La confesión de mi vecina en aquel bar
Me llamo Daniela y durante años pensé que era una mujer predecible. Casada, madre, ordenada, de esas que hacen la comida con una mano mientras revisan tareas con la otra. Mi vida en el fraccionamiento era tranquila, y por eso mismo la presencia de mi vecina, Lorena, siempre me descolocaba un poco.
Vivía a dos casas de la mía, tenía un hijo de la edad del mío y una forma de caminar que hacía que todos voltearan a verla. Era divorciada, segura, descarada sin llegar a ser vulgar, y sabía perfectamente el efecto que causaba. Yo nunca sentí envidia de su cuerpo, aunque no voy a mentir: cuando la veía con sus vestidos ajustados y ese culo redondo balanceándose frente a mí, me comparaba sin querer.
Con el tiempo nos hicimos cercanas por pura rutina. La escuela, las reuniones, las idas al súper, las pláticas rápidas desde la banqueta. Ella siempre tenía una historia nueva, casi siempre relacionada con un hombre, y yo la escuchaba con una mezcla rara de morbo y pudor.
—No naciste para una sola vida, Dani —me decía a veces, riéndose—. Nomás te da miedo descubrirlo.
Yo le contestaba con una sonrisa tonta y cambiaba de tema. En ese entonces todavía me parecía imposible verme fuera del papel de esposa fiel. Mi marido era bueno conmigo, atento, trabajador. Nunca me faltó respeto ni me hizo sentir menos. Justo por eso me cuesta todavía más aceptar lo que pasó aquella noche.
Todo empezó una tarde en la salida de la escuela. Hacía calor, yo traía el pelo recogido y cero ganas de cocinar. Lorena se acercó con unos lentes oscuros enormes, perfume dulce y esa sonrisa de mujer que ya decidió algo antes de hablar.
—Hoy cenas conmigo —dijo—. Necesito contarte algo y no acepto un no.
Le pregunté a dónde iríamos, pero no soltó prenda. Solo dijo que quería hablarme de su nueva relación. Cuando llegué a mi casa, le pedí a mi esposo que se quedara con el niño. Él, que esa noche pensaba salir a jugar con sus amigos, canceló sin problema.
—Tú casi nunca sales —me dijo, dándome un beso en la frente—. Ve y diviértete.
Ese gesto me hizo sentir querida. También me dejó una culpa que después se me clavaría como espina.
Lorena pasó por mí al caer la noche. Yo esperaba un restaurante tranquilo, tal vez una terraza, pero me llevó a un bar famoso por otra clase de ambiente. No era un lugar sucio ni clandestino; al contrario, se veía caro, discreto, de esos donde la gente entra sabiendo exactamente lo que busca y sale fingiendo que no pasó nada.
Lo primero que noté fue que varios empleados la saludaron por su nombre. Ella respondió con familiaridad, como quien está en su sala. Ahí debí ponerme alerta, pero en vez de eso me dejé arrastrar por su seguridad. Nos sentamos en una mesa apartada, pedimos tragos y empecé a relajarme.
—¿Vienes mucho? —le pregunté.
—Lo suficiente —respondió, tomando un sorbo—. Aquí nadie juzga y todos entienden las reglas.
No quise preguntar cuáles reglas. En ese momento todavía podía fingir que solo era un bar más.
Tomamos una, dos, tres copas. Lorena no pidió comida en ningún momento, y yo, con el estómago casi vacío, empecé a sentirme ligera, risueña, torpe de lengua. Todo me daba risa. Todo me parecía menos grave. Fue entonces cuando llegó el hombre del que quería hablarme.
Se llamaba Mauricio. Era mayor que nosotras, elegante, de camisa cara, reloj pesado y una calma que imponía. No era guapo en el sentido obvio, pero tenía algo en la mirada que obligaba a sostenerle los ojos un segundo de más. Lorena se levantó a besarlo en la mejilla con naturalidad y me lo presentó como su pareja.
—Así que tú eres Daniela —dijo él, midiéndome despacio—. Lorena habla mucho de ti.
Sentí calor en la cara. No supe si por el alcohol o por la forma en que lo dijo. Mauricio pidió una botella para la mesa y se puso a contestar mensajes mientras Lorena seguía hablando conmigo, como si nada raro estuviera ocurriendo. Al poco rato empezaron a llegar otros hombres, todos de la misma edad, todos demasiado cómodos en ese lugar.
Uno de ellos se sentó cerca de mí. Se llamaba Esteban. No era particularmente atractivo, pero tenía una voz grave y una manera de inclinarse al hablar que me hacía sentir observada. Empezó con halagos simples, casi inocentes, aunque dichos al oído sonaban distintos.
—Tu esposo debe saber que tiene una mujer preciosa en casa.
Me reí, nerviosa. Él me rozó apenas la rodilla por debajo de la mesa. Ese contacto, mínimo y descarado, me provocó un salto en el cuerpo. No lo aparté. Tampoco lo permití del todo. Me quedé quieta, que a veces es la forma más cobarde de consentir algo.
Luego me sacó a bailar. La música estaba alta, las luces bajas, y entre el tequila y el ambiente empecé a sentirme como si la noche le estuviera pasando a otra. Esteban pegó su cuerpo al mío sin pedir permiso. Noté el bulto duro de su pantalón empujándome el vientre y me estremecí.
—Relájate —me murmuró—. Solo baila.
Sus manos bajaron hasta mis caderas. Yo debía apartarme, volver a la mesa, irme a casa. En cambio, me pegué un poco más. Sentí una humedad tibia entre las piernas, inesperada, vergonzosa, excitante. La idea de estar reaccionando así frente a un desconocido me encendió todavía más.
Escuché mi nombre a la distancia. Era Lorena. Volví a la realidad de golpe, con el corazón acelerado. Pensé que me regañaría, que me diría algo con sorna, pero solo sonrió.
—Ya nos vamos, Dani.
Me despedí de todos con una torpeza borracha y subí al coche creyendo que por fin volvería a mi casa. Pero Lorena tomó la avenida en sentido contrario. Le pregunté qué hacía y me dijo que antes necesitaba hablar conmigo en privado. No supe cuánto manejó; solo recuerdo las luces pasando y mi cabeza flotando.
Se detuvo frente a un hotel discreto, de fachada limpia, sin letreros estridentes. Ahí sí reaccioné.
—No, Lorena. Yo no voy a entrar ahí. Llévame a mi casa.
Ella apagó el motor y me miró con una serenidad inquietante.
—Ya estás aquí. Baja conmigo.
Negué con la cabeza. Tenía miedo, sí, pero también esa curiosidad enferma de estar a un paso del abismo y querer asomarte. Lorena se bajó sin insistir. Pensé que la seguiría para convencerla de irnos, pero antes de que pudiera moverme, la puerta del copiloto se abrió y Esteban se metió al coche.
Su mano me tomó la nuca y me besó de golpe.
Fue un beso duro, húmedo, con lengua, sin la delicadeza del tanteo. Debí empujarlo, pero el alcohol me tenía lenta y la excitación me remató. Le respondí. Mi boca se abrió para la suya y enseguida sentí su palma apretándome un muslo, subiendo sin prisa, hundiéndose bajo mi vestido.
—Sabía que querías —me dijo contra los labios.
Me abrió las piernas con la rodilla y tocó mi ropa interior. Estaba mojada. Muy mojada. Cuando deslizó dos dedos por encima de la tela, solté un jadeo que me dio vergüenza escuchar. Él sonrió como si ya me hubiera ganado.
Me sacó del coche tomándome de la mano y me llevó al cuarto. Lorena estaba ahí dentro, apoyada en la pared, observándome en silencio. Cerró la puerta detrás de nosotros y me sentí atrapada entre la salida y mi propio deseo.
—Desnúdate —ordenó Esteban.
—No sé qué está pasando —dije, aunque ya lo sabía.
—Está pasando que llevas toda la noche queriendo que alguien te toque de verdad.
Me temblaban las manos. Me quité los zapatos, luego el vestido, después el sostén. Intenté cubrirme, pero Esteban me apartó los brazos y me miró de arriba abajo sin pudor. Sentí las mejillas arder. Él se sentó en la cama, se bajó el pantalón y sacó la polla. Era gruesa, venosa, pesada, ya completamente dura.
—Ven y chúpamela.
Lo dijo como si fuera la cosa más natural del mundo. Yo me quedé inmóvil. Fue Lorena quien se acercó a mi espalda y me habló al oído.
—Hazlo si quieres. Nadie te está obligando a disfrutar.
Esa frase me atravesó por lo tramposa que era. Porque yo sí quería. Estaba asustada, confundida, culpable, pero también ardiendo. Me arrodillé frente a Esteban y tomé su polla con la mano. La sentí caliente, dura, viva. La punta estaba húmeda y brillante. Saqué la lengua y la pasé por el glande, probando el sabor salado de la primera gota.
Él exhaló fuerte.
—Eso. Ábrete más.
Metí la punta en mi boca y fui bajando despacio, acostumbrándome al grosor. No tenía mucha experiencia haciendo eso, menos a un hombre que acababa de conocer, y justo esa falta de costumbre me excitó de una manera brutal. Sentía la humillación en la garganta y el coño palpitándome entre las piernas.
Esteban me sujetó el pelo y empezó a marcar el ritmo. Primero suave, luego más profundo. Mi saliva le corría por el tronco y yo me ayudaba con la mano, subiendo y bajando mientras lo mamaba. Cada vez que me sacaba la polla para verme la cara, yo respiraba con la boca abierta, aturdida, y él volvía a empujar hasta tocarme la garganta.
—Mírala —dijo Mauricio desde un sillón. No me había dado cuenta de cuándo entró—. Tan decente y cómo chupa.
Levanté la vista, avergonzada. Mauricio estaba sentado con una copa en la mano, vestido todavía, observándome con una calma fría. Lorena seguía de pie a su lado, sonriendo apenas. El hecho de tenerlos mirando me disparó algo oscuro. No quise admitirlo, pero me gustó.
Esteban me separó las rodillas con el pie y metió una mano entre mis piernas. Apartó la tanga a un lado y deslizó los dedos por mi vulva hinchada.
—Mira cómo escurre —dijo—. Te gusta más de lo que dices.
Yo seguí mamándosela mientras él me metía un dedo, luego dos. Los movía dentro de mí con brusquedad, sin ternura, y cada embestida en mi boca se mezclaba con el golpeteo de sus dedos en el coño. El cuarto olía a alcohol, perfume y sexo. Empecé a gemir con la polla aún entre los labios.
Lorena se acercó por fin. Se agachó junto a mí, me tomó de la barbilla y me besó. Su lengua se mezcló con el sabor de Esteban. Después bajó una mano a mi pecho, me pellizcó el pezón y yo di un respingo.
—Mírala —susurró—. Siempre imaginé que gemirías así.
Esteban me apartó de su polla y me hizo recostarme al borde de la cama con las piernas abiertas. Sin aviso hundió la cara entre mis muslos y me abrió los labios con los dedos. Su lengua cayó de lleno sobre mi clítoris, ancha, insistente, sucia. Yo me arqueé de inmediato.
—Joder —gemí—. Sí... ahí...
Él no buscó hacerlo bonito. Me comió el coño con hambre, alternando lamidas largas con succiones duras que me arrancaban espasmos. A ratos metía la lengua dentro, a ratos volvía al clítoris y lo presionaba con la punta hasta hacerme retorcer. Yo le agarré la cabeza y empecé a frotarme contra su boca sin poder controlar el movimiento.
Sentí a Lorena detrás de mí, acariciándome el cuello, los pechos, el vientre. Me abrió más las piernas y metió dos dedos en mi boca.
—Chúpalos.
Obedecí sin pensar. Ella los sacó llenos de saliva y bajó la mano entre mis nalgas, rozándome el culo antes de volver a mi entrada empapada. Esteban seguía lamiéndome como si quisiera vaciarme. La presión en el vientre creció rápido, salvaje, imparable.
—Me voy a correr —dije, casi llorando.
—Pues córrete —respondió Lorena.
El orgasmo me tomó de golpe. Cerré las piernas alrededor de la cabeza de Esteban y grité sin poder evitarlo. Todo el cuerpo se me sacudió en oleadas cortas, violentas, mientras él no dejaba de lamer y chupar, prolongándome el temblor hasta el dolor. Cuando por fin me soltó, yo estaba jadeando, con el pecho mojado de sudor y las piernas temblorosas.
No me dejó recuperarme. Me puso de rodillas sobre la cama, me separó las nalgas y me restregó la punta de la polla entre los labios hinchados. Sentí cómo se impregnaba de mi propia humedad antes de empujar adentro. Entró despacio los primeros centímetros, solo para que notara el grosor, y luego me la metió de una sola embestida hasta el fondo.
Grité otra vez.
—Así te quería oír —dijo, clavándome la mano en la cadera.
Empezó a cogerme duro, sin ritmo suave de arranque, directo y pesado. Cada empujón me hacía avanzar sobre las sábanas. La cama golpeaba la pared. Yo tenía la cara hundida en el colchón y la polla de ese hombre entrando y saliendo de mí con un sonido húmedo que me calentaba más de lo que debería.
—Más despacio —pedí, aunque ni yo sabía si lo decía en serio.
Él respondió con otra embestida más profunda.
—Tu cuerpo está pidiendo otra cosa.
Y era verdad. Cada vez que me la sacaba casi por completo y volvía a hundirla, mi coño se cerraba alrededor de su verga con avidez. Me dolía un poco y me encantaba. Lorena se puso enfrente de mí en la cama, completamente desnuda por fin. Tenía un cuerpo firme, pechos grandes y pesados, pezones oscuros, caderas generosas. Me tomó de la cara y me obligó a mirarla mientras Esteban me follaba por detrás.
—Bésame.
La besé con desesperación. Nuestras lenguas se enredaron mientras el hombre me cogía a sus espaldas. Lorena bajó mi mano hasta uno de sus pechos y me hizo apretarlo. Luego me llevó más abajo, entre sus piernas. Estaba mojada. Muy mojada.
—Mételos —me ordenó.
Le introduje dos dedos y ella gimió dentro de mi boca. Empezó a moverse contra mi mano, follándose mis dedos al mismo tiempo que yo recibía las embestidas de Esteban. La sensación de darle placer a otra mujer mientras me cogían me desarmó por completo.
Mauricio seguía mirando desde el sillón, quieto, atento. No necesitó tocarme para hacerme sentir exhibida. Su presencia convertía todo en algo todavía más prohibido.
Esteban me agarró del pelo y tiró hacia atrás para arquearme más. La nueva postura hizo que su polla me golpeara distinto, más adentro. Se me cortó la respiración.
—Así, puta —murmuró—. Así te entra mejor.
La palabra me encendió. Nunca me habían hablado así. En otra circunstancia me habría ofendido, pero en ese cuarto me hizo mojarme todavía más. Lorena me soltó la mano, bajó entre mis muslos y empezó a lamerme el clítoris mientras Esteban no dejaba de penetrarme. Sentir la lengua de ella ahí abajo y la polla de él adentro al mismo tiempo me volvió loca.
Yo no podía decir nada coherente. Solo gemía, abría más las piernas, empujaba las caderas hacia atrás buscando más verga y hacia adelante buscando más lengua. Lorena chupaba con precisión, con paciencia cruel, justo donde más me hacía perder la cabeza. Esteban aceleró. Sus huevos golpeaban mi piel y el ruido de nuestros cuerpos llenó el cuarto.
—Córrete otra vez —me dijo Lorena, sin dejar de lamer—. Quiero sentir cómo te aprietas.
Eso bastó. El segundo orgasmo me reventó encima de la polla de Esteban. Me contraje con fuerza alrededor de él, temblando, gimiendo sucio, sin reconocer mi propia voz. Esteban soltó una maldición y me embistió un par de veces más antes de salirse. Me giró de golpe, me agarró la cara y se la empecé a menear con la mano mientras lo miraba.
—Ábrete.
Obedecí. Me corrió en la boca. Un chorro espeso, caliente, directo sobre la lengua. Parte me cayó en los labios y en la barbilla. Tragué lo que pude, tosiendo un poco, mareada todavía por el orgasmo y el alcohol. Él me observó con una satisfacción grosera que, para mi vergüenza, me gustó.
Yo pensé que ahí terminaría todo. Busqué mi ropa con movimientos torpes, todavía desnuda, todavía descompuesta por dentro. Pero Lorena me tomó de la muñeca.
—A mí no me vas a dejar mirando nada más.
Su voz había cambiado. Ya no sonaba juguetona, sino baja y firme. Me llevó hacia el sillón y me sentó con las piernas abiertas. Se arrodilló entre ellas y me sostuvo la mirada un segundo antes de besarme la parte interna del muslo. Ese beso suave, después de tanta brusquedad, me hizo estremecer de un modo distinto.
—Siempre quise probarte —admitió.
Luego se metió entre mis piernas y me lamió despacio, como si quisiera saborearme de verdad. Su lengua no era ansiosa como la de Esteban; era metódica, conocedora. Separó mis labios con los dedos y recorrió cada pliegue, chupándome el clítoris con una presión exacta que me hizo cerrar los ojos de inmediato. Yo todavía estaba sensible por los orgasmos anteriores y aun así mi cuerpo respondió enseguida.
Metió dos dedos y los curvó adentro, buscando ese punto que yo ni siquiera sabía explicar. Cada vez que lo rozaba me sacudía entera. Yo le agarré el pelo, abrí más las piernas y empecé a moverme contra su boca. Esteban se había vestido parcialmente y observaba desde un costado. Mauricio seguía en silencio, como si estuviera viendo un espectáculo armado para él.
Lorena subió a besarme. Su boca sabía a mí. Se acomodó encima de mi cuerpo y empecé a tocarle los pechos, a besarlos, a chuparle los pezones hasta ponerlos duros. Ella jadeó, se frotó contra mi muslo y me tomó la mano para llevarla entre sus piernas otra vez.
La dedee mientras ella me besaba el cuello. Sentí cómo se mojaba más, cómo su respiración se volvía irregular. Luego bajó una mano hacia mi coño y empezó a meterme los dedos con fuerza, follándome la mano al mismo tiempo que yo follaba la suya. Nos miramos de cerca, sudadas, desordenadas, ya sin espacio para fingir nada.
—Más adentro —me pidió.
Le metí un tercer dedo y se corrió con un gemido ahogado contra mi hombro. El espasmo de su cuerpo me encendió otra vez. Ella no me dio respiro: bajó de nuevo, me abrió con los dedos y enterró la cara entre mis piernas hasta hacerme gemir de nuevo. Esta vez el orgasmo llegó menos explosivo pero más largo, como una ola caliente que me dejó blanda, rendida, sin fuerza en las piernas.
Cuando terminó, me quedé recostada, respirando como si hubiera corrido. Tenía el sexo hinchado, la boca seca, las piernas marcadas por dedos ajenos y una culpa pesada latiéndome debajo del esternón. No sabía en qué momento exacto había cruzado el límite. Tal vez en el baile. Tal vez en el primer beso. Tal vez mucho antes, cuando empecé a fantasear con vidas que no eran la mía.
Nos dejaron de nuevo cerca del bar, donde seguía el coche de Lorena. Durante el trayecto nadie habló. Yo me arreglé como pude, me puse el vestido, me limpié la cara y el cuello, y traté de recomponer la expresión antes de volver a mi casa. Cuando entré, mi esposo estaba dormido en el sofá con la televisión encendida. Me tapó con una cobija sin despertar del todo cuando me vio pasar.
Ese gesto casi me hizo llorar.
Debería haber cortado toda relación con Lorena al día siguiente, pero no lo hice. La busqué yo. Quería entender qué me había pasado, aunque en el fondo lo que quería era repetir la parte que me había hecho temblar. Nos empezamos a ver a solas con cualquier pretexto: café, compras, vueltas pendientes. Y cada vez tardábamos menos en terminar encerradas.
***
La primera vez que estuvimos solo ella y yo fue en su casa, una mañana en que nuestros esposos y nuestros hijos estaban fuera. Me abrió la puerta con una bata ligera y sin sostén. No me invitó a pasar con palabras; me tomó de la mano y me llevó directo a su habitación.
—Hoy no hay hombres —dijo—. Hoy quiero ver qué tanto me deseas de verdad.
Me besó antes de que pudiera responder. Yo ya no era la misma de aquella noche en el hotel. Esta vez estaba sobria, consciente y decidida. La empujé contra la pared y metí una rodilla entre sus piernas. Lorena soltó una risa corta, sorprendida, y me mordió el labio.
Le abrí la bata y le descubrí el cuerpo desnudo. Le chupé los pechos con hambre, apretándole el culo con las dos manos. Ella me desabrochó la blusa a tirones, me bajó el pantalón y se arrodilló frente a mí. Sentí su boca sobre mi coño por encima de la tanga y casi se me doblaron las rodillas.
—Ya venías mojada por mí —murmuró.
Me bajó la ropa interior y me lamió sin ceremonia, ahí mismo, de pie, mientras yo me sostenía de la pared. Su lengua subía y bajaba entre mis labios y cada cierto tiempo me metía dos dedos, sacándolos para volver a lamerme. Yo le agarré el pelo y empecé a follarle la cara, perdiendo la vergüenza por completo.
Luego la hice levantarse y la llevé a la cama. Me coloqué encima de ella y le abrí bien las piernas. Ver su coño tan abierto, tan mojado, fue suficiente para que me dieran ganas de devorarla. La lamí largo, profundo, metiendo la lengua dentro y subiendo después al clítoris para chuparlo. Lorena gemía sin esconderse, con las manos metidas en mi pelo y las caderas empujando hacia mi boca.
—No pares, Dani... así... joder, así...
Le metí dos dedos y los moví rápido mientras seguía chupándosela. Cuando sentí que empezaba a tensarse, añadí un tercero. Se corrió gritando mi nombre y empapándome la mano. La sensación me excitó tanto que me froté contra el colchón como una idiota hasta que ella me giró para devolverme el favor.
Después sacó un vibrador de un cajón. Negro, grueso, sin adornos. Me lo enseñó con una sonrisa de complicidad.
—Si vamos a ser amantes, vamos a hacerlo bien.
Me tumbó boca arriba, me abrió las piernas y primero me lo pasó por el clítoris, haciéndome retorcer por la vibración. Luego lo metió despacio dentro de mí, entrando y saliendo mientras me chupaba un pecho. Yo jadeaba, abierta para ella, sintiendo cómo alternaba el juguete con los dedos y con su boca. Acabé otra vez, temblando y suplicando que no parara.
Así siguió nuestra historia durante un tiempo. Yo regresaba a mi casa con la cara compuesta y las piernas flojas, llevando escondido entre los muslos el recuerdo de su lengua, sus dedos y sus juguetes. Seguía acostándome con mi marido como si nada, y cada vez que él me tocaba yo odiaba la mentira y al mismo tiempo recordaba a Lorena mordiendo mi cuello.
No me enorgullece contarlo. Tampoco voy a fingir arrepentimiento absoluto. La verdad es más incómoda: descubrí una parte de mí que llevaba años dormida y la desperté de la peor manera. Con engaño, con deseo, con una vecina que supo leer mis hambres antes que yo misma.
Nuestra relación se apagó cuando ella rehízo su vida y puso distancia. No hubo drama, solo menos mensajes, menos pretextos, menos puertas cerradas a media mañana. A veces todavía la veo en reuniones o desde la calle, y con una sola mirada me vuelve a la piel aquella primera noche.
Sigo casada. Mi esposo jamás supo lo que hice. Yo sí lo sé, y por eso lo cuento así, sin disfrazarlo. Fui fiel durante muchos años hasta que una confesión ajena abrió una grieta en mí. Entré por curiosidad, me quedé por placer y salí convertida en una mujer que ya no puede fingir que no conoce su propia oscuridad.
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