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Relatos Ardientes

Mi fantasía sucia entre el vecino y mi marido

Hola otra vez. Siempre vuelvo cuando siento que necesito contarlo con todas las letras, sin hacerme la tímida, porque la verdad es que no lo soy. Tengo una vida bastante ordenada de cara a los demás, pero entre semana me convierto en otra mujer, una que necesita sexo de verdad, boca llena de polla, corridas calientes y esa sensación de quedar saciada solo por unas horas antes de volver a tener hambre.

Mi marido trabaja fuera y suele volver los fines de semana. Yo aprendí a organizarme alrededor de eso. Incluso tengo un segundo celular escondido, uno que no ve nadie, donde arreglo mis encuentros, reviso fotos, elijo a quién quiero chuparme ese día y con quién me conviene sacarme las ganas sin complicaciones.

No me da vergüenza admitirlo: me volví adicta a la verga. Aguanto el lunes porque todavía me dura el cuerpo cansado del fin de semana, pero el martes ya estoy inquieta. Empiezo a sentir ese vacío entre las piernas, ese deseo de tener una polla en la boca, de abrirme para alguien, de sentirme usada de la forma exacta que me gusta.

Probé de todo un poco. Hombres distintos, cuerpos distintos, maneras distintas de coger. Algunos solo querían descargar; otros, quedarse un rato más y hacerme acabar varias veces. Yo, mientras me den lo que busco, no me quejo. Me gusta chupar, me gusta tragar, me gusta quedar con el culo ardiendo o con las tetas manchadas si el encuentro vale la pena.

Una vez llegué a estar con cuatro hombres en un mismo día. El primero me cogió apenas salió el sol, apoyándome sobre la mesa de su comedor mientras yo todavía tenía el sabor del café en la boca. El segundo vino después de la siesta y me hizo arrodillarme para mamársela hasta que me acabó en la garganta. El tercero me dio por detrás contra una pared, rápido, seco, sin demasiadas palabras. El cuarto me agarró ya de noche, cuando yo estaba agotada y aun así abrí la boca y las piernas porque no sé decir que no cuando me muestran una buena polla dura.

Terminé con la mandíbula dolorida, el coño sensible y una satisfacción animal que todavía recuerdo. A dos de esos hombres les entregué también el culo, despacio al principio, respirando hondo, hasta que me acostumbré a la presión y terminé pidiéndoles más fuerte. A todos les tragué la leche. Siempre lo hago si puedo, porque me encanta sentir cómo me llenan la boca y decidir si aguanto un segundo antes de tragar o si lo hago en el acto, golosa, agradecida, viciosa.

También hice un trío con dos hombres adultos que conocí por una app. No eran chicos, como les gusta decir a algunas, sino dos tipos hechos y derechos, con ganas de jugar y de turnarse conmigo. Uno me agarraba del pelo para que siguiera mamando mientras el otro me abría las piernas y me metía los dedos hasta dejarme chorreando sobre las sábanas. Después me pusieron en cuatro y fueron entrando uno y otro, primero en el coño, luego uno quiso probarme la boca mientras el otro me daba desde atrás. Acabé jadeando, con saliva en el mentón y las piernas temblando.

Yo no me enamoro de ninguno. No busco romance. Busco pija, busco corridas, busco esa descarga que me pone de buen humor y me deja relajada por un rato. Hay uno, eso sí, con el que repito bastante, porque sabe cogerme como me gusta y entiende que yo no necesito promesas, sino disponibilidad.

Pero la historia que de verdad quería contar fue un sábado. Un sábado de esos en los que una discusión doméstica estúpida termina encendiendo algo más oscuro. Mi marido había llegado esa mañana, se enojó conmigo por una tontería de la casa y discutimos feo. No nos gritamos mucho, pero sí lo suficiente para dejar el ambiente espeso. Después se fue a almorzar con gente del trabajo, cerró la puerta y me dejó con esa mezcla de bronca, calentura y ganas de hacer algo prohibido.

Yo ya había estado una vez con el vecino del edificio de al lado, un hombre adulto, seguro de sí mismo, de manos grandes y una boca que sabía usar. En aquella ocasión había terminado dentro de mi boca, pero antes de despedirnos me dijo, mirándome las tetas como si fueran un premio pendiente:

—La próxima te acabo ahí. Quiero verte chorreada.

La idea se me quedó grabada. No porque fuera algo rarísimo, sino por lo que despertaba en mí. La imagen de mis pezones cubiertos de leche ajena y de quedarme así un rato, sabiendo lo que estaba haciendo, me ponía húmeda enseguida. Ese sábado, con la discusión todavía latiéndome en el pecho, le escribí. Tardó menos de un minuto en responder.

—Subí cuando quieras.

Me cambié solo lo justo. Un vestido sencillo, sin ropa complicada debajo, perfume apenas, labios pintados. No iba a seducirlo con inocencia; iba a cobrarme mi capricho. Cuando me abrió, me miró de arriba abajo y sonrió con esa cara de hombre que ya sabe lo que va a pasar.

—Te estaba esperando —dijo.

Entré sin dar demasiadas vueltas. Su departamento olía a café recién hecho y a sexo pendiente. Apenas cerró la puerta, me agarró de la cintura y me besó con hambre. Le devolví el beso metiéndole la lengua hasta sentirle el gemido en la garganta. Me apretó contra la pared y me manoseó las tetas por encima del vestido, frotándome los pezones endurecidos entre los dedos.

—Vine a cumplir tu pedido —le dije, apartándome un poco para mirarlo—. Quiero que me acabes en las tetas.

Él soltó una risa baja y me mordió el labio inferior.

—¿Y nada más? —preguntó—. ¿No vamos a coger?

Yo estaba apurada de tiempo y de cabeza, aunque no de ganas. Bajé la mano y se la agarré por encima del pantalón. La tenía durísima, marcada, caliente. La froté despacio y noté cómo me empujaba la palma.

—Hoy no puedo quedarme mucho —le respondí—. Pero te la voy a chupar hasta que me llenes.

Le brillaron los ojos. Se sentó en una silla del comedor sin apartar la vista de mí. Yo me arrodillé entre sus piernas y le desabroché el pantalón con calma, disfrutando de su respiración cada vez más pesada. Le saqué la polla, gruesa, ya casi completamente tiesa, y la acaricié de arriba abajo antes de lamerle la punta. Tenía ese sabor masculino que a mí me vuelve loca, mezcla de piel, deseo y anticipación.

Empecé besándosela, jugando con la lengua alrededor del glande, mirándolo desde abajo. Él me acarició el pelo y abrió un poco más las piernas. Entonces lo metí en mi boca de verdad. Primero despacio, acostumbrándome al grosor, dejando que me llenara la lengua. Después fui bajando más, tragando saliva para relajarme, hasta sentirlo tocar el fondo de mi garganta.

—Así, joder... así —murmuró.

Yo seguí. Sacaba y metía la cabeza con un ritmo firme, húmedo, usando la mano en la base para acompañar lo que no entraba entero. La saliva me corría por la comisura de los labios. Cada vez que lo sacaba, le daba una lamida larga desde los huevos hasta la punta. Luego volvía a tragarlo, profundo, dejándolo chocar contra mi garganta mientras respiraba por la nariz y me concentraba en hacerlo disfrutar.

Le masajeé los testículos con una mano y con la otra le sujeté el muslo. Él ya estaba completamente entregado, con la cadera tensándose de a ratos como si quisiera empujarme más adentro. Yo sabía reconocer ese momento en que un hombre empieza a perder el control por cómo le cambia la respiración, por cómo aprieta los dedos en mi pelo, por el temblor mínimo en las piernas.

—Toda tu leche en mis tetas —le dije, sacándomela un segundo para hablar antes de volver a chupar.

—Y después te la limpias con la boca —contestó, ronco.

Asentí sin dejar de mamársela. Me puse más intensa, más sucia. Metí la polla entera hasta donde pude, la dejé salir entre mis labios brillantes, la envolví con la lengua, chupé la punta con fuerza, alternando profundidad y presión para exprimirle la corrida. Él ya gemía sin vergüenza. Yo sabía que estaba cerca y me excitaba ser la causa de ese descontrol.

De pronto me sujetó con firmeza y me apartó la boca.

—Voy a acabar.

Me incorporé enseguida. Con las dos manos levanté mis tetas y las junté un poco para ofrecérselas. Él se puso de pie frente a mí, la polla temblándole, y empezó a masturbarse rápido mientras yo lo miraba con la boca entreabierta. La primera descarga me cayó sobre el pezón izquierdo, caliente y espesa. La segunda cruzó el escote y me salpicó la otra teta. Después siguió soltando chorros más cortos que me mancharon el pecho y la parte alta del vestido.

Joder, cómo me gusta esa sensación. Caliente, pegajosa, obscena. Pasé los dedos por encima de la leche y la esparcí por mis pezones, rodeándolos despacio mientras él me observaba fascinado. Luego incliné la cabeza, lamí uno de mis dedos y me lo metí en la boca para probarlo. Salado, denso, perfecto.

—Ven —me ordenó.

Me acerqué y le di unas chupadas suaves para limpiarle la polla mientras todavía palpitaba. Le lamí también un poco de semen del vientre bajo, solo por el gusto de dejarlo completamente vacío. Él me agarró la nuca y me besó, saboreándose a sí mismo en mi lengua. Yo estaba empapada. Tanto, que si en ese momento me hubiera subido la falda y me hubiera metido dos dedos, habrían salido chorreando.

Pero no quise quedarme. Precisamente porque la fantasía no terminaba ahí.

Me acomodé el vestido lo mejor que pude, sin limpiar nada de mis tetas, y regresé a mi departamento sintiendo la leche ajena secarse sobre la piel. Cada paso me excitaba más. Entré, me miré en el espejo un segundo y vi exactamente lo que quería ver: una mujer acabada por otro hombre, todavía marcada, todavía caliente, todavía lista para lo siguiente.

Entonces le escribí a mi marido para que volviera cuanto antes.

***

Llegó un rato después, todavía con el humor mezclado entre el enojo y el cansancio. Apenas cerró la puerta, fui directa hacia él. No quería darle tiempo a hablar demasiado ni a enfriarme la cabeza.

—No quiero seguir peleada con vos —le dije, agarrándolo de la mano—. Vení al cuarto.

Me siguió sin sospechar nada. Una parte de mi excitación venía justamente de eso: de saber algo que él ignoraba, de llevarlo a la cama con las tetas todavía marcadas por la corrida del vecino. Ya en la habitación, empecé a desvestirlo con prisa. Le saqué la camisa, le abrí el cinturón, bajé el pantalón y me arrodillé frente a él antes de quitarme yo misma el vestido.

Su mirada bajó por mi cuerpo desnudo. No dijo nada. Yo tampoco. Le saqué la polla y empecé a chupársela despacio, como si estuviera pidiéndole perdón con la boca. Mi marido siempre responde rápido al sexo; bastaron un par de minutos de lengua, labios y succión para sentirlo endurecerse por completo sobre mi lengua.

Lo lamí de abajo arriba, me metí la punta en la boca y después lo tragué más hondo. Una mano en su base, la otra apretándole el culo para acercarlo a mí. Él me acariciaba el cabello, dejándome trabajar. Cada vez que se lo sacaba, la saliva colgaba entre mis labios y su polla. Me gusta esa imagen y sé que a él también.

Cuando ya lo sentí duro de verdad, lo empujé sobre la cama boca arriba. Me subí encima de él abriéndome con las rodillas a los costados de su cintura, frotando primero mi coño mojado contra su verga. Él soltó un gemido al sentirme resbalar sobre la punta. Entonces me la acomodé con la mano y me dejé caer despacio.

Entró toda de una vez porque yo estaba demasiado húmeda. Se me escapó un suspiro largo, casi un quejido. Me quedé un segundo sentada sobre él, sintiéndolo adentro, llena, tensa, y después empecé a cabalgarlo. Arriba y abajo. Corto al principio, saboreando la fricción exacta sobre mi clítoris y esa profundidad que me abre por dentro y me ordena la cabeza.

Quería llevar sus manos y su boca a mis tetas. Esa era la clave de todo. Por eso me incliné hacia adelante hasta ponerle el pecho casi sobre la cara. Él entendió enseguida y atrapó un pezón con la boca. Casi me corrí al instante. Sentí un escalofrío brutal al recordar que estaba chupando justo donde el otro hombre me había acabado antes.

—Así... chúpamelas así —jadeé.

Mi marido obedeció con una entrega que me desarmó. Alternaba entre un pezón y el otro, lamiendo, chupando, mordiéndome apenas. Yo seguía montándolo cada vez más rápido, sintiendo cómo su polla me golpeaba adentro mientras sus labios recorrían la leche seca y mi propia piel sensible. La fantasía me atravesó entera: el vecino descargándose sobre mí, mi marido lamiéndome después sin saberlo, yo en medio, dueña del secreto y del placer.

Me agarré del respaldo de la cama para moverme con más fuerza. Las embestidas empezaron a sonar húmedas en la habitación. Mi coño estaba tan excitado que cada subida dejaba su verga brillando y cada bajada la volvía a tragar entera. Él me sujetó de las caderas y empezó a acompañarme desde abajo, clavándomela más profundo.

Acabé la primera vez con un espasmo fuerte, apretándolo adentro mientras me temblaban los muslos. No me detuve. Soy de las que pueden seguir después del orgasmo si me excitan bien, y esa vez tenía el cuerpo fuera de control. Seguí cabalgándolo, ahora más lenta, dejando que el placer volviera a levantarse desde abajo del ombligo como una ola sucia y deliciosa.

—No pares —me dijo—. Estás volviéndome loco.

Me incliné otra vez para ofrecerle las tetas y le agarré la cara contra mi pecho. Él chupó con avidez, casi desesperado, y yo cerré los ojos. La mezcla de culpa, morbo y placer me estaba haciendo volar. Entonces apoyé las manos en su pecho y empecé a rebotar más fuerte, dejando que sus testículos me golpearan el culo a cada subida.

La segunda corrida me llegó más brusca. Sentí el clítoris endurecido, la presión acumulándose, el cuerpo entero pidiendo soltar. Me corrí gimiendo con la boca abierta, apretando los dientes, moviendo la cadera en círculos sobre él mientras mi coño se contraía una y otra vez alrededor de su polla. Él aprovechó ese momento y empujó con más fuerza desde abajo.

—Me voy a correr —avisó.

—Hazlo adentro —le dije, todavía temblando.

Lo sentí venirse profundo, caliente, varias pulsaciones seguidas. Me quedé sentada sobre él, absorbiéndolo todo, con el pecho subiendo y bajando y las piernas débiles. Después me desplomé a su lado y nos quedamos un rato en silencio, respirando fuerte, sudados, pegados.

Dormitamos apenas un poco, pero yo seguía excitada. No solo satisfecha: excitada. El secreto seguía latiendo entre mis piernas. Cuando abrí los ojos, lo primero que hice fue buscarlo otra vez. Mi marido estaba medio despierto, con esa relajación tonta de después de correrse. Yo me giré hacia él, bajé la cabeza y volví a meterme su polla en la boca.

Al principio estaba blanda, pero la fui despertando con paciencia. Lengua en la punta, besos lentos, saliva abundante, chupadas profundas intercaladas con caricias en los huevos. Él me miraba desde arriba, todavía aturdido, mientras yo se la mamaba con ganas renovadas. Me encanta recuperar una polla después del orgasmo, sentir cómo vuelve a endurecerse dentro de mi boca, cómo el hombre pasa de agotado a necesitado otra vez.

Cuando ya la tuve otra vez firme, la saqué de mi boca y le sonreí.

—Ahora haceme la cola.

Su expresión cambió enseguida. Sabía que no se lo pedía por compromiso, sino porque lo deseaba de verdad. Me puse en cuatro sobre la cama y abrí las piernas lo justo. Sentí sus manos separarme las nalgas y después su saliva cayéndome entre el coño y el culo. Me lamió despacio alrededor del ano, con esa paciencia que me vuelve loca, mientras yo hundía la cara en la almohada y movía la cadera hacia atrás, ofreciéndome más.

Luego me metió un dedo. Después dos. Los giró despacio, abriéndome, preparándome. Yo gemía bajito, ansiosa, hasta que no pude aguantar más.

—Métela ya.

Apoyó la punta y empezó a empujar con cuidado. El culo siempre pide unos segundos de adaptación, ese ardor rico que te obliga a respirar hondo y a relajarte si quieres disfrutarlo. Yo lo hice. Me quedé quieta mientras me iba llenando poco a poco, sintiendo cómo el cuerpo se rendía hasta aceptarlo entero.

—Qué apretada estás —murmuró.

—Ahora dame duro.

Y me dio. Primero con un ritmo constante, firme, abriéndome en serio. Después más rápido, más sucio, agarrándome de las caderas para clavarme cada embestida. El sonido de la piel, de mis gemidos ahogados y de sus huevos golpeándome se mezcló en la habitación. Yo tenía una mano entre las piernas, frotándome el clítoris mientras me dejaba dar por el culo. Esa combinación me enciende como pocas cosas.

No tardé mucho en correrme otra vez. Me vine tocándome, con el culo lleno y el coño palpitando vacío, mientras él seguía dándome sin aflojar. Le pedí más, le dije palabras sucias, le ordené que no parara. Él terminó corríéndose con un gruñido grave, enterrado hasta el fondo, dejándome temblando debajo de su cuerpo.

Después caímos rendidos, pegajosos, satisfechos, sin necesidad de hablar demasiado. Él creía que habíamos convertido una pelea en reconciliación. Yo sabía que había hecho algo más: cumplir una fantasía completa, de principio a fin, con una precisión casi obscena.

No digo que sea correcto. Digo que me excitó como pocas veces en la vida. La leche del vecino sobre mis tetas, la boca de mi marido recorriéndolas, su polla dentro de mí, su verga en mi culo después. Todo encadenado como si mi deseo hubiera escrito el guion y yo solo me hubiera limitado a obedecerlo.

Sigo siendo la misma mujer de siempre cuando me ven desde afuera. La que hace compras, responde mensajes normales y aparenta rutina. Pero por dentro sigo siendo esta: una mujer hambrienta, viciosa, incapaz de ignorar ciertas fantasías cuando se le meten en la cabeza.

Y si algo aprendí, es que cuando una fantasía me agarra así, tarde o temprano termino cumpliéndola.

Para quienes leen desde zona oeste: acompañantes en Ituzaingó, con fotos reales.

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Comentarios(5)

Clara_76

Dios miooo que relato tan rico!! Por favor seguí escribiendo así

NachoRiver91

Necesito segunda parte urgente, quede con muchisimas ganas de saber cómo termina todo esto. Muy bueno

Fernanda_ok

Me encanto la forma de narrarlo, se siente tan real y tan prohibido al mismo tiempo. Una de las mejores historias que lei aca en mucho tiempo

SinNombre77

Fantasias que todos tenemos pero pocos se animan a contar jaja. Muy bueno

FabioLector

Me recordo a algo que yo soñe una vez aunque nunca lo convertiria en realidad... o quien sabe jajaja. Excelente relato

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