Volví a pedirle lo que deseaba en su apartamento
Cuando subí al ascensor ya tenía el pulso desbocado. No era miedo. Era esa mezcla de vergüenza y hambre que se me había metido en el cuerpo desde la primera vez que Darío me escribió, sin rodeos, que quería verme hacer en persona todo lo que yo me atrevía a poner por correo.
Habíamos pasado semanas provocándonos con mensajes cada vez más directos. Empezó con un juego tonto, una frase lanzada de madrugada, una fantasía escrita casi para comprobar si el otro se asustaba. Ninguno se asustó. Al contrario. Cada respuesta iba un poco más lejos, y cada noche terminaba con la humedad entre mis piernas y la sensación de que me faltaba el aire.
Él no prometía romanticismo. Prometía presencia, manos firmes, órdenes dichas al oído y una atención casi obscena a cada detalle de mi cuerpo. Yo tampoco buscaba ternura. Quería comprobar si el hombre que me hacía temblar con una pantalla delante podía hacerme perder la cabeza cuando me tuviera a menos de un palmo.
Toqué el timbre y, mientras esperaba, me miré por última vez en el reflejo oscuro de la ventana del pasillo. Debajo del vestido llevaba medias negras, liguero y un conjunto que había elegido pensando en él. No por coquetería. Por desafío. Sabía que lo notaría al instante.
La puerta se abrió sin prisa. Darío me sostuvo la mirada antes de hacerse a un lado para dejarme entrar. Llevaba una camisa negra arremangada y una expresión tranquila que me puso más nerviosa que si me hubiera devorado con los ojos.
—Pensé que ibas a echarte atrás —dijo, cerrando la puerta detrás de mí.
—Pensé que ibas a hacerme esperar más —respondí, aunque la voz me salió más baja de lo que quería.
Su sonrisa fue mínima, casi insolente. En el salón sonaba una base grave, lenta, de esas que parecen latidos amplificados. No había velas ni ninguna escenografía ridícula. Solo luz tenue, un sofá oscuro, una mesa baja y ese ambiente cargado que se forma cuando dos personas llevan demasiado tiempo imaginando lo mismo.
Dejé el bolso en una silla y me giré hacia él. No me dio tiempo a decir nada más. Me rodeó la cintura con una mano y me arrinconó contra la pared del recibidor con una calma que me desarmó. No fue un empujón brusco. Fue peor: una presión medida, segura, suficiente para dejarme claro que a partir de ese momento él iba a marcar el ritmo.
Su boca encontró mi cuello y sentí el primer roce de sus labios justo debajo de la oreja. Se tomó su tiempo. Respiró contra mi piel antes de besarme, como si quisiera saborearme incluso antes de tocarme de verdad. Yo cerré los ojos y apoyé la cabeza en la pared, dándole acceso, ya jadeando por algo que todavía ni siquiera había empezado.
—Hueles igual que imaginaba —murmuró.
Sus manos bajaron por mis costados y se detuvieron en mis caderas. Notó las tiras del liguero a través del vestido y soltó una risa corta, satisfecha. Entonces me miró de frente, recorriéndome despacio, hasta que el silencio entre los dos se volvió insoportable.
—Levántate la falda.
No gritó ni endureció la voz. No le hizo falta. Yo obedecí. La subí con dedos torpes hasta dejar al descubierto las medias y el encaje negro. Su mirada cambió. Se volvió más cruda, más hambrienta. Me separó un poco las piernas con la rodilla y me apretó el muslo.
—Así que venías preparada.
—Tú dijiste que no soportabas las sorpresas a medias.
—Y tú dijiste que querías que te hiciera pedirlo.
Sentí un escalofrío. No por la frase, sino por la manera en que la recordó. Había escrito esa línea una noche, medio excitada y medio avergonzada, sin pensar que luego tendría que sostenerla con el cuerpo.
Sus dedos se deslizaron por dentro de mi muslo, apenas rozándome por encima de la tela. Yo ya estaba mojada. Tanto que me dio rabia y alivio al mismo tiempo cuando él lo comprobó por sí mismo. Acarició la entrepierna por encima de la braga y me arrancó un gemido seco.
—Mírame —ordenó.
Le sostuve los ojos mientras me frotaba con movimientos lentos, precisos, buscando exactamente el punto que me desarmaba. Su pulgar presionó donde más sensible estaba y noté cómo mis piernas flaqueaban. Él lo vio. Claro que lo vio. Y en vez de acelerar, retiró la mano.
—Todavía no.
—No juegues conmigo —solté, respirando mal.
—Si has venido hasta aquí, has venido para jugar.
Me besó entonces. Ya no en el cuello, sino en la boca, duro, húmedo, metiendo la lengua sin pedir permiso. Yo le agarré la camisa y se la arrugué en los puños mientras él me atrapaba la mandíbula con una mano. Besaba como hablaba en sus correos: directo, seguro, sin delicadezas inútiles. El sonido de nuestras bocas llenó el recibidor y me excitó más de lo que quería admitir.
Se apartó lo justo para bajar la cremallera de mi vestido. Lo abrió despacio, deslizando la tela por mis hombros hasta dejarme en ropa interior y tacones. El aire más fresco del apartamento me erizó la piel. Él me observó como si acabara de desenvolver algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
—Date la vuelta.
Obedecí otra vez. Sentí sus manos en mi espalda, bajando hasta el cierre del liguero, recorriendo la curva de mi culo por encima de la tela. Me agarró con fuerza, apretando lo suficiente para hacerme soltar el aire por la nariz. Después me apartó el pelo y me mordió el hombro.
—No sabes la cantidad de veces que me la he cascado imaginándote así.
La crudeza de oírselo decir me calentó todavía más. No intenté parecer fina.
—Entonces deja de hablar y tócame.
Me bajó la braga hasta los muslos de un tirón. No llegó a quitármela del todo. La dejó atrapada entre las tiras del liguero, inútil, y metió dos dedos entre mis piernas. Entraron fáciles, resbalando en toda la humedad que ya tenía. Mi espalda se arqueó sola y solté un gemido más alto.
—Joder —dijo contra mi oído—. Estás chorreando.
Sus dedos se movieron dentro de mí con un ritmo firme, sin prisa, mientras el pulgar me frotaba el clítoris. Noté cómo me abría con la mano, cómo me trabajaba desde atrás, pegado a mi culo, su respiración cada vez más espesa. Yo empujaba sin querer contra su palma, necesitada, ridículamente necesitada, y él me sujetaba la cadera para que no perdiera el equilibrio.
—Dilo.
—¿Qué?
Me metió los dedos más hondo y tuve que morderme el labio para no gritar.
—Lo que quieres.
Tragué saliva. Me daba morbo decirlo. También me daba vergüenza, y por eso mismo lo dije.
—Quiero que me folles.
Él sacó los dedos despacio y me los puso en la boca. Yo los chupé sin apartar la mirada del espejo estrecho del recibidor, viéndome a mí misma medio desnuda, con el rímel todavía intacto y la expresión ya perdida. Darío me miró lamer mi propia humedad de sus dedos y sonrió de lado.
—Buena chica. Pero vuelve a pedirlo cuando estés más desesperada.
Me tomó del brazo y me llevó al salón. La mesa baja quedó a un lado cuando me inclinó sobre ella para besarme la espalda. Bajó de rodillas detrás de mí, me apartó la braga inútil y abrió más mis piernas con las manos. El primer lametazo me hizo temblar entera.
No empezó suave. Me lamió de abajo arriba con la lengua bien plana y después clavó la boca directamente donde sabía que me destrozaba. Yo me agarré al borde de la mesa y cerré los ojos, sintiendo su barba rasparme la piel interior de los muslos mientras él comía coño como si llevara días con hambre.
—No pares —jadeé.
Él respondió metiéndome la lengua más a fondo. Luego un dedo. Después dos. Su cara estaba enterrada entre mis piernas y el ruido húmedo de su boca me estaba volviendo loca. Cada vez que me chupaba el clítoris con fuerza, mis rodillas aflojaban. Cada vez que me penetraba con los dedos y después los curvaba dentro de mí, veía destellos blancos detrás de los párpados.
Quise incorporarme para buscar su boca, para tocarlo, para hacer algo más que sostenerme, pero él me clavó una mano en la espalda y me dejó doblada sobre la mesa.
—Quieta.
Esa sola palabra me atravesó. Seguí ahí, abierta para él, jadeando, mientras me follaba con la boca y la mano. Mi coño latía sin descanso. Sentía cómo me corría cerca, cómo se me cerraba el vientre, cómo me temblaban los muslos.
—Darío... me voy a correr.
—Pídemelo.
La orden me arrancó un gemido frustrado. Me estaba llevando al borde y lo sabía perfectamente. Alcé un poco la cadera, buscando más fricción, y él me la devolvió con una palmada seca en el culo. No me hizo daño de verdad, pero me encendió como una chispa.
—Pídelo bien.
—Déjame correrme —solté con la voz rota.
Entonces sí. Aceleró. Su lengua se volvió más dura, más rápida, y sus dedos entraban y salían con una cadencia brutalmente exacta. Yo perdí toda dignidad en cuestión de segundos. Gemí su nombre, blasfemé, abrí más las piernas y me corrí sobre su boca con un espasmo tan fuerte que tuve que apoyarme con los dos antebrazos para no caerme.
El orgasmo me sacudió desde el coño hasta el cuello. Noté cómo se me contraía todo alrededor de sus dedos, cómo él seguía lamiéndome aun cuando yo ya no podía ni soportarlo. Cuando por fin se apartó, yo seguía temblando.
Me giré para mirarlo. Tenía la boca brillante y una expresión de satisfacción obscena. Se puso de pie sin dejar de observarme y se abrió la camisa lo justo para desabrocharse el pantalón. Yo me quedé quieta, todavía con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido.
Su polla salió dura, gruesa, ya tensa contra su abdomen. Había imaginado ese momento tantas veces que por un segundo casi me pareció irreal tenerla delante. Extendí la mano, pero él me la apartó con suavidad.
—De rodillas.
Bajé despacio a la alfombra. No por sumisión ciega, sino porque quería estar ahí. Porque quería olerlo, tocarlo, sentir el peso de esa fantasía convertida en carne. Lo agarré por la base y lo acaricié una vez, notando cómo se endurecía aún más.
—Ahora sí puedes tocar —murmuró.
Le pasé la lengua por la punta y sentí su inhalación contenida. Luego la abrí más, lo tomé en la boca y empecé a chuparlo despacio. Me sujetó el pelo con una mano, sin tirar, guiándome apenas. Yo jugué un rato, lamiéndolo, humedeciéndolo, tragando cada centímetro que podía mientras con la otra mano le masajeaba los huevos.
—Joder, sí... así.
Me gustó oírle perder por fin el tono controlado. Lo chupé más hondo. Intenté meterlo hasta el fondo, notando cómo me rozaba la garganta, y tuve que apartarme un segundo para respirar. Un hilo de saliva me quedó colgando del labio y él me lo limpió con el pulgar antes de empujarme la punta otra vez contra la boca.
—Mírame mientras te la tragas.
Lo hice. Lo miré mientras bajaba de nuevo, relajando la garganta lo mejor que pude, sintiendo cómo me llenaba la boca. Él apretó la mandíbula y me sostuvo el pelo con más firmeza. No me obligó. Tampoco me dejó fingir inocencia. Cada vez que subía, me guiaba para volver a bajar, marcando un ritmo que me tenía a mí también mojándome otra vez.
Saqué la polla y la masturbé frente a él, lenta, bien empapada de saliva. Después le lamí los huevos, la base, el frenillo. Quería escucharlo gemir. Quería demostrarle que también sabía hacerle pedir más.
—Suficiente —dijo al fin, con la respiración más rota—. Levántate y ven aquí.
Me tumbó boca arriba en el sofá. La tela de las medias se enganchó al rozar con el borde y sentí una carrera abrirse en una de ellas. Darío miró el desgarro y pasó el dedo por la línea rota con una mueca satisfecha, como si incluso ese pequeño accidente encajara en la escena.
Se colocó entre mis piernas, me alzó una de ellas sobre su hombro y me frotó la punta por la entrada. Mi coño dio un latido de pura anticipación. Yo estaba lista desde hacía rato, chorreando, abierta, necesitada de que dejara de torturarme.
—Dilo otra vez.
Lo odié un poco por eso. Lo deseé más por eso.
—Fóllame de una vez.
Entró de una sola embestida. Me arrancó un grito. No porque me hiciera daño, sino por la violencia del alivio. La sensación de llenarme de golpe, de tener por fin dentro lo que llevaba tanto tiempo imaginando, me dejó sin palabras durante unos segundos. Solo pude agarrarme al respaldo del sofá y abrir más las piernas.
Darío se quedó quieto un instante, completamente dentro, disfrutando de cómo me apretaba. Después empezó a moverse. Primero lento. Retirándose casi hasta salir y entrando otra vez hasta el fondo. Cada empuje me hacía chocar con el sofá y me desordenaba más la respiración.
—Así te quería —dijo entre dientes—. Abierta, mojada y pidiéndomelo.
Yo no tenía ninguna respuesta elegante. Solo gemidos. Solo el impulso de alzar las caderas para recibirlo mejor. Le agarré los antebrazos y clavé las uñas mientras él aumentaba el ritmo. La habitación se llenó del sonido húmedo de la penetración, de su cuerpo golpeando el mío, de mis jadeos cada vez menos contenidos.
Me soltó la pierna y me agarró ambas caderas. Empezó a follarme con más fuerza, sin perder la precisión. Cada embestida entraba en el mismo punto, duro, exacto, y yo notaba el placer subiendo de nuevo desde el vientre. Mi coño lo tragaba y lo apretaba con hambre, y él respondía follándome todavía más fuerte.
—Joder... sí... no pares —le dije, ya sin orgullo.
—Eso es. Háblame.
—Más fuerte.
Me dio exactamente eso. El sofá crujió bajo nosotros. Mis tetas rebotaban con cada golpe y él bajó una mano para agarrar una, apretarla, pellizcarme el pezón con la rudeza justa para hacerme gemir más alto. Después me besó con la misma brutalidad con la que me estaba follando. Su lengua, sus caderas, su mano entre mis piernas buscando mi clítoris: todo llegó junto.
No pude sostenerle la mirada cuando empezó a frotarme ahí abajo mientras seguía penetrándome. Cerré los ojos y me dejé arrastrar. Mi cuerpo entró en ese estado en el que todo deja de importar salvo el siguiente empuje, la siguiente presión, el siguiente roce exacto.
—No te corras todavía —dijo, y retiró la mano de golpe.
Gemí de pura frustración.
—Eres un cabrón.
—Y tú estás disfrutándolo.
Salió de mí y me incorporó casi de inmediato. Me giró y me inclinó sobre el brazo del sofá. Mi mejilla quedó contra la tela, una pierna doblada bajo mí y la otra apenas sosteniéndome. Sentí una palmada seca en el culo, luego otra, más fuerte, que me dejó la piel ardiendo de una forma deliciosa.
—Te gusta.
—Sí —admití, sin aire para fingir otra cosa.
Me abrió más con la mano y volvió a entrar desde atrás. Así fue todavía más intenso. Lo noté más profundo, más animal. Cada embestida me empujaba hacia delante y me hacía gemir contra el sofá. Él me agarraba de la cadera con una mano y con la otra me sujetaba el pelo, tirando apenas para arquearme más.
—Mírate —dijo, inclinándome un poco hacia el espejo lateral del salón.
Vi el reflejo borroso de mi cuerpo medio desnudo, la media rota, el culo enrojecido, su mano grande sujetándome y su polla desapareciendo dentro de mí una y otra vez. La imagen me disparó algo sucio y excitante en la cabeza. Ya no era solo que me estuviera follando. Era verme siendo follada exactamente como lo había fantaseado.
Me llevé una mano entre las piernas y empecé a tocarme. Darío soltó una risa ronca al verme.
—Así. Acaba el trabajo.
Seguí masturbándome mientras él me daba sin descanso. El ángulo era perfecto; sus embestidas y mis dedos se coordinaron hasta volverme completamente inútil. Gemía sin medida, con la cara pegada al sofá, el cuerpo tenso, sintiendo que el orgasmo venía más grande que el primero.
—Me voy a correr —dije, casi escupiendo las palabras.
—Pues córrete.
No tuve que oírlo dos veces. Me corrí con un temblor violento, apretándolo tanto por dentro que él soltó una blasfemia. Mi clítoris latía debajo de mis dedos, mis piernas flaqueaban, y aun así Darío siguió follándome durante varios segundos, aprovechando cada contracción de mi orgasmo.
Luego me levantó del sofá y me sentó a horcajadas sobre él. Lo guié dentro otra vez, yo misma, dejándome caer despacio sobre su polla hasta sentirla entera. Nos miramos de frente. Yo todavía estaba temblando, pero tenía ganas de más. Eso fue lo más peligroso de toda la noche: descubrir que dos orgasmos no me calmaban, sino que me abrían más el apetito.
Empecé a moverme sobre él, subiendo y bajando, marcando yo el ritmo por primera vez. Mis manos en sus hombros, las suyas en mi culo, ayudándome a bajar con más fuerza. Cada vez que lo hundía hasta el fondo, su boca se abría apenas y eso me excitaba de un modo casi tierno, si es que algo de aquella noche podía llamarse tierno.
—Eso querías, ¿no? —le dije al oído, acelerando—. Verme follarte así.
—Quería todo —respondió, y me mordió el labio.
La frase me hizo moverme más rápido. El sudor nos pegaba la piel. La música seguía golpeando grave de fondo, como si acompañara el vaivén de nuestras caderas. Yo me cabalgaba su polla con hambre, sintiendo cómo subía otra vez el placer, más crudo, más agotado, más desordenado. Él empezó a embestir hacia arriba para encontrarse conmigo y el ritmo se volvió frenético.
—¿Dónde quieres correrte? —pregunté, casi sin voz.
Su mano subió a mi garganta, sin apretar de verdad, solo sosteniéndome el cuello mientras me miraba fijo.
—Dentro.
La palabra me encendió. Seguí moviéndome, clavando las uñas en su nuca, buscándolo hasta el fondo una y otra vez. Mi coño lo apretaba resbaladizo, caliente, cada vez más sensible. Él ya no parecía tan controlado; me agarraba con necesidad, con esa urgencia del hombre que está a segundos de correrse y lo sabe.
—Entonces córrete dentro —le susurré—. Quiero sentirlo.
Eso bastó. Me empujó contra su pecho y empezó a follarme desde abajo con embestidas cortas y durísimas. Yo gemí en su hombro, incapaz de hacer nada salvo recibirlo y seguir apretándolo. Sentí cómo se tensaba entero antes del orgasmo, cómo me clavaba los dedos en la cadera y cómo, con un gemido ronco, se corría dentro de mí.
La sensación me hizo estremecerme de nuevo. No fue un orgasmo completo, pero sí una oleada final, húmeda y temblorosa, que me dejó sin fuerza. Me quedé abrazada a él unos segundos, respirando con la cara hundida en su cuello mientras su polla seguía latiendo dentro de mí.
Nadie habló enseguida. Solo se oían nuestras respiraciones y la música lejana. Él me acarició la espalda una vez, despacio, y salió de mí con la misma calma con la que me había hecho entrar. Sentí el vacío, el cansancio en las piernas y el calor aún abierto entre ellas.
Me aparté lo justo para mirarlo. Tenía el pelo algo revuelto, la camisa abierta y esa media sonrisa insolente que me había ganado desde el primer mensaje. Yo debía de tener la pinta de una mujer completamente follada, porque cuando me pasé la lengua por el labio vi que me observaba con hambre otra vez.
—Ahora sí estás como en mis fantasías —dijo.
—Tus fantasías se quedaban cortas.
Su risa fue baja, satisfecha. Me acomodó mejor sobre su regazo y me rozó la pierna, subiendo por la media rota hasta la tira del liguero. Ese gesto pequeño, después de todo lo anterior, me hizo sonreír de una forma casi íntima.
—Lo mejor —murmuró— es que ya sé qué pedirte la próxima vez.
Le sostuve la mirada, todavía con el cuerpo latiéndome por dentro y la memoria fresca de cada orden, cada lengua, cada embestida. Entonces recordé la frase que había iniciado nuestro juego semanas atrás, la que aquella noche por fin había dejado de ser una fantasía escrita.
Me incliné a su oído y se la devolví convertida en promesa.
—Vuelve a pedir lo que deseas.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts VIP en Rosario.