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Relatos Ardientes

La fantasía que cumplí con un extraño en la pista

Me llamo Lorena, tengo veintinueve años, y esa noche decidí que no iba a ser una más. Llevaba semanas enredada entre entregas de trabajo, reuniones que no terminaban nunca y un teléfono que no paraba de sonar. Necesitaba apagarlo todo. Necesitaba sentir algo que no fuera cansancio.

Me puse un vestido corto, de un verde oscuro que en la penumbra parecía negro, ajustado en los lugares justos. El escote no era escandaloso, pero insinuaba lo suficiente. Me calcé unos tacones que me obligaban a caminar despacio, con la espalda recta, conscientes de cada paso. Me miré al espejo y me gustó lo que vi. No buscaba que me quisieran. Buscaba que me desearan.

El local estaba lleno cuando llegamos. Las luces barrían la pista en cortes blancos y rojos, el bajo se metía debajo de la piel, y el aire olía a perfume mezclado con sudor y alcohol. Mis amigas pidieron la primera ronda y yo me dejé llevar directo al centro, donde la gente se movía como una sola masa. Cerré los ojos. Dejé que la música me usara.

Y entonces lo vi.

Estaba apoyado en la barra, con una camisa oscura arremangada hasta los codos y una barba de tres días que le endurecía la mandíbula. No bailaba. No hablaba con nadie. Solo observaba, con la calma de alguien que está acostumbrado a conseguir lo que mira. Nuestros ojos se encontraron y no apartó los suyos. Yo tampoco.

Levantó el vaso unos centímetros, apenas un gesto, una pregunta sin palabras. Y yo, en lugar de responder, seguí bailando. Pero bailé para él. Giré despacio, dejé que la tela del vestido se moviera con mi cadera, que el pelo me cayera sobre la cara. Sabía que no me quitaba la vista de encima. Esa certeza me encendió más que cualquier caricia.

Que venga él. Que dé el primer paso.

Y lo dio. Se separó de la barra sin prisa, cruzó la pista esquivando cuerpos, y cuando llegó a mi lado no dijo nada. Su mano encontró mi cintura como si tuviera derecho a estar ahí. Firme. Segura. Me atrajo medio centímetro, lo suficiente para que sintiera el calor de su pecho contra mi espalda.

Bailamos así, pegados, sin presentarnos. Él guiaba el movimiento con la presión de los dedos sobre mi cadera, y yo lo seguía, rozándolo, provocándolo. Sentí cómo su cuerpo respondía al mío, cómo la tensión crecía entre los dos sin que ninguno la nombrara.

—Estás jugando con fuego —me dijo al oído, con una voz grave que me erizó la nuca.

—Puede ser —respondí, girando apenas la cara hacia la suya—. ¿Y si es justo lo que vine a buscar?

No contestó con palabras. Su mano subió un poco por mi costado, bajó por el muslo, volvió a mi cintura. Me leía como si ya me conociera. Cada vez que yo creía llevar el control, él me lo devolvía multiplicado.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, más por curiosidad que por necesidad.

—¿Importa? —dijo, y sonrió de lado.

No importaba. Esa era la fantasía exacta que había imaginado tantas noches: un hombre sin nombre, sin historia, sin mañana. Solo esa noche, ese deseo, esa piel.

—Hay un pasillo al fondo —murmuró—. Lejos del ruido.

Lo tomé de la mano. No sé de dónde saqué el valor, o quizá no fue valor sino algo más urgente. Lo guié entre la multitud, el corazón golpeándome el pecho con la misma fuerza que el bajo. Pasamos junto a mis amigas, que ni se dieron cuenta, y nos perdimos por un corredor estrecho que llevaba a los baños.

***

El último cubículo estaba vacío. Apenas pasé el pestillo, me empujó contra la puerta y me besó. No fue un beso tierno. Fue un beso de quien lleva rato conteniéndose, hambriento, profundo. Su lengua buscó la mía, su mano se hundió en mi pelo y tiró apenas, lo justo para hacerme abrir más la boca, para entregarle el control.

Yo lo agarré de la camisa, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela. Le mordí el labio inferior y él respondió con un gruñido que me bajó directo al vientre. La música del local llegaba amortiguada, un latido lejano que marcaba el ritmo de lo que estaba a punto de pasar.

—Date la vuelta —ordenó.

Obedecí. Apoyé las manos en la pared fría y él se pegó a mi espalda, una mano en mi cadera, la otra recorriendo el borde del vestido, subiéndolo despacio. Sentí sus dedos en la piel desnuda de mis muslos, su aliento en mi cuello, y un escalofrío me recorrió entera.

—Llevas toda la noche provocándome —susurró—. ¿Sabías lo que ibas a conseguir?

—Lo sabía —admití, con la voz quebrada.

Bajó la tela de mi ropa interior con una lentitud calculada, disfrutando de mi impaciencia. Cuando por fin sus dedos me tocaron, no pude contener un gemido. Estaba lista desde el primer cruce de miradas en la pista. Él lo notó y soltó una risa baja, satisfecha.

—Tan dispuesta —dijo.

Se arrodilló detrás de mí, me hizo separar las piernas y me recorrió con la lengua. El primer contacto me hizo arquear la espalda. Apreté los labios para no gritar, consciente de que cualquiera podía entrar al baño, y esa idea, lejos de frenarme, me prendió todavía más. Sus dedos se sumaron a su boca, encontrando el ritmo exacto, el punto exacto. Yo mordía mi propia mano, temblando, sintiendo cómo el placer se acumulaba en oleadas cada vez más cortas.

El orgasmo me golpeó de pronto, sin aviso, doblándome las rodillas. Él me sostuvo con firmeza por la cadera para que no cayera, sin dejar de moverse hasta que el último temblor me abandonó.

Me levanté apenas y lo busqué con la mano. Quise devolverle algo de lo que me había dado. Me giré, lo empujé suavemente hasta que su espalda tocó la pared y bajé yo esta vez. Le abrí el pantalón, lo liberé y lo tomé con la boca sin dudar. Lo escuché contener el aire, sentí cómo sus dedos se enredaban en mi pelo, guiándome, marcando un ritmo que yo seguía con ganas.

—Así —jadeó—. Justo así.

Lo miré desde abajo mientras lo hacía, disfrutando del poder que tenía sobre él en ese instante, de cómo su control se deshacía con cada movimiento de mi lengua. Pero él no me dejó terminar. Me tomó de los brazos, me puso de pie y volvió a girarme contra la pared.

—Todavía no —dijo con la respiración entrecortada—. Te quiero acabar de otra forma.

Entró en mí de una sola vez, profundo, arrancándome un gemido que no pude callar. Se quedó quieto un segundo, dejándome sentir cada centímetro, y después empezó a moverse. El ritmo era firme, decidido, cada embestida me empujaba contra la pared y me robaba el aire. Una de sus manos me sujetaba la cadera; la otra subió hasta mi cuello, sin apretar, solo rodeándolo, recordándome quién llevaba el control.

—Dime que esto es lo que querías —murmuró contra mi oreja.

—Es lo que quería —respondí, y era verdad.

Me movía con él, salía a su encuentro, buscaba que entrara más hondo. El sonido de nuestros cuerpos se mezclaba con la música lejana y con mi propia respiración descontrolada. Sentí cómo otro orgasmo empezaba a formarse, distinto al primero, más lento, más intenso, creciendo desde lo más profundo.

Me hizo girar de nuevo, me alzó sobre el borde del lavamanos y se hundió otra vez en mí, cara a cara esta vez. Quería verme. Quería que lo viera. Nos sostuvimos la mirada mientras el placer nos consumía a los dos, sin palabras, sin nombres, solo dos desconocidos atrapados en el mismo deseo.

—No aguanto más —confesé, abrazándolo con las piernas.

—Acaba conmigo —pidió.

Y lo hicimos casi al mismo tiempo. Yo me deshice en un temblor largo que me dejó sin fuerzas; él me siguió con un gemido ronco, sosteniéndome contra su pecho, su frente apoyada en mi hombro mientras los dos recuperábamos el aliento.

***

Nos quedamos así unos segundos, abrazados, sudados, escuchando cómo afuera el mundo seguía bailando ajeno a todo. Él me apartó un mechón de la cara con una ternura que no encajaba con la furia de hacía un momento.

—Tenemos que salir antes de que alguien sospeche —dijo, todavía con la voz ronca.

Me ayudó a bajar, me acomodé el vestido, me peiné con los dedos frente al espejo empañado. Él se arregló la camisa, se pasó la mano por la barba, y por un instante volvió a ser un extraño cualquiera apoyado en una pared.

—¿De verdad no me vas a decir tu nombre? —pregunté, medio en broma.

—Si te lo digo, deja de ser lo que fue —respondió—. Y lo que fue estuvo perfecto así.

Tenía razón. Un nombre lo habría arruinado. Lo habría convertido en alguien a quien escribir, a quien esperar, a quien echar de menos. Y yo no había ido a buscar nada de eso.

Salimos por separado, con unos minutos de diferencia, como si no hubiera pasado nada. Volví con mis amigas, que seguían riendo en la pista, y nadie notó la diferencia. Pero yo sí la sentía. La llevaba por dentro, vibrando todavía, como un secreto caliente que solo era mío.

Lo busqué con la mirada una última vez antes de irme. Estaba de nuevo en la barra, vaso en mano, observando a la gente con esa calma suya. Me vio. Levantó el vaso unos centímetros, igual que al principio. Yo le sonreí y no me acerqué.

Algunas fantasías solo funcionan si se cumplen una vez. Esa noche la había cumplido entera, y salí a la calle sintiéndome más viva que en muchísimo tiempo, con el deseo todavía latiendo entre las piernas y la certeza de que no necesitaba volver a verlo para recordarlo el resto de mi vida.

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Comentarios (5)

MilaVelarde

que relatazo, me dejo sin palabras!!

Cuentero_MJ

Por favor seguí con esto, no puede quedar así. Quiero saber qué pasó después.

LorenaRJ_ok

Ay dios mio, me recordo a una noche en Buenos Aires que prefiero no contar jajaja. Excelente relato.

Rodrigo_78

La tension antes de que pase todo está muy bien lograda. Se siente real.

Nocturnox33

Y si hubiera sido ella la que lo miraba primero? jajaja capaz sería otro relato distinto. Muy bueno igual!

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