La noche que imaginé a mi novia con otro
Nos faltaba poco para terminar la carrera y llevábamos juntos desde antes de pisar la universidad. Lucía es una mujer hermosa, de cabello castaño y piel clara, con unos ojos almendrados y una sonrisa que tiene unos labios imposibles de no querer probar. Su cuerpo es un reloj de arena: unas curvas únicas que se deslizan hacia unos muslos gruesos y firmes, y unos glúteos grandes y bien redondeados que llamaban la atención aunque ella no se lo propusiera.
Nos iba de maravilla. Compartíamos amigos, horarios, costumbres; era raro el día en que no estuviéramos juntos. Cuando vimos cerca el final de la carrera, lo último que queríamos era separarnos ni dejar de crecer en lo nuestro, así que se nos ocurrió una idea.
—Si conseguimos una beca en otra ciudad, nuestros padres seguro nos ayudan con parte de los gastos —le propuse una tarde—. Y yo tengo algo ahorrado. Podríamos vivir juntos sin dejar de estudiar.
—Vamos a conseguir esas becas —me contestó con esa seguridad que tanto me gustaba—. Con nuestras notas, es cuestión de mandar las solicitudes.
Y nos pusimos manos a la obra. Enviamos solicitudes para distintas especializaciones y másters en varias ciudades, y tras semanas de espera ambos obtuvimos una beca en el mismo lugar. Era un hecho: nos íbamos a vivir juntos por primera vez, a un sitio nuevo donde no conocíamos a nadie. Me encantaba la idea de tenerla todo el tiempo cerca, de poder disfrutarla cuando quisiera, y de que ella pudiera hacer lo mismo conmigo.
Habíamos cumplido ya varios aniversarios y seguíamos con la misma pasión del principio, pero con la confianza que se construye con los años. Nuestra vida sexual era activa, aunque, dentro de todo, bastante normal. Con una excepción que me cuesta admitir, algo que empezó unos ocho meses antes y que conté en mi primer relato.
Aquella noche no quedó como un caso aislado. Debo confesar que, aunque no era frecuente, volví a pasar por lo mismo unas cuantas veces. Terminaba tocándome al imaginar que Lucía se tocaba pensando en otro, o que hacía algo más. Me avergonzaba, pero esa vergüenza no apagaba la curiosidad; al contrario, la encendía.
Empecé a leer relatos eróticos en internet. Entraba a páginas en español y en inglés, y por alguna razón siempre terminaba en historias sobre infidelidad, tríos, intercambios de pareja y cornudos. Eran justo esos temas los que despertaban mi interés, y a la vez mi rechazo, como si una parte de mí quisiera y la otra se castigara por quererlo.
—¿En qué piensas? —me preguntó Lucía una noche, apoyando la cabeza en mi pecho.
—En nada —mentí—. En la mudanza.
No pensaba en la mudanza en absoluto.
***
Poco antes de irnos, decidimos salir de fiesta con un grupo de la universidad. Era una especie de despedida: no solo nosotros nos marchábamos, varios cambiaban de ciudad o de país. Estaban las amigas de Lucía, sus parejas y un par de chicos más. De los novios conocía a dos y me llevaba bien con ellos. Al tercero no lo había visto nunca: era Diego, el novio de Carla, una amiga a la que Lucía hacía mucho que no veía.
Quedamos primero en casa de un amigo para reunirnos antes de salir todos juntos a la discoteca. Lucía se había puesto un pantalón suelto que, paradójicamente, le marcaba el culo, y una blusa ceñida que dibujaba su figura. Unos tacones le estilizaban las piernas. Se veía hermosa, como siempre, y noté las miradas que se le iban encima cuando entró.
En casa de nuestro amigo empezamos a beber. Había cerveza y alguien abrió una botella de tequila que vaciamos entre charlas y risas. Cuando se acabó, pedimos los taxis y fuimos a la discoteca. Llegamos todos prendidos, la música estaba buena y enseguida nos pusimos a bailar con nuestras parejas. Pedimos otra botella de tequila.
Pasaban las canciones y la estábamos pasando bien de verdad. Bailábamos, nos reíamos, el alcohol nos tenía relajados y sueltos. Las chicas bailaban entre ellas y, de vez en cuando, alguna bailaba con la pareja de otra, sin malicia aparente. Yo lo miraba todo con una mezcla rara de calma y de algo más, un cosquilleo que no quería nombrar.
Avanzada la noche se me terminó la cerveza y fui por otra. La barra estaba llena, así que tardé un par de minutos en volver. Cuando regresé, vi a Lucía bailando con Diego, el novio de Carla, la amiga a la que hacía tanto no veía. No estaban pegados ni nada raro, y Carla no estaba a la vista, lo cual me extrañó un poco, pero no quise arruinarle el rato a nadie con reclamos de celos innecesarios. Me tranquilicé cuando Carla apareció unos segundos después con una cerveza en la mano.
Lucía me buscó con la mirada y entendí que quería seguir bailando con Diego, así que Carla y yo bailamos juntos un par de canciones. Me cayó bien; se reía fácil y tenía conversación. Pero cada tanto mis ojos volvían a Lucía y a Diego, y notaba cómo él, sin pasarse, le hablaba al oído para hacerse entender por encima de la música.
***
Faltaba poco para el cierre y decidimos terminar la noche en casa de una amiga de Lucía que vivía cerca. Ahí dormirían un par de ellas; el resto nos iríamos cada uno a su casa. Entramos, bebimos agua y nos reímos de los episodios cómicos de la noche y de lo borrachos que andaban algunos. Llegaron los tres taxis. Yo me iba con Lucía en el mismo: su casa quedaba de camino a la mía.
En ese momento ella me frenó en la puerta.
—Amor, tengo que ir al baño antes de subir, no aguanto hasta mi casa.
—Ve rápido —le dije—. Yo bajo y le pido al taxista que espere un momento.
Los que nos íbamos en taxi bajamos. Tres amigos se subieron a uno y se fueron, y abajo quedamos Carla y yo. Pasaron un par de minutos y no terminaba de entender por qué seguía ella ahí, esperando sola conmigo.
—¿Te vas con Diego? —le pregunté.
—Sí, venía detrás de mí.
Justo entonces salió Lucía. Nos despedimos de Carla y, cuando ya estábamos subiendo al taxi, apareció Diego. Si venía detrás de Carla, ¿por qué había tardado tanto en bajar? ¿Y por qué salió con apenas unos segundos de diferencia respecto a Lucía?
Mi cabeza no pudo evitar el salto. El baño. Los dos arriba al mismo tiempo. El roce del baile que tal vez los había calentado, ese par de minutos de descuido que cualquiera podría aprovechar para soltar lo que se viene aguantando toda la noche.
El taxi arrancó. Lucía apoyó la cabeza en mi hombro, con los ojos a medio cerrar por el cansancio y el alcohol, y yo me quedé mirando las luces de la calle pasar mientras mi mente hacía exactamente lo que no debía.
***
Me la imaginé entrando al baño y encontrándose con Diego. Me la imaginé dejándose besar con esa urgencia que aparece cuando solo tienes un margen pequeño para todo, cuando sabes que cada segundo cuenta. Lo veía besándole el cuello, a ella sosteniéndose del borde del lavabo, suspirando bajo para que nadie del otro lado escuchara.
Lo imaginé tocándola por encima de ese pantalón suelto, una tela tan delgada que era casi como si no hubiera nada. La imaginé tan mojada que la humedad atravesaría la tela, que él la notaría con los dedos y sonreiría al darse cuenta de cuánto lo deseaba. Imaginé el momento exacto en que ella separaba un poco las piernas, casi sin querer, dándole permiso sin decir una palabra.
Sentí rabia. Rabia porque no podía permitir que mi novia hiciera algo así, ni que lo hubiera hecho. Y más rabia todavía porque, a pesar de los celos y el enojo, debajo del pantalón empezaba a tener una erección que me delataba ante mí mismo.
¿Qué me está pasando?
Apreté la mandíbula y miré por la ventanilla. A mi lado, Lucía respiraba despacio, ajena por completo a la película que yo proyectaba en mi cabeza. Quería despertarla y preguntarle, sacudirla y exigirle la verdad. Y al mismo tiempo no quería, porque una parte oscura y silenciosa de mí prefería quedarse con la duda, alimentarla, dejar que creciera.
La dejé en su casa con un beso en la frente. Ella murmuró un «te quiero» entre sueños y entró. En mi propio taxi, el resto del camino, no pensé en otra cosa.
***
Al día siguiente sentí vergüenza. Le eché la culpa al alcohol, a las pocas horas de sueño, a la frustración de no poder dormir juntos cada noche. Me dije que eran ideas tontas, producto de una mente que pasaba demasiado tiempo leyendo cosas que no debía.
Pronto, me repetí, ya no habría motivo para esos pensamientos. Estaríamos juntos cada noche y buena parte del tiempo libre. Esas reacciones raras, esas fantasías que me avergonzaban tanto como me excitaban, iban a desaparecer en cuanto compartiéramos techo y rutina. La distancia y las dudas se acabarían con la convivencia.
Nunca le pregunté qué pasó en ese baño. Nunca le conté lo que imaginé en el taxi, ni que esa imagen volvió a mí muchas noches después, incluso cuando ya vivíamos juntos en la ciudad nueva, incluso cuando todo era perfecto. Me decía que con la mudanza se iría.
¿Cierto?