Convertí al macho costeño que trajo mi padre
Era domingo y me había levantado temprano para jugar mi partido de las ocho. Mi hermano Tomás tenía el suyo más tarde, en Yumbo, a una hora larga de Cali, así que se fue apenas amaneció. Mi padre, que esa vez se había portado y no había trasnochado, salió también: tenía una de esas pichangas de barrio que armaba con los amigos del sector, sin árbitro, sin reglas, equipos de doce o quince tipos, y el que recibía el primer gol jugaba el resto del partido sin camiseta. Después, como siempre, venían las cervezas.
Ese fin de semana caía festivo, y mi madre se había ido con mi tía a la finca del abuelo en el norte del Valle. Quedábamos los hombres solos en el apartamento, cosa que a mí me venía perfecta. Esa noche pensaba salir de rumba a un barrio que conozco bien, y quería descansar toda la tarde antes.
Al terminar mi partido me duché en el camerino, me quedé un rato con los compañeros y después enfilé para la casa. Mientras subía en el ascensor ya iba pensando en tirarme en la cama y dormir hasta el atardecer.
Antes de meter la llave en la cerradura escuché ruido adentro: voces de hombres y salsa a buen volumen. Supuse que mi padre había llegado con la barra del partido y que estarían tomando en el balcón. Abrí y, en efecto, no me equivoqué. Al fondo, junto al ventanal, estaba él con cinco amigos, todos ya entrados en años, con sus cervezas y su música.
Pero no fueron ellos los que me interesaron.
En la barra americana de la cocina, apartado del grupo, había un muchacho de unos veinticuatro años sentado en uno de los butacos. Tenía una cerveza al lado y estaba clavado en el celular. Con solo verlo se me secó la boca. Era moreno, de mandíbula marcada y pómulos altos, el pelo cortado al ras con un cerquillo dibujado y una barba corta perfectamente recortada. La camisilla blanca le dejaba a la vista unos brazos gruesos, de los que no se hacen en un gimnasio, y la pantaloneta roja descubría unas piernas fuertes y velludas.
—Hola, parcero —le dije acercándome—. Camilo.
—Qué más —contestó, levantando la vista del teléfono—. Brayan.
Saludé a los demás, a mi padre con el beso de siempre, y volví a la zona de la cocina con el morral. Dejé el equipo de fútbol sobre la lavadora y empecé a sacar la ropa sudada mientras retomaba la conversación con Brayan. Sin pensarlo dos veces, me quité la camiseta delante de él y me quedé en pantaloneta.
Me contó que era sobrino de uno de los amigos de mi papá, que vivía con él y trabajaba cargando bultos en una plaza de mercado. De ahí venía esa fuerza. Era de la costa, de Riohacha, y llevaba poco tiempo en la ciudad. Le ofrecí una cerveza bien fría, me serví un Gatorade y nos quedamos hablando de fútbol un buen rato. Yo le seguía la cuerda, pero por dentro solo pensaba en una cosa.
—Voy a pegarme un baño —le dije, aunque ya me había duchado en el estadio—. Espérame aquí, que ya vuelvo.
***
Desde el butaco de la barra se alcanzaba a ver parte de mi cuarto. Lo tuve en cuenta. Entré, dejé la puerta entornada y me ubiqué de manera que pudiera verme. De espaldas a él me bajé la pantaloneta y el bóxer despacio, le mostré el culo sin disimulo y, justo cuando me enrollaba la toalla en la cintura, giré la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Él no la apartó.
Me fui al baño de la habitación de mis padres y abrí el agua, más por gastar tiempo que por otra cosa. Salí envuelto en la toalla, pasé por la cocina, abrí dos cervezas y, así como estaba, le propuse que se viniera a mi cuarto para no quedarse solo ahí afuera. Aceptó sin chistar.
Se sentó en la cama, apoyando la espalda contra la pared. Seguimos conversando y, mientras hablábamos, dejé caer la toalla. Me quedé desnudo frente a él, cogí la crema de manos y empecé a untármela por todo el cuerpo, deteniéndome a propósito en las nalgas y los muslos. Después me puse una pantaloneta minúscula que no dejaba mucho a la imaginación.
—Disculpá —le dije—. ¿No te incomoda que me cambie delante tuyo?
—Relajado, pana —respondió encogiéndose de hombros—. En el ejército uno vive desnudo, viendo de todo. Eso no es nada.
—¿Y tomás mucho o qué?
—Sí, vale. El ron también me gusta. ¿Y vos?
—También. Aunque cerveza poca, lo mío es el ron —me reí—. ¿Tenés novia?
—Qué va, pana. Acá las peladas son muy interesadas. Si no tenés moto buena, ni te voltean a mirar. Una salida sale carísima, como si uno fuera rico. Mejor solo. Vos seguro sí tenés.
—Tampoco —dije—. Me gusta estar solo, sin compromisos. Y tenés razón, mejor lo de uno a la carta. ¿Vos vas al gimnasio?
—Nada de gimnasio. Esto es de cargar bultos todo el día —se miró el brazo—. Lo que sí me gusta es el fútbol.
—¿Y entonces cómo te desfogás?
—¿Cómo así? —preguntó, aunque algo en su sonrisa me dijo que entendía perfectamente.
—Pues sexualmente. Dicen que los costeños son bien calientes, que viven prendidos.
—Ah, eso es verdad. Uno vive caliente, pero siempre algo se hace. Siempre resulta por ahí —se rió—. Se le hace a lo que salga bueno.
—¿A lo que salga bueno? —repetí, sosteniéndole la mirada—. Vea pues. Interesante eso.
—¿Le interesa? —dijo, y su voz bajó medio tono.
—Sí. Mucho.
—Hable fresco, está en su casa —se acomodó en la cama—. Diga qué le interesa.
—¿Vos qué creés que me interesa?
—No sé. Usted es el que sabe —se mordió el labio—. Pero lo que vi hace un rato estaba como rico.
—¿Qué? ¿Esto? —y me bajé la pantaloneta de un tirón, mostrándole de nuevo el culo.
—Eso. Está muy rico —dijo, y estiró la mano para acariciármelo.
***
Le puse la mano encima de la pantaloneta y la noté dura como una piedra. Antes de seguir, le pedí que esperara un segundo. Salí del cuarto, le hice una seña a mi padre para que se acercara a la cocina.
—Voy a estar un rato con el pelado —le dije bajito—. Si preguntan, diles que estamos jugando consola y que no me gusta que me interrumpan. Mantenelos ocupados allá afuera.
—Tranquilo, pasala bien —contestó con una media sonrisa, sin perder la calma—. Andá.
Volví, cerré la puerta con seguro y me arrodillé frente a Brayan. Él se puso nervioso.
—Pero es barro con toda esa gente ahí —dijo en voz baja—. Su papá, mi tío. Mejor otro día, pana.
—Relajado —le contesté, pasándole la mano por el muslo—. Mi papá ya sabe que cuando juego consola no me gusta que me molesten. Nadie va a sospechar nada. Quedate tranquilo.
Le toqué la verga por encima de la tela y después subí las manos por sus piernas, gruesas y duras, metiendo los dedos por la bota de la pantaloneta. Tiré hacia un lado y la saqué: morena, gruesa, tensa, cruzada de venas. No era enorme, pero era hermosa, y estaba completamente erecta. Me incliné y le di los primeros lengüetazos despacio, mirándolo desde abajo, disfrutando de cómo me observaba sin terminar de creérselo.
Sabía a sal, a sudor, a un día entero de trabajo y de fútbol. Ese olor de macho me encendía más que cualquier otra cosa. Le bajé del todo la pantaloneta y me la metí entera en la boca. Tuve que respirar por la nariz para aguantarla. Brayan soltó un gruñido ronco y me puso las manos en la cabeza, marcándome el ritmo, empujándola hacia adentro. Se retorcía contra la pared, apretaba los dientes para no hacer ruido.
Bajé a lamerle los testículos mientras se la trabajaba con la mano. Él respiraba cada vez más fuerte. Con el dedo le rocé el culo, apenas, y separó las piernas un poco, casi sin darse cuenta. Intenté ir más abajo, pero me cogió de la cara y me devolvió a su verga.
—Eso no —murmuró—. Mejor ponete en cuatro, que te lo meto.
Me quité la pantaloneta y me acomodé como me pidió, de rodillas sobre la cama. Me humedecí bien con los dedos. Sentí cómo apoyaba el glande contra mí y empujaba, despacio al principio, abriéndose paso. Apreté la cara contra el colchón y llevé las manos hacia atrás, hasta sus nalgas, atrayéndolo, pidiéndole que me lo metiera todo y que no se contuviera.
Lo hizo. Aceleró el movimiento de las caderas, entrando y saliendo con fuerza. Me metió dos dedos en la boca para que los chupara y me mordió el hombro. Después me giró de lado, se paró al borde de la cama y siguió cogiéndome desde ahí, sujetándome la pierna en alto.
—Más duro —le pedí entre dientes—. Que no se oiga, pero más duro.
Terminó por voltearme del todo, boca arriba. Metió un cojín bajo mi cadera para levantarme y se hundió de nuevo, esta vez mirándome a la cara. Me embestía casi con rabia, como si quisiera demostrarse algo, y de cuando en cuando me tapaba la boca con la palma para que no se me escapara ningún gemido. Yo le clavaba los talones en la espalda. Afuera seguía sonando la salsa, las risas de los viejos, el ruido de las botellas, y nosotros ahí, a tres metros, en silencio absoluto.
Cuando estaba por venirse, sacó la verga de golpe y se vació sobre mi pecho, mi cuello y mi boca. Yo me corrí casi al mismo tiempo, sin haberme tocado, solo de sentirlo dentro y encima. Se quedó un momento apoyado sobre mí, recuperando el aire, con la frente perlada de sudor.
***
Le pasé unos pañitos húmedos y una toalla para que se limpiara. Nos vestimos sin prisa, todavía con la respiración entrecortada. Abrí la puerta con cuidado y salimos como si nada, retomando la pose de dos tipos que acababan de jugar consola un par de horas.
—Que esto no lo sepa nadie —me dijo en voz baja, mientras se acomodaba la camisilla.
—Tranquilo —le contesté—. Queda entre nosotros. Y cuando quieras repetir, ya sabés dónde encontrarme.
—Hecho, pana —sonrió, y por primera vez en toda la tarde lo vi relajado de verdad—. Ese culo suyo es una chimba.
Un rato después se fueron todos. Mi padre recogió las botellas, me guiñó un ojo desde la cocina y no dijo una sola palabra. Yo me tiré en la cama y dormí toda la tarde, satisfecho, guardando fuerzas para la rumba de la noche.
El muy macho, el que aseguraba que las mujeres eran un problema y que él vivía caliente, había caído sin oponer demasiada resistencia. Y algo me decía, mientras cerraba los ojos, que no iba a ser la última vez que Brayan tocara mi puerta.