla por encima del pantalón mientras subíamos. Cuando la puerta de la habitación se cerró detrás de nosotros, lo primero que hice fue quitarme los tacones y dejar caer el vestido al suelo.
Me quedé solo con la tanga.
Darío me miró sin hablar durante dos segundos, como si quisiera grabarse la imagen. Luego se desnudó deprisa, sin perderme de vista. Cuando se bajó el bóxer, vi su verga erguida, recta, venosa, con la cabeza rojiza y brillante. Se me hizo agua la boca de inmediato.
Me arrodillé frente a él antes de que me lo pidiera. Le agarré la polla por la base y le di un beso en la punta. Después saqué la lengua y la pasé despacio alrededor del glande, saboreando el preseminal. Él me sostuvo el cabello con una mano.
—Eso es, buena chica —murmuró.
No necesitaba más estímulo. Abrí la boca y me la metí entera hasta donde me dio, chupando con ganas. Fui bajando y subiendo el ritmo, jugando con la lengua en la cabeza, apretando los labios en cada recorrido. Luego me la saqué para lamerle desde los huevos hasta arriba, húmedo, lento, mirándolo. Su pecho subía y bajaba más rápido.
—Me vas a hacer correr muy pronto.
—Aguanta —le dije, y volví a tragármela.
Esta vez profundicé más. Me empujé la polla hasta la garganta varias veces, sintiendo cómo me tensaban los ojos y se me escapaba saliva por la comisura. Él maldecía, me sujetaba el pelo y movía apenas la cadera, conteniéndose. El ruido húmedo de mi boca llenó el cuarto. Me encantó verlo así, grande, duro, jadeando por una mamada bien dada.
Cuando sintió que estaba al límite, tiró suave de mi cabello para apartarme.
—Ahora te toca a ti.
Me tumbó sobre la cama y me bajó la tanga de una vez. Estaba tan mojada que se quedó pegada un momento entre mis labios antes de caer. Él la miró y soltó una risa breve.
—Qué puta maravilla.
Me abrió bien las piernas y se acomodó entre ellas. No empezó con delicadeza. Separó mis labios con los dedos y hundió la lengua directamente en mi coño. El primer lametazo me hizo arquear la espalda. Su bigote rozando la piel sensible me daba un cosquilleo áspero que me volvía loca. Subía desde la entrada hasta el clítoris y se detenía ahí, chupándolo, lamiéndolo, apretándolo con la lengua plana.
—Joder… sí… así… —gemí, agarrándome a las sábanas.
Me metió dos dedos mientras me comía. Los bombeó despacio al principio, buscando la presión justa, y luego más rápido. Yo sentía el coño abierto, lleno de humedad, tragándose sus dedos con una facilidad obscena. Cada vez que lamía el clítoris con más fuerza, me temblaban los muslos.
—Estás deliciosa —dijo contra mi vulva—. No pienso dejar ni una gota.
Me corrí con su boca. No de golpe, sino en una subida intensa que me apretó el vientre, me tensó las piernas y terminó explotando en espasmos húmedos alrededor de sus dedos. Él no se apartó. Siguió lamiendo mientras yo gemía y me retorcía, prolongándome el orgasmo hasta que tuve que empujarlo por la frente.
—Para… para un segundo…
Se incorporó con la cara brillante de mí y me la enseñó con descaro antes de besarme. Pude probarme en su boca, mezclada con saliva. Ese detalle me excitó todavía más.
Se tumbó de espaldas y se agarró la polla para frotarla un par de veces.
—Ven. Quiero verte montarme.
Me puse encima de él, guiando la punta hasta mi entrada. Mi coño estaba tan mojado que resbaló enseguida. Bajé despacio, sintiendo cómo me iba abriendo, cómo me llenaba de verdad. Solté un gemido grave cuando la tuve completa adentro. Era gruesa, perfecta para sentirse ocupada y estirada.
—Mierda… qué bien entras —dijo.
Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando sobre su verga. Al principio quería saborearla, sentir el roce interno, encontrar el ángulo exacto. Después ya no tuve paciencia. Aumenté el ritmo, las tetas rebotándome, el coño tragándosela una y otra vez con un sonido húmedo cada vez más evidente. Él me agarró de las caderas y me ayudó a bajar con más fuerza.
—Eso, fóllate mi polla —gruñó—. Úsala.
Lo hice. Cabalgué encima de él con ganas, buscando que me diera en ese punto que me hacía ver luces detrás de los párpados. Cuando lo encontré, empecé a jadear de verdad. Me froté el clítoris con dos dedos mientras lo montaba. Él miraba cómo mi cuerpo trabajaba sobre el suyo, fascinado, caliente, cada vez más cerca de correrse.
—No te vengas todavía —le dije—. Quiero más.
Se sentó de golpe y me besó mientras seguía enterrado en mí. Luego me giró y me puso a cuatro patas sobre la cama. Me abrió las nalgas con las manos y lanzó un gemido solo de verme.
—Así te quería ver.
Me penetró de una embestida firme, sin aviso. Se me escapó un grito. Empezó con un ritmo duro, profundo, golpeando mi culo con la pelvis en cada entrada. Yo me agarré al cabecero y empujé hacia atrás para recibirlo mejor. Sentía la cama moverse, mis gemidos mezclarse con sus jadeos, la humedad chorreándome por los muslos.
—Sí… así… no pares…
—Tienes un coño que aprieta de maravilla —dijo mientras me follaba más fuerte—. Parece que me está ordeñando la polla.
Me agarró del pelo, no para hacer daño, sino para arquearme más el cuerpo. Cambió el ángulo y empezó a darme justo donde más me hacía perder la cabeza. Lloré un poco del placer, de puro exceso. Las piernas me temblaban, los dedos se me entumecían de tanto apretar la madera, y aun así quería más. Más profundidad. Más fuerza.
Metí una mano entre mis piernas y me masturbé el clítoris mientras él seguía clavándomela desde atrás. No tardé nada en volver a correrme. Esta vez fue más salvaje. El orgasmo me partió en dos, me hizo apretar su polla con tanta fuerza que él soltó una maldición y empezó a empujar más rápido, más desesperado.
—Me voy a correr… joder…
Salió solo un segundo y me giró boca arriba. Me alzó las piernas hasta dejármelas sobre sus hombros y volvió a metérmela entera. La postura hizo que la sintiera todavía más honda. Me folló así, mirándome la cara, viendo cómo se me abría la boca, cómo se me sacudían las tetas con cada golpe. Yo no podía dejar de gemir su nombre.
—Córrete conmigo —le dije.
Me besó, hundió una vez más hasta el fondo y se corrió dentro. Lo sentí claro: la polla palpitando, la descarga caliente llenándome, su cuerpo tenso encima del mío mientras seguía empujando unas últimas veces. Yo apreté las piernas alrededor de su cintura y disfruté esa sensación húmeda y espesa quedándose adentro.
Quedamos un momento jadeando, pegados, sudados.
Pero la noche no había terminado.
Descansamos apenas lo necesario para volver a calentarnos. Me llevó al baño y me sentó en el lavabo para comerme otra vez el coño mientras yo le masturbaba la polla. Después me apoyó contra la pared de la ducha y me penetró de pie, sujetándome una pierna en alto. Más tarde volvimos a la cama y yo se la chupé hasta hacerlo gemir de nuevo, alternando boca y mano, jugando con sus huevos, mirándolo mientras me llenaba la boca de saliva. Él me puso de lado y me folló despacio al principio, luego duro, hasta dejarnos rendidos.
***
A la mañana siguiente desperté con el cuerpo adolorido de una forma deliciosa. Darío seguía dormido a mi lado, pero bastó con que me levantara desnuda para ir al baño y él me viera caminar para que se le despertara otra cosa. Entró detrás de mí mientras abría la ducha.
—Todavía no he terminado contigo.
Me agarró por la cintura, me hizo inclinarme sobre el lavamanos y me metió la polla sin demasiados preparativos. Mi coño seguía sensible y un poco hinchado por la noche anterior, así que la primera embestida me arrancó un gemido que sonó casi como una queja. Me gustó. Él también lo notó.
—Así, siente cómo te lleno otra vez.
Me folló frente al espejo, mirando mi expresión, una mano agarrándome una teta y la otra apretándome la cadera. Yo veía en el reflejo cómo me entraba y salía, cómo mi propio cuerpo respondía abriéndosele otra vez, todavía mojado. Acabé apoyando la frente en el cristal, gimiendo sin vergüenza.
Luego nos bañamos entre besos, manos y otra mamada breve que me dejó el sabor salado en la boca y una sonrisa idiota de satisfacción. Desayunamos poco. Teníamos más ganas de seguir tocándonos que de comer.
En el camino de regreso volvió a manosearme apenas salimos del hotel. Yo iba en el asiento del copiloto con el vestido puesto otra vez, pero ya no servía de barrera para nada. Su mano se metía entre mis muslos cada pocos minutos, me sobaba el coño por encima de la tanga fresca, me apretaba las tetas y me besaba en cada semáforo.
Hubo un momento en que los dos supimos que no íbamos a aguantar hasta el pueblo. Desvió el coche por una carretera solitaria y lo estacionó a un costado, entre matorrales y silencio. Ni siquiera apagó del todo el motor antes de inclinar el asiento y decirme:
—Ven aquí.
Me pasé encima de la consola y me senté a horcajadas sobre él. Bajó su pantalón lo justo, se sacó la polla y me la acomodó en la entrada. La suspensión del coche se quejaba con cada movimiento, pero lejos de cortarnos el deseo, eso lo volvía más sucio. Empecé a montarlo con hambre, agarrándome de sus hombros, dejando que él me levantara el vestido hasta la cintura.
—Mira cómo vuelves a mojarte —dijo, metiendo una mano entre nosotros para tocar donde se unían nuestros cuerpos.
Me bajó un poco para besarme una teta por encima del borde del vestido y luego me agarró del culo para hacerme botar más fuerte sobre su polla. Yo gemía ahogado, con la boca contra su cuello, sintiendo el calor encerrado del coche y el placer insistente subir otra vez.
Terminamos corridos, sudados y riéndonos como dos idiotas satisfechos. Él me ayudó a acomodarme la ropa y arrancó de nuevo. Antes de dejarme cerca de casa, me besó largo, como si quisiera fijar la promesa.
—Esto no se va a quedar en una sola noche.
—Más te vale que no —le respondí.
Y no se quedó en una sola noche. Nos vimos más veces, en otros hoteles, en su coche, alguna tarde robada entre excusas. No fue el único hombre con el que me acosté en esa época, ni yo fui la única mujer en su vida, pero siempre recuerdo aquella fiesta por lo mismo: por la forma en que todo quedó decidido desde la primera mirada, desde el primer roce en la cintura, desde el instante exacto en que entendí que esa noche me iba a ir con un hombre casado y que, lejos de sentir culpa, lo único que quería era abrirle las piernas en cuanto cerrara la puerta de una habitación.
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