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Relatos Ardientes

La puta madura que no he podido olvidar

A veces me despierto de madrugada con la sensación exacta de sus manos en la nuca, como si el cuerpo tuviera memoria propia y se empeñara en traerla de vuelta cuando la cabeza ya había aceptado perderla. No me pasa con cualquier mujer. Me pasa con ella.

No debería llamarlo amor, y sin embargo tampoco me alcanza la palabra capricho. Fue una sola noche en un cuarto alquilado por horas, con una radio vieja sonando demasiado bajo y pasos ajenos en el pasillo. Una noche con una puta madura a la que yo había ido a buscar por deseo y de la que salí temblando por algo mucho peor.

La llamaré Samira, aunque no se llamaba así. Yo tampoco voy a dar mi nombre real. Hay recuerdos que se cuentan mejor si uno les cambia la cara, aunque no consiga cambiarles el peso.

Lo primero que me golpeó de ella fue la sonrisa. Amplia, blanca, descarada, de esas que no piden permiso para ocupar una habitación entera. Después vino el resto: el cuerpo grande, rotundo, moreno, lleno de curvas sin ninguna intención de disimularlas; las manos anchas con uñas rojas; la voz baja, suave, casi cansada, contrastando con una risa escandalosa que estallaba sin vergüenza.

Era una mujer claramente adulta, de las que ya han vivido demasiado y aun así siguen encontrando fuerzas para bromear. Llevaba el cabello negro recogido de cualquier manera, un vestido sencillo y unas sandalias gastadas. No parecía una fantasía armada para venderse. Parecía una persona real, y tal vez por eso me desarmó antes de tocarme.

Subimos al cuarto sin demasiadas palabras. El hotel era de esos sitios discretos donde nadie pregunta nada y todos miran a otro lado. Un pasillo angosto, una bombilla amarilla, una puerta con la pintura saltada y una cama que crujía antes incluso de usarla. Yo había estado nervioso otras veces; aquella noche, en cambio, me sentía expuesto.

Ella lo notó en cuanto cerró la puerta.

—Respira, mi niño bello —me dijo, apoyando una mano en mi pecho—. Nadie te corre aquí.

No me llamó así por estrategia. O al menos no sonó a estrategia. Sonó a ternura, y esa fue la primera grieta.

Dejó el bolso sobre una silla, se quitó los aretes y me observó con una mezcla rara de oficio y curiosidad. Yo seguía de pie junto a la cama, torpe, mirando su boca, sus hombros, el modo en que el vestido se pegaba a sus tetas grandes y a su vientre blando. Ella se dio cuenta de todo, por supuesto.

—¿Te gusto así como soy? —preguntó.

—Sí —contesté demasiado rápido.

Sonrió con una dulzura que me dejó sin defensa. Después se acercó, me tomó la cara con ambas manos y me besó despacio. No fue un beso de bienvenida profesional, ni uno apresurado. Metió la lengua con calma, húmeda, tibia, buscándome hasta que dejé de pensar. Yo le agarré la cintura y sentí bajo las palmas la carne abundante, caliente, viva.

Su cuerpo me excitó al instante. Las tetas pesadas bajo la tela, el culo ancho, los muslos gruesos. No era una perfección de revista y menos mal. Era mejor: tenía peso, textura, cicatrices pequeñas, marcas de sol, la clase de detalles que convierten a un cuerpo en una historia.

Nos sentamos en la cama sin separarnos la boca. Ella me besaba y me acariciaba el pelo, la nuca, las orejas. Yo le subí el vestido hasta los muslos y encontré unas medias cortas y unas piernas fuertes. Cuando hundí la mano entre ellas, soltó una risa breve.

—Con calma —murmuró—. Primero déjame mirarte.

Me desabrochó la camisa botón por botón, sin prisa, como si quisiera memorizarme. Luego pasó las yemas de los dedos por mi pecho y mi barriga hasta llegar al cinturón. Ya se me marcaba la erección con descaro. Ella la palpó por encima del pantalón y ladeó la cabeza.

—Así me gusta —dijo—. Duro antes de empezar.

Me bajó la bragueta, metió la mano y me sacó la polla despacio. Solo verla al aire me hizo jadear. Sus dedos eran grandes y delicados a la vez; me rodearon el tronco con firmeza y empezaron a mover la piel arriba y abajo con una lentitud cruel. Yo intenté besarla otra vez, pero ella me apartó con una sonrisa.

—Quieto. Ahora te toco yo.

Me llevó hasta el baño minúsculo del cuarto. Abrió la llave del lavabo, dejó correr un poco de agua tibia y, sin apartar los ojos de mí, mojó una toalla. Entonces me limpió la polla como si fuera algo valioso. Desde la base hasta el glande, con cuidado, retirando cualquier resto de sudor del día, dándome pequeños besos en el cuello mientras trabajaba. Sus tetas me rozaban el brazo y el hombro a cada movimiento.

—Mira cómo te pones —se rio en voz baja al sentirme endurecerme más—. Todavía ni te he chupado y ya estás temblando.

Yo estaba temblando de verdad. No solo por las ganas. También por la intimidad absurda de ese gesto. Nadie me había lavado así, con esa mezcla de mimo y descaro.

Volvimos a la cama. Ella se quitó el vestido por la cabeza y se quedó desnuda delante de mí. La imagen se me quedó clavada: la piel oscura, los pezones grandes y tensándose con el aire, el vientre suave, el sexo completamente rasurado salvo una sombra mínima que empezaba a salir, el culo redondo y pesado. Era una mujer madura sin esconder nada, y precisamente por eso me pareció deslumbrante.

Me empujó con suavidad hasta sentarme en el borde del colchón. Luego se arrodilló entre mis piernas y me sostuvo la polla con una mano mientras con la otra me acariciaba los huevos. Levantó la vista y me sonrió antes de sacar la lengua y lamerme la punta, apenas un roce. Se me escapó un gemido ridículo.

—No me vayas a durar tan poco —susurró.

Después abrió la boca y me tragó medio palo de una vez. Caliente. Mojado. Profundo. Mi espalda se arqueó sola. Ella retrocedió, dejó el glande brillante de saliva y volvió a metérselo, esta vez más hondo, chupando con fuerza. Cada vez que subía, su lengua giraba alrededor de la corona. Cada vez que bajaba, me miraba a los ojos como si quisiera ver exactamente cuánto me estaba deshaciendo.

No tardó nada en coger ritmo. Me agarró bien de la base y empezó a alternar succiones lentas con otras más rápidas, metiéndose mi polla hasta la garganta y sacándola con un ruido húmedo que me volvió loco. Sentía su respiración entrecortada, la presión de sus labios gruesos, la saliva cayendo por mi tronco hasta los huevos.

—Joder... —alcancé a decir.

Ella soltó la polla solo para escupirse en la mano y pajearme unas cuantas veces antes de volver a llevársela a la boca. Me chupó también los huevos, uno y luego el otro, con una dedicación obscena, y después volvió al glande, dándole besos pequeños antes de engullírmelo de nuevo. Cada vez que me la tragaba entera, yo sentía una descarga en las piernas.

—Así, mírame —ordenó con la voz rota—. Quiero verte cuando me follas la boca.

Me agarró de los muslos, dejó que empujara un poco y empezó a marcar ella misma el movimiento con la cabeza. No era una mamada tímida ni de trámite. Era una chupada seria, trabajada, de una mujer que sabía exactamente cómo llevarte al borde sin dejarte caer. Mi polla entraba y salía de su boca brillante, golpeándole las mejillas. Ella disfrutaba viéndome perder el control.

Cuando notó que estaba a punto, se apartó. Se incorporó sobre las rodillas, respirando fuerte, y acercó sus tetas a mi cara.

—Ahora chupa tú.

Obedecí sin pensar. Le mordí apenas un pezón y soltó un gemido ronco. Eran enormes, pesadas, de carne suave y caliente. Me las aplastó contra la boca mientras yo lamía y succionaba uno y luego otro pezón, sintiendo cómo se endurecían más. Ella me pasó una mano por el pelo y empezó a frotarse la entrepierna con la otra.

—Sí, así... ahí... —murmuraba—. No seas delicado de más, que aguanto.

Yo le besé el vientre, bajé hasta su sexo y se lo abrí con los dedos. Estaba mojada, muy mojada. Los labios oscuros se veían hinchados y brillantes, y por dentro el rosa claro asomaba húmedo y vivo. Metí la lengua sin pedir permiso, desde abajo hasta el clítoris, y ella me agarró del pelo con fuerza.

—Joder... sí... cómeme ese coño.

Se lo comí de verdad. A lengua ancha primero, lamiéndole toda la raja, y después concentrándome en el clítoris mientras mis dedos abrían más sus labios. Sabía fuerte, limpio, excitante. Ella jadeaba, se retorcía, me apretaba la cabeza contra su vulva y de vez en cuando me soltaba insultos cariñosos que me calentaban todavía más.

Metí un dedo, luego dos. Su interior me sorprendió: estrecho, firme, caliente. Apretó apenas y lanzó un gemido largo.

—Eso, mi niño bello... métemelos bien.

Se los bombeé despacio al principio y luego más rápido, mientras seguía lamiéndola. La oí reírse entre jadeos de pura incredulidad. Su pelvis empezaba a moverse sola contra mi cara. Cuando sintió el primer temblor, me apartó apenas.

—No me hagas correr todavía —dijo—. Quiero sentirte dentro primero.

Me tumbó boca arriba con una decisión que no esperaba y se subió encima de mí. Me agarró la polla, la acomodó entre sus labios empapados y se dejó caer lentamente. Sentí cómo me tragaba centímetro a centímetro, caliente, resbalosa, apretándome al entrar. Los dos gemimos al mismo tiempo.

—Mierda... —susurré.

—Eso es... todita —dijo ella, cerrando los ojos un instante.

Se quedó inmóvil apenas un segundo, saboreando la penetración, y luego empezó a moverse. Primero despacio, en círculos cortos de cadera, frotándose a cada bajada. Después más arriba y más abajo, cabalgándome con ganas. Sus tetas rebotaban frente a mí, su barriga temblaba, el colchón crujía como si fuera a romperse. Yo le agarraba los muslos y el culo, maravillado con la cantidad de carne que tenía para apretar.

Ella montaba como si necesitara vaciarse por dentro. Se mordía el labio, jadeaba, se llevaba una mano al clítoris y la otra a mi pecho. Me dejó marcas con las uñas mientras aceleraba. Yo la embestía desde abajo cuando bajaba lo suficiente, y cada golpe sacaba un sonido húmedo, espeso, cada vez más fuerte.

—No pares... no pares, carajo... —me dijo—. Así me gusta. Dura. Que se sienta.

La verga me entraba y salía de un coño amplísimo por fuera pero apretado por dentro, bañado en lubricación. Notaba sus paredes cerrándose cuando el placer le subía, y eso casi me hace correrme ahí mismo. Ella lo supo y frenó a tiempo, sonriendo con malicia.

Se bajó de mí y me hizo girar para sentarme al borde de la cama. Luego se colocó de espaldas, volvió a ensartarse y empezó a cabalgarme al revés. Desde ahí podía verle el culo abrirse y cerrarse con cada embestida, las caderas trabajando, la espalda arqueada. Se apoyó en mis rodillas y empezó a rebotar con una fuerza brutal.

—Mírame este culo —se burló, girando un poco la cabeza—. Dime si no te vuelve loco.

—Me vuelve loco.

—Entonces agárralo.

Lo hice. Le separé las nalgas, se las apreté, se las amasé mientras ella seguía follándome. El sudor le corría por la espalda. Yo veía cómo mi polla desaparecía entera dentro de ella y volvía a salir brillante. La visión era tan cruda y tan perfecta que me dejó sin palabras.

Cuando se cansó, se levantó de golpe, me empujó contra el colchón y se puso a cuatro patas. El cabello se le soltó entonces y le cayó por la espalda como una cortina negra.

—Ahora sí —dijo, mirando por encima del hombro—. Fóllame fuerte.

No tuve que oírlo dos veces. Me coloqué detrás, le abrí el culo con las manos para ver mejor su coño hinchado y le metí la polla de una sola embestida. El sonido que sacó fue mitad grito, mitad risa. Empecé a darle duro, sin ternura ya, clavando las caderas contra sus nalgas grandes una y otra vez. La cama golpeaba la pared. Ella se sujetaba del cabecero con una mano y con la otra se masturbaba furiosamente.

—Más fuerte, joder. Más. No me cuides tanto.

Le hice caso. Cada estocada entraba hasta el fondo. Sus labios mojados me golpeaban la pelvis y los pelos que empezaban a salirle me rozaban los huevos, ásperos, excitantes. Ella gemía sin filtro, con la boca abierta, pidiéndome polla como si se le fuera la vida en ello.

—Así... así, cabrón... métemela toda... toda...

Le agarré el pelo, se lo aparté del cuello y la incliné un poco más. Desde ese ángulo entraba todavía más hondo. Su coño me apretaba mejor, como si quisiera tragarme entero. Noté cómo empezaba a temblarle el culo, cómo los muslos se le tensaban.

—Me voy a correr —dijo entre dientes—. No pares, no se te ocurra parar.

Seguí golpeándola con todo lo que tenía. Ella se frotó más rápido el clítoris, lanzó un gemido larguísimo y se corrió. Lo sentí. Su vagina me apretó en oleadas, húmeda y caliente, atrapándome. Sus piernas flaquearon, pero aun así me pidió otra vez más.

La saqué solo para darle una palmada fuerte en una nalga. Se estremeció.

—Otra.

Se la di. No era un juego de dolor serio, solo excitación cruda. Ella empujó el culo hacia atrás, ofreciéndose, y yo volví a enterrársela. Follamos así varios minutos más, entre palmadas, gemidos y el ruido obsceno de nuestros cuerpos chocando.

Después la hice darse la vuelta. Quedó boca arriba, abierta de piernas, con las tetas desparramadas y el pecho subiendo y bajando. Tenía el coño hinchado, reluciente, pidiendo más. Me llamó con un dedo.

—Ven aquí y métela como a mí me gusta.

Le levanté una pierna hasta mi hombro y entré otra vez. Desde arriba la penetración fue distinta, más profunda, más cerrada. Ella me rodeó la cintura con la otra pierna y me cubrió la cara de besos húmedos, desordenados, metiéndome la lengua hasta dejarme sin aire. Cada beso se mezclaba con una embestida.

—Dura como una piedra... así... no la saques tanto... déjamela dentro... —susurraba entre jadeos.

Yo obedecía y al mismo tiempo perdía la cabeza. Le follaba el coño a golpes cortos y profundos, restregándole el pubis con cada entrada. Ella tenía una mano en mi nuca y otra estrujándose un pezón. Los ojos se le entrecerraban de puro placer.

Bajé a morderle una teta mientras seguía dentro. Ella gimió y me agarró la cara para hacerme mirarla.

—¿Qué me has hecho tú? —me dijo con una mezcla de risa y asombro.

Escuchar eso en medio de aquella escena me descolocó. No porque fuera una frase bonita, sino porque sonó sincera. Como si por un segundo ella también hubiera olvidado el cuarto, el dinero, la rutina.

Quise contestarle, pero en vez de palabras me salió una embestida más profunda que la hizo arquearse entera. Me pidió que no me corriera fuera. Quería sentirlo dentro. Me lo dijo sin romanticismo y, sin embargo, a mí me sonó íntimo.

La follé hasta que empecé a perder el control de las piernas. El orgasmo me subió brutal, cerrándome la garganta. Ella notó el cambio, me abrazó fuerte y me mantuvo dentro.

—Sí, sí... córrete... aquí... conmigo...

Me corrí enterrado hasta el fondo, descargando a pulsos dentro de su coño caliente. Sentí el cuerpo quedarse sin aire durante unos segundos, como si todo se apagara salvo esa contracción ciega y feliz. Ella siguió apretándome con las piernas, recibiéndome, gimiendo bajo conmigo.

Nos quedamos inmóviles un momento. Sudados. Pegados. Ridículamente pegados para dos desconocidos.

***

Cuando salí de ella, pensé que todo terminaría ahí, como siempre terminan esas cosas: una ducha rápida, ropa, dinero, adiós. Pero no fue así. Ella se tumbó de costado y tiró de mí para que apoyara la cabeza sobre su vientre. Me acarició el pelo en silencio.

Su barriga era blanda y tibia. Su respiración iba volviendo a la normalidad. Yo le pasaba la mano por la cadera, por las cicatrices pequeñas de la piel, por la espalda ancha. No había nada espectacular en el gesto y por eso fue devastador.

—Conmigo la pasaste bien de verdad —dijo al fin, sin presumir.

—Sí.

—Se nota cuando no mienten.

Se incorporó para encender un cigarrillo junto a la ventana entreabierta. El humo dibujó una niebla fina alrededor de su cara. Seguía desnuda y no parecía posar; simplemente estaba ahí, grande, cansada, hermosa a su manera, con esa sonrisa blanca regresando poco a poco.

Me ofreció un trago de una botella pequeña de crema que sacó del bolso y una chocolatina aplastada. Nos reímos de lo absurdo de la escena. Después volvió a la cama y me besó otra vez, más tierno, como si el sexo feroz de antes hubiera dejado sitio a otra clase de cercanía.

Nos tocamos de nuevo, más despacio. Yo le chupé las tetas mientras ella me acariciaba semidormida. Me pidió que le diera solo un poco más, y le metí dos dedos mientras la besaba. Se corrió otra vez, suave, apretando los muslos alrededor de mi mano, murmurando mi apodo contra la almohada.

Antes de irme, me tomó la cara entre sus manos grandes.

—De ti me voy a acordar.

Quise decirle que yo también, pero me dio vergüenza sonar demasiado sincero. Le pagué, me vestí y salí al pasillo con la sensación de haber dejado algo mío tirado en esa habitación.

Durante días pensé en llamarla. Paseé más de una vez por aquella calle haciéndome el casual, mirando el portal del hotel como un idiota. Me masturbé recordando cómo me chupaba, cómo me montaba, cómo me exigía más fuerte. Pero no era solo el sexo. Ojalá hubiera sido solo eso.

Lo que me perseguía era la mezcla. Su ternura después de la obscenidad. Sus manos de mujer fuerte lavándome la polla como si cuidaran de mí. La manera en que dijo «¿Qué me has hecho tú?» como si yo le hubiera movido algo verdadero. La forma en que se acurrucó a mi lado en busca de caricias que nadie le daba.

No creo en milagros sentimentales. No creo que el amor nazca limpio en un cuarto de hotel entre una trabajadora sexual y un cliente. La vida real no se organiza para que los poetas tengan razón. Y, sin embargo, cuando me acuerdo de esa noche, cuando el cuerpo me vuelve a llevar allí sin pedir permiso, me cuesta llamarlo de otro modo.

A veces la recuerdo de rodillas, mirándome desde abajo antes de tragarse mi polla. A veces la recuerdo a cuatro patas, ordenándome que la follara más duro. A veces la recuerdo simplemente riéndose con el cigarrillo en la mano, desnuda, adulta, cansada y dulce, como si el mundo todavía no hubiera conseguido romperla del todo.

Y en las noches solitarias, cuando el deseo y la tristeza se parecen demasiado, sigo oyendo su voz baja en la oscuridad. Sigo sintiendo su coño apretándome al correrse, su lengua en mi boca, sus pechos pesados contra mi pecho. Sigo preguntándome si aquella frase era solo parte del oficio o si de verdad, por unas horas, nos pasó algo a los dos.

No lo sé. Tal vez nunca lo sepa.

Lo único seguro es esto: he follado con otras mujeres antes y después. Algunas más jóvenes, algunas más bellas, algunas más entregadas. Pero ninguna me dejó ese nudo en la garganta al vestirme, esa necesidad absurda de volver a verla, ese recuerdo terco que se cuela incluso cuando creo haberla olvidado.

Así que, si alguna vez vuelvo a encontrarla por una de esas bromas crueles del destino, sé que no voy a preguntarle cuánto cobra ni cuánto tiempo tenemos. Lo primero que voy a querer saber es si todavía se acuerda de mí.

Y lo segundo, si me mira otra vez con esos ojos oscuros y me llama «mi niño bello», será cerrar la puerta, empujarla contra la pared y volver a hundirme en ese cuerpo enorme y caliente que no he podido sacar de la cabeza desde entonces.

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Comentarios(4)

PatoMDP

que relato!!! me dejo sin palabras, en serio

MoraSur19

Por favor escribi mas, me quede con muchas ganas de saber que paso despues con ella

NandoViajero

me recordo a algo que me paso hace años con una mujer mayor. esas cosas no se olvidan nunca, tenes razon en el titulo

GabiFlor_Mdp

no es facil encontrar algo tan sincero por aca, se ve que fue una experiencia que te marco de verdad

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