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Relatos Ardientes

El novio de mi prima me usó delante de sus amigos

Estaba pasándome la cuchilla por las piernas cuando me di cuenta de lo lejos que había llegado. La semana siguiente tenía cita para el láser que me había reservado mi prima Lorena, así que serían de las últimas veces que tendría que depilarme a mano. Me gustaba verme así, liso, sin un solo pelo. Me veía menos masculino y, para mi sorpresa, eso cada vez me gustaba más.

Supongo que tener a Bruno reventándome el culo una o dos veces por semana estaba acabando con lo poco que me quedaba de hombría.

Hacía tres semanas que el novio de Lorena me llamaba o aparecía en mi casa sin avisar para follarme cuando le apetecía. A veces venía con ella, a veces solo. Y lo peor era que yo lo recibía con más ganas cada vez. Me sentía decepcionado los días que no aparecía a dejarme roto.

Esa noche terminaba de arreglarme para salir con ellos. Era sábado y Lorena me había dicho que cenaríamos algo y nos tomaríamos unas copas. Nuestros últimos encuentros habían sido a puerta cerrada, en la intimidad de mi piso, y me ponía nervioso volver a quedar con Bruno en público. También me excitaba no saber qué tenían en mente.

***

A las diez en punto entré en el bar donde me habían citado. Me sorprendió que no estuvieran solos. En la mesa había otras seis personas: cuatro chicos y dos chicas, todos de la edad de mi prima. A las chicas las conocía, eran amigas suyas de toda la vida, Sofía y Andrea. Los chicos se llamaban Adrián, Diego, Hugo y Mario, y se presentaron en cuanto me senté.

Me acomodé junto a Lorena, que quedó en medio de Bruno y yo, y pedí una cerveza como el resto.

—¿Qué tal? Cuánta gente, ¿no? —pregunté, incómodo de ver a todos sus amigos.

—Sí, hoy lo vamos a pasar bien, ya verás —me sonrió ella con una maldad que no me gustó nada.

Yo no bebía al ritmo de los demás, que enseguida cambiaron las cervezas por chupitos y copas y empezaron a soltarse con el alcohol. Cuando terminamos de cenar, Lorena se inclinó hacia mi oído.

—Lo nuestro lo pagas tú —me dijo.

Asentí y dejé la parte de los tres. De ahí nos fuimos a una discoteca cercana a seguir con la fiesta.

***

Poco después de llegar, mientras ellos pedían la primera copa, Andrea se acercó a mí después de cruzar unas palabras con Bruno.

—Vete al baño, métete en uno de los cubículos y quédate desnudo.

Se alejó sin darme tiempo a responder. Vamos allá, pensé, y me encaminé hacia los lavabos.

Era un baño grande, con cinco cubículos además de la fila de urinarios. El problema era que las paredes que separaban los cubículos no llegaban al suelo: dejaban un hueco de unos quince centímetros por el que se veían las piernas de cualquiera. Arriba pasaba lo mismo. Me metí en el más alejado de la puerta, me quité toda la ropa y la dejé sobre la cisterna, y esperé sin saber a qué.

El móvil vibró. «Ponte de rodillas y masturbate despacio», me escribió mi prima.

Me arrodillé en aquel suelo sucio, consciente de que si alguien miraba por debajo de la puerta vería mis rodillas desnudas. Agarré mi polla y empecé a menearla despacio, con el corazón en la garganta.

Pasaron quince minutos largos hasta que alguien golpeó la puerta.

—Abre, putita —dijo la voz de Bruno al otro lado.

Descorrí el pestillo. Él empujó la puerta y la dejó abierta del todo, exponiéndome a cualquiera que entrara, vacío el baño por suerte en ese momento. Me miró sin decir nada, se sacó la polla sin entrar siquiera al cubículo y esperó. Avancé dos pasos sobre las rodillas, quedando casi fuera de mi refugio, y me la metí en la boca.

—Este es tu sitio, zorra. Desnuda y de rodillas, recibiendo pollas en el baño de una discoteca —me dijo—. Deberías quedarte así toda la noche y mamarle a todo el que entre.

Yo estaba muerto de miedo. Entraba y salía gente constantemente, y a la mínima nos verían.

—¿Por qué miras a la puerta? —se rió de mis nervios—. ¿Esperas más clientes? Tranquila, que no me importa compartir tu boca si alguien más la reclama.

No me dio tiempo a preguntarme si hablaba en serio. La puerta del baño se abrió. Bruno me empujó de una patada hacia dentro del cubículo antes de que pudieran vernos y entró conmigo, cerrando el pestillo.

—Por poco, puta —susurró mientras yo me recuperaba del golpe—. No me importa que te vean a ti, pero no quiero que me echen los porteros. Vengo mucho por aquí. Sigue chupando.

Continué la mamada escuchando el ir y venir de gente al otro lado de la madera, intentando no hacer más ruido que el de mi propia garganta tragándolo. Bruno me sujetó la cabeza contra la pared y vació toda su corrida dentro de mí.

—Trágalo todo. Ahora quédate de rodillas y no eches el pestillo —me ordenó antes de salir.

Dejé la puerta arrimada al máximo, sin cerrarla, aterrado por que me descubrieran. Apenas pasaron cinco minutos cuando alguien empujó. Yo aguantaba la hoja con la mano; al notar su insistencia, la solté.

—Joder, era verdad —dijo Diego, uno de los amigos, y cerró tras de sí—. Venga, ponte a chupar.

No tenía la dureza de Bruno ni una polla tan grande, pero puso todo su empeño en follarme la boca hasta correrse en mi garganta. Salió sin más, y casi de seguido entró otro de ellos, Hugo, riéndose de lo que veía. Fue más bruto, aunque tampoco llegaba ni de lejos al nivel de Bruno. Se corrió, se fue, y yo seguí esperando de rodillas.

Pasaron diez minutos y no vino nadie más. Entonces llegó el mensaje de Andrea: «Vístete. Nos vamos».

***

Llevaba tanto rato arrodillado que me costó ponerme de pie. Me vestí, me revisé en el espejo buscando restos de corrida en la cara y salí a buscarlos. No los vi por la pista, así que salí a la calle, donde me encontré a todo el grupo mirándome entre risas y aplausos.

—Te has portado muy bien, primito —me dijo Lorena.

—Gracias —respondí, avergonzado sobre todo por sus dos amigas.

Creí que volvíamos a casa, pero caminaron hasta un parque cercano y se sentaron en unos bancos. Las chicas sacaron unas botellas y unos vasos que habían robado de la discoteca y se prepararon copas mientras los chicos liaban porros.

—Fuera la ropa, primito —dijo mi prima sin mirarme.

Enrojecí al instante. Me daba muchísima vergüenza hacerlo delante de todos, y más aún delante de dos chicas a las que conocía desde hacía años. Aun así me desnudé sin protestar.

—No puedo creer que sea tan marica como decís. Si hasta tenía novia —dijo Sofía.

—Estaba en el armario, pero ha salido por la puerta grande —se rió Lorena.

—Y pensar que siempre me había parecido guapo —añadió la otra.

—Lo sé, había visto cómo lo mirabas. Pero lo siento, tía: a este le gustan las pollas tanto o más que a ti.

—Qué pena —dijo Sofía, y el comentario golpeó de lleno al poco orgullo que me quedaba allí plantado, desnudo frente a ellas.

Bruno se acercó, me hizo agacharme de un gesto y se sacó la polla. Me puso a mamársela justo enfrente de las tres chicas, a las que era incapaz de mirar mientras lo chupaba.

Había aceptado mi lugar hacía tiempo. Lo disfrutaba. Me encantaba ser la zorra de Bruno, chuparle la polla, sentir cómo me reventaba el culo. Pero ahí, delante de una chica que acababa de decir que le parecía atractivo, se me hacía cuesta arriba. Sentía cómo se rompía la última cuerda que me ataba a una vida normal.

—¿Y no te importa que se la chupe a tu novio? —le preguntó Andrea a Lorena.

—Para nada. La verdad es que cada día me pone más —respondió ella—. Fue idea mía, ¿sabes? Cuando Bruno me contó lo que le gustaría hacer, pensé directamente en mi primo. Necesitaba a alguien sumiso, dispuesto a dejarse someter y humillar hasta el final. Y se me vino a la cabeza la persona más entregada que conocía.

—¿Y a ti no te molesta que sea un tío? —le preguntó Mario a Bruno.

—No es un tío. Es un par de agujeros a los que dar caña. Se deja hacer de todo, y eso es justo lo que yo buscaba.

Aquellas palabras, por humillantes que fueran, me devolvieron algo parecido al orgullo.

***

—No le he probado el culo, pero la chupa de lujo —dijo Diego, colocándose junto a Bruno y sacándose la polla.

Pedí permiso con la mirada a Bruno y pasé mi boca a la de su amigo mientras le agarraba la suya con la mano. Me esforcé por impresionar a Mario, que aún miraba con recelo, dando lo mejor de mí en cada lametón, cambiando de una a otra, sosteniéndoles la mirada, dejando salir a la zorra que llevaba dentro.

—Pues sí que la chupa con ganas —comentó Sofía.

—Te lo dije, se vuelve loco con una polla en la boca —contestó mi prima.

Hugo se sumó. Ya tenía tres pollas que atender, y Adrián y Mario se acercaban cada vez más sin terminar de decidirse. Las chicas miraban atentas, y se notaba que disfrutaban del espectáculo. Yo trataba de no dejar a ninguno frío, alternando boca y manos como podía.

—Dejad de hacer el tonto y venid a que os la chupe, que lo estáis deseando —dijo Bruno, y con eso disolvió de golpe las dudas de los otros dos, que me rodearon con sus pollas.

Ahora eran cinco, más de las que podía abarcar. Entonces Sofía se puso de pie, agarró las dos que quedaban libres y se puso a masturbarlas a un palmo de mi cara.

—Parece que la puta no da abasto con tanta polla —se rió.

—Pero serás guarra —le dijo Andrea desde el banco.

—Anda ya, si estáis igual de cachondas que yo. Solo quería verlo de cerca.

Andrea y Lorena se levantaron también y se acercaron al corro. Mi prima agarró la polla de su novio y, cada vez que la soltaban, dejaban que yo siguiera chupando.

—Mira qué cara de puta pone con la polla de tu novio —dijo Andrea.

—Es que mi novio tiene un pollón que vuelve loca a cualquier zorra —respondió Lorena, y me agarró de la cabeza—. Pero no te olvides de que esta polla es mía, puta.

Y me escupió en la cara. Los demás se rieron, y uno a uno se animaron a imitarla, escupiéndome en la boca y en las mejillas.

—Gracias —respondía yo después de cada escupitajo, lo que solo aumentaba las carcajadas.

***

—Levantadla, que le voy a follar el culo —ordenó Bruno.

Entre todos me pusieron de pie y me inclinaron, ofreciéndole mi culo. Diego me metió la polla en la boca mientras Sofía y Andrea se encargaban del resto. La única preparación fue un escupitajo y dos azotes. La polla de Bruno entró de golpe, con violencia, pero mi cuerpo ya se había acostumbrado a recibir aquella bestia.

—Quieta, puta, no te retuerzas —me azotó.

—Joder, ¿se la ha tragado así de fácil? —preguntó Sofía—. A mí ni por el coño.

—Cuando te acostumbras a una así, ya no quieres nada más pequeño —respondió mi prima—. Y el muy zorra lo ha hecho rápido. Ha nacido para esto.

Empezaron las embestidas. Diego acompañaba su ritmo en mi boca mientras las chicas mantenían calientes al resto. La polla de Bruno reventándome no me dejaba ni pensar.

—Todo tuyo —le dijo a Mario tras más de diez minutos.

Mario ocupó su lugar y Bruno se llevó a mi prima a un banco, donde ella se subió encima y empezaron a follar. Sentí unos celos absurdos, teniendo claro cuál era mi sitio.

—Joder, cómo le has dejado esto —dijo Mario al notar la poca resistencia de mi culo.

—Muévete, zorra —Andrea me azotó, y otra vez rieron todos.

—Esto es una pasada. Voy a grabar un vídeo —dijo Sofía, ya con el móvil en la mano—. A ver, mira a la cámara y cuenta qué está pasando.

—Hola. Soy una zorra y me están follando en mitad de un parque —dije, mirando al objetivo.

—¿Cuántas pollas?

—Cinco. Cinco pollas para esta zorra.

—¿Y te gusta, puta?

—Me encanta. Me encanta tener cinco pollas para mí solo.

Adrián me la volvió a meter en la boca y ella siguió grabando. Andrea y Sofía se tocaban por encima de la ropa mientras masturbaban a los chicos.

—No te corras, que yo también quiero follármelo —dijo Adrián.

—Pues dale ya —Mario salió de mi culo.

Adrián me agarró de las caderas y me folló con dureza, subiendo y bajando el ritmo hasta que las piernas me temblaban y mi propia polla, dura, empezó a gotear sola.

—Siguiente —dijo antes de correrse.

Le siguió otro, y otro más. Cuando el último se apoderó de mi culo, yo ya era incapaz de sostenerme en pie. Me dolía la mandíbula y me ardía todo por dentro a cada embestida. Me sujetaban entre varios para que no cayera al suelo. Quise pedirles que pararan, que no podía más, pero no quería decepcionar a mi prima.

***

Finalmente me dejaron caer, casi muerto, boca arriba sobre la hierba.

—Vamos a darle su premio, se lo ha ganado —dijo Bruno.

Las cinco pollas me apuntaron a la cara y al pecho. Las chicas los ayudaron a terminar y, uno tras otro, empezaron a descargar sobre mí. Tragué casi por instinto lo que cayó cerca de mi boca; el resto me dejó la cara y el cuerpo empapados.

—Buen trabajo, puta.

—Gracias. Muchas gracias —dije.

Me agarré la polla, le di dos sacudidas y añadí mi corrida a la suya, sobre mi propio cuerpo. El grupo lo celebró entre aplausos y risas. Recibí un último escupitajo de cada uno antes de que se marcharan y me dejaran allí tirado.

Tardé en levantarme y llegar hasta mi ropa. Me la puse sobre los restos de saliva y semen, sin importarme el aspecto asqueroso que tenía, y caminé a duras penas hasta mi casa con las piernas temblando y todo el cuerpo dolorido, el culo y la boca por encima de todo.

Me tiré directo en la cama. No tenía ni fuerzas para ducharme. Me quedé dormido así, destrozado y, contra toda lógica, profundamente feliz.

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Comentarios (5)

NocheOscura_R

Uno de los mejores relatos que lei en esta categoria. Gracias!!!

AndresMdq

Por favor seguila, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues de esa noche

lectorx_ba

Que tension durante toda la lectura... me tuvo pegado a la pantalla sin poder parar. Muy bueno

BrunoLector

Me pregunto si la prima tenia idea de algo jaja. Buenisimo el relato de todas formas, muy bien narrado

Matias_cba

increible!!! muy bueno

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