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Relatos Ardientes

El chat de oficina que nos llevó al baño

Todo empezó como empiezan las cosas que después se vuelven imposibles de frenar: con una broma escrita a media tarde, en una ventana lateral del chat interno de la empresa, mientras alrededor sonaban teclados, llamadas y el zumbido del aire acondicionado. Yo llevaba meses trabajando con Luciana en el mismo piso, cruzándomela en reuniones, en la máquina de café y en esos pasillos largos donde uno siempre finge prisa aunque en realidad solo quiera mirar otra vez.

Ella no era de las que coqueteaban con cualquiera. Justamente por eso me desarmó cuando un martes, después de una videollamada eterna, apareció su mensaje en mi pantalla.

—Me distraes cuando te aflojas la corbata.

Me quedé mirando esa frase como un idiota. Tardé casi un minuto en responder, aunque por dentro ya me había recorrido una sacudida caliente.

—Y tú me distraes cuando te haces la seria.

Ella tardó poco.

—Entonces ya estamos jodidos los dos.

Desde ese día dejamos de hablarnos como compañeros y empezamos a medirnos como dos adultos con ganas de meterse en un problema. En las reuniones apenas sosteníamos la mirada unos segundos de más, pero esos segundos bastaban para dejarme duro bajo el escritorio. Si ella se inclinaba sobre la mesa para señalar algo en una presentación, yo no oía una mierda de lo que decía el resto. Solo notaba su perfume, la curva de su cuello, la forma en que rozaba adrede mis dedos al pasarme un informe.

Luciana también jugaba. A veces me escribía desde el otro extremo de la oficina mientras yo la veía teclear sin levantar la cabeza.

—Si sigues mirándome así, voy a pensar que quieres hacer algo más que revisar reportes.

—Hace rato que quiero algo más.

—Lo sé.

Ese «lo sé» me tuvo una noche entera dando vueltas en la cama. No porque fuera romántico, sino porque era una puerta entreabierta. Ella sabía exactamente lo que provocaba. Y yo ya no estaba fingiendo profesionalismo: me masturbaba pensando en esa boca, en esas piernas cruzadas bajo la mesa de reuniones, en la tensión sucia de tocarla a escondidas donde cualquiera pudiera sorprendernos.

El viernes en que todo explotó, la oficina estaba medio vacía por un cierre de semana pesado. Mucha gente trabajaba desde casa y los pocos que quedábamos teníamos esa cara de cansancio que da libertad, porque nadie presta atención a nada salvo a irse cuanto antes. Yo estaba terminando un informe cuando vi parpadear su nombre en la esquina de la pantalla.

—No aguanto más.

Sentí el latido en la garganta.

—No me jodas.

—No te estoy jodiendo.

Pasaron unos segundos. Vi que seguía escribiendo.

—Ven al baño del tercer piso. Cinco minutos.

No contesté. Cerré la planilla, agarré el teléfono y me levanté con esa falsa calma que uno ensaya cuando en realidad está a punto de hacer una estupidez deliciosa. Esperé el ascensor con una carpeta en la mano para disimular, subí solo y recorrí el pasillo sintiendo que cada paso hacía demasiado ruido. Afuera del baño no había nadie. Empujé la puerta, entré y eché el seguro.

Luciana estaba apoyada contra el lavamanos, con la chaqueta abierta y una expresión que ya no tenía nada que ver con la de la oficina. No sonrió. No hizo falta. Me miró de arriba abajo, lenta, como si en ese instante estuviera terminando de decidir algo que en realidad ya había decidido hacía semanas.

—Pensé que ibas a tardar más —dijo.

—Llevo días viniendo hacia aquí.

Esta vez sí sonrió, apenas. Después dio un paso al frente y me agarró de la corbata para acercarme a su boca.

El beso fue seco al principio, directo, con dientes chocando apenas por la urgencia. Yo la sujeté de la cintura y la apreté contra el borde del lavamanos. Sentí el golpe de su cadera, el calor de su cuerpo bajo la ropa y ese gemido corto que soltó cuando mi lengua se metió en su boca sin pedir permiso. Besarla así, por fin, fue peor que imaginarla. Porque ya no había pantalla, ni frases medidas, ni excusas. Solo saliva, respiración pesada y manos recorriendo donde durante semanas solo habíamos fantaseado.

—Tenía ganas de arrancarte la ropa en cada reunión —me dijo contra la boca, jadeando.

—Hazlo.

Me abrió la camisa con una torpeza ansiosa, saltando un botón. Yo le metí las manos por debajo de la blusa y subí hasta abarcarle las tetas por encima del sostén. Las apreté fuerte. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco, nada discreto, que rebotó en los azulejos del baño.

—Baja la voz —murmuré, aunque a mí mismo me excitó oírla así.

—Entonces deja de tocarme como si fueras a romperme.

Le mordí el cuello. Sentí cómo se arqueaba. Mis dedos se colaron por su espalda, desabroché el sostén y lo aflojé lo justo para sacar una teta por encima de la copa. Se la chupé a través de la prisa, con la palma de la otra mano bajándole la falda hasta medio muslo. Luciana respiraba cada vez más rápido, abriendo las piernas para dejarme sitio.

Metí la mano entre sus muslos y encontré la tela de sus bragas mojada. Empapada. Eso me calentó todavía más que verla. Froté con dos dedos por encima de la tela, presionando en círculos, y ella me clavó las uñas en los hombros.

—Joder —susurró—. Mira cómo me tienes.

—Así te quería encontrar.

Le aparté la tela a un lado y hundí dos dedos dentro de su coño de golpe. Se le escapó un jadeo más alto y tuve que taparle la boca con un beso inmediato. Estaba caliente, apretada, reaccionando con espasmos a cada movimiento de mis dedos. Entraba y salía despacio solo para provocarla, notando cómo su humedad me empapaba la mano mientras ella se retorcía contra el lavamanos buscando más fondo.

—No juegues conmigo ahora —me dijo al oído—. Si me haces venir antes de follarme, te mato.

Me reí contra su cuello, excitado por su tono mandón, por la forma en que me exigía justo lo que yo quería darle. Saqué los dedos y ella los siguió con la mirada, viendo su propia humedad brillando en mis nudillos. Se los metí en la boca. Los chupó sin dejar de mirarme, lenta, obscenamente, lamiendo hasta la base. Ahí perdí lo poco de control que me quedaba.

La giré y la pegué de espaldas al espejo. Le bajé más la falda y me arrodillé frente a ella. Sus ojos se abrieron apenas.

—¿Qué haces?

—Voy a callarte la boca de otra forma.

Le bajé las bragas hasta las rodillas y la abrí con ambas manos. Su coño estaba hinchado, brillante, latiendo. Verla así en un baño de oficina, con la falda arrugada en la cintura y el sostén medio abierto, fue tan sucio y perfecto que tuve que agarrarla con fuerza por los muslos antes de lanzarme. Le pasé la lengua de abajo arriba, despacio, y Luciana soltó un quejido ahogado, llevándose una mano a la boca por reflejo.

No la dejé acostumbrarse. Abrí más las piernas y la lamí con hambre, hundiendo la lengua una y otra vez, chupándole el clítoris hasta ponerlo duro bajo mi boca. Ella temblaba contra el espejo, una mano clavada en mi pelo, la otra aferrada al borde del lavamanos. Cada vez que su cadera se empujaba hacia delante yo la sujetaba para que no escapara del ritmo que le marcaba.

—Así... así... no pares —dijo entre jadeos—. Joder, sigue.

Metí dos dedos de nuevo mientras la chupaba, curvándolos dentro de ella. La mezcla de su sabor, sus gemidos contenidos y el riesgo de que alguien empujara la puerta me puso la polla dura hasta doler. Luciana empezó a moverse sin vergüenza, restregándose contra mi cara, perdiendo por completo esa compostura elegante con la que se sentaba frente al director en las reuniones.

—¿Te gusta que te coma así en el trabajo? —murmuré sin apartarme del todo.

—Sí.

—Dilo bien.

—Sí, me encanta. Me encanta que me comas el coño aquí, como una perra salida.

La respuesta me golpeó directamente en la entrepierna. Volví a lamerla con más fuerza, alternando succiones en el clítoris con dedos profundos y rápidos. Ella ya no podía quedarse quieta. Me tiraba del pelo, jadeaba mi nombre, se mordía la muñeca para no gritar. Cuando empezó a cerrarse alrededor de mis dedos supe que estaba al borde.

—No te corras todavía —le ordené, levantándome antes de que cayera.

Me miró con rabia y deseo mezclados, el pecho subiendo y bajando, el labial corrido.

—Hijo de puta.

—Todavía no. Pero en dos minutos, sí.

La vi bajar la mirada hacia mi pantalón abultado. Sin dejar de jadear, se arrodilló delante de mí. Me abrió el cinturón con manos rápidas, bajó la cremallera y metió la mano dentro del bóxer para sacarme la polla. El aire frío me pegó un segundo, pero enseguida su mano cerrada alrededor me hizo apretar los dientes.

Luciana la acarició de arriba abajo, lenta, disfrutando mi reacción. Después levantó la vista y me habló con esa voz rota que ya no tenía nada de ejecutiva impecable.

—Llevaba semanas imaginando esto.

Escupió en la punta y repartió la humedad con la palma antes de metérsela en la boca. Entró despacio, tragando solo la cabeza, lamiendo alrededor con una precisión que me hizo soltar un gemido seco. Luego bajó más. Su boca se cerró caliente, húmeda, apretada, mientras la mano trabajaba el resto con ritmo parejo.

Apoyé una mano en el espejo y la otra en su nuca. No para forzarla, sino porque necesitaba agarrarme de algo. Luciana mamaba con ganas de verdad, sin delicadeza de principiante ni vergüenza de amante tímida. Sacaba la lengua al retirarse, me chupaba los huevos, volvía a llenarse la boca y gemía bajito con la polla dentro como si también se estuviera masturbando con aquello.

—Mírame —le pedí.

Me obedeció sin sacársela del todo. Esa imagen casi me hizo correrme ahí mismo: ella de rodillas, la blusa abierta, el rímel apenas corrido, chupándome mientras me sostenía la mirada con un descaro brutal. Le empujé un poco la cabeza y siguió el movimiento, dejándome marcarle el ritmo. El sonido húmedo llenaba el baño. Yo respiraba cada vez peor.

—Joder, Luciana... así...

Ella aceleró. Más profundo, más rápido, tragando con la garganta relajada hasta donde le daba. Cada vez que se retiraba dejaba un hilo de saliva uniendo su boca a mi polla, y volvía a bajarla con la mano tan firme que me hizo temblar las piernas. Notó que estaba cerca y se apartó justo a tiempo, sonriendo con la respiración agitada.

—Ni se te ocurra correrte ahora —dijo—. Quiero sentirte dentro.

La levanté de golpe y la besé saboreando mi propio sabor en su lengua. Le di la vuelta, la incliné sobre el lavamanos y le subí la falda hasta la cintura. Se abrió sola, apoyando los antebrazos sobre el mármol, ofreciéndose sin una gota de pudor. Le bajé las bragas hasta los tobillos y me tomé un segundo para mirarla: el culo tenso, las piernas temblando, el coño mojado esperando.

—Si alguien llama, no hagas ruido —le dije mientras me colocaba detrás.

—Si entras de una puta vez, prometo intentarlo.

Le agarré una nalga con fuerza y pasé la punta por su entrada, empapándome más. Después empujé. Entré de una sola embestida, hasta el fondo. Luciana soltó un grito ahogado y lo tapó mordiéndose el brazo. Yo me quedé un segundo enterrado en ella, sintiendo cómo me apretaba entera, caliente, viva, como si también hubiera pasado semanas reservándome ese sitio exacto.

—Mierda... —jadeó—. Sí. Sí, así.

Empecé a moverme sin suavidad, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con golpes secos que hacían chocar el lavamanos contra la pared. El sonido era obsceno: piel, respiración, humedad. Ella echó el culo hacia atrás para recibirme mejor y yo aproveché para follarla más fuerte, sujetándola de la cintura con una mano y del pelo con la otra.

—Te quería así desde el primer mensaje —le dije entre dientes.

—Y yo quería que me follaras aquí desde la primera vez que te vi mirar mis piernas.

Cada frase la excitaba más. Se notaba en cómo su coño me apretaba, en cómo movía las caderas para buscar el golpe exacto. Le solté el pelo y llevé una mano entre sus piernas. Empecé a frotarle el clítoris al ritmo de las embestidas. Luciana casi se deshizo.

—No pares, no pares, no pares —repetía como una orden y una súplica al mismo tiempo.

Afuera se oyó el paso de alguien por el pasillo. Los dos nos quedamos tensos un segundo, escuchando. Nadie tocó la puerta. Ese peligro de ser descubiertos me puso todavía más animal. Le bajé más el torso contra el mármol y seguí dándole duro, haciendo que sus gemidos se mezclaran con el eco del baño.

—¿Te excita que puedan oírte? —le pregunté.

—Sí... me pone loca... que sepan que me estás reventando el coño y no puedan hacer nada.

—Mírate cómo hablas ahora.

—Porque me estás follando como quería.

Saqué la polla y la hice girar hacia mí. La levanté por los muslos hasta sentarla en el borde del lavamanos. Ella me rodeó la cintura con las piernas, desesperada. Entré otra vez de frente, viendo su cara mientras la penetraba. Esa posición me dejaba hundirme más. Luciana me agarró la mandíbula y me besó a medias, con pequeños jadeos cortándola en cada empujón.

Yo le agarraba las tetas, se las apretaba, se las chupaba entre una embestida y otra, mientras ella me recibía abriéndose más, húmeda, temblorosa. El espejo frente a nosotros devolvía una imagen brutal: dos compañeros de oficina deshechos, despeinados, sudados, follando como si quisieran recuperar de golpe todas las horas de contención.

—Voy a correrme —dijo, con la voz ya quebrada.

—Hazlo.

Le metí la mano de nuevo entre las piernas y froté rápido, sin darle tregua, mientras seguía penetrándola con golpes duros y profundos. Luciana se puso rígida, clavó los talones en mi espalda y se corrió con un espasmo largo que le arrancó un gemido ronco imposible de disimular. Sentí cómo su coño se contraía alrededor de mi polla una y otra vez, mojándome más, atrapándome.

Verla correrse así me empujó al borde. La saqué del lavamanos, la giré otra vez y la incliné apenas, entrándole por detrás con un ritmo salvaje, corto, cada vez más torpe. Ella seguía temblando del orgasmo, pero aun así echó la cadera hacia atrás para que no aflojara.

—Dentro —me dijo, todavía jadeando—. Córrete dentro.

Esa frase me rompió. La agarré con más fuerza y embestí tres veces más, profundas, desordenadas, hasta que me corrí con un gemido que no pude tragarme. Sentí la descarga brutal subir desde el vientre y vaciarse dentro de ella en pulsos espesos, mientras todo mi cuerpo se tensaba y se rendía a la vez. Me quedé pegado a su espalda, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Luciana apoyó la frente en el espejo y se rió bajito, todavía sin aliento. Yo seguía dentro de ella, ablandándome despacio, con las manos fijas en su cintura.

—Joder... —murmuró—. Ahora sí cruzamos la línea.

Le besé el hombro, luego el cuello, más calmado pero todavía ardiendo.

—La cruzamos hace semanas. Hoy solo dejamos de fingir.

Salí despacio y vi cómo ella apretaba los muslos por reflejo. Busqué papel, la limpié con una torpeza casi tierna que contrastaba con lo que acabábamos de hacer. Ella se acomodó la ropa, volvió a subirse las bragas y cerró el sostén con dedos aún temblorosos. Yo me abroché el pantalón y recogí del suelo el botón arrancado de mi camisa.

Nos miramos en el espejo. Parecíamos dos adultos tratando de recomponerse después de un accidente delicioso. Labios hinchados, pelo desordenado, respiración todavía desigual. Luciana se arregló un mechón detrás de la oreja y me sonrió de lado.

—En diez minutos tengo una reunión con compras —dijo—. Espero poder sentarme sin pensar en esto.

—Yo espero poder verte sin que se me note.

—Se te va a notar.

Se acercó, me besó una última vez, más lento, con gusto a final y amenaza. Cuando se apartó, me acomodó la corbata como si ese gesto pudiera borrar lo ocurrido.

—No me escribas durante media hora —dijo—. O no respondo de forma decente.

—¿Y después?

Abrió el seguro de la puerta y antes de salir me lanzó una mirada cargada de promesas.

—Después me cuentas qué baño te gusta más. Porque este ya se nos quedó corto.

Se fue primero, con el paso firme de siempre. Yo esperé un poco, lavándome las manos, respirando hondo, tratando de devolverle a mi cara una normalidad imposible. Pero cuando bajé otra vez a mi escritorio y la vi al fondo de la oficina hablando con total calma frente a una pantalla, supe que no había vuelta atrás.

Mi ordenador seguía encendido. A los pocos segundos, apareció una nueva notificación.

—Confírmame algo.

Tragué saliva y tecleé.

—¿Qué cosa?

Su respuesta llegó enseguida.

—Que esto recién empieza.

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Comentarios(5)

confesor_7

Buenisimo!! me encanto, seguí escribiendo así

Caro_Pba

Me dejaste con ganas de mas, por favor una segunda parte!! quede re enganchada

MikeDelRio

Jaja me recordo a algo muy parecido que me paso con una compañera de trabajo, el morbo del chat previo es otro nivel totalmente

PaulaZ

Muy bien narrado, se siente autentico. Una de las mejores confesiones que lei acá en mucho tiempo!!

andres_mp

Siguieron viendose despues o fue una sola vez? me dejo con la intriga jaja

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