Mi jefe me citó en el baño de la oficina
Sentada frente a mi escritorio, con una hoja abierta que no estaba leyendo y el cursor parpadeando en la pantalla, yo no esperaba una reunión ni un informe ni el final de la jornada. Esperaba el zumbido corto del teléfono. Esperaba tu nombre. Siempre era así.
En la oficina todos fingían trabajar con normalidad, pero yo llevaba más de media mañana con el coño húmedo y las piernas tensas bajo la falda. No por amor. No exactamente. Lo mío contigo era algo más sucio, más triste y, por eso mismo, más adictivo.
Sabía perfectamente lo que era para ti: un agujero disponible, una boca obediente, una mujer a la que podías usar cuando te daba la gana. Nunca me prometiste nada distinto. Nunca una cena, nunca una caricia fuera de aquel juego torcido, nunca una palabra dulce que no sonara prestada o falsa.
Y aun así, ahí estaba, esperando un mensaje tuyo como una idiota.
Te había bastado con mirarme dos veces en aquel pasillo, la primera semana que entré a trabajar, para darme cuenta de lo fácil que iba a ser romperme. No porque fueras amable, sino por lo contrario. Tu frialdad me entró por debajo de la piel. Me convertí en esa clase de mujer que se humilla sola y además tiembla de ganas por repetir.
Miré el reloj de pared. Faltaban veinte minutos para la pausa del mediodía. A mi lado, una compañera carraspeó mientras archivaba unos papeles y otra soltó una risa baja que se apagó en cuanto giré la cabeza. Yo ya conocía esas miradas. No necesitaba escuchar los comentarios completos para entenderlos.
Sabían cosas. Tal vez no todo, pero lo suficiente.
Se notaba en cómo me repasaban las piernas, en cómo bajaban la voz cuando yo pasaba junto a ellos, en la forma en que la palabra «zorra» parecía flotar, nunca del todo dicha y sin embargo clarísima, en el aire cargado del departamento. Al principio me ardía la cara. Después empecé a excitarme.
Porque sí, me ponía cachonda pensar que imaginaban lo que hacías conmigo en ese baño del otro extremo del edificio. Que alguno se iría a casa a masturbarse pensando en mi boca llena de polla, en mis rodillas contra el suelo, en mi cara mojada de saliva.
El teléfono vibró por fin.
Sentí un latigazo entre las piernas antes incluso de mirar la pantalla. Ahí estaba tu mensaje, seco como siempre.
—Quince minutos. Ya sabes dónde.
No había saludo. No había por favor. No hacía falta.
Tragué saliva. El pulso se me aceleró tanto que tuve que dejar el móvil un segundo sobre la mesa para no parecer una estúpida temblorosa. Luego me puse de pie, dije que iba al baño y crucé la oficina con la cabeza alta, aunque por dentro ya me sentía de rodillas.
Los noté mirándome. Uno de los analistas levantó apenas las cejas al verme salir. Otra mujer evitó mi mirada con una media sonrisa torcida. Me daba igual. O peor: me gustaba.
El baño de mujeres del ala vieja estaba casi siempre vacío a esa hora. Por eso lo elegiste la primera vez y por eso se quedó como nuestro sitio. Un lugar ridículo, sucio, humillante. Perfecto para ti. Perfecto para la clase de cosa en la que me habías convertido.
Entré, comprobé que no hubiera nadie y avancé hasta el último cubículo. Cerré el pestillo y me senté sobre la tapa del inodoro, respirando despacio. La espera era una tortura pequeña y deliciosa. Imaginaba el ruido de tu cinturón, la dureza entre tus piernas, el gesto serio con el que me ibas a mirar como si yo fuera una tarea más del día.
No debías tardar, pero aun así no pude evitarlo.
Me subí la falda hasta la cintura y deslicé la mano por dentro de las medias. La tela de la ropa interior estaba pegada a mi coño. Empapada. Metí dos dedos por el elástico y fui directa al clítoris, frotándolo en círculos cortos, rápidos, con esa desesperación de quien sabe que va a tener que parar antes de correrse.
Solté el aire por la boca. Me abrí más de piernas. Con la otra mano me sujeté al borde del asiento mientras hundía dos dedos en mi vagina caliente y resbaladiza. Entraron con facilidad, llenos de mi propia humedad. Los moví una vez, dos, tres, notando cómo se me contraía el vientre.
Solo un poco más.
Pero no. Me detuve. Tú odiabas encontrarme tocada por mi cuenta. Querías atribuirte hasta la última sacudida de placer, hasta la última gota. Retiré los dedos despacio y me los llevé a la boca. Tenían un sabor salado, espeso, íntimo. Los chupé uno por uno mientras me ardían las mejillas de excitación.
Entonces oí la puerta del baño.
Pasos firmes. Sin prisa. Conté cada uno mientras el corazón me golpeaba en la garganta. Te reconocí antes de verte. La forma de andar, el silencio duro con el que ocupabas cualquier espacio, la seguridad de quien nunca teme que lo descubran.
Te detuviste frente al cubículo. Dos golpes secos con los nudillos.
—Abre.
Obedecí al instante. Entraste y cerraste tras de ti. El cubículo se volvió todavía más pequeño con tu cuerpo dentro. Llevabas la camisa arremangada y el nudo de la corbata apenas aflojado. Olías a café, a sudor viejo de oficina, a colonia gastada. Me excitó tanto que me dolió.
No me besaste. Nunca empezabas por ahí. Solo me miraste un segundo, de arriba abajo, y luego dijiste:
—De rodillas.
Sentí una mezcla de vergüenza y alivio. Eso era lo que yo sabía hacer contigo. Caí sobre las rodillas frente a ti y me acomodé como pude en aquel suelo que olía a lejía y humedad. Me observaste bajar sin mover un músculo de la cara. Después te desabrochaste el cinturón.
El sonido del metal me recorrió entera.
Te bajaste el pantalón y el bóxer lo justo. La polla salió ya tiesa, gruesa, pesada, apuntando hacia mi cara. Me acerqué primero con la nariz. Inhalé tu olor de hombre sudado, intenso, sin limpiar del todo. Sabías que me dabas así a propósito, para que te tragara el día entero, para que te lamiera incluso lo que otras mujeres habrían rechazado.
—Vamos —dijiste—. No tengo toda la mañana.
Abrí la boca y besé la punta. Un par de besos lentos, casi reverentes, antes de sacar la lengua y lamer el glande completo. Tenía ese gusto agrio y salado que me hizo cerrar los ojos un segundo. Lejos de echarme atrás, me puso más caliente. Pasé la lengua por debajo, por el frenillo, y sentí cómo te tensabas apenas.
Eso era lo máximo que me regalabas a veces: una mínima reacción física. Ni una caricia. Ni un «bien». Nada.
Te sujeté el tronco con la mano y fui bajando la lengua hasta la base, despacio, dejándola plana para sentir cada vena. Luego subí de nuevo y recogí con la punta una gota transparente de preseminal que ya asomaba. Me la tragué mirándote a la cara.
Seguías serio. Dueño de ti. Dueño de mí.
Te la metí de golpe en la boca hasta donde pude. El glande me empujó la lengua hacia abajo y el peso me llenó entera. Saqué un poco la cabeza para respirar y luego empecé a mamártela como sabías que mejor te gustaba: labios apretados, lengua húmeda, movimientos largos, profundos, sin delicadeza.
La saliva me corrió enseguida por la barbilla. Mis mejillas trabajaban sobre tu polla mientras una mano te sujetaba la base y la otra te agarraba del muslo para no perder el equilibrio. Sonaban mis chupadas contra el espacio estrecho del cubículo, obscenas, húmedas, inevitables.
—Así —murmuraste al fin—. Como la puta que eres.
Sentí un escalofrío violento entre las piernas. El coño me latió. Apreté los muslos y seguí mamando con más hambre, dejándote entrar más y más. Cada vez que el glande me golpeaba el fondo de la boca, se me humedecían los ojos. No paré.
Te saqué un instante para pasar la lengua por los huevos. Los tomé uno a uno entre los labios, chupándolos con lentitud, tirando apenas de la piel antes de soltarlos. Tu mano cayó sobre mi cabeza y me agarró del pelo, firme, marcando el ritmo incluso cuando aún no habías empezado a usar fuerza de verdad.
—No te recrees.
Me apartaste un poco y te diste vuelta. Ya conocía esa orden muda. Sentí un nudo de resistencia y excitación al mismo tiempo. Abrí tus nalgas con las manos y acerqué la lengua a tu culo. Lo lamí desde abajo hacia arriba, despacio al principio, luego con más insistencia, metiendo la punta en el ano, notando el sabor salado de tu sudor y la humillación subiéndome a la cara como fiebre.
Lo odiaba. Y sin embargo seguía haciéndolo, empapada, sumisa, enferma de deseo por gustarte aunque fuera así.
Cuando consideraste suficiente, te giraste otra vez. Me agarraste la mandíbula con dos dedos.
—Abre.
Obedecí. Escupiste dentro de mi boca. El gesto fue brusco, degradante, y mi coño respondió con una punzada de placer tan fuerte que tuve que apretar los dientes después de tragarte la saliva.
Pero no me dejaste hacerlo del todo. Me metiste la polla otra vez, dura y húmeda, y esta vez no me dejaste manejar el ritmo. Las manos a ambos lados de mi cabeza, los dedos hundidos en mi pelo, empezaste a follarme la boca con embestidas secas, cada vez más profundas.
El primer golpe me hizo toser. El segundo me arrancó una arcada. El tercero me llenó la garganta.
—Eso es —dijiste con voz baja—. Aguanta.
No podía responder. Solo agarrarte las caderas y dejar que me usaras. Entrabas y salías con fuerza, llevando la polla hasta el límite de mi garganta, retirándola apenas para volver a hundirla. La saliva me caía a chorros. Las lágrimas empezaron a brotarme solas por el esfuerzo y por la falta de aire.
El sonido en aquel baño era indecente: tus jadeos contenidos, mis arcadas, el golpe húmedo de tu pelvis contra mi barbilla, el sorbido espeso de mi boca tragándote una y otra vez. Sentía la nariz congestionada, los ojos ardiendo, la mandíbula entumeciéndose.
Y aun así estaba más cachonda que nunca.
Entre embestida y embestida, llevé una mano bajo mi falda y me toqué por encima de la ropa interior. Un roce rápido, desesperado. Lo notaste al instante. Me sacaste la polla de la boca y me diste un tirón del pelo tan fuerte que me obligaste a mirarte.
—¿Quién te dijo que podías correrte?
Negué como pude, jadeando, con saliva en los labios.
—Nadie.
—Entonces quieta.
Me apartaste la mano de un golpe. Yo estaba temblando. No por miedo. Por hambre. Por esa necesidad asquerosa de que me siguieras usando hasta vaciarme aunque no me dieras nada.
Volviste a meterme la polla y retomaste el castigo con más brutalidad. Ahora ya no buscabas solo correrte; buscabas atravesarme la garganta, hacerme tragar cada arcada, escucharme ahogarme en tu carne. Me sujetabas la cabeza inmóvil mientras embestías. Notaba tus huevos golpeándome la barbilla, el sudor de tus caderas pegándose a mis dedos, la presión del glande clavándose una y otra vez en el fondo de la boca.
Tuve que apartarme un segundo para respirar, pero no me dejaste. Empujaste otra vez y esta vez vomité un poco, apenas una mezcla amarga de café y bilis que me subió hasta la lengua. Te detuviste entonces, no por compasión sino porque eso también te excitaba. Me miraste con una dureza satisfecha que me hizo apretar las piernas.
—Límpiate y sigue.
Me pasé el antebrazo por la boca. Tenía los ojos rojos y la cara empapada. Te volví a lamer la polla desde la base hasta la punta, recogiendo incluso el sabor ácido de ese momento humillante, y enseguida retomé la mamada con avidez. Te la chupé como si me fuera la vida en ello, rápida, profunda, cerrando bien los labios en cada subida.
Tu respiración empezó a cambiar. Ya no estabas tan frío. El pecho te subía más deprisa. Se te marcó la tensión en el abdomen. Yo sabía leer cada señal de tu cuerpo mejor que cualquier palabra.
Metí una mano entre mis piernas otra vez, esta vez por dentro de la ropa interior. No para buscar el orgasmo completo, solo para mantenerme al borde. Mi clítoris estaba hinchado, duro, pidiéndome más. Hundí dos dedos en mi coño y sentí cómo me tragaba sola con un chasquido húmedo. Seguí chupándote mientras me follaba los dedos a mí misma en silencio, con el torso balanceándose al ritmo de tu polla.
Me viste. Esta vez no me detuviste.
—Si te corres, te juro que te dejo aquí tirada —dijiste.
Retiré la mano enseguida, gimoteando por lo bajo, frustrada, al borde del espasmo. Esa mezcla de permiso y amenaza me dejó temblando todavía más. Quería correrse contigo en la boca. Quería tragarte mientras mi coño se cerraba vacío alrededor de nada. Quería lo que no ibas a darme.
Me agarraste de la nuca y empezaste a empujar de nuevo, más rápido, más fuerte. Esta vez entendí que venía el final. Tus muslos se tensaron. La polla se volvió todavía más dura dentro de mi boca. Dejé que me la clavaras hasta el fondo y me obligué a relajar la garganta. Quería recibirte toda. Quería ser útil, aunque fuera solo para esto.
—Traga todo —ordenaste con voz rota.
Te corriste con una violencia seca, animal. El primer chorro me golpeó directo en la garganta. El segundo se quedó espeso sobre la lengua. Luego vino el resto, caliente, salado, abundante, saliendo a pulsos de tu polla mientras seguías enterrado hasta el fondo de mi boca. Tragué sin apartarme, una vez, otra, otra más, notando cómo el semen bajaba por mi garganta en oleadas densas.
No te solté. Seguí succionando incluso después de las primeras sacudidas, limpiando cada latido de tu corrida, lamiendo la punta sensible, pasando la lengua por la uretra para recoger los restos. Una pequeña porción se me escapó por la comisura y cayó hasta mi mentón. La recogí con los dedos y me la llevé a la boca.
Tu respiración se fue calmando poco a poco. La polla empezó a ablandarse entre mis labios. Aun así, la seguí mamando con suavidad, casi con devoción, hasta dejarla limpia. Me dolía la mandíbula. Me temblaban las piernas. El coño me chorreaba tanto que podía sentir la humedad deslizándose por la cara interna de los muslos.
Te acomodaste la ropa sin ayudarme a levantarme.
Yo seguía de rodillas, con la falda subida y la ropa interior mojada, respirando por la boca. Por un momento pensé que te irías sin más, como otras veces. Pero antes de abrir la puerta te inclinaste hacia mí. No para besarme en los labios. Nunca hacías eso allí. Solo apoyaste un beso breve, seco, casi absurdo, en mi frente.
Esa migaja de ternura me dolió más que todo lo demás.
—Compórtate —dijiste.
Y saliste.
Me quedé sola en el cubículo, oyendo de nuevo el zumbido lejano de la oficina detrás de las paredes. Me bajé la falda despacio. Miré mis dedos, todavía manchados con un poco de semen y de mi propia humedad. Me los chupé con calma, saboreando la mezcla.
Luego me metí la mano otra vez en las bragas. Estaba tan excitada que casi me mareé al tocarme. El clítoris me latía con furia. Empecé a frotarlo con rabia contenida, recordando cada embestida en mi boca, cada insulto, cada orden. Metí dos dedos en mi coño y los bombeé deprisa, sentada ahora sobre la tapa cerrada del inodoro, con las rodillas abiertas y la respiración deshecha.
—Joder... —susurré, sola.
Me corrí en menos de un minuto. Un orgasmo fuerte, torpe, atrasado, que me sacudió el vientre y me obligó a morderme la muñeca para no gemir demasiado alto. Sentí cómo se me cerraba el coño sobre mis dedos una y otra vez mientras me escurría caliente en la ropa interior. No era el orgasmo que quería. Quería el tuyo encima del mío, tu mano sujetándome, tu voz mandándome romperme. Pero era lo único que iba a tener.
Cuando terminé, me quedé un rato inmóvil, jadeando, con una lágrima tonta corriéndome por la mejilla. No de dolor físico. No exactamente. Era otra cosa. La conciencia humillante de saber que para ti aquello había sido solo una descarga rápida en mitad del trabajo y que, aun sabiéndolo, yo seguiría esperando la próxima vez.
Me limpié como pude. Arreglé el maquillaje, aunque los ojos rojos me delataban. Antes de salir, revisé el teléfono por inercia. No había nada. Ningún gracias. Ningún mensaje posterior. Nada.
Volví a mi escritorio con las piernas todavía flojas. Un compañero me miró de reojo y luego bajó la vista a mis labios hinchados. Supe que había entendido. Supe que otros también lo harían. Noté el calor de la vergüenza subir otra vez, mezclado con una satisfacción sucia e inexplicable.
Me senté, crucé las piernas y abrí el archivo que había dejado a medias. Entre mis muslos seguía sintiendo el pulso lento del orgasmo reciente y, al fondo de la garganta, el recuerdo de tu corrida. Apoyé la yema del dedo sobre la pantalla apagada del móvil.
No quería una cita. No esperaba cariño. Ni siquiera soñaba con que dejaras de tratarme así. Lo único que quería, lo único que siempre terminaba queriendo, era volver a sentir ese zumbido corto sobre la mesa.
Que mi teléfono vibrara otra vez.
Que fueras tú.
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