Mi fantasía en un callejón antes del hotel
Me llamo Vera y, aunque siempre tuve una imaginación sucia, hubo una noche en la que dejé de fantasear para cumplir de verdad una de las cosas que más me calentaban: que mi hombre me follara en un lugar donde el riesgo de que nos descubrieran me tuviera temblando por dentro.
No éramos unos improvisados ni unos adolescentes jugando a las escondidas. Los dos éramos adultos, llevábamos tiempo juntos y conocíamos muy bien las ganas del otro. Él sabía que a mí me volvía loca la mezcla de peligro, alcohol y órdenes dichas al oído, y yo sabía que, cuando se le endurecía la voz, era porque ya me estaba imaginando abierta para él.
Esa noche salimos de una cena tardía en una zona llena de bares, con el cuerpo todavía tibio por el vino y la tensión arrastrándose bajo la mesa desde el primer plato. Durante horas me había rozado la rodilla con la suya, me había acariciado el muslo por debajo del mantel y me había susurrado cosas tan sucias que terminé comiendo con las piernas apretadas.
—Cuando salgamos de aquí te voy a hacer caminar mojada hasta que no aguantes más —me dijo en voz baja, sin dejar de mirar la carta como si hablara del postre.
Yo me humedecí en ese instante. Le sostuve la mirada y metí una mano bajo la mesa solo para apretarle el paquete por encima del pantalón. Lo noté duro, caliente, tenso.
—Más te vale cumplirlo —le respondí—, porque llevo toda la noche pensando en tu polla.
Sonrió apenas, esa sonrisa suya que no era tierna sino peligrosa. Pagamos y salimos a la calle con esa prisa contenida de quien quiere llegar a un hotel, pero en realidad ya va follando desde antes con la cabeza.
El aire nocturno me despejó un poco, aunque no lo suficiente como para enfriar lo que llevaba entre las piernas. Caminábamos rápido, rozándonos a cada paso. Él me llevaba de la cintura y, cada vez que podía, me apretaba el culo por encima del pantalón como si me recordara lo que me esperaba.
Al doblar una esquina vimos un pasaje angosto, mal iluminado, protegido de la calle principal por un contenedor grande y una pared vieja que dejaba un tramo en sombra casi completa. No había nadie. Apenas el zumbido lejano de un motor y la luz intermitente de un letrero azul a media cuadra.
Él se inclinó sobre mi oreja.
—¿Lo quieres aquí?
Sentí un escalofrío directo al coño.
—Sí —le dije sin dudar—. Aquí mismo. Quiero que me cojas antes de llegar al hotel.
No hizo falta decir nada más. Me tomó de la muñeca y me llevó al fondo del callejón, donde la oscuridad nos cubría lo suficiente como para volver todo más urgente. Apenas quedamos fuera de vista me empujó contra la pared de ladrillo, fría y áspera, y me besó con hambre.
No fue un beso dulce. Fue una mordida larga, una invasión. Me abrió la boca con la lengua, me sujetó la cara con una mano y con la otra me atrapó la cintura, pegándome a su cuerpo para que sintiera lo dura que la tenía. Gemí contra sus labios cuando frotó su erección sobre mi vientre.
—Así te quería —murmuró—. Caliente, necesitada y calladita.
—Calladita no prometo nada —le respondí, respirando agitada—. Si me tocas, voy a gemir.
Me besó el cuello, lento al principio, y después empezó a morder. Lo sentí succionar la piel debajo de la mandíbula mientras sus dedos desabrochaban mi blusa con una torpeza ansiosa que me excitó más que cualquier cuidado. Tiró de la tela, apartó mi sostén y me dejó los pechos al aire en plena sombra del callejón.
El contraste del aire fresco en los pezones me hizo arquear la espalda. Él bajó la cabeza enseguida. Me chupó uno, lo lamió en círculos y después lo atrapó entre los dientes. Solté un gemido agudo.
—Más fuerte —le pedí, clavándole los dedos en los hombros.
Levantó la vista, encendido por mi cara de puta suplicando dolor. Entonces mordió de verdad. No hasta hacer daño de ese que rompe, sino de ese que enciende. Sentí el tirón en el pezón y se me aflojaron las rodillas.
—Joder, cómo te gusta —dijo con la voz rota.
Su mano bajó a mi culo, metiéndose por debajo de la cintura del pantalón. Me apretó una nalga con fuerza y luego me dio un azote seco. El sonido rebotó en la pared y las dos cosas, el golpe y el miedo de que alguien pudiera oírnos, me atravesaron de golpe.
—Otra vez —le pedí.
Me la dio. Esta vez más fuerte. El escozor me subió por la espalda y acabó entre mis piernas convertida en una humedad espesa que yo ya no podía disimular.
Él lo notó al meter la mano por delante. Desabrochó mi pantalón, apartó la tela y hundió los dedos dentro de mis bragas. Encontró el coño empapado y soltó una risa baja, satisfecha, casi cruel.
—Mira nada más cómo estás. Ni siquiera te he follado y ya estás chorreando.
Yo solo pude jadear. Me apartó la tela a un lado y rozó mis labios con dos dedos antes de metérmelos de golpe. Entraron fácil, resbalando en toda mi humedad. Apoyé la cabeza contra la pared y abrí más las piernas.
Los movía rápido, entrando y saliendo con un sonido húmedo que me avergonzaba y me excitaba al mismo tiempo. Con el pulgar me encontró el clítoris y empezó a frotarlo mientras sus dedos me abrían por dentro. El cuerpo se me puso tenso enseguida.
—No pares —le dije, casi sin voz—. No pares, por favor.
—¿Tan rápido vas a correrte?
—Si sigues así, sí.
Me metió los dedos más hondo, curvándolos dentro de mí. Tuve que morderme el labio para no gritar. Cada embestida de su mano me desarmaba más. Mis caderas empezaron a buscarlo solas, follándose sus dedos con desesperación, y yo ya estaba en esa orilla temblorosa del orgasmo cuando él se detuvo de repente.
Abrí los ojos de golpe.
—No seas cabrón —protesté, respirando a sacudidas—. No me dejes así.
En lugar de responder, se chupó mis jugos de los dedos sin apartar los ojos de los míos. Luego abrió su pantalón. En la penumbra alcancé a ver su polla salir dura, pesada, tensa, como llevaba toda la noche imaginándola.
—Primero, la boca —me ordenó.
Me agarró del pelo y me hizo bajar. Caí de rodillas sobre el suelo sucio sin pensarlo dos veces, más excitada por su tono que por la incomodidad. La tenía frente a la cara, gruesa, hinchada, con la punta brillante. Le pasé la lengua por abajo, desde la base hasta la cabeza, y sentí cómo se le tensaban los muslos.
—Eso es —dijo, exhalando fuerte—. Ábrela bien.
Lo hice. Me metí la punta en la boca y empecé a chuparla despacio, saboreándolo, humedeciéndolo más. Luego fui bajando cada vez más, tragando lo que podía y usando la mano para pajear el resto. Mi lengua recorría las venas, la parte de abajo, la corona sensible de la cabeza. Él me sujetaba el pelo y me guiaba con la respiración cada vez más pesada.
—Tienes una boca de vicio —murmuró—. Mírate, de rodillas en un callejón, chupándomela como una zorra.
Esas palabras me hicieron gemir con la polla dentro. La vibración le arrancó un insulto ahogado. Entonces empezó a marcar el ritmo con la mano en mi nuca, metiéndomela más profundo. No brutal todavía, pero sí firme. Yo lo dejé hacer. Tragué saliva, relajé la garganta y me entregué a esa cadencia de entrada, presión y retirada que me iba llenando la boca de su sabor.
Una luz de coche cruzó la entrada del callejón y el resplandor azul nos rozó apenas. Los dos nos quedamos quietos un segundo. Yo, con su polla en la boca; él, con una mano en mi pelo y la otra apoyada en la pared. El coche siguió de largo.
En cuanto volvió la penumbra, él me sacó la polla despacio y escupió dentro de mi boca.
Me miró masticando el gesto, dominando la escena con una tranquilidad que me hizo apretar los muslos.
—Traga.
Tragué sin apartar los ojos. Me puso de pie de inmediato y me besó, mezclando mi saliva con la suya. Yo ya estaba tan caliente que me dolía el clítoris de puro latido.
—Ahora sí —dijo, girándome—. Pega las manos a la pared.
Obedecí. Apoyé las palmas contra el ladrillo y arqueé la espalda, dejándole el culo ofrecido. Me bajó el pantalón y las bragas hasta medio muslo. El aire frío me rozó la piel mojada. Yo estaba expuesta, abierta, con las piernas temblando en un callejón oscuro, y eso me volvió todavía más puta.
Sentí la punta de su polla deslizarse por toda mi raja, de abajo arriba, untándose con mi humedad. No entraba. Solo se frotaba, lento, provocándome. La pasó por mi clítoris y tuve que cerrar los ojos.
—Por favor —dije—. Métemela ya.
Me dio un azote que me hizo jadear.
—Pídelo bien.
—Fóllame —solté, urgente—. Méteme esa polla de una vez. Quiero sentirla toda.
No me hizo repetirlo. Me agarró de la cadera y me la clavó de una sola embestida. Entró hasta el fondo, abriéndome de golpe, y el grito se me escapó antes de poder tragarlo. Sentí ese dolor delicioso de ser llenada de una vez, sin aviso, y casi se me doblaron los brazos.
—Joder —gimió detrás de mí—. Qué coño más apretado.
Se quedó un segundo enterrado, respirando hondo, y luego empezó a moverse. Al principio con embestidas largas, firmes, sacándola casi entera antes de volver a meterla. Después más rápido. Más sucio. Más duro.
Cada choque me empujaba contra la pared. El ladrillo raspaba mis manos, sus dedos se clavaban en mis caderas y mi cuerpo respondía con gemidos cada vez más difíciles de contener. El sonido húmedo de nuestras pelvis chocando en ese rincón oscuro era obsceno.
—Así, así —le decía—. No pares. Más fuerte.
Él me obedeció con gusto. Me folló como si de verdad hubiera estado aguantándose toda la noche para este momento. Sus embestidas se volvieron secas, profundas, castigadoras. A veces salía apenas lo justo y volvía a hundirse hasta el fondo; otras me hacía sentir toda la longitud lentamente para después clavarla de golpe.
Yo empujaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Cada vez que me llenaba, el placer me subía por el vientre como una descarga. Me metí una mano entre las piernas buscando mi clítoris, pero él me la apartó.
—No. Te vas a correr con mi polla, no con tus dedos.
Esa frase me volvió loca. Me sujetó una muñeca a la espalda y siguió follándome con la otra mano agarrándome de la cintura. Yo estaba completamente a su merced, abierta, mojada, obediente y caliente hasta el borde.
—Dime quién te pone así —me exigió entre embestidas.
—Tú.
—No te oigo.
Me clavó una especialmente honda y solté un gemido que casi fue un grito.
—¡Tú, joder! ¡Tú me pones así!
Él se rió, excitado, y me dio otro azote. Luego empezó a frotar mi clítoris con dos dedos mientras seguía entrando y saliendo de mí. La combinación me destrozó. Tenía la polla golpeándome por dentro y sus dedos trabajándome por fuera con un ritmo cruelmente preciso.
Mi respiración se desordenó por completo. Las piernas me temblaban. Sentía el orgasmo acercarse como una ola demasiado grande para frenarla. Apenas podía articular palabras.
—Me voy a correr —dije—. No pares, no pares, no pares.
—Córrete, entonces. Córrete así, abierta en este callejón.
Su voz me empujó por el borde. Me tensé entera, apreté la pared con las manos y el orgasmo me estalló con una fuerza que me dejó ciega por un instante. Me corrí gimiendo, con el coño apretándole la polla en espasmos rápidos, desordenados, húmedos.
Él lo sintió y empezó a follarme todavía más duro, aprovechando cómo me contraía a su alrededor. Yo seguía temblando, incapaz de recuperarme, y cada nueva embestida prolongaba el placer hasta volverlo casi doloroso.
—Así me gusta —gruñó detrás de mí—. Córrete y apriétame así.
Me agarró del pelo, tiró un poco de mi cabeza hacia atrás y me besó la mejilla sudada mientras aceleraba. Su respiración se volvió irregular. Sus caderas empezaron a golpearme con ese ritmo torpe y brutal que anuncia el final.
—No te muevas —me avisó.
No podía aunque quisiera. Estaba derretida. Lo sentí enterrarse hondo, quedarse ahí y correrse dentro de mí con un gemido grave que me hizo estremecer otra vez. Su polla latió varias veces, caliente, descargándose sin salir, y yo sentí perfectamente cómo me llenaba.
Se quedó pegado a mi espalda unos segundos, respirando contra mi cuello. Después me dio una nalgada final, menos fuerte, casi satisfecha, y salió despacio. Un hilo espeso resbaló entre mis muslos y él lo miró con una expresión que me hizo volver a humedecerme.
—Todavía no termino contigo —dijo.
Me giró hacia él. Yo tenía la blusa abierta, el sostén caído, el pantalón a media pierna y la cara de haber sido follada sin remedio. Él me pasó el pulgar por la boca y luego me lo metió apenas entre los labios.
—Límpiame.
Bajé otra vez de rodillas. Tomé su polla aún mojada, cubierta de mis fluidos y de su corrida, y empecé a lamerla despacio desde la base hasta la punta. Sabía a él, a mí, al orgasmo reciente. La chupé con calma, limpiando cada resto, mientras él me acariciaba el pelo y de vez en cuando me empujaba un poco más hondo.
No estaba ya tan dura como antes, pero seguía sensible, viva, y cada lamida le arrancaba pequeños gemidos. Yo disfrutaba sentir el cuerpo todavía sacudido por lo que acabábamos de hacer y seguir atendiendo esa polla como si el callejón entero fuera nuestro.
Cuando la dejé limpia, me hizo levantarme y me acomodó la ropa con manos menos violentas, aunque todavía posesivas. Me subió las bragas, cerró mi pantalón y luego colocó mi sostén en su sitio antes de abotonarme la blusa de cualquier manera. Ese contraste entre la brutalidad con que me había follado y la forma casi tranquila de vestirme me desarmó.
—Mírame —me dijo.
Lo hice. Debía de tener la cara enrojecida, los labios hinchados y la mirada perdida.
—¿Valió la pena no llegar al hotel?
Me eché a reír, todavía sin recuperar del todo el aire.
—Ni siquiera hemos llegado y ya quiero otra vez.
Él me besó corto, sucio, complacido.
—Eso pensé.
Salimos del callejón con el pulso aún disparado, cuidando que nadie nos mirara demasiado. La ciudad seguía igual que antes: coches pasando, luces, gente cruzando calles sin saber que yo llevaba las piernas flojas y el coño todavía lleno de lo que él me había hecho allí atrás.
Caminamos hacia su departamento esta vez más despacio. Yo iba pegada a su brazo, sintiendo la humedad entre los muslos a cada paso y recordando el golpe de sus caderas contra mi culo, su mano en mi pelo, su voz ordenándome abrir la boca, pedir, tragar, correrme.
Cuando llegamos al portal del edificio, se inclinó otra vez sobre mi oído.
—Arriba te voy a desnudar con calma —susurró—. Y luego voy a follarte otra vez, pero sin pared, sin prisa y sin mandarte callar.
Yo lo miré mordiéndome el labio, todavía caliente, todavía abierta, todavía con ganas.
—Entonces sube ya —le dije—, porque después de lo del callejón sigo siendo tu zorra y no se me han quitado las ganas ni un poco.
¿Estás en Buenos Aires? Pasá por Chicas Elite Recoleta: perfiles verificados y contacto directo.