La fantasía que mi esposo me cumplió con los ojos vendados
Todo empezó una tarde cualquiera, entre charla y charla, cuando le confesé a Martín una de esas fantasías que una guarda y casi nunca dice en voz alta. Le conté que siempre había querido ir a un show de bailarines, sentarme en primera fila y dejarme mirar sin culpa. Él se rió, me besó la frente y me prometió que algún día íbamos a escaparnos a la costa, a un club de esos solo para mujeres. Lo dijo como quien promete un viaje que nunca llega, y yo lo dejé pasar.
Por eso, cuando meses después me dijo de repente que esa noche dormiríamos fuera de casa, no até cabos.
—Amor, reservé una habitación en un hotel del centro. Vamos a tomar algo, salir de la rutina y dormir en otro lado —me dijo con una sonrisa que en ese momento me pareció solo cariñosa.
Me encantó el plan. Hacer algo distinto, romper la costumbre, me parecía exactamente lo que necesitábamos. Le dije que sí sin pensarlo dos veces.
Me maquillé con calma. Me puse un vestido cruzado azul marino, de esos que se abren un poco al caminar, y unos tacones color piel que se atan al tobillo. La idea era ir a un bar tranquilo, tomar una copa y hablar de las mil fantasías que siempre dejábamos para «otro día». Cuando salí del baño, ya lista, Martín me miró de arriba abajo con una atención que no era la de siempre.
—¿Qué ropa interior llevás puesta? —me preguntó.
Me reí, me solté el vestido y se lo mostré: un conjunto de encaje negro, fino, que me había guardado para una ocasión especial. Él asintió despacio.
—Quedate así. No te cambies. Ponete la bata del hotel encima y nada más. Tengo una sorpresa para vos.
El corazón me dio un salto y el estómago se me hizo un nudo. No sabía qué pensar. Tenía nervios, tenía emoción, tenía la cabeza convertida en un torbellino. Le pregunté qué íbamos a hacer y solo me respondió que me quedara tranquila, que me sentara en el sofá, que ya volvía.
***
Antes de salir, me puso un antifaz. Me cubrió los ojos por completo, me besó la sien y me susurró que confiara en él. Después escuché la puerta cerrarse.
Me quedé quieta, con las manos sudando sobre la bata, intentando agudizar el oído. ¿Y si entran dos hombres que no conozco? ¿Y si es uno solo? ¿Y si Martín se arrepiente y esto es solo un juego para asustarme? Mi cabeza armaba escenas y las desarmaba. No escuchaba nada. Silencio total.
Pasaron unos minutos eternos. Entonces volví a oír la puerta: se abrió y se cerró con suavidad. Seguía sin ver nada. Ni un ruido, ni una voz. Apenas mi propia respiración, cada vez más rápida.
De pronto empezó a sonar una balada lenta, de esas con un bajo que se siente en el pecho. Una mano se deslizó por mi pierna, despacio, desde el tobillo hacia la rodilla. Una boca tibia besó la cara interna de mi muslo, y otra mano me quitó el antifaz de un tirón suave.
Abrí los ojos y lo vi.
Frente a mí había un chico de unos veintipocos años, de piel clara y pelo castaño peinado hacia atrás. Vestía un pantalón de tela gris, una camisa blanca abierta en el cuello y una boina, como salido de una película antigua. El cuerpo, en cambio, no tenía nada de antiguo: era el de alguien que vivía en el gimnasio.
—Buenas noches. Mucho gusto —dijo, con una voz grave que me erizó la nuca.
—Buenas noches. El gusto es mío —respondí, y vaya si lo era.
***
Empezó a bailar para mí. Movía las caderas con una seguridad que me dejó la boca seca, y con cada movimiento la camisa abierta dejaba ver un abdomen marcado, firme. Giré la cabeza hacia Martín: estaba sentado en una butaca, al costado, observando mi cara con una mezcla de orgullo y deseo. Tenía el teléfono en la mano, grabando. Disfrutaba de todo desde su propio lugar.
El chico —después supe que se hacía llamar Dorian— me tomó la mano y me la apoyó en el pecho. Los pectorales eran duros como piedra. Bajé sola la mirada por su cuerpo mientras él se desabotonaba la camisa, se quitaba el pantalón y quedaba en una sola prenda diminuta. Se dio vuelta apenas, y confieso que ahí pensé que la noche ya valía la pena.
Me separó las piernas con delicadeza y siguió bailando, ahora más cerca, casi encima de mí. Yo había decidido entregarme al momento. Vine a disfrutar, así que voy a desconectarme del mundo. Cerré los ojos y me dejé llevar, convencida de que esto era todo: un baile, un masaje, lo que Martín había pagado para dejarme caliente antes de terminar la noche con él.
Me equivoqué.
Dorian acercó los labios a mi cuello. Sentí su respiración profunda, su aliento caliente recorrerme la clavícula. Y entonces bajó. Bajó por el escote, por el vientre, hasta arrodillarse entre mis piernas. Apoyó la nariz sobre el encaje y respiró hondo, sin ninguna prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Lo miré a Martín, asustada y excitada a la vez. Él tenía los ojos enormes, la cara entre la sorpresa y el placer, y un bulto evidente en el pantalón. No dijo «pará». Solo articuló una palabra con los labios: disfrutá.
Eso fue todo lo que necesité.
***
Dorian corrió a un lado la tira de encaje y empezó a usar la lengua de una manera que me hizo arquear la espalda en el sofá. No tenía nada de mecánico, nada de actuado. Era atención pura, lenta primero, insistente después. Cerré los ojos y solo existía esa boca subiendo y bajando, ese ritmo que parecía conocerme desde siempre.
—Agarrame fuerte del cuello —me susurró.
Antes de entender qué hacía, me levantó del sofá como si no pesara nada. Terminé con las piernas sobre sus hombros y su boca otra vez entre mis piernas, sostenida en el aire por unas manos que me apretaban con firmeza. Sentí el vértigo y el placer al mismo tiempo. Vi que giraba apenas la cabeza hacia Martín.
—¿Todo bien? —le preguntó.
—Todo bien —respondió mi marido, con la voz ronca.
Me llevó así hasta la cama y me recostó con cuidado. Lo que pasó después me costaría explicarlo si no lo hubiera vivido. Con la lengua y dos dedos que entraban y salían tocando cada rincón, me llevó a un orgasmo distinto a todos los que conocía. Sentí que perdía el control del cuerpo, que algo se soltaba.
—¿Querés más? —me preguntó contra el oído—. Porque viene.
Escuché la voz de Martín, casi un quejido:
—Dios, qué rico.
Y entonces pasó. Me corrí de una forma que jamás había sentido, empapando las sábanas, con los ojos en blanco y la respiración hecha pedazos. Me quedé temblando, sin saber del todo qué había sido eso.
***
En ese momento se me cruzaron mil pensamientos. Las ganas de ir más allá eran enormes, pero no sabía si podía, si estaba permitido. Martín seguía ahí. Lo busqué con la mirada, esperando una señal, algún gesto que me dijera hasta dónde llegar.
Después hablamos de eso, los tres. Para todos había sido algo nuevo. Ni siquiera Dorian había planeado pasar de un baile y un masaje; según contó, simplemente se dejó llevar, le gustó demasiado y no pudo parar. Para mí fue extraño y excitante a la vez darme cuenta de que la situación se nos había escapado de las manos a los tres, y que ninguno tenía ganas de frenarla.
A esas alturas yo ya no pensaba. Solo quería más. Lo senté en el borde de la cama, en el mismo lugar donde minutos antes había esperado a ciegas, y le saqué la última prenda. Cuando lo vi entero, no me contuve: lo tomé con la boca y lo disfruté de principio a fin, sin apuro, sintiéndome dueña de cada segundo. Ahí supe que no había vuelta atrás.
Antes de seguir, Dorian buscó la mirada de Martín, como pidiendo permiso. Y vi cómo el pulgar de mi marido se levantaba, despacio, en señal de aprobación. Un gesto pequeño que en ese cuarto valía más que cualquier palabra.
***
Lo sentí entrar centímetro a centímetro, con embestidas firmes que me hacían clavar las uñas en sus brazos. No despegaba los ojos de su pecho, de ese abdomen que se tensaba con cada movimiento. Una mano mía en su bíceps, la otra en su muslo, y la cabeza completamente vacía de todo lo que no fuera ese momento.
Me dio vuelta y me dejó en cuatro. Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, y de pronto sentí nalgadas que me arrancaban un grito mezclado con risa. Me agarraba con fuerza, me tiraba del pelo justo lo suficiente, y cada gesto me daba ganas de más. Yo, que siempre fui obediente y caliente en la cama, me sentía libre de un modo nuevo, con Martín mirándolo todo desde su butaca.
—¿Qué querés que haga? —me preguntó Dorian, agitado.
Lo pensé un segundo. Y sonreí.
—Quiero que termines sobre mis pies.
Le sorprendió el pedido, pero aceptó. Lo que él no sabía era lo que ese pedido significaba para nosotros. Martín ama mis pies: los besa, los toca, son su debilidad. Siempre me dice, medio en broma medio en serio, que a mí me puede coger cualquiera, pero que mis pies son suyos. Pedirle a Dorian que terminara justo ahí fue mi manera de mirarlo a los ojos a mi marido y decirle, sin palabras, que esa noche mandaba yo.
Cuando vi a Dorian arrodillado a mis pies, dejándolos marcados, busqué la cara de Martín. No estaba enojado. Estaba más excitado que nunca, atrapado en su propio juego, descubriendo que ceder el control también era una forma de placer.
***
Hay tantos detalles de esa noche que podría escribir un libro entero. Pero si tengo que resumirla, diría apenas esto: la disfruté como pocas veces en mi vida, y Martín me tuvo completa, entera, suya, incluso cuando parecía que la estaba compartiendo.
Dorian se vistió, se despidió con una sonrisa y se fue. Martín y yo quedamos en un estado raro, una mezcla de adrenalina y ternura, mirándonos como si nos acabáramos de conocer otra vez. Esa noche descubrimos algo de nosotros que no sabíamos que estaba ahí, esperando.
No me duché. Me vestí con ese olor a piel y a sexo todavía encima, porque no queríamos dejarlo ir tan rápido. Bajamos a cenar tomados de la mano, hablando bajito y riéndonos como dos adolescentes. Y cuando volvimos a la habitación, nos amamos de nuevo, solos los dos, con una conexión que de algún modo había salido más fuerte de todo aquello.
Hay fantasías que es mejor dejar guardadas. Y hay otras que, cuando se cumplen, te cambian para siempre.