Mi primera vez con un hombre en un parque
Llevaba años diciendo que mi relación estaba bien, y en casi todo era verdad. Nos entendíamos, convivíamos sin dramas y, de puertas afuera, parecíamos una pareja sólida. El problema aparecía cuando cerrábamos la puerta del dormitorio. Allí todo se volvía escaso, rutinario y, a veces, directamente frustrante.
No es que yo viviera obsesionado, pero sí tenía un hambre sexual que iba acumulando. Me masturbaba mucho más de lo que admitía, casi siempre a escondidas, y el porno se convirtió en una salida fácil. Empecé por lo de siempre, luego fui buscando cosas más concretas, más intensas, y terminé excitándome con pollas más que con cualquier otra cosa.
Eso era lo que más me desconcertaba. Los hombres, en general, no me atraían como idea romántica. No fantaseaba con besarlos por la calle ni con tener novio. Pero ver una buena polla me volvía loco, me endurecía de una forma inmediata, incluso más que cualquier video heterosexual.
Durante semanas me repetí que era solo morbo. Una curiosidad. Un fetiche. Algo que podía quedarse en la pantalla del teléfono y en mis manos debajo de las sábanas. Pero el morbo, cuando se alimenta todos los días, acaba pidiendo algo más que imaginación.
Una tarde, estando solo en casa, me descargué una aplicación para hablar con hombres. Me dije que era solo para curiosear, para ver qué se decía ahí dentro, para calentarme un rato y ya. Empecé a responder mensajes sin saber muy bien cómo llevar la conversación. Algunos iban demasiado rápido. Otros me daban vergüenza.
Hasta que apareció uno distinto.
Se hacía llamar Iván, aunque seguramente tampoco era su nombre real. Tenía pareja, poca experiencia con hombres y la misma mezcla de miedo y ganas que llevaba yo encima. Eso me desarmó. No me estaba escribiendo alguien que pareciera dominar la situación; estaba hablando con alguien que deseaba lo mismo que yo y que, además, también estaba cruzando una línea.
Empezamos a hablar todos los días. Primero con prudencia, luego con detalle, y al final con una crudeza que me dejaba la polla dura dentro del pantalón mientras leía. Hablábamos de manos, de bocas, de corridas, de qué haríamos si estuviéramos solos. Yo contestaba con una mezcla de vergüenza y ansiedad. A veces apagaba el móvil prometiéndome no seguir. A la hora ya estaba otra vez escribiéndole.
Lo que terminó de romperme fue la anticipación. Saber que al otro lado había un hombre deseando exactamente lo mismo, describiendo cómo me la chuparía, cómo quería que yo le agarrara la polla, cómo le ponía la idea de hacerlo lejos de todo, con el miedo de que alguien pudiera aparecer. Esos mensajes me dejaban temblando.
Cuando propuso vernos, tardé varios días en responder que sí.
Mentí en casa. Dije que tenía que hacer un trámite después del trabajo y que volvería más tarde. Mientras lo decía, notaba una culpa sorda, pero debajo de esa culpa había una excitación tan fuerte que apenas podía disimularla. Todo el camino hasta el encuentro fui alternando entre pensar que estaba loco y pensar que, si no lo hacía esa tarde, iba a seguir soñando con ello durante meses.
Quedamos en un parque medio abandonado, entre dos pueblos, cerca de una zona de campo donde casi no pasaba nadie entre semana. Yo llegué antes. Aparqué lejos del camino principal, bajé del coche y me quedé apoyado en la puerta fingiendo calma. En realidad, tenía el pulso disparado y la polla empezando a engordar solo de pensar que en pocos minutos iba a ver a otro hombre sacar la suya delante de mí.
Cuando lo vi llegar, sentí un golpe en el estómago.
No era espectacular ni iba arreglado para impresionar. Justamente por eso me puso más. Era un tipo normal, adulto, discreto, con barba de pocos días, camiseta ajustada y esa cara de nervios que debía de ser igual a la mía. Aparcó, bajó del coche y se quedó a unos pasos, sonriendo con incomodidad.
—Pensé que me ibas a dejar tirado —me dijo.
—Yo también pensé en salir corriendo —admití.
Nos reímos por pura tensión. Hablamos un par de minutos sobre tonterías, solo para acostumbrarnos a estar allí. La conversación no importaba nada. Los dos mirábamos demasiado, demasiado rápido, y luego apartábamos la vista. Yo me fijaba en su paquete. Él, en el mío.
—Si quieres, vamos despacio —dijo, bajando la voz—. Nadie te obliga a nada.
Asentí. Me notaba la boca seca. Miré alrededor: árboles, una zona de tierra, un banco roto a lo lejos y el silencio de media tarde. El aire corría fresco, pero yo tenía calor por dentro.
—No sé ni cómo empezar —le confesé.
Él dio un paso más hacia mí.
—Empezamos sacándola. Solo eso.
La forma tan directa en que lo dijo me hizo tragar saliva. Me apoyé mejor contra el coche, me bajé la cremallera y saqué mi polla con la mano temblando. Ya estaba muy dura, completamente tiesa, con la punta brillante. Él soltó una exhalación baja, como si le gustara de verdad lo que estaba viendo.
Luego hizo lo mismo.
Cuando sacó la suya, entendí por qué había llegado hasta allí. Era una polla larga, gruesa, pesada, ya medio erecta nada más liberarla del pantalón. La agarró con seguridad y empezó a acariciársela despacio mientras me miraba. Yo me quedé clavado, fascinado. Verla en persona no tenía nada que ver con una pantalla. Era real, estaba a menos de un metro, y podía oler el sexo, el sudor limpio de la tarde, el aire rozándonos los huevos.
—¿Te gusta? —preguntó.
Se me escapó la verdad sin filtros.
—Muchísimo.
Él sonrió apenas.
—A mí me gusta cómo la tienes tú. Tócala. Quiero verte.
Empecé a pajearme mirándole la polla. Sentí un latigazo de placer instantáneo. El morbo de estar en mitad de ninguna parte, de estar haciendo algo que nunca había hecho y que no debía hacer, me tenía a punto de correrme casi desde el primer minuto. Él se masturbaba con calma, dejando que la piel subiera y bajara por el tronco mientras la cabeza se enrojecía más y más.
—Acércate —me dijo.
Di dos pasos y quedamos uno frente al otro, con los pantalones abiertos, las pollas fuera, respirando más fuerte de lo normal. Podía ver cómo su mano trabajaba arriba y abajo. Yo tenía tantas ganas de tocarla que me dolían los dedos.
—¿Quieres agarrarla?
—Sí.
—Entonces agárrala.
Le rodeé la polla con la mano y fue como cerrar los dedos sobre algo que llevaba demasiado tiempo imaginando. Estaba caliente, dura de verdad, con peso. Empecé a pajearle torpemente, probando el ritmo, sintiendo cómo la piel corría bajo mi palma. Él soltó un gemido breve y bajó la mano a mi verga, imitándome. El intercambio fue inmediato, brutal. Mi cuerpo respondió como si llevara años esperando esa escena.
—Joder —murmuré—, no sabía que esto me iba a poner así.
—Se te nota —dijo, apretándome un poco más fuerte.
La forma en que me la estaba pajeando me desarmó. Yo seguía con su polla en la mano, cada vez más confiado, pero apenas podía concentrarme. Él tenía experiencia suficiente para leerme el cuerpo. Me acariciaba los huevos, apretaba la base, variaba la velocidad. Cada vez que miraba su verga subir y bajar entre mis dedos, notaba que me acercaba peligrosamente al borde.
—Voy a correrme —avisé con vergüenza.
—Pues córrete. No la pares.
Eso me remató. Seguí moviendo mi mano sobre su polla mientras él aceleraba sobre la mía, y me corrí de golpe. Solté un gemido ronco, agaché la cabeza y empecé a vaciarme a chorros sobre mi mano y mi vientre. El orgasmo me dobló un poco las rodillas. Hacía tiempo que no me corría con tanta violencia. Él no dejó de tocarme hasta que terminé de temblar.
—Hostia —dijo entre dientes—. Sí que tenías ganas.
Respiré hondo, avergonzado y excitado a la vez.
—Lo siento. No he aguantado nada.
—¿Perdón por qué? —respondió—. Me ha puesto muchísimo verte correrte así.
Me miró con una mezcla de hambre y paciencia.
—Ahora dime la verdad. ¿Llevas todo este tiempo queriendo comértela?
No me dio tiempo a contestar con palabras. Ya estaba arrodillándome delante de él.
***
La primera vez que acerqué la cara a una polla ajena sentí una descarga de nervios que me tensó entero. La tenía enfrente, completamente dura, con la punta húmeda y un olor fuerte, limpio, masculino, que me excitó aún más. Saqué la lengua y la lamí despacio, probando el sabor, la textura, la realidad de aquello.
Él soltó el aire de golpe.
—Joder... así.
Seguí lamiendo desde la base hasta la punta, despacio, como si no quisiera perderme nada. Rodeé el glande con los labios y empecé a chupar con cuidado. Al principio fui torpe, pero las ganas compensaban cualquier falta de técnica. Quería sentirla entera en la boca, quería saber por qué la idea me había vuelto loco durante tanto tiempo.
Y en cuanto metí más y más, lo entendí.
Sentir su polla llenándome la boca, pesada sobre la lengua, rozándome el paladar, me puso a mil otra vez. Él me agarró suavemente del pelo, no para forzarme, sino para acompañar el ritmo. Yo subía y bajaba la cabeza, alternando chupadas profundas con lametones en la punta y besos húmedos en el tronco. Me tomé mi tiempo. Quería disfrutarla.
—Eres una puta maravilla para ser la primera vez —dijo con la voz ya rota.
Eso me excitó todavía más. Le abracé los muslos y seguí mamándosela, más confiado, dejando que la saliva resbalara por la base y me mojara los labios. De vez en cuando la sacaba casi entera solo para verla, brillante y dura, y volvía a hundírmela hasta donde podía. Sentía su respiración acelerarse. Sus piernas se tensaban cada vez que tragaba un poco más profundo.
Mi polla, aunque me había corrido hacía poco, ya estaba otra vez tiesa. Me colgaba entre las piernas, dura y sensible, latiéndome solo por el placer de chupar. El aire de fuera me golpeaba los huevos y me aumentaba el morbo de una forma salvaje. Estaba en un parque perdido, de rodillas ante otro hombre, con la boca llena de polla, y no quería estar en ningún otro sitio.
—Te voy a avisar —dijo—. Si sigo así, me corro.
Le miré desde abajo con la boca todavía alrededor de la punta y seguí chupando. No quería que se apartara. No quería que frenara. Había fantaseado demasiadas veces con ese momento como para cortar justo ahí.
Él entendió mi respuesta.
Empecé a moverme más rápido. Le pajeaba la base mientras me tragaba la parte de arriba, alternando succiones fuertes con pasadas largas de lengua por el frenillo. Sus gemidos se hicieron más sucios, más abiertos. Me decía tacos entre dientes. Me pidió más. Me llamó cabrón con una sonrisa rota de placer.
—Me corro, me corro de verdad —advirtió.
Saqué la polla de mi boca un segundo, respiré y volví a meterla hasta donde pude. Quería sentir el inicio. Quería merecerlo. Él empujó apenas las caderas y se corrió con un gemido largo, descargando caliente sobre mi lengua y dentro de la boca. Tragué una parte por reflejo; otra se me escapó por la comisura y me cayó en la barbilla. Siguió corriéndose unos segundos más, manchándome la cara, el cuello y parte del pecho.
El sabor, la temperatura y la violencia de su orgasmo me atravesaron. Sentí una presión brutal en la polla y, sin tocarme apenas, me corrí por segunda vez. El semen me saltó sobre mi vientre y la mano con la que aún le sujetaba la base. Me quedé allí, jadeando, con la boca medio llena y la cara pegajosa, incapaz de creer lo que acababa de hacer.
Él me miró como si tampoco terminara de asumirlo.
—No me jodas... ¿te has corrido otra vez?
Tragué lo que me quedaba en la boca y asentí, todavía de rodillas.
—Sí. No me había pasado nunca.
Me ayudó a levantarme. Tenía la sonrisa de alguien completamente satisfecho, pero también una mirada de incredulidad parecida a la mía. Nos limpiamos como pudimos con pañuelos y con la poca dignidad que queda después de una escena así. Pensé que quizá ahí terminaría todo, que el primer encuentro ya me había dado suficiente para recordar toda la vida.
Me equivoqué.
Él volvió a mirar mi polla, que otra vez empezaba a endurecerse.
—No me iré sin probarla yo —dijo.
Noté cómo me temblaban las piernas.
—Después de dos corridas, ¿todavía puedes?
Miré mi verga levantándose despacio, respondiendo sola a esa voz, a ese contexto, a esa promesa.
—Parece que sí.
***
Me apoyó de espaldas contra el coche y se agachó delante de mí. Ver a un hombre arrodillarse para chuparme después de todo lo que acabábamos de hacer me encendió de una manera completamente nueva. Yo había fantaseado con pollas, con bocas, con corridas, pero no con la imagen exacta de otro adulto dispuesto a darme placer con esa concentración. Y cuando abrió la boca y me pasó la lengua por la punta, se me doblaron los dedos de los pies dentro de las zapatillas.
—Joder —solté, llevándome una mano al techo del coche.
Él no respondió. Siguió trabajando. Me lamía la punta, el tronco, la vena de abajo, y luego me engullía de golpe varios centímetros para volver a sacarla despacio, dejándola cubierta de saliva. Su técnica no tenía nada que ver con mi torpeza anterior. Sabía exactamente cuánto apretar con los labios y cómo mover la lengua para que cada chupada me subiera por la columna.
Yo ya estaba durísimo otra vez. Dolorosamente duro.
Me separó un poco las piernas y me acarició los huevos mientras me la chupaba, combinando la boca con la mano. Cada vez que me hundía más la polla, yo tenía que contener el impulso de embestirle. El hecho de estar al aire libre lo intensificaba todo. Escuchábamos cualquier ruido a distancia. Un coche pasó lejos por el camino y ambos nos quedamos quietos unos segundos, mi polla todavía entre sus labios, el corazón disparado.
Cuando el sonido desapareció, él sonrió contra mi verga.
—Eso también te pone, ¿verdad?
—Muchísimo.
—Se nota cómo te late.
Volvió a metérsela en la boca, más profunda esta vez. La sensación me arrancó un gemido sucio. Le agarré del pelo con cuidado, solo para no perder el equilibrio. Él subía y bajaba la cabeza con ritmo constante, y de vez en cuando me miraba desde abajo, como si disfrutara viéndome deshacerme. Era humillante de la mejor manera posible: estar ahí, entregado, dejando que otro hombre me vaciara a mamadas en medio de un sitio donde no debía estar.
—Así me voy a correr otra vez —le advertí.
Él sacó la polla, la besó en la punta y me dijo:
—Eso es exactamente lo que quiero.
Luego volvió a chupar con más hambre. Me tragaba hasta donde podía, me pajeaba la base, me apretaba los huevos, y cada vez que yo intentaba recuperar aire, me remataba con una pasada lenta de lengua por el glande. No tardé nada en volver a sentir esa presión brutal en la ingle. Era imposible aguantar con la mezcla de morbo, culpa, aire fresco y la destreza de esa boca.
—Me corro, me corro ya —dije entre dientes.
Él no se apartó.
Al contrario, hundió más la boca y habló con mi polla todavía entre los labios.
—Córrete dentro. Lléname la boca.
Ese mandato me rompió. Noté cómo se me tensaba todo el cuerpo y empecé a correrme con una violencia casi animal. Él mantuvo la boca cerrada alrededor de la punta, tragando lo que podía mientras yo descargaba a chorros. Sentí cómo se me vaciaba la polla una y otra vez, espasmódica, interminable. Cuando por fin la sacó, aún cayó semen por su labio inferior. Se lo limpió con el pulgar y sonrió con satisfacción.
Yo me quedé apoyado contra el coche, temblando, sin fuerzas.
—Tres veces —murmuró—. No está nada mal para una primera cita.
Me reí, todavía jadeando.
—No sé ni cómo sigo de pie.
—Porque te hacía falta esto desde hace tiempo.
No supe qué contestar. La frase me golpeó porque era verdad.
Nos tomamos unos minutos para recomponernos. El silencio ya no era incómodo. Había una confianza rara, íntima y rápida, nacida de habernos visto corrernos sin disimulo, de habernos probado con una honestidad que no había tenido ni conmigo mismo. Hablamos de lo intenso que había sido, de lo absurdo de habernos entendido tan rápido, de lo mucho que había ayudado que ambos fuéramos sinceros con el morbo.
Él me dijo que la mamada le había parecido una de las mejores que le habían hecho. Yo le confesé que nunca me habían chupado así, que no recordaba tres orgasmos en una misma tarde y que me costaba creer que mi primera vez con un hombre hubiera sido tan salvaje. Nos miramos con esa complicidad de quienes saben que acaban de cruzar una frontera seria.
Antes de irnos, me tocó el brazo.
—Si quieres repetir, ya sabes dónde encontrarme.
Asentí, pero no prometí nada.
***
El camino de vuelta fue muy distinto al de ida. Ya no iba consumido por la expectativa, sino por una mezcla incómoda de placer satisfecho y culpa. Aún podía olerlo en mis dedos. Sentía la piel sensible, los huevos vacíos, la cabeza llena de imágenes que sabía que me acompañarían mucho tiempo. Y, junto a todo eso, el peso de haber engañado a mi pareja.
No me arrepentí de lo que hice con él. Sería mentira decir eso. Lo que me removió fue haberlo hecho mintiendo, escondiéndome, usando una excusa para vivir algo que deseaba. Esa fue la parte difícil de tragar al llegar a casa y actuar con normalidad.
Aun así, por más culpa que sintiera, no puedo negar que fue una de las experiencias sexuales más intensas de mi vida. No solo por el morbo de hacerlo con un hombre, sino por descubrir una parte de mí que llevaba años golpeando por dentro. Me había pasado media vida diciéndome que ciertas fantasías podían quedarse en fantasías. Aquella tarde comprobé que, cuando se vuelven demasiado insistentes, terminan encontrando una salida.
Con él seguí hablando un tiempo. Me volvió a proponer quedar, y yo estuve tentado más de una vez. Bastaba recordar su polla en mi boca o la forma en que me ordenó correrme para que se me endureciera otra vez. Pero también recordaba la cara de mi pareja, la mentira, el nudo en el pecho al volver a casa.
Por eso lo dejé ahí.
Le dije que había sido increíble, que no lo olvidaría y que, precisamente por eso, no debía repetir. Él lo entendió mejor de lo que esperaba. No insistió demasiado. Tal vez porque sabía, igual que yo, que lo vivido había sido real y suficiente como para quedarse grabado aunque no hubiera una segunda vez.
No sé si aquello definió mi orientación, ni siquiera sé si necesito ponerle una etiqueta. Lo único que tengo claro es que me ponen muchísimo las pollas y que aquella tarde dejé de imaginar para comprobarlo con mi propia boca, mis manos y mi cuerpo entero. Fui a ese parque creyendo que solo iba a quitarme una duda. Salí de allí con tres corridas encima, el recuerdo de una mamada brutal y una certeza que ya no puedo negar.
Hay cosas que el morbo despierta y ya no vuelven a dormirse del todo.