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Relatos Ardientes

La visita de mi enfermera en el hospital

Tuve el accidente por idiota. No hay forma más elegante de decirlo. Salí con la moto aun sabiendo que algo no iba bien, y una curva mal tomada me mandó al asfalto con golpes por todas partes, una pierna inmovilizada, varias costillas resentidas y el cuerpo medio envuelto en vendas y férulas durante semanas.

No era grave, eso repetían todos, pero estaba hecho polvo. Apenas podía moverme sin ayuda, dormir era incómodo y hasta sostener el teléfono me costaba. Lo peor no era el dolor, sino la sensación de estar atrapado dentro de mi propio cuerpo, inmóvil, sudando de rabia y aburrimiento en una habitación blanca que olía a desinfectante.

Mi novia, Renata, estaba fuera de la ciudad por trabajo cuando pasó todo. Le avisaron antes de que yo pudiera llamarla, y la primera vez que escuché su voz al otro lado del teléfono casi me quebré. Me preguntó si estaba entero, me insultó con cariño por bruto y me prometió que iría a verme en cuanto encontrara la forma.

—No hagas locuras ahí también —me dijo.

—Difícil, no me puedo ni rascar bien —contesté.

Ella se rió, pero debajo de esa risa había preocupación. Yo la conocía demasiado bien. Cuando se asustaba de verdad, se volvía más dulce y más autoritaria al mismo tiempo.

Pasaron dos días lentos. Entre controles, medicación y visitas cortas de enfermeros, yo me iba apagando. Extrañaba su voz, su olor, la manera en que me tocaba el cuello cuando quería calmarme. También extrañaba el sexo, claro. Aunque estuviera maltrecho, seguía siendo un hombre con la polla viva y la cabeza llena de imágenes de ella.

La tercera noche me quedé dormido temprano. Recuerdo la luz tenue del monitor, el rumor lejano de un carrito en el pasillo y ese cansancio espeso que deja el calmante. No sé cuánto tiempo pasó hasta que noté una mano en mi pecho, suave, lenta, dibujando círculos sobre la sábana.

Abrí los ojos de golpe.

Frente a mi cama había una figura vestida de blanco. Llevaba cofia, mascarilla y una bata cerrada hasta el cuello. Por un segundo pensé que era una enfermera de verdad, pero aquella mano no tenía nada de profesional. Me acariciaba como si me conociera de memoria.

—No hagas ruido —susurró.

Reconocí su voz antes de verle la cara. Renata se bajó la mascarilla despacio y me dedicó esa sonrisa que siempre me desarma, una mezcla de ternura y malicia. Sentí un vuelco en el pecho.

—¿Qué carajo haces aquí? —murmuré.

Ella me tapó la boca con dos dedos.

—Shhh. Tu enfermera privada vino a revisar a un paciente terco.

La puerta estaba cerrada. La cortina corrida. El reloj marcaba pasada la medianoche. Mi corazón empezó a latir más fuerte, no por miedo, sino por esa excitación absurda que te sube por el cuerpo cuando sabes que algo prohibido está a punto de pasar.

Renata se apartó un paso y se abrió la bata. Debajo llevaba el uniforme blanco desabrochado casi por completo, dejando ver la piel de su pecho y el borde de un sostén sencillo, más provocador precisamente por eso. No era un show de revista; era ella, una mujer adulta que había venido a buscarme con hambre en los ojos.

—Te veo muy quieto —dijo, mirándome de arriba abajo—. Pero también te veo despierto.

Yo no podía incorporarme mucho, apenas girar el torso y mover un brazo con cuidado. Aun así, la sangre me bajó directo a la entrepierna. La sábana se levantó lo justo para delatarme, y ella soltó una risita baja.

—Eso quería comprobar.

Se sentó al borde de la cama, apartó con cuidado parte de la sábana y me besó. No fue un beso dulce de reencuentro. Fue húmedo, profundo, insistente, como si hubiera pasado el viaje entero pensando en meterme la lengua hasta dejarme sin aire. Yo abrí la boca para ella y gemí contra sus labios cuando me mordió apenas el inferior.

—Te extrañé —le dije.

—Más te vale.

Su mano bajó por mi abdomen con lentitud. Sorteó vendajes, bordes de tela, elástico del pantalón del hospital. Cuando me encontró duro, apretó por encima de la ropa y me arrancó un jadeo torpe. Yo no podía hacer gran cosa salvo abrir las piernas lo que me permitían los dolores y entregarme a sus manos.

—Mira nada más —murmuró—. Medio roto y con ganas de follar.

—Contigo, siempre.

Ella sonrió con una satisfacción casi cruel. Metió la mano dentro del pantalón y me envolvió la polla con los dedos. El primer contacto directo me sacudió entero. Llevaba días sin tocarme bien y sentirla así, tibia y firme, fue demasiado. Solté un gemido que ella me apagó con otro beso.

—Baja la voz —me ordenó—. Si nos descubren, la culpa será tuya por caliente.

Empezó a pajearme despacio, subiendo y bajando con un ritmo exacto, deteniéndose de vez en cuando para frotar el pulgar sobre la punta ya húmeda. Yo apretaba la sábana con una mano, el cuerpo rígido por no poder moverme como quería. La impotencia física me excitaba más de la cuenta. Estar inmóvil y depender de ella me ponía la polla más dura todavía.

Renata lo notó enseguida. Siempre lo notaba todo.

—¿Te gusta estar ahí tirado y que yo haga lo que se me dé la gana?

—Sí.

—Dilo bien.

Tragué saliva. —Sí, me encanta.

Se inclinó para besarme el cuello y, sin dejar de mover la mano, se abrió por completo el uniforme. Sus tetas quedaron medio libres dentro del sostén, pesadas, llenas, rozándome el brazo cada vez que se inclinaba. Pude tomar una con mi mano menos torpe y apretarla. Ella soltó un suspiro satisfecho.

—Así, cariño. Tócalas. Para eso vine.

Le bajé una copa del sostén como pude y atrapó mi boca con el pezón. Lo chupé con ansia, sintiendo cómo se le erizaba mientras ella aceleraba la mano sobre mi polla. El contraste entre mi torpeza y su control me estaba volviendo loco. Cada caricia suya parecía más intensa porque yo no podía responder de la misma manera.

—Joder, Renata...

—Eso. Quiero oírte.

Le masajeé la otra teta, la besé, la lamí. Ella se retorció encima del colchón y me frotó la polla con más fuerza, hasta que tuve que cerrar los ojos. Cuando sentía que me acercaba demasiado, retiró la mano de golpe. Abrí los ojos, frustrado, y la vi morderse el labio.

—No vas a correrte tan rápido. Primero me toca a mí.

Se puso de pie y se quitó la bata del todo. Luego se desabrochó el uniforme blanco, botón por botón, sin apartar la mirada de mí. Debajo no llevaba nada más que el sostén y una braguita pequeña del mismo color. Verla así, vestida a medias, en medio de una habitación de hospital, era incluso más excitante que desnuda. Había algo en la escena, en lo clandestino, en el descaro de su visita, que me tenía fuera de mí.

Renata se quitó el sostén, dejó caer la braguita por sus piernas y volvió a subirse a la cama con cuidado. Abrió mis piernas lo justo para acomodarse sobre mi cara.

—El paciente necesita trabajar la lengua —dijo con una sonrisa torcida.

Su coño estaba justo encima de mi boca, húmedo, caliente, abierto para mí. Saqué la lengua y la pasé despacio por toda la rajita, desde abajo hasta el clítoris. Ella soltó un gemido ahogado y apoyó una mano en la cabecera para no perder el equilibrio.

Yo no podía levantarla ni agarrarla con fuerza, pero sí comerle el coño como un desesperado. La lamí largo, insistente, metiendo la lengua, abriéndola con la punta, saboreando cómo se mojaba más a cada segundo. Ella se movía sobre mi cara con pequeños vaivenes, frotándose donde más le gustaba, dejando que yo la sintiera entera.

—Sí... así... no pares —susurró—. Chúpame el clítoris.

Obedecí. Lo atrapé entre los labios y supe que iba bien por cómo se le tensaron los muslos. Empezó a jadear de verdad, ya sin cuidarse tanto del ruido. Yo alternaba lengua y succión, mojándola toda, respirando su olor mientras me rozaba la nariz, la boca, la barbilla. Estaba empapada.

—Joder, qué ganas te tenía —dijo, temblando—. Llevaba dos noches pensando en sentarme en tu cara.

Ese tipo de frases me ponían peor. Seguí lamiéndola con hambre, y cuando me animé a meterle dos dedos no pude por la postura y las vendas. Ella me apartó la mano con una sonrisa comprensiva, pero lejos de decepcionarse se frotó más fuerte contra mi boca.

—No importa. Hoy trabajas con la lengua.

Lo hice hasta que empezó a perder el control. Sus caderas se movieron más rápido, me apretó la frente, y terminó corriéndose con un gemido ahogado entre los dientes. Sentí cómo me mojaba la boca, cómo le temblaban las piernas. Seguí chupándola unos segundos más, lento, hasta que tuvo que apartarse porque el clítoris le latía demasiado sensible.

Se dejó caer a mi lado, respirando hondo. Luego me miró la cara brillante y sonrió con un descaro casi obsceno.

—Mira cómo me dejaste. Y tú todavía sigues así de duro.

Yo estaba al límite. La polla me dolía de lo tiesa que la tenía dentro del pantalón. Renata volvió a meter la mano, me la sacó con cuidado y soltó una pequeña carcajada al verla libre, roja y palpitante.

—Pobre animal. Te voy a aliviar.

Primero me la acarició despacio, extendiendo mi propio líquido por toda la punta. Después se agachó y me dio un beso justo ahí, apenas un roce de labios que me hizo arquearme como pude. Me miró desde abajo, disfrutando de mi cara.

—Quiero verte pedirlo.

—Chúpamela.

—Más claro.

—Por favor, chúpamela ya.

Ella abrió la boca y me tragó la punta de una vez. El calor me atravesó entero. Solté un gemido ronco y tuve que llevarme la mano a la baranda de la cama para no sacudir demasiado el cuerpo. Renata mamaba con gusto, sin prisa, bajando cada vez un poco más, ayudándose con la mano para marcar el ritmo.

Su lengua jugaba con la parte de abajo de la polla, alrededor del glande, y cada vez que me miraba mientras subía y bajaba yo sentía que se me iba la cabeza. La saliva le resbalaba por la comisura y me la extendía por todo el tronco antes de volver a meterla en la boca. Me estaba follando con la garganta sin necesidad de velocidad; solo con intención.

—Hostia... sí... así... —murmuré.

Ella me soltó un segundo. —No digas hostia en un hospital, bruto.

Y volvió a tragármela con más profundidad. Esta vez tensé el abdomen y jadeé fuerte. Notó que me acercaba y se apartó otra vez, dejándome jadeando, frustrado, la polla temblando en el aire.

—Todavía no. Quiero jugar un poco.

Renata tomó la almohada y me la acercó a la cara. La reconocí enseguida por una broma vieja entre nosotros: a ella le excitaba mandarme, inmovilizarme, hacerme sentir a su merced, siempre con cuidado y acuerdo. Me sostuvo la mirada.

—Si hago esto, golpeas dos veces el colchón si quieres que pare. ¿Entendido?

—Entendido.

Apoyó la almohada sobre mi cara, no con fuerza brutal, sino presionando lo justo para dejarme en una oscuridad cálida y sin control visual. Al mismo tiempo volvió a pajearme. La sensación de no verla, de tener solo su mano y su voz, me disparó el deseo. Respiraba más corto, escuchando sus susurros pegados a mi oído.

—Esto te pasa por necio —dijo—. Te dije que no salieras con esa moto, y ahora mírate. En cama. Dependiendo de mí hasta para correrte.

Yo solté un gemido debajo de la almohada. Ella aumentó la presión apenas un poco, suficiente para tensarme más, y luego la retiró de golpe. Tomé aire y la vi sonriendo, excitadísima.

—Eso. Quería esa cara.

Me besó con brusquedad, me mordió el cuello y bajó otra vez entre mis piernas. Esta vez no jugó tanto. Metió la polla en su boca y empezó a chupar con hambre de verdad, profunda, húmeda, marcando un ritmo constante con la cabeza mientras su mano apretaba la base. Yo ya no podía pensar. Solo sentía la boca, la saliva, el calor, el tirón delicioso de su garganta.

—Me voy a correr —avisé, casi sin voz.

Ella no se apartó. Al contrario. Me agarró la cadera como pudo y me tragó hasta donde le daba, mirándome fijo. Ese gesto bastó para romperme. Me corrí con un espasmo violento, soltando una descarga larga dentro de su boca. Renata siguió chupando mientras yo acababa, exprimiéndome hasta la última sacudida.

Cuando al fin me soltó, tenía los labios brillantes y una expresión satisfecha que me dejó todavía más atontado. Se limpió la comisura con el pulgar, me enseñó la lengua un segundo y se subió junto a mí para besarme. Pude probar mi corrida en su boca y eso me arrancó otro gemido, más débil.

—Buen chico —murmuró contra mis labios.

—Eres una cabrona.

—Y tú un terco adorable.

Se acomodó con cuidado a mi lado, pegando su cuerpo desnudo al mío lo mejor que permitían las vendas. Yo la rodeé como pude con el brazo libre. Después del calentón, el cuarto se sintió extrañamente tranquilo. Solo respirábamos y nos mirábamos con esa intimidad agotada que deja un orgasmo fuerte.

Pero con Renata la calma nunca duraba demasiado. Al cabo de un minuto me recorrió el torso con la uña, despacio, y clavó en mí una mirada de mala idea.

—Aún no terminamos de hablar de tu castigo.

Yo resoplé. —¿No fue suficiente?

—Eso fue mi bienvenida. El castigo es otra cosa.

Se levantó, rebuscó en el bolsillo de la bata y sacó una venda elástica limpia. La agitó en el aire como si fuera una amenaza ridícula. Luego me tomó la muñeca del brazo que sí podía mover y la ató a la baranda lateral de la cama con un nudo sencillo, lo justo para inmovilizarme sin hacerme daño.

—Ni se te ocurra reírte —dijo al verme sonreír—. Estoy hablando en serio.

—Me encanta cuando hablas en serio.

Ella se inclinó y me escupió apenas en la punta de la polla, que seguía sensible, medio dura otra vez por puro efecto de verla así. Empezó a masturbarme despacio, casi dolorosamente lento, mientras con la otra mano me daba pequeñas palmadas en el muslo sano.

—La próxima vez que notes un fallo en la moto, la dejas quieta. —Una palmada.— La llevas al taller. —Otra.— Y me escuchas.

—Sí.

—Sí, qué.

—Sí, te escucho.

La mano en mi polla seguía, lenta, torturante, sin dejarme subir demasiado. Cada vez que yo empujaba apenas las caderas, ella frenaba y me miraba con una severidad que me ponía enfermo de ganas. No era dolor lo que me tenía atrapado, sino la humillación suave de estar ahí atado, semidesnudo, obedeciendo para que me siguiera tocando.

—Di que eres un imbécil.

—Soy un imbécil.

—Por salir con una moto que fallaba.

—Por salir con una moto que fallaba.

Sonrió. —Ahora mejor.

Se arrodilló otra vez y me pasó la lengua por toda la longitud, sin metérmela en la boca, solo lamiendo como si saboreara un postre lento. Luego bajó a los huevos, los chupó con delicadeza y volvió arriba. Yo jadeaba cada vez más desesperado.

—Renata, por favor...

—Qué bonito suena eso.

Al final se la metió entera de nuevo y me hizo correr por segunda vez, menos abundante pero igual de intenso, con la cabeza embotada y las piernas temblando. Esta vez sí me dejó completamente vacío. Solté el aire como si hubiera estado conteniéndolo desde el accidente.

Ella me desató la muñeca, dejó la venda a un lado y se tumbó otra vez conmigo. Le acaricié el pelo, todavía incrédulo de tenerla allí en plena madrugada, medio desnuda bajo la luz tenue del hospital. Era una escena absurda y perfecta.

—¿Cómo entraste? —pregunté al fin.

—Convencí a un guardia de que venía a dejarte unas cosas. Después me arreglé sola.

—Estás loca.

—Sí. Pero soy tuya.

Nos quedamos un rato en silencio. Después se vistió con calma, abotonándose el uniforme y la bata con esa serenidad insultante de quien acaba de dejar a alguien sin fuerzas. Antes de ponerse la mascarilla otra vez, me besó la frente.

—Dormirás mejor ahora.

—Mucho mejor.

—Y te juro que si vuelves a hacer una estupidez, la próxima visita será menos amable.

—Prometido.

Fue hacia la puerta, pero antes de salir se volvió una vez más. Bajo la luz del pasillo parecía de nuevo una enfermera cualquiera, salvo por esa mirada cargada de complicidad que solo era mía.

—Descansa —susurró—. Tu enfermera especial volverá cuando pueda.

Y se fue dejándome solo, con el cuerpo dolorido, la boca todavía con su sabor y una sonrisa estúpida que no se me borró en toda la noche.

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Comentarios(4)

MarcosBA77

Excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo!

valentina_noc

Por favor continuacion!!! quede con ganas de mas jajaja

TomiGba

Me encanto como esta narrado, se siente real sin pasarse de la raya. Seguí así que tenés talento.

NightDoc77

tremendo relato, me lo lei de un tiron

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