El día que me quedé sola en la oficina de mi jefe
Después de varios meses ayudando a Don Ernesto en su negocio, decidí que ya era hora de buscar algo más serio, algo de oficina, con horarios y proyectos de verdad. Mandé mi currículum a media docena de estudios sin recibir una sola respuesta. Las semanas pasaron y empecé a resignarme a que nadie llamaría.
Entonces, una tarde cualquiera, sonó mi teléfono. Era un tal Rodrigo, un arquitecto que dijo haber recibido mi número de un conocido en común. Tenía trabajo para mí, o eso aseguraba, y me citó al día siguiente. No tenía nada que perder, así que me presenté puntual y con mis mejores ganas.
La verdad, la primera impresión del lugar fue todo menos profesional. Esperaba un despacho con ventanales y planos colgados; me encontré con una vieja casa en pleno centro, de fachada descascarada y un timbre que apenas funcionaba. Esto no puede ser un estudio de arquitectura. Pero ya estaba ahí, así que toqué la puerta.
Me abrió un chico despeinado, en pantalones cortos y camiseta arrugada, con cara de recién levantado. Parecía cualquier cosa menos el dueño de un negocio. Se presentó como Rodrigo, me dio la mano con una sonrisa medio dormida y me invitó a pasar a lo que llamaba su oficina.
Me explicó que tenía un par de años de recibido, que estaba empezando por su cuenta como independiente, y que rentaba esa casa para usarla como vivienda y como estudio a la vez. Mientras hablaba, yo solo pensaba en cómo escaparme con dignidad. Pero cuando empezó a contarme los proyectos que tenía entre manos, algo cambió. Eran trabajos reales, ambiciosos, justo el tipo de experiencia que yo necesitaba.
Me hizo las preguntas de rigor, o lo que él entendía por una entrevista, y al cabo de media hora llegamos a un acuerdo.
—Bienvenida, estás contratada. Empiezas el lunes —dijo, como si me hiciera un favor enorme.
Era jueves por la tarde. Antes de irme, le pregunté por el código de vestimenta, medio en broma, porque él me recibía prácticamente en pijama. Se rió y me dijo que podía ir como quisiera, salvo que me avisara con tiempo de alguna cita con un cliente.
***
Las semanas siguientes fueron mejores de lo que imaginé. El trabajo me gustaba, aprendía rápido y, sobre todo, la relación con Rodrigo se fue volviendo cada vez más cercana. Hablábamos de todo: de la vida, de música, de comida, de las tonterías que a uno se le ocurren cuando comparte ocho horas al día con alguien en una casa silenciosa.
Y no voy a mentir: empecé a sentirme atraída por él. No era el hombre más guapo del mundo, ni tenía el cuerpo de un modelo, pero había algo en su manera relajada de estar, en cómo se concentraba frente a la pantalla, que me desarmaba. Me sorprendí pensando en él fuera del horario, buscando excusas para acercarme a su escritorio.
Me fijaba en detalles que antes me habrían pasado desapercibidos. La forma en que se remangaba la camiseta cuando se ponía a dibujar, el modo en que se mordía el lápiz mientras pensaba, la línea de su cuello cuando estiraba la espalda después de horas frente a los planos. Llegaba a casa y todavía lo tenía metido en la cabeza, y más de una noche cerré los ojos imaginando escenas que jamás me habría atrevido a contarle.
Así que empecé a jugar. Lo rozaba al pasarle un plano, me enredaba un mechón de pelo entre los dedos cuando me hablaba, dejaba caer comentarios de doble sentido para ver si reaccionaba. Quería que la tensión creciera, quería verlo dudar, descolocarlo aunque fuera un segundo. Él sonreía, a veces se sonrojaba apenas, pero nunca daba el paso. Y esa contención me ponía todavía más.
***
Un martes me dejó sola en la oficina toda la tarde. Tenía una junta importante con un cliente al otro lado de la ciudad y me encargó terminar unos detalles para una entrega del día siguiente. Cerré la puerta tras él y me puse a trabajar, pero las horas se hicieron eternas. Cuando terminé lo mío, todavía faltaba un buen rato para irme.
El aburrimiento es peligroso. Empecé a dar vueltas por la casa, curioseando sin mala intención, abriendo cajones, mirando estanterías. No encontré nada del otro mundo, apenas un par de preservativos olvidados en el fondo de un cajón de su habitación que me arrancaron una sonrisa. Así que el señor reservado guarda sorpresas.
Resignada a seguir muerta de tedio, se me ocurrió una idea mucho peor. Volví a su escritorio, me senté en su silla y abrí su computadora. La pantalla no tenía contraseña, lo cual ya era una invitación. Entré al navegador y revisé el historial, esperando descubrir algo jugoso. Nada. Limpio como un quirófano.
O es un santo, o de plano no ve nada. Me pareció increíble; hasta yo, que me considero discreta, miraba mis cosas de vez en cuando. Pero la curiosidad ya me había ganado y no pensaba rendirme tan fácil.
Pasé a las carpetas. La mayoría eran de trabajo: presupuestos, facturas, renders, contratos escaneados. Aburridísimo. Fui abriendo una tras otra sin demasiada esperanza, como quien hojea un periódico viejo solo por matar el tiempo. Hasta que, casi al final de una lista interminable, encontré una con un nombre que no encajaba con el resto: «yo fotos viejas».
Me quedé mirando ese nombre un buen rato, con el cursor encima, debatiéndome entre cerrarlo todo y seguir. Sabía que estaba cruzando una línea, que aquello no era asunto mío, que si él se enteraba se acabaría no solo el coqueteo sino el trabajo entero. Pero la curiosidad pesaba más que el sentido común, como siempre que se trata de él.
El corazón me dio un salto. En el peor de los casos veré fotos suyas, total en sus redes nunca sube nada. Hice clic, convencida de que no habría nada comprometedor. Vaya sorpresa la que me llevé.
Desde la primera imagen un escalofrío me recorrió entera. Se me erizó la piel de los brazos y sentí cómo el calor me subía por el cuello. No eran fotos de vacaciones ni de la familia. Era él, completamente desnudo, frente al espejo de un baño que reconocí como el de la casa.
No tenía un cuerpo de dios griego, ya lo dije, pero algo en esa imagen me dejó sin aire. Quizá era que llevaba semanas deseándolo en silencio, quizá era solo el impacto de verlo así, sin la coraza de la camiseta arrugada y los lentes. Fuera lo que fuera, me descubrí mordiéndome el labio, sin poder despegar los ojos de la pantalla.
Pasé a la siguiente foto. Y a la siguiente. Cada una me dejaba más caliente que la anterior. Sentí cómo me iba humedeciendo, una presión tibia entre las piernas que me costaba ignorar. Miré la puerta cerrada, el reloj, la casa vacía. Estaba sola. Completamente sola.
No aguanté más. Puse las imágenes en modo presentación, una tras otra, y me recliné en su silla. Metí una mano por debajo de la blusa y encontré el pezón ya endurecido, tan tenso que lo sentía contra la tela del sostén. Me lo pellizqué despacio, imaginando que eran sus dedos, su boca, sus dientes.
La otra mano bajó sola. Me desabroché el pantalón lo justo para colar los dedos y los hundí mientras la pantalla seguía cambiando. Me penetraba imaginando que era él, que era esa parte de su cuerpo la que ahora conocía de memoria. Cada foto nueva me arrancaba un suspiro que tuve que morder para no llenar la casa de mi voz.
Entonces, en medio de la secuencia, empezó a reproducirse un video. Él, solo, masturbándose frente a la misma cámara. Verlo en movimiento, escuchar su respiración entrecortada por los pequeños parlantes, fue demasiado. Aceleré el ritmo de mis dedos, acompasándome a él, decidida a terminar justo cuando terminara él.
Solté un gemido de los más fuertes que recuerdo. Me arqueé en la silla, con las piernas tensas y el corazón golpeándome las costillas, mientras en la pantalla él acababa con una intensidad que solo me hizo desear que hubiera sido sobre mi piel y no sobre la suya.
***
Y justo en ese instante, cuando todavía me temblaban los muslos, sonó mi celular sobre el escritorio. El susto de ver su nombre iluminando la pantalla me cortó el placer de golpe. Por un segundo creí que me había descubierto, que de algún modo sabía exactamente lo que acababa de hacer en su silla, con sus fotos.
Respiré hondo, me acomodé la ropa con manos temblorosas y contesté.
—Hola, Rodrigo —dije, y la voz me salió más débil de lo que hubiera querido.
—¿Estás bien? Te escucho rara —respondió él, con un tono entre curioso y preocupado.
—Sí, sí, todo bien —mentí—. Me asusté con el tono de la llamada, nada más.
—Bueno, solo te aviso que la junta se alargó y ya no vuelvo hoy. Cierra cuando termines y nos vemos el lunes —dijo, ajeno a todo.
—Claro, no te preocupes. Hasta el lunes.
Colgué y me quedé un rato mirando la pantalla apagada, con el cuerpo todavía vibrando y la respiración entrecortada. Cerré la carpeta, apagué la computadora y borré cualquier rastro de mi visita. Pero algo había cambiado dentro de mí, algo que ya no iba a poder ignorar.
Mientras juntaba mis cosas y apagaba las luces de la casa, me di cuenta de que esa fantasía silenciosa que arrastraba desde hacía semanas se había vuelto una certeza. Ya no me bastaba con imaginarlo, ya no me alcanzaba con sus fotos ni con mis dedos.
El lunes iba a volver a esa oficina. Y, de una forma u otra, iba a conseguir que Rodrigo dejara de contenerse de una vez por todas.