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Relatos Ardientes

Mi primera vez con sexo oral en el parque

Desde que descubrí lo que podía provocar con mi boca, entendí que el sexo oral iba a ser una de mis debilidades más serias. Me excita sentir cómo un hombre cambia de respiración cuando apenas lo rozo con los labios, cómo se tensa, cómo pierde el control por algo que empieza tan simple. Pero antes de aprender a hacerlo bien, antes de volverme descarada y pedir lo que quiero, hubo una primera vez. Y todavía la recuerdo con una claridad que me moja entre las piernas cuando la pienso.

Yo era una mujer adulta, recién instalada en una urbanización tranquila con mi familia, y pasaba muchas tardes escapándome al parque interno del conjunto para leer o simplemente para alejarme del ruido de la casa. Ahí empecé a cruzarme con Mauro, un vecino algunos años mayor que yo, alto, moreno, de hombros anchos, de esos hombres que no hacen mucho esfuerzo por llamar la atención y aun así la acaparan. Siempre paseaba a su perro al atardecer y, con el tiempo, nuestras charlas casuales se volvieron parte de mi rutina.

Hablábamos de cualquier cosa. Del calor, de los libros que yo llevaba, de la música que él escuchaba mientras caminaba. Nada comprometedor, nada evidente, pero yo ya había empezado a fijarme en su boca, en sus manos, en sus piernas cuando usaba pantalones cortos deportivos. Y también en cómo me miraba a veces, como si supiera que yo no era tan inocente como aparentaba.

En esa época ya había curioseado bastante por internet. Me masturbaba viendo porno y me gustaban, sobre todo, los videos de mamadas largas, húmedas, sin prisas. Me fascinaba la cara de los hombres cuando una mujer se tragaba su polla hasta donde podía, la forma en que les temblaban las piernas, cómo les cambiaba la voz cuando estaban a punto de correrse. Más de una vez practiqué sola con lo que encontraba en la cocina, más por obsesión que por juego. Quería saber cómo se sentiría hacerlo de verdad.

La ocasión llegó una tarde pesada y silenciosa, de esas en las que el parque queda casi vacío. Yo estaba sentada en una parte elevada, detrás de un muro bajo cubierto por plantas, leyendo sin leer demasiado. Escuché un ruido abajo, una respiración más marcada, el roce insistente de tela contra piel. Me asomé con cuidado, apenas lo justo, y lo vi.

Mauro estaba solo junto al sendero lateral, donde los árboles tapaban bastante la vista desde los edificios. Tenía los shorts deportivos bajados hasta medio muslo y la polla en la mano. No estaba orinando. Se estaba masturbando con calma, mirando el teléfono en la otra mano, frotándose de arriba abajo con un ritmo lento, casi perezoso, como si disfrutara más de la sensación que de las ganas de acabar rápido.

Me quedé inmóvil. La primera vez que vi una polla de verdad fue esa, y me impresionó. Era gruesa, recta, con el glande hinchado y brillante, cada vez más rojo a medida que él apretaba la mano alrededor del tronco. Vi cómo la piel subía y bajaba, cómo asomaba una gota transparente en la punta, y sentí un golpe seco en el vientre, una mezcla de curiosidad, morbo y hambre. No un hambre romántica ni tierna. Hambre de meterme eso en la boca.

Sin darme cuenta, abrí un poco los labios. Empecé a salivar como una idiota. Entre mis piernas apareció ese calor inmediato que no pide permiso, y me llevé una mano al muslo por puro reflejo para apretarlo. Lo estaba mirando como una voyeur desesperada, pero no podía dejar de hacerlo. Cada movimiento de su mano me hipnotizaba.

Debí de hacer algún ruido, porque él levantó la cabeza y me descubrió arriba del muro. Nuestras miradas se cruzaron. Yo pensé que iba a taparse o a decirme algo, que tal vez se avergonzaría. No hizo ninguna de las dos cosas. Sonrió. Una sonrisa lenta, segura, de hombre que ya había notado mi interés antes de ese día.

Y siguió masturbándose.

Lo hizo incluso más despacio, exagerando el movimiento para que yo viera bien cómo su mano destapaba el glande y cómo salía otra gota de líquido en la punta. Yo no aparté los ojos. Él tampoco. Era obsceno y simple. Y me estaba volviendo loca.

—¿No quieres verlo más de cerca? —preguntó en voz baja, como si no quisiera espantarme.

No contesté. Sentía la garganta seca y, al mismo tiempo, la boca llena de saliva. Las piernas me temblaban un poco.

—Ven —insistió—. Baja y míralo de cerca.

Hubo un segundo en el que pude haberme ido. En vez de eso, me senté sobre el muro, giré con cuidado y dejé que él me ayudara a bajar. Sus manos se cerraron alrededor de mi cintura mientras descendía, firmes, calientes, seguras. Cuando mis pies tocaron el suelo, ya estaba demasiado cerca de él para fingir normalidad.

Me dejó con la espalda contra la pared del sendero y dio un paso atrás lo justo para acomodarse entre mis piernas. Su perro estaba atado a un banco cercano, tranquilo, como si nada raro estuviera pasando. Ese detalle ridículo hizo que todo me pareciera todavía más real.

—Así lo ves mejor —dijo.

Se sacó por completo la polla del short y la sostuvo a la altura de mi cara. De cerca se veía incluso más grande de lo que había imaginado. Tenía una vena marcada por debajo y ese brillo húmedo en la punta que me fascinó al instante. Podía olerlo: sudor limpio, piel caliente, macho excitado. Ese olor me golpeó directo entre las piernas.

Mauro se acercó un poco más y me rozó los labios con el glande, apenas un toque, como si me pintara la boca con él. Fue un contacto mínimo y me estremecí entera. No porque doliera ni porque me asustara, sino porque mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Mi coño se apretó solo.

—Si no quieres, me aparto —murmuró.

Negué con la cabeza.

—Entonces ábreme esa boca.

Lo hice. Sin elegancia, sin experiencia real, pero con unas ganas feroces. Saqué la lengua primero y toqué la punta de su polla, probando esa gota transparente. El sabor era suave, salado, íntimo. Me gustó tanto que repetí, esta vez lamiendo desde debajo del glande hasta la punta. Mauro soltó el aire por la nariz y me agarró del pelo, no con fuerza, solo para reunirlo en una cola improvisada detrás de mi nuca.

—Joder —dijo—. Mírate. Llevabas rato queriendo esto, ¿verdad?

Asentí con la polla rozándome la boca.

Entonces me animé y cerré los labios alrededor del glande. Sentí el peso y el calor de verdad, la textura de la piel húmeda contra mi lengua. Lo metí despacio, apenas unos centímetros, y empecé a chupar. El primer sonido que hice fue torpe, demasiado ansioso, pero a él le encantó. Se le marcó el abdomen al tensarse.

—Así —murmuró—. Chúpala, despacio.

Obedecí. Saqué solo la punta, la lamí en círculos y volví a meterla, un poco más cada vez. Mi mano subió por pura necesidad y le agarré la base para controlar lo que aún no podía tragar. Me gustó sentir su grosor en la palma, la piel moviéndose bajo mis dedos mientras mi boca trabajaba arriba. Él gemía bajo, entre dientes, y eso me dio más confianza.

Pronto ya no estaba experimentando: estaba mamándosela con hambre. Bajaba la cabeza todo lo que podía, subía despacio, dejaba la lengua plana por debajo, luego lo besaba en la punta antes de volver a engullirlo. La mezcla de curiosidad y calentura se convirtió en una necesidad animal de hacerlo mejor, de provocarle más. Quería arrancarle gemidos.

Mauro me tomó la mandíbula con una mano y la abrió un poco más.

—Relaja la garganta —me dijo—. No tengas prisa.

Se empujó apenas. Yo lo dejé entrar un poco más profundo y sentí esa arcada inicial que me hizo lagrimear. En lugar de apartarme, respiré por la nariz y volví a intentarlo. La segunda vez fue mejor. Mi garganta cedió un poco, lo suficiente para que él soltara un gemido más ronco.

—Eso es, preciosa. Joder, qué boca.

Esas palabras me empaparon más de lo que ya estaba. Bajé una mano entre mis piernas y, por encima de la ropa, empecé a frotarme. El contacto era torpe, pero necesario. Lo escuchó enseguida.

—¿Te estás tocando mientras me la chupas?

Lo miré hacia arriba y asentí otra vez, con la polla en la boca. Él sonrió, visiblemente excitado por la imagen, y me empujó el pelo hacia atrás para verme bien la cara. Yo seguí mamando, cada vez con menos vergüenza. Ya no me importaba nada excepto sentirlo endurecido en mi boca y escuchar cómo perdía el control poco a poco.

Saqué la polla lo suficiente para lamerle toda la longitud. Después bajé hasta los huevos, les di besos húmedos y me los metí uno por uno en la boca, como había visto en tantos videos. Mauro lanzó una grosería y apoyó una mano en la pared detrás de mí para sostenerse.

—No me jodas... sabes exactamente lo que haces.

No era verdad. Apenas estaba aprendiendo. Pero oírlo decir eso me hizo sentir poderosa. Volví al tronco y empecé a masturbarlo con una mano mientras lo chupaba con la otra, alternando entre tragármelo y lamer la punta. El sonido de mi saliva se mezclaba con su respiración cada vez más desordenada.

Me apartó unos centímetros para mirarme mejor. Tenía los labios mojados, seguramente corridos por el roce de su polla, y yo respiraba rápido. Él me pasó el pulgar por la boca, recogiendo saliva.

—Quiero verte arrodillada.

Bajé sin discutir. El suelo estaba algo polvoriento, pero en ese momento me habría arrodillado sobre piedras. Desde abajo él parecía todavía más grande, con la polla dura frente a mi cara y el short a medio caer sobre los muslos. Me agarró otra vez del pelo y acercó la punta a mis labios.

—Ahora sí. Toda la que puedas.

Lo tomé de nuevo. Esta vez con más decisión. Fui bajando hasta que la punta me golpeó la garganta y aguanté ahí un segundo, tragando saliva alrededor de él. Sentí su cuerpo estremecerse. Retrocedí apenas para tomar aire y repetí, marcando un ritmo más constante. No elegante, no perfecto, pero sí húmedo, sucio y entregado.

Mauro empezó a follarme la boca con movimientos cortos de cadera, probando hasta dónde podía entrar sin hacerme apartarlo. Yo levanté una mano pidiéndole un poco de calma y él aflojó.

—Despacio —dije por primera vez, la voz rota por la excitación.

—Dímelo si quieres parar.

—No quiero parar.

La frase lo encendió. Me agarró con más firmeza del pelo y volvió a empujar, esta vez acompasándose conmigo. Yo bajaba cuando él avanzaba, y el movimiento empezó a funcionar. Cada embestida terminaba con un leve golpe en mi garganta y me hacía gemir alrededor de su polla. Eso lo volvía loco.

Entre una mamada y otra, metí la mano bajo mi falda y aparté la ropa interior. Estaba empapada. Me froté el clítoris con dos dedos mientras seguía chupándosela, y la combinación me mareó. Tenerlo en la boca, escuchar sus jadeos, olerlo, sentir la mano en mi pelo y mi propio coño latiendo bajo mis dedos fue demasiado. Empecé a mover las caderas sola contra mi mano.

—Mírate —gruñó Mauro—. Te estás corriendo casi solo por chuparme la polla.

Levanté la vista y vi que me observaba fascinado, con la respiración rota. Esa imagen me hizo redoblar el esfuerzo. Lo lamí con más intención, le chupé el glande hasta dejarlo brillante, me lo metí profundo otra vez, dejándome babear sin ningún pudor. Mi saliva le escurría por la base y hasta los huevos, y él se masturbaba lo justo para mantener el ritmo cuando yo necesitaba sacar la boca un segundo.

Después de varios minutos así, me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo.

—Voy a corrérme —avisó—. Quiero hacerlo en tu boca. ¿Lo quieres?

La pregunta me atravesó entera. Lo quería. Lo deseaba desde el momento en que lo vi abajo del muro con la polla en la mano. Abrí la boca en respuesta y saqué la lengua.

—Sí.

Volví a meterlo. Esta vez me entregué de lleno. Lo chupé rápido, con ansia, apretando la base con la mano, succionando la punta cada vez que lo sacaba. Mauro empezó a temblar. Me sostuvo la cabeza con ambas manos y dejó caer la frente hacia adelante mientras soltaba gemidos sin ninguna intención de disimularlos.

—Joder, joder... así... no pares.

No paré. Sentí cómo su polla se ponía todavía más dura y cómo la base le latía en la mano. Un segundo después se corrió. La primera descarga me golpeó al fondo de la boca, caliente y espesa. Me sobresaltó, pero no me aparté. Tragué por reflejo y seguí chupando mientras salía más. El sabor era fuerte, salado, totalmente distinto a lo que había imaginado, y aun así me excitó más de lo razonable.

Mauro gemía mi nombre como si apenas pudiera mantenerse en pie. Me vació varias sacudidas en la boca, y cuando por fin aflojó, saqué la polla despacio, lamiendo lo que quedaba en la punta antes de tragar. Él me miró con una mezcla de sorpresa y hambre.

—No dejaste nada.

Me limpié la comisura con el pulgar y sonreí, todavía arrodillada.

—No quería dejar nada.

Eso debió de romperle el poco control que le quedaba, porque se agachó, me levantó de los brazos y me besó. Fue un beso sucio, profundo, con sabor a su corrida todavía en mi lengua. Yo se la pasé a su boca adrede y él gruñó, excitado por eso también. Nos apretamos contra la pared como dos animales que ya habían cruzado un límite imposible de deshacer.

Me metió la mano entre las piernas por debajo de la falda y encontró mis dedos húmedos. Los apartó y tocó directamente mi coño. Estaba tan mojada que su dedo resbaló sin resistencia entre mis labios.

—Estás chorreando —murmuró contra mi boca.

—Fue por verte.

—No. Fue por mamármela como una puta hambrienta.

La frase me hizo gemir. Metió dos dedos de golpe y me arqueé contra la pared. Empezó a follarme con la mano, rápido, hundiendo los dedos y sacándolos bañados en mi humedad. Yo le agarré el brazo, incapaz de sostenerme bien. Tenía las piernas flojas, la cara ardiendo y el coño latiendo.

—Así me gusta —dijo—. Ahora córrete.

Me frotó el clítoris con el pulgar mientras seguía metiéndome los dedos y no tardé mucho en romperme. Me corrí con un gemido ahogado en su cuello, apretando los muslos y manchándole la mano. Él siguió un poco más, haciéndome temblar, hasta que tuve que detenerlo porque ya no soportaba la intensidad.

Nos quedamos unos segundos respirando uno contra el otro. Yo tenía las piernas blandas, la boca todavía sensible y la sensación clara de que acababa de descubrir una parte de mí que ya no iba a esconder nunca más.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije, y me reí nerviosa—. Demasiado bien.

Mauro se acomodó la ropa sin dejar de mirarme. Yo hice lo mismo con manos torpes. Antes de irse, me rozó la barbilla con los nudillos.

—La próxima vez, sin muro de por medio —dijo.

La próxima vez. Me quedé pensando en esas palabras mientras lo veía alejarse con el perro, como si no acabara de correrse en mi boca en medio del parque. Yo tardé un poco más en recomponerme. Cuando por fin regresé a casa, seguía sintiendo su sabor y la presión de su mano en mi cabello.

Después vinieron otras mamadas, otros hombres, otras escenas mucho más intensas. Aprendí a tragar mejor, a usar la lengua, a jugar con el ritmo, a volverme realmente buena en eso. Pero ninguna se me quedó marcada como aquella primera vez en el parque, escondida detrás de un muro, cuando pasé de mirar a participar y descubrí que mi verdadera calentura no era solo observar.

Era arrodillarme, abrir la boca y hacer que un hombre se corriera temblando entre mis labios.

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Comentarios(7)

Laurita_88

buenisimo!! me encantó desde el principio hasta el final, sigue así!!

CuriosaNocturna

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber cómo terminó todo. Tremendo relato

PatoBA2

Se me hizo corto jaja, quería que siguiera. Muy bien contado, se siente autentico

vikingaXXI

Increible como lográs transmitir esa mezcla de nervios y emoción. Me recordó a cuando yo también hice algo parecido en un lugar publico jaja, aunque no cuento los detalles

PaolaSC

Que bueno!! es de las confesiones mas entretenidas que leí en mucho tiempo. Esperando la proxima

DiegoFdez

siempre me gustaron las confesiones reales, y esta tiene toda la pinta de serlo. muy buena

Caro_Impulso

Lo leí dos veces jaja. Hay algo en como lo contás que te engancha desde el primer párrafo

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