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Relatos Ardientes

Aquel chico arrogante me sometió en el vestuario

Era el primer verano que volvía al pueblo en más de una década. De pequeño había veraneado allí con mis abuelos, en una casa pequeña de paredes encaladas y un patio con una parra. Cuando ellos murieron, mis padres reformaron la casa entera y la tuvieron alquilada hasta que yo me quedé sin trabajo y sin excusas. Terminé el grado en diseño, hice un máster que no me sirvió de nada y, al final, fue mi madre quien se enteró por los antiguos inquilinos de que en el pueblo buscaban socorrista para la piscina municipal.

No me hacía la más mínima ilusión. Pero de algo había que vivir, así que allí estaba yo, instalándome en una casa que apenas reconocía, con cajas a medio abrir y la sensación rara de haber vuelto a un sitio que ya no existía.

Me llamo Diego, tengo veintiocho años, mido un metro ochenta y peso unos ochenta kilos. Tengo un cuerpo normal, de chico que jugó al baloncesto y todavía conserva algo de hombros. Soy castaño, de ojos verdes —lo único que la gente suele alabarme— y llevo una barba corta que mantengo arreglada. Apenas tengo vello en el cuerpo. Las piernas y poco más; el resto me lo cuido porque no me gusta de otra manera, ni en mí ni en quien comparte la cama conmigo.

Sobre lo otro, podría decir que soy bisexual. He tenido dos relaciones serias, las dos con chicas, pero desde la universidad nunca me he privado de algún compañero que se insinuara más de la cuenta. Siempre fui el que llevaba la voz cantante en la cama. Solo una vez dejé que un tío enorme me convenciera de cambiar de papel, y la experiencia me resultó tan incómoda que no quise repetirla. Yo mandaba. Esa era la regla, y nunca me la había planteado siquiera.

***

En mi quinto día de trabajo apareció ella. Aunque habían pasado muchos años, la reconocí al instante. Marina. Una chica con la que tuve un romance adolescente que no pasó de unos besos y algún magreo torpe, pero que fue mi primer contacto de verdad con el deseo. Entró acompañada de cinco chicos jóvenes que se quedaron a unos metros mientras ella se acercaba al puesto.

—¡Diego! No sabía que habías vuelto —dijo con esa sonrisa amable de siempre.

—Hace menos de una semana que me he instalado —contesté—. Ya ves, de socorrista.

—Todo trabajo es bueno. Me alegro un montón de tenerte por aquí. A ver si quedamos y nos ponemos al día —añadió, en un tono que no supe si llevaba doble intención.

—Claro, estaría genial.

Me puse algo nervioso al recordar nuestro pasado, sobre todo porque aquellos cinco chicos nos miraban fijamente mientras hablábamos, con cara de pocos amigos. Marina me explicó que trabajaba en una asociación del pueblo y que esos chicos, todos recién cumplidos los diecinueve, acababan de mudarse a un piso compartido con plena independencia. El Ayuntamiento les había dado el abono gratuito de la piscina durante un año, y aquella tarde ella los acompañaba para enseñarles las instalaciones.

—A partir de hoy vendrán solos cuando quieran —dijo—. Y querían bañarse ya, así que… aquí estamos.

—Pues que pasen. A esta hora, entre semana, la piscina es prácticamente vuestra.

Se fueron hacia el fondo, a una zona con césped y algo de sombra. Marina se quitó la camiseta y por un instante volví a mirarla como a los quince años. Pero mi atención duró poco, porque los cinco chicos empezaron a quitarse las camisetas a la vez.

Eran cuerpos jóvenes, fibrados, de esos que se hacen sin pisar un gimnasio. Y entre todos destacaba uno. Alto, delgado pero marcado, con el pelo negro y rizado pegado a la frente por el agua que ya le caía no sé de dónde. Tenía algo, una manera de moverse, que me hizo apartar la vista antes de empalmarme dentro del bañador minúsculo de socorrista que me habían dado. No es el momento, Diego, me dije.

***

Saltaron al agua entre risas y empujones. En uno de aquellos saltos me fijé en que el del pelo rizado no llevaba bañador, sino unos calzoncillos blancos que le asomaban por la cintura del pantalón de chándal que aún no se había quitado. Cuando salió del agua para volver a tirarse, me acerqué.

—Disculpa —le dije—. No puedes bañarte con ropa, son las normas de la piscina.

Se me quedó mirando como si no me entendiera. Luego, sin decir nada, se lanzó de espaldas al agua sin dejar de mirarme, y al hacerlo se apretó el paquete con las dos manos y lo zarandeó, con una sonrisa burlona que decía «que te jodan» mejor que cualquier palabra.

Fui hasta Marina y le conté lo que pasaba mientras oía risas a mi espalda.

—¡Nadim! —gritó ella—. Ven aquí ahora mismo o te quedas sin abono todo el año.

El tal Nadim salió del agua y vino caminando despacio, sin ninguna prisa, marcando cada paso. Fue entonces cuando pude fijarme de verdad. Los pantalones mojados se le pegaban al cuerpo de una forma casi indecente, y él no hizo el menor gesto de despegárselos. Se le marcaba hacia un lado todo el contorno, aplastado contra la tela. Madre mía, cómo vienen los críos de hoy, pensé, y enseguida me obligué a mirarle a la cara.

—¿Qué pasa, que no tienes huevos de decírmelo a mí y vas a chivarte a ella? —soltó, mirándome de frente, con un castellano perfecto y un punto de chulería que me dejó sin saber qué contestar.

—Ya te lo he dicho una vez —respondí, más dubitativo de lo que quería—. Y no me has hecho caso.

—Nadim, no seas maleducado y pídele disculpas a Diego —intervino Marina, cortante.

—Ni de coña. Estáis flipando.

—O te disculpas o te quedas sin piscina y sin gimnasio. Tú dirás.

Resopló. Por un segundo, su mandíbula se tensó.

—Está bien. Lo siento. No traía bañador, por eso me he metido así —dijo señalándose el pantalón, mientras las gotas le bajaban por el pecho, por el abdomen, hasta perderse en la goma de los calzoncillos que llevaba altos, casi en el ombligo.

Y yo me quedé embobado siguiendo el recorrido de esas gotas, hasta el punto de no oír cuando Marina me preguntó algo. Cuando volví de mi pequeño viaje, Nadim me miraba con una sonrisa que decía que se había dado cuenta de todo. No dijo nada. No le hizo falta.

—Las normas no permiten bañarse con ropa —conseguí articular—. Voy a mirar en objetos perdidos, a ver si hay algún bañador que te sirva.

—Te espero en el vestuario, entonces. Gracias —contestó, con la más amable de sus sonrisas.

Aquella amabilidad repentina no me cuadraba nada. Y en la caja de objetos perdidos solo encontré un bañador infantil, talla once-doce, con dibujos de tiburones. Lo cogí igualmente y me fui hacia el vestuario, sabiendo de antemano que aquello iba a terminar mal.

***

Estaba de pie, junto a un banco de madera, esperándome.

—¿Qué, me traes un bañador o no? —dijo con desgana.

—Solo he encontrado este. Puedes probártelo, aunque me parece que no te va a entrar. No tengo otra cosa.

Se rio sin apenas mover la cara. Una de esas risas que te dejan helado, de pura suficiencia.

—¿Tú te crees que me voy a poner ese bañador de niños? —dijo—. ¿Tú te crees que esto cabe ahí dentro?

Y antes de que pudiera responder, se bajó el pantalón y los calzoncillos a la vez. Me quedé sin palabras. Era grande incluso en reposo, gruesa, rodeada de una mata de vello negro, descansando sobre todo lo demás con una naturalidad insolente. La punta, circuncidada, dejaba el glande a la vista, y noté cómo se me secaba la boca sin permiso.

—La verdad es que no —admití, titubeando—. Pero ya te he dicho que no tengo más.

Me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta. Luego se agachó, se subió el pantalón otra vez y me privó de seguir mirando aquello que, sin entender muy bien por qué, me tenía hipnotizado.

Se acercó despacio, de esa forma segura y demasiado adulta para sus diecinueve años. No comprendía cómo un chaval tan delgado podía transmitir tanta seguridad. Estaba en todo: en el pelo rizado, en los ojos casi negros y profundos, en las pestañas largas, en esos labios gruesos, sobre todo el de abajo. Una sombra de barba apenas insinuada le enmarcaba la cara y le daba un aire de no pertenecer a ninguna parte. Cuando llegó a mi altura, se quedó tan cerca que casi me rozaba, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro junto a mi oreja.

—A ver, escúchame bien —dijo—. Hoy tenías a Marina para obligarme a obedecerte. Pero ella ya no vuelve con nosotros. Así que a partir de ahora estás solo, y a mí nadie me dice lo que tengo que hacer.

Yo no era capaz ni de respirar. Estaba completamente inmóvil, con el corazón golpeándome en la garganta.

—Voy a salir a bañarme con mis amigos así, con el pantalón —siguió—. Y tú vas a ir donde está Marina y le vas a decir que todo está bien, que tú me lo permites. ¿Ha quedado claro?

No contesté. Entonces me agarró del pelo, sin brusquedad, y me movió la cabeza hacia delante y hacia atrás, obligándome a asentir.

—¿Que si ha quedado claro? —repitió.

—Sí —murmuré, y mi propia voz me sonó ajena, sumisa, irreconocible.

Antes de soltarme, bajó la mirada hacia mi entrepierna. Y en ese instante fui consciente de la erección que llevaba marcándose desde hacía rato bajo el bañador ajustado. No sabía cómo había llegado hasta ahí. No sabía cuándo había dejado de ser yo el que mandaba. Pero era evidente que él lo había notado, porque su sonrisa se ensanchó, lenta y triunfal.

Me dio un golpe con el hombro al pasar y se dirigió a la salida. Antes de cruzar la puerta, se giró.

—Como vuelvas a faltarme al respeto delante de mis colegas —dijo, sin levantar la voz—, lo vas a lamentar. Y creo que en el fondo te gustaría.

Lo oí reírse mientras se alejaba por el pasillo.

***

Se me cayó el mundo encima. No terminaba de asimilar lo que acababa de pasar con aquel crío que se creía el dueño del mundo, ni —mucho peor— lo que había pasado dentro de mí. Me senté en el banco un rato, intentando relajarme, intentando que se calmara también el bulto que aún me delataba. ¿Qué cojones te pasa, Diego?, me repetí. No tenía respuesta.

Respiré hondo y me levanté para salir. Pero al llegar a la puerta vi, tirados en el suelo, los calzoncillos blancos de Nadim, todavía mojados, los que se había quitado para enseñarme lo que escondían. Me quedé mirándolos unos segundos que se me hicieron eternos.

Y entonces, sin pensarlo demasiado, me agaché, los cogí y los guardé en el bolsillo del bañador. No sabía todavía si era para devolvérselos o para algo muy distinto. Lo que sí sabía, mientras volvía hacia la piscina a decirle a Marina que todo estaba en orden, era que aquel verano no iba a ser, ni de lejos, lo aburrido que yo esperaba.

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Comentarios (4)

ElRonin_55

buenísimo!! me tuvo enganchado hasta el final, no lo solté hasta terminar

KarlosBsAs

Por favor que haya segunda parte, el final me dejo con ganas de saber que paso despues entre ellos

GatoNocturno_77

Tremendo relato, no lo esperaba así jaja

ClaudioR_

Lo que mas me gusto es como cambia la dinamica entre los dos. Se siente real, muy bien escrito.

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