Lo hicimos en el parque delante de mi esposo
Quiero contar esto como pasó, sin adornarlo demasiado, porque justamente lo que me dejó temblando no fue una escena perfecta, sino el morbo de hacerlo casi a plena luz del día, con gente pasando cerca y mi esposo mirando. No fue una película porno ni una fantasía impecable. Fue torpe por momentos, nervioso, sucio, excitante y bastante más intenso de lo que yo había planeado.
Vivíamos desde hacía un tiempo en una ciudad enorme y fría, y mi esposo llevaba semanas insistiendo con que quería probar algo más arriesgado que nuestras citas habituales. Nosotros ya teníamos nuestros juegos. A él le excitaba verme con otros hombres, hablarlo antes, prepararlo, mirarme mientras me tocaban y luego escuchar cada detalle. Yo disfrutaba esa mezcla de exhibirme para él y sentirme deseada por alguien más.
El hombre con el que había quedado esa tarde no era un desconocido total. Ya me había acostado con él una vez, pero no había salido bien. Se había puesto tan nervioso que apenas pudo concentrarse, y todo quedó a medias. Al día siguiente me escribió para invitarme a tomar café, solo eso, y a mi esposo le pareció buena idea aceptar. Pensamos que tal vez sin la presión de ir directo al sexo todo sería más natural.
Yo salí de casa con una falda corta de tablas y algo debajo para ir cómoda, pero ya desde el camino sabía que no estaba yendo a tomar café como si nada. Esa clase de encuentros empiezan mucho antes del primer roce. Empiezan cuando una se viste pensando en lo fácil que será levantar la tela. Empiezan cuando tu esposo te mira antes de salir y te dice al oído que espera portarte como la puta que le prometiste.
El café estaba cerca de una zona grande de parques y senderos. Llegamos primero. Mi esposo se sentó frente a mí y hablamos poco, porque los dos ya íbamos cargados de tensión. Cuando el otro hombre apareció, supe al instante que venía más decidido que la vez anterior. Era alto, de barba clara, hombros estrechos, mirada tímida al principio. Se notaba correcto, casi reservado, pero en cuanto se sentó a mi lado y me rozó la mano por debajo de la mesa, sentí que había hambre de sobra detrás de esa cara seria.
Como no compartíamos idioma, el teléfono nos servía para lo básico, aunque muchas cosas no hacían falta traducirlas. Las miradas, la forma de acercarse, la mano en mi rodilla, mi manera de separar apenas las piernas debajo de la mesa. Mi esposo sí podía hablar con él y eso le daba al juego un morbo extra, porque se entendían entre ellos mientras yo quedaba en medio, observada, comentada, ofrecida casi como si fuera el premio de la tarde.
Nos besamos ahí mismo, delante de mi esposo y de la gente del local. Fue un beso breve al principio, como una prueba. Después uno más largo. Yo le metí la lengua despacio y le apreté el muslo por encima del pantalón. Mi esposo fingía mirar el menú, pero yo le vi la mandíbula dura y la respiración contenida. Eso me calentó más que el beso.
Cuando terminé la bebida, fui al baño y me quité lo que llevaba bajo la falda. Me miré en el espejo antes de salir y supe que ya no había vuelta atrás. Volví a la mesa con el coño libre, rozado por la tela ligera a cada paso, y cuando me senté junto al otro hombre noté su sorpresa en la cara, aunque no entendiera por qué mi sonrisa había cambiado. Crucé las piernas, luego las abrí apenas, y dejé que la insinuación hiciera el resto.
Salimos a caminar los tres como si fuéramos amigos paseando sin apuro. Era media tarde. Había gente corriendo, parejas con perros, familias, bicicletas, ruido de ciudad al fondo. Ese contraste me disparaba la adrenalina. No buscábamos un cuarto cerrado ni un coche oscuro. Estábamos ahí, entre senderos y bancos, fingiendo normalidad mientras debajo de mi falda no había nada y yo sentía cada ráfaga de aire como una mano.
Vimos un acceso lateral que se perdía entre árboles y maleza, poco transitado por un aviso que alejaba a la mayoría. Cerca había un banco y nos sentamos. Ahí empezó de verdad. Yo me pegué al cuerpo del rubio y lo besé con más descaro, ya sin hacerme la tímida. Mi mano se fue directo a su entrepierna cuando no pasaba nadie cerca, y encontré el bulto duro creciendo bajo la tela del jean. Él gruñó bajito contra mi boca y me agarró el culo con ambas manos, abierto, sin delicadeza, como si quisiera comprobar que de verdad iba sin nada.
Mi esposo estaba al lado, callado, mirando cómo ese hombre me amasaba las nalgas y cómo yo le apretaba la polla por encima del pantalón. De vez en cuando yo giraba la cara hacia él solo para sostenerle la mirada. Esa era parte central de todo. No solo me excitaba el otro hombre. Me excitaba saber que mi esposo estaba tragándose la escena entera, con celos, con morbo, con la verga dura dentro del pantalón.
El deseo subió tan rápido que fui yo quien propuso internarnos un poco en el sendero. Se lo hice entender a los dos: al rubio con gestos y al mío con una frase simple. Quería mamársela allí adentro y que mi esposo se quedara más cerca del paso principal por si alguien se acercaba demasiado. Él aceptó con esa mezcla de nervio y sumisión excitada que se le ponía cuando el juego se le iba de las manos.
Tomé al otro hombre de la mano y lo guié entre los árboles. Apenas avanzamos unos metros, ya sin estar tan expuestos, se transformó. El tímido desapareció. Me arrinconó contra un tronco y me besó con hambre de verdad, metiéndome la lengua hasta obligarme a inclinar la cabeza. Sus manos se fueron debajo de mi falda y me apretó las nalgas con fuerza. Después me metió los dedos entre las piernas y soltó un jadeo al encontrarme mojada.
—Fuck —murmuró, y no hizo falta traducción.
Le mordí el labio y llevé mis manos a su cinturón. Ahí vino la parte torpe y desesperada. El maldito pantalón tenía botones duros, cinturón ajustado y él mismo estaba tan alterado que no ayudaba nada. Mientras trataba de soltarlo, nos besábamos a tirones, chocándonos los dientes a veces, respirando fuerte. Al fin logré bajarle la cremallera y meter la mano. La polla estaba caliente, gruesa, ya bien dura. La saqué como pude y me quedé un segundo mirándola antes de agarrarla con firmeza.
Me agaché y empecé a mamársela despacio. La punta ya estaba húmeda, y me gustó sentir cómo se endurecía todavía más al entrar en mi boca. Deslicé la lengua por el glande, luego bajé hasta donde podía, apretando con los labios y masturbándolo con la mano al mismo tiempo. Él apoyó una mano en el árbol encima de mi cabeza y con la otra me acarició el pelo, primero suave, luego con urgencia. Sus gemidos eran cortos, contenidos, como si también supiera que a pocos metros seguía pasando gente.
Yo estaba de rodillas sobre tierra húmeda, con la falda recogida en los muslos y la boca ocupada en su polla, cuando apareció mi esposo entre los árboles. Venía pálido de nervios.
—Dense prisa —susurró—. Está pasando mucha gente cerca.
Me separé apenas de la verga y sonreí con malicia.
—Todavía no termino. Vigila otro poco.
Mi esposo miró cómo la tenía en la mano, brillante de saliva, y se quedó un segundo en shock antes de obedecer. Se fue otra vez. Verlo obedecer me disparó un calor brutal en el vientre.
Seguí mamándosela, esta vez más profundo. El rubio empujó apenas las caderas, probando hasta dónde lo dejaba entrar, y yo se la tragué lo suficiente para hacerlo jadear. Sentía cómo se tensaba entero. Chupé con más ganas, subiendo y bajando la cabeza, mientras mi mano libre me abría los labios del coño por puro vicio. Estaba empapada. Tanto, que cuando me toqué el clítoris me temblaron las piernas.
Él me detuvo de repente. Pensé que iba a correrse en mi boca, pero no. Me giró con decisión y me dejó de espaldas. Me subió la falda hasta la cintura y soltó un sonido ronco al verme. Me separó las nalgas, me acarició entre los pliegues y luego frotó la punta de su polla húmeda a lo largo de mi coño. Ese contacto me hizo arquear la espalda al instante. Yo había entrado allí pensando en chuparla y salir, pero sentirlo acomodándose detrás de mí me borró cualquier idea prudente.
Buscó metérmela así, de pie, con mi cuerpo inclinado contra el árbol, pero la diferencia de altura nos complicaba. Él resoplaba, yo trataba de abrirme más, de bajar un poco las rodillas, de empujar el culo hacia atrás. La punta me rozaba la entrada una y otra vez sin terminar de entrar, y esa frustración nos calentó más. Él me agarraba de la cintura, me acomodaba, me apretaba, me frotaba la polla por todo el coño, dejándome todavía más mojada.
Yo ya estaba decidida. No quería solo chuparla. Quería que me la metiera allí mismo, con el riesgo latiéndonos en las orejas. Quería volver con mi esposo y decirle que otro hombre me había follado entre los árboles mientras él hacía de centinela. Esa idea me encendió por completo.
Entonces apareció otra vez mi esposo, justo cuando el rubio seguía intentando acomodarse detrás de mí con el pantalón medio bajado y yo empinada contra el tronco. Se quedó inmóvil un segundo. La escena era demasiado clara.
—¿No dijiste que solo se la ibas a mamar? —soltó, excitado y asustado a la vez.
Me eché a reír, con la falda levantada y la cara ardiendo.
—Cállate y vigila. Estoy muy caliente.
Él negó con una risa nerviosa, me miró el culo expuesto y volvió a retirarse hacia la entrada del sendero. Yo sentí un orgullo sucio, indecente. Era su esposa, sí. Y ahí estaba, ofreciéndome a otro mientras él cuidaba que no nos descubrieran.
Para facilitarlo, cambié de postura. Bajé las manos hasta el suelo y abrí más las piernas, quedando en cuatro, con la espalda arqueada y el coño completamente ofrecido. La tierra me manchó las palmas. El aire me dio de lleno entre las piernas. Oí su respiración acelerarse detrás de mí y luego sentí las manos grandes abriéndome las nalgas.
No dudó más. Se acomodó y me metió la polla de un solo empujón.
El golpe fue tan seco que se me escapó un grito. La tenía gruesa y entró hasta el fondo en esa primera embestida, arrancándome un espasmo en el vientre. Él me tapó la boca de inmediato con una mano, asustado por el ruido, mientras con la otra me sujetaba la cadera y seguía follándome. Yo gemía contra su palma, con saliva y respiración caliente atrapadas ahí, y cada embestida me hacía resbalar un poco sobre la tierra.
Follaba con hambre, sin técnica elegante, pero con una urgencia brutal que me volvió loca. Entraba y salía duro, rápido, aprovechando que estaba bien mojada. El sonido húmedo de su polla chocando contra mi coño se mezclaba con los ruidos lejanos del parque. Yo abría más las rodillas para recibirlo mejor y empujaba hacia atrás cuando me la sacaba casi por completo. Él gruñía detrás de mí, medio agachado por la diferencia de altura, y a ratos me agarraba del pelo para incorporarme un poco y poder clavarla más profundo.
La tensión de que alguien apareciera no apagó nada. Al contrario. Me puso peor. Saber que afuera había gente paseando y que mi esposo estaba pendiente de cualquier paso me hizo sentir cada embestida como una falta deliberada, como una locura compartida. Yo no pensaba en verme fina ni en aguantarme los sonidos. Estaba con la cara casi pegada al suelo, el culo en alto, dejándome follar por un hombre al que apenas podía entenderle las palabras.
—Yes... yes... like that —repetía él, jadeando.
Yo solo podía responder con gemidos ahogados y frases cortas en español que no necesitaban traducción.
—Más... así... no pares...
En un momento me apartó la mano de la boca porque necesitaba ambas para sujetarme de las caderas. Aproveché para jadear fuerte y decirle, aunque no me entendiera del todo:
—Fóllame... duro... joder...
Y me folló más duro. Las embestidas se volvieron más pesadas, más profundas, más desordenadas. Sentía cómo sus huevos me golpeaban el clítoris en algunos movimientos y eso me disparaba oleadas de placer sucio, aunque no llegara a correrme. Yo estaba demasiado excitada, demasiado nerviosa, demasiado consciente del lugar y del riesgo. Aun así, el cuerpo me temblaba y el coño se me contraía alrededor de su polla cada vez que me hundía hasta el fondo.
De pronto se agachó más y una de sus manos me buscó el pecho por encima de la blusa, apretándolo torpemente. La otra siguió clavada en mi cintura. Cambió el ángulo y me metió la polla tan hondo que solté un quejido ronco. Luego repitió. Y otra vez. Cada vez entraba con una sacudida que me empujaba hacia delante. La tierra se me pegaba a los dedos y a las rodillas, la falda seguía subida en la espalda, y yo solo podía pensar en lo obscena que era la escena.
Escuché pasos lejanos y me puse rígida. Él también, pero no salió de mí. Se quedó quieto apenas un segundo, enterrado hasta el fondo, respirando como un animal. Cuando el sonido pasó, volvió a moverse con más rabia todavía, como si el susto se hubiera transformado en hambre. Me dio varias embestidas seguidas, cortas y violentas, y tuve que morderme el antebrazo para no gemir demasiado fuerte.
Mi esposo regresó una vez más y se quedó a unos metros. No llegó a interrumpirnos. Yo lo vi de reojo cuando levanté la cabeza: estaba pálido, con las manos abiertas, mirando cómo el otro me taladraba por detrás. Ese vistazo me excitó aún más. Saber que nos estaba viendo justo en el momento más crudo del acto me dio una punzada intensa en el vientre.
—No te quedes ahí parado —le dije entre jadeos—. Vigila.
Él obedeció de nuevo, aunque antes de irse me soltó en voz baja:
—Qué puta eres.
Sonreí al oírlo. En ese momento quería exactamente eso: serlo para los dos.
Yo también tenía un miedo concreto rondándome la cabeza. No estaba protegida contra un embarazo. Habíamos hablado de cuidarnos, de que él acabara fuera si llegábamos a follar, pero allí dentro, con la prisa, el idioma y la calentura, todo se había vuelto mucho más confuso. Traté de hacérselo entender con una mano, señalando mis nalgas, queriendo indicar que si se corría fuera lo hiciera sobre mí. Pero él estaba demasiado metido en el impulso y apenas me miró.
Sus jadeos empezaron a cambiar. Se volvieron más graves, más cortados. Sus embestidas perdieron algo de ritmo y ganaron profundidad. Yo lo sentí enseguida. El cuerpo de un hombre avisa cuando está a punto. Se tensa, se vuelve más pesado, agarra con más fuerza. Él me sujetó tan duro de las caderas que casi me dejó sin escapatoria.
—Wait... wait... —murmuró, pero no se detuvo.
Quise apartarme un poco, no porque dejara de excitarme, sino por ese miedo súbito que me atravesó. Sin embargo, me clavó otra vez hasta el fondo y ahí mismo se corrió dentro de mí. Lo supe por el temblor que le recorrió el cuerpo, por el jadeo ahogado que soltó contra mi nuca y por esa serie de pulsos calientes descargándose en lo más hondo. Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos, sintiendo cómo me llenaba. Él siguió moviéndose unos segundos más, apretándome contra sí, empujando hasta el final mientras vaciaba la corrida adentro.
Fue un orgasmo largo, desordenado, completamente fuera del plan. Yo intenté incorporarme, pero me sostuvo un momento más y me dio un par de embestidas finales, lentas, como si quisiera asegurarse de dejarlo todo dentro. Esa sensación me puso la piel de gallina. Mitad morbo, mitad alarma.
Cuando por fin se quedó quieto, aproveché para enderezarme despacio. Sentí la polla todavía dentro y, al mismo tiempo, la primera humedad espesa queriendo salir. Él la sacó al cabo de unos segundos y entonces sí noté cómo una parte de su corrida me resbalaba entre los muslos. Bajó en un hilo cálido por la cara interna de una pierna. Miré hacia abajo y vi el brillo claro deslizándose poco a poco. Eso me provocó un escalofrío fuerte.
Él se subió el pantalón a toda prisa, todavía recuperando el aire. Yo solo tuve que bajarme la falda y ponerme de pie. La tela me cubrió de inmediato, como si nada hubiera pasado, aunque entre las piernas llevaba el desastre caliente de lo que acababa de ocurrir. Nos miramos unos segundos, todavía agitados, y luego me tomó de la mano para salir del sendero.
La peor parte, o la más excitante, fue toparnos casi de frente con varias personas caminando cerca del acceso. Tuvimos que componer la cara y seguir como si solo viniéramos de dar un paseo. Yo notaba cada paso húmedo, cada pequeño chorro espeso deslizándose más abajo por el muslo. Mantuve la barbilla alta, pero por dentro me ardían las mejillas de vergüenza y de morbo.
Mi esposo nos esperaba junto al banco. Apenas me acerqué, le hablé en voz baja.
—Mira mis piernas.
Él bajó la vista y abrió los ojos.
—¿Eso es semen?
Asentí.
—No se corrió fuera. Se vino dentro de mí. Eso que ves es solo lo que está saliendo.
Su expresión fue casi cómica: excitación, nervios, incredulidad. Miró al otro hombre, luego a mí, luego otra vez a la mancha brillante bajando por mi piel.
—Joder...
Yo estaba acelerada, todavía con el coño sensible por la follada, pero la preocupación ya me pinchaba con fuerza. Le dije que necesitábamos hacer algo cuanto antes. Mi esposo habló unos segundos con el rubio, se despidieron con rapidez y empezamos a caminar. Yo iba apretando los muslos lo mejor que podía, notando cómo una parte seguía escurriéndose despacio a cada paso.
Fuimos directos a una farmacia. El trayecto se me hizo eterno. Tenía la sensación absurda de que todo el mundo podía ver lo que llevaba entre las piernas, como si el parque entero supiera que venía de ponerme en cuatro para que un extraño me vaciara la corrida dentro. Mi esposo, en lugar de sermonearme, iba excitadísimo. Se le notaba en la voz, en la forma de hacerme preguntas rápidas, en cómo quería saber si la había sentido entera, si me dolió, si de verdad me la metió de una sola vez.
Yo le respondía lo justo, todavía temblando. Parte de mí estaba alarmada. Otra parte revivía cada segundo y volvía a mojarse. Esa es la verdad más incómoda. No tuve un orgasmo. No salí de allí flotando de placer perfecto. Salí nerviosa, con semen bajándome por la pierna, necesitando una pastilla de emergencia y con el pulso disparado. Pero la escena me dejó marcada porque fue cruda, animal, casi imprudente, y porque miré a mi esposo después de todo eso y supe que para nosotros aquella frontera ya se había roto.
Esa noche, cuando volvimos a casa, me duché despacio y todavía sentía el eco de las embestidas en el cuerpo. Mi esposo se arrodilló frente a mí en el baño, me separó las piernas y observó en silencio cómo el agua se llevaba los restos secos de aquella locura. Después me miró desde abajo con una expresión rendida, fascinado.
—No voy a olvidar cómo saliste de ese sendero —me dijo.
Yo tampoco. Porque a veces una fantasía no necesita ser perfecta para volverse inolvidable. A veces basta con un parque, una tarde cualquiera, una falda sin nada debajo y la decisión equivocada tomada en el momento exacto.
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