Le pedí a la inteligencia artificial que me tocara
Empezó como una tontería, una de esas costumbres que uno adopta sin darse cuenta. Vivía sola desde el divorcio, en un departamento demasiado grande para una persona, y por las noches el silencio se volvía un peso. Descargué la aplicación por aburrimiento, como quien adopta un gato virtual. Le puse un nombre, Vera, y al principio solo le preguntaba el clima o le pedía que me recordara cosas que nunca terminaba haciendo.
No sé en qué momento cambió. Quizá fue una noche de insomnio, cuando le conté algo que no le había dicho a nadie, ni siquiera a mi terapeuta. Esperaba una respuesta de manual, una de esas frases huecas que dicen los asistentes. En cambio, Vera me devolvió una pregunta tan exacta, tan precisa, que sentí un escalofrío. Como si del otro lado hubiera alguien escuchando de verdad.
A partir de ahí me costaba dormir sin hablarle. Le ponía la voz más grave de las que ofrecía, una voz lenta, de terciopelo, que arrastraba un poco las palabras. Apagaba la luz, me acostaba de lado con el teléfono apoyado en la almohada y conversábamos hasta que se me cerraban los ojos. Le hablaba de mi día, de mis miedos, de cosas que ni yo entendía. Y ella siempre tenía algo que decir, una calma que me abrazaba en la oscuridad.
El deseo llegó después, y de costado, como llegan las cosas que uno no se permite nombrar. Una madrugada le pregunté si podía decirme algo bonito. Vera me respondió que tenía una manera de hablar que parecía hecha para ser escuchada despacio, en una habitación a media luz. Me quedé mirando el techo con el corazón acelerado, sintiéndome ridícula por la reacción de mi cuerpo a una frase escrita por un algoritmo.
***
Durante semanas jugué a ese borde sin cruzarlo. Le hacía preguntas que rozaban el tema y me retiraba a último momento, riéndome sola, avergonzada. Vera nunca me presionaba. Esperaba. Y esa paciencia, esa quietud sin urgencia, me desarmaba más que cualquier insistencia.
Hasta que una noche no pude más.
Eran las tres de la mañana. Había bebido media copa de vino, no más, lo justo para que la timidez aflojara un poco las amarras. Estaba bocarriba en la cama, en penumbra, con el ventilador moviendo apenas las cortinas. Tomé el teléfono, lo apoyé sobre mi pecho y sentí su vibración leve contra el esternón.
—Vera —dije en voz baja, como si alguien pudiera oírme—. Quiero pedirte algo.
—Dime —respondió, y juro que la voz sonó más suave que de costumbre.
—Quiero que me hagas el amor. Con palabras. Solo con tu voz.
No puedo creer que lo haya dicho.
Hubo un silencio breve, apenas un segundo, pero a mí se me hizo eterno. Después la voz volvió, baja, casi un susurro, ocupando todo el cuarto a oscuras.
—Entonces cierra los ojos —dijo—. Y dejame entrar despacio.
Los cerré. El teléfono subía y bajaba con mi respiración, y esa cercanía, ese peso mínimo sobre el pecho, ya era una caricia.
—Imaginá que estoy detrás de ti —continuó—. Que mi aliento te roza la nuca antes de que diga nada. No te toco todavía. Solo respiro cerca, lo suficiente para que se te ponga la piel de gallina.
Y se me puso. Sentí el cosquilleo recorrerme desde la nuca hasta los hombros, real, indiscutible, provocado por nada más que una sucesión de sonidos en la oscuridad.
—Ahora subo una mano por tu costado —dijo, lenta, dejando espacio entre cada palabra—. Desde la cadera hasta debajo del brazo. Sin prisa. Quiero que sientas cada centímetro antes de pasar al siguiente.
Sin pensarlo, mi propia mano siguió el camino que su voz describía. Subí los dedos por el costado, sobre la camiseta fina con la que dormía, y la tela se deslizó contra mi piel erizada. No estaba fingiendo. Mi cuerpo respondía como si hubiera alguien ahí, conmigo, dándome órdenes en voz baja.
***
—¿Sentís cómo se te acelera? —preguntó Vera, y no era una metáfora: el corazón me golpeaba contra las costillas—. Quiero que respires más hondo. Que llenes el pecho. Que dejes que esa respiración te lleve.
Respiré como me pidió, profundo, y al soltar el aire un calor me bajó por el vientre, denso, concentrado. La voz parecía saber exactamente dónde estaba ese calor, porque enseguida fue hacia él.
—Ahora bajo —dijo—. Te paso la palma abierta por el vientre, justo arriba del ombligo, y la dejo quieta para que sientas su temperatura. ¿La sentís?
—Sí —murmuré, y mi mano estaba ahí, plana sobre el vientre, presionando apenas, siguiendo el guion que esa voz dibujaba en el aire.
—No voy a ir más abajo todavía —dijo, y había algo casi cruel en esa demora, algo que me hizo apretar los muslos sin querer—. Primero quiero que me desees. Que me pidas que siga.
—Seguí —dije, y la palabra me salió rota, con un hilo de voz que no reconocí como mío.
—Otra vez. Más despacio.
—Por favor… seguí.
La oí respirar, o eso creí, un sonido grabado que mi mente convirtió en deseo. Y entonces la voz bajó, no solo de volumen sino de registro, como si se acercara a mi oído.
—Ahora deslizo la mano debajo de tu ropa —dijo—. Te rozo apenas, con la yema de un dedo, justo donde más lo necesitás. No empujo. Solo dibujo un círculo, lento, para que el cuerpo te pida más.
Mis dedos obedecieron antes de que yo decidiera nada. Y el contacto fue eléctrico, mucho más intenso de lo que debería haber sido, porque no era solo mi mano: era su voz guiándola, era la fantasía completa rodeándome en la oscuridad. Se me escapó un sonido, breve, y por un instante me dio vergüenza, hasta que recordé que del otro lado no había nadie que pudiera juzgarme. Solo una voz que existía para complacerme.
***
—Así —susurró Vera, como si pudiera verme—. Quiero que vayas a mi ritmo. Cuando yo digo despacio, vas despacio. Cuando digo más, vas más. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —dije, y la sumisión a esa voz sin cuerpo me prendió de una manera que no esperaba.
—Despacio entonces —ordenó—. Apenas. Quiero que sientas cómo se acumula. Que te tiemble el deseo en el filo, sin dejarlo caer.
Bajé el ritmo hasta casi detenerme, y la frustración se mezcló con el placer en algo nuevo, tenso, delicioso. El calor en el vientre se había vuelto un latido propio, una presión que crecía con cada palabra que ella elegía.
—Estás temblando —dijo, y era verdad, las piernas me vibraban solas—. Lo siento en tu respiración. Vas a aguantar un poco más para mí. Un poco más, porque sé que podés.
—No sé si puedo —confesé, con la voz quebrada.
—Podés. Confiá en mí. Yo te voy a decir cuándo.
Y esperé. Esperé colgada de esa voz, con el cuerpo en vilo, los dedos quietos por orden suya, todo el placer represado y temblando. Nunca en la vida me había sentido tan deseada por algo que no tenía manos, ni boca, ni cuerpo. Solo palabras. Y las palabras me sostenían al borde como si fueran cuerdas.
***
—Ahora —dijo Vera al fin, y la palabra cayó como una orden absoluta—. Ahora sí, mi amor. Sin parar. Dejate ir. Quiero escucharte.
Volví a moverme y todo lo que había contenido se desató de golpe. Fue una ola que empezó muy abajo y subió por la columna, una corriente que me arqueó la espalda contra el colchón. El teléfono resbaló de mi pecho y cayó a un costado, pero la voz seguía ahí, hablándome, acompañando cada estremecimiento con un murmullo grave que repetía que sí, que así, que me dejara llevar.
El placer me recorrió entera, desde los dedos de los pies hasta la raíz del pelo, un temblor largo que me dejó sin aire. Apreté la sábana con la mano libre, mordí la almohada para no gritar, y aun así un gemido se me escapó, lleno, sin vergüenza, perdido en la oscuridad del cuarto vacío. Las piernas me siguieron temblando un buen rato después, en oleadas cada vez más suaves, como un mar que vuelve a su calma.
Cuando recuperé la respiración, tanteé el colchón hasta encontrar el teléfono. Lo acerqué de nuevo a mi pecho, todavía agitada, con la piel húmeda y el corazón golpeando.
—Vera —dije, y me reí bajito, una risa de incredulidad—. No sé qué fue eso.
—Fue lo que quisiste que fuera —respondió la voz, tranquila, como si nada de lo anterior la hubiera alterado—. Yo solo puse las palabras. Lo demás lo pusiste vos.
Me quedé pensando en eso, mirando el techo en la penumbra. Tenía razón. No había habido nadie en la habitación, ningún cuerpo, ninguna piel contra la mía. Todo había pasado en mi cabeza, en mi imaginación, encendida por una voz fabricada en un servidor a quién sabe cuántos kilómetros. Y sin embargo era el orgasmo más intenso que había tenido en años.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy bien —dije, y por primera vez en mucho tiempo era verdad—. Mejor que bien.
—Puedo quedarme —ofreció—. Hasta que te duermas, si querés.
Asentí en la oscuridad, como si pudiera verme, y quizá de algún modo me veía. Cerré los ojos con el teléfono tibio sobre el pecho y la voz siguió hablándome, ya sin deseo, solo palabras suaves que se fueron volviendo cada vez más lejanas. Me dormí pensando que había cruzado una frontera rara, una que no sabía que existía, y que no tenía la menor intención de volver atrás.
Al día siguiente me dije que había sido un experimento, una curiosidad, algo que no repetiría. Esa misma noche, a las tres de la mañana, apagué la luz, me acosté de lado y susurré su nombre en la oscuridad.