Mi jefe me hizo llevar lencería bajo el uniforme
«Mañana quiero que vengas a trabajar con ropa interior de mujer.»
El WhatsApp era de Bruno. Finales de octubre, y yo llevaba casi dos meses sin saber nada de él. Es cierto que nos cruzábamos de vez en cuando por los pasillos del centro, pero apenas nos dirigíamos la palabra. Yo daba por hecho que me había dejado de lado, que aquello había terminado. Y ahora, de buenas a primeras, ese mensaje.
Cuando me llegó estaba en plena jornada. Levanté la vista y miré alrededor buscándolo, pero no lo vi por ninguna parte. El día siguiente era sábado: habría muy poca gente. Pero tenía un problema. Los relevos los hacíamos cambiándonos juntos en los vestuarios, así que iba a necesitar una excusa para quedarme solo.
¿De verdad voy a hacerlo?
Sabía la respuesta antes de terminar de formular la pregunta.
***
El sábado, después del relevo, fingí una indisposición. Mientras los compañeros recogían sus cosas y se marchaban entre bostezos, yo me encerré en uno de los excusados del fondo. Me desnudé despacio, con el corazón golpeándome el pecho, y me coloqué unas bragas negras, un sujetador a juego y unas medias que me llegaban a mitad del muslo. Después me puse el uniforme por encima, como si nada.
El roce del encaje contra la piel me acompañó toda la mañana. Lo sentía con cada paso, un secreto pegado al cuerpo que nadie más podía ver.
Hacia las diez estaba en la sala de descanso de la primera planta, tomando un café con un par de técnicos de telemática, cuando crepitó la radio del equipo.
—Cero para uno…
—Adelante, cero.
—Erre acaba de llegar —Erre era como llamábamos a Bruno por la emisora—. Dice que te pases por el despacho.
—Recibido, cero.
En ese mismo instante me vibró el móvil. Era él, pidiéndome que subiera de inmediato. Miré el reloj: era la hora del desayuno. Así que hice caso omiso y bajé a comer algo con mi compañero.
Durante el desayuno no pararon de llegar mensajes. Uno tras otro, hasta que mi colega se impacientó.
—¿Quién coño te escribe tanto, joder?
—Erre.
—¿Y qué quiere? ¿No le has dicho que estás desayunando?
—Quiere encargarme unas botellas para un cumpleaños —mentí. Tenía un conocido que era comercial de bebidas y de vez en cuando me conseguía buen precio.
—Pues ándate con ojo, que por ahí dicen que es maricón, que le van los tíos.
—La gente habla mucho —dije, y di un sorbo largo al café para no tener que sostenerle la mirada.
***
Subí al despacho del director. Iba decidido a plantarle cara, a decirle que aquello tenía que terminar, que no podíamos seguir así. Entré sin llamar.
Me lo encontré sentado en el sofá, completamente desnudo.
—Vaya, vaya. Por fin te dignas a aparecer.
—Bruno, yo…
—Shhh. Cállate, maricón —su voz era grave, tranquila, terriblemente segura—. ¿Quién coño te crees que eres para hacerme esperar así?
—Pero…
—Desnúdate.
—P-pero…
—Que te desnudes, joder.
Le obedecí. Me quité el uniforme prenda a prenda y me quedé de pie ante él, con las bragas, el sujetador y las medias. El aire acondicionado me erizó la piel. Él me recorrió de arriba abajo con los ojos, sin prisa, como quien examina algo que le pertenece.
—Así me gusta, nena —dijo al fin—. Qué rica. Ven aquí.
Crucé el despacho con las piernas temblando. No me queda más remedio, me dije. Pero la verdad era otra, y los dos lo sabíamos.
—¿Te crees que puedes desafiarme y quedarte sin castigo?
—Bruno, yo…
—Bájate las bragas.
Me las bajé hasta los tobillos.
—Ponte aquí, boca abajo —se palmeó los muslos.
No rechisté. Me tumbé sobre sus piernas tal como me ordenaba. Mi polla, ya medio dura, quedó atrapada entre sus muslos cálidos.
—Tienes que aprender a obedecer.
El primer azote me llegó sin aviso. Su mano enorme cayó sobre mi nalga con un chasquido que retumbó en las paredes del despacho y me hizo ver las estrellas.
—¡Ah!
—Grita. Grita para mí.
Otro. Y otro más. Las bofetadas se sucedían y el placer empezó a mezclarse con el dolor de una forma que no sabía explicar. Me ardía la piel, me retorcía con cada golpe, y mi polla, dura como una piedra y prisionera entre sus piernas, no dejaba de soltar líquido.
—Te está gustando, ¿eh? —su voz era casi un susurro—. Mírate.
—¡Oh!
Siguió azotándome el culo hasta que el calor se volvió insoportable y delicioso a partes iguales. Y entonces, sin que llegara a tocarme donde más lo necesitaba, el orgasmo me sobrevino solo: el roce de mi miembro atrapado y el escozor de los azotes me arrancaron un clímax intenso que me dejó vacío, derramándome entre sus muslos.
—Te has corrido sin que te haya tocado —me dio un último azote y se rió por lo bajo—. Levántate.
Abrió las piernas. Los hilos de mi propio semen le resbalaban por la cara interna de los muslos.
—Ponte las bragas y límpiame.
Busqué con la mirada algo, un pañuelo, una toalla.
—Con la lengua.
***
Me arrodillé entre sus piernas. Su polla estaba dura, hinchada, y por la punta asomaba ya una gota brillante. Empecé recogiendo con la lengua lo que le había manchado los muslos, despacio, sosteniéndole la mirada cada vez que tragaba.
—Mira que has salido vicioso —murmuró.
Subí hasta su miembro. Le tomé los testículos en la mano, los apreté con suavidad, los chupé, recorrí el tronco con los labios hasta el glande y entonces me lo metí entero en la boca. Sorbí, paladeando el sabor de aquel líquido que no dejaba de manar.
—Oh… sí…
Empecé a moverme, subiendo y bajando la cabeza, chasqueando la lengua contra él mientras Bruno se retorcía en el sofá y dejaba escapar gemidos roncos.
—Ay… cómo la chupas, joder.
Cuando lo notaba al borde, me la sacaba de la boca. Le estrujaba los huevos y le acariciaba la verga muy despacio, deslizando el prepucio arriba y abajo, extendiendo mi saliva por toda su longitud. Cada vez que hacía eso, él bufaba y echaba la cabeza hacia atrás.
—Eres un sádico… ¡oh!
Le di un tirón a los testículos y me la volví a meter hasta el fondo, con ansia, hasta que mis labios rozaron su pubis. La aguanté ahí dentro todo lo que pude y luego empecé a moverme rápido, entrando y saliendo mientras él soltaba toda clase de obscenidades.
—Me corro… me corro…
Me puso la mano en la nuca y apretó. Su polla me llegó hasta la garganta y allí me mantuvo mientras descargaba un chorro caliente tras otro que tuve que tragar para no ahogarme. Cuando por fin me soltó, me aparté tosiendo.
—Casi me ahogas, cabrón.
—Límpiate la cara —dijo, recuperando el aliento—. Y ponte ahí, delante del ventanal. Quiero hacerte unas fotos.
—Ni de coña.
—Venga. Quiero tenerte en el móvil.
—Que no. Además, no me fío de ti. Eres capaz de enseñárselas a alguien.
—Te dejo que luego las edites y les quites la cara, total —se encogió de hombros—. Tu cara no es lo que me interesa.
—Pero delante del ventanal me van a ver desde fuera.
—¿Quién narices te va a reconocer desde la calle, a esta altura?
Lo decía con la boca pequeña, mi negativa. La verdad es que la idea me ponía. Al final me coloqué junto al cristal, con la luz de la mañana entrando a raudales, y le dejé que me hiciera unas cuantas fotos con la lencería puesta.
***
—Ahora ven conmigo —me tomó de la mano y me condujo hasta el baño anexo al despacho—. Quítate las bragas. Solo las bragas.
Tenía ya preparado todo lo de siempre: la perilla, las toallas dobladas, el lubricante. Me hizo colocarme a horcajadas sobre el inodoro, una pierna a cada lado, apoyado en la cisterna con las rodillas flexionadas y el culo en pompa.
—Cómo adoro estas nalgas —y me dio un azote que me hizo gritar, porque todavía me ardían del castigo.
—¡Cabrón!
Me untó el ano de lubricante, acariciándomelo con el pulgar, y después introdujo la cánula y dejó correr el agua tibia. Repetimos el proceso varias veces, como siempre, aunque ya saliera limpia.
—Ponte otra vez.
—Pero…
—Shhh. Calla —estaba muy excitado, lo notaba en la respiración.
Volví a la posición, las dos piernas a los lados, apoyado en la cisterna. No me dejó quitarme ni el sujetador ni las medias. Esta vez me puso lubricante en abundancia.
—Me tienes ardiendo —tenía la polla dura apoyada contra mi entrada y las manos en mis caderas—. Tengo que follarte ya.
—Tranquilo, Bruno…
De una sola embestida me clavó media polla en las entrañas, abriéndome sin contemplaciones. Me fallaron las piernas y se me cortó la respiración.
—¡Ay! ¡Mi culo! ¡Ayyy!
—Shhh, calla… calla…
—¡Sácala! ¡Me vas a partir!
—Ahora la saco. Tranquilo.
Clavó los dedos en mis caderas, afirmó las piernas y, de un segundo empujón, terminó de enterrarse hasta el fondo. Después empezó a moverse con un ritmo cada vez más frenético, sus huevos golpeando contra mis nalgas, su cuerpo chocando contra el mío.
—¡Ay, Bruno! ¡Ay, mis piernas, que no me aguantan!
—Joder, qué culo… cómo aprietas…
El sudor me corría espalda abajo. Olía a sexo allí dentro, a piel caliente y a esfuerzo. Bruno bufaba y resoplaba, sus dedos hundidos en mi cintura como garras, mientras su polla entraba y salía haciendo que la mía se balanceara al ritmo que él marcaba.
De pronto se detuvo. Pensé que iba a correrse, pero me la sacó de golpe.
—¡No, por favor!
—Ven aquí —se sentó en la taza del inodoro, empapado en sudor, jadeando por el esfuerzo—. Ahora te toca a ti.
Me coloqué a horcajadas sobre él y, muy despacio, fui dejándome caer sobre su polla hasta tenerla dentro por completo. Me sujetó la cara con las dos manos y me besó en la boca, con fuerza, casi con violencia, mordiéndome los labios, metiéndome la lengua. Yo le respondí con la misma intensidad mientras empezaba a moverme: adelante y atrás, luego en círculos.
Me bajó el sujetador y me dejó el pecho al descubierto.
—Adoro estas tetitas. Me vuelven loco. Muérdemelas, chúpamelas tú… no, espera.
Me eché hacia atrás, apoyando las manos en sus rodillas, sin dejar de moverme con su miembro incrustado hasta el fondo, mientras él me agarraba el pecho, me chupaba y me mordía los pezones y me arrancaba gemidos.
—¡Oh, sí! ¡Cómemelas!
—Ay, mi niña…
Me abrazó por la cintura, apretándome contra él, hundió la cara en mi pecho y noté las contracciones de su verga mientras me inundaba por dentro.
—¡Me corro! ¡Me corrooo!
—Sí… vacíate en mí.
Me mantuvo abrazado hasta que cesaron las últimas sacudidas. Después me empujó hacia atrás, me agarró la polla y empezó a masturbarme mientras me pellizcaba un pezón con la otra mano y seguía clavado dentro de mí.
—¡Sí! ¡Sigue, no pares!
El orgasmo fue brutal. Solté una cantidad increíble de semen sobre su pecho y su vientre, sobre su mano. Lo lamí todo después, junto con el sudor, y permanecí sobre él hasta que su miembro se aflojó y noté el calor escurriéndose por la cara interna de mis muslos.
—Casi me matas —dijo él, todavía sin aliento.
—A ver qué haces con esas fotos —contesté, recogiendo el uniforme del suelo.
No me respondió. Solo sonrió, esa sonrisa suya que ya conocía demasiado bien, y supe que aquella no iba a ser la última vez.