El vestuario que el exjugador nunca pudo olvidar
El autobús dejó a Mikel Aranburu en la plaza del pueblo justo cuando el sol de septiembre empezaba a hundirse detrás de los montes. La piedra de las casas se tiñó de un dorado cálido, y el aire traía olor a hierba cortada y a mar lejano. Era el mismo olor de su infancia, el de los veranos en los que todavía no sabía nombrar lo que sentía.
Llevaba una mochila al hombro y una maleta pequeña. Lo demás llegaría después. Lo demás siempre llegaba después.
A sus treinta y tres años, tras una carrera entera en las grandes ligas, Mikel volvía a casa sin nadie esperándolo. Huía de la ciudad, de los focos, y sobre todo de sí mismo. Caminó por las calles empedradas notando las miradas de los vecinos sobre su espalda. Medía casi dos metros y arrastraba el cuerpo que el deporte le había dejado: hombros anchos, pecho marcado bajo la camiseta, las piernas largas que todavía respondían cuando salía a correr al amanecer.
Por fuera era un hombre intacto. Por dentro seguía siendo el chaval que se marchó a los veinte, aterrorizado por lo que se le despertaba en los vestuarios. Aquellas erecciones que llegaban sin permiso, las miradas que aprendió a esconder, las noches encerrado en un baño de hotel masturbándose en silencio mientras pensaba en otros hombres y se corría con una culpa que le duraba días.
La casa familiar lo recibió con olor a cerrado y a tiempo detenido.
***
Durante semanas la reformó de arriba abajo, como si tirar tabiques sirviera para tirar también el pasado. Abajo dejó un espacio diáfano con cocina abierta. En la planta de en medio montó un pequeño gimnasio donde sudaba a solas, golpeando el saco hasta que los brazos le ardían y el deseo se quedaba quieto un rato. Arriba, en la buhardilla, puso su dormitorio: una cama enorme y un baño con bañera de hidromasaje donde el agua caliente le aflojaba el cuerpo y le soltaba la imaginación.
Los primeros meses intentó vivir como un monje. Corría por el bosque, entrenaba hasta el agotamiento, no encendía la televisión ni abría el teléfono. Creía que el silencio lo curaría. Pero el silencio solo amplificaba lo demás: el latido bajo el vientre cuando se cruzaba con un hombre joven en el frontón, el calor en la cara, las ganas que se le agarraban a la garganta y no lo soltaban.
Una mañana de noviembre pasó frente a un local vacío en la calle principal. Algo se movió en su pecho. Recordó los catálogos que hojeaba a escondidas de adolescente, la ropa que nunca se atrevió a llevar por miedo a que lo delatara. Sudaderas anchas, pantalones cargo, todo aquello que en su cabeza significaba libertad. Al día siguiente alquiló el local sin pensarlo dos veces.
La reforma fue rápida: paredes blancas, suelo pulido, estanterías ordenadas con la ropa que él habría querido vestir a los veinte. En el cartel puso una sola palabra, Aske. Libre. Una promesa para los demás y una broma privada para sí mismo.
***
La tienda fue ganando clientela poco a poco. Chicos de la universidad del valle, treintañeros que volvían de la ciudad los fines de semana, hombres que entraban a curiosear y se quedaban. Mikel los atendía con voz baja, doblando telas con sus manos grandes, y por dentro ardía. Observaba cómo los vaqueros se ajustaban a sus cuerpos, cómo sonreían al probarse algo frente al espejo. Se imaginaba quitándoles la ropa que acababa de venderles, recorriendo con la lengua la línea de sudor de sus espaldas. Y cada noche, al cerrar la persiana, subía a la buhardilla a apagar ese fuego como sabía hacerlo desde siempre: solo.
Una de esas noches se metió en la bañera con una copa de vino. El agua caliente le envolvió el cuerpo desnudo y cerró los ojos. Los recuerdos llegaron sin piedad, como siempre. Los vestuarios después de los partidos, los cuerpos de sus compañeros, las miradas rápidas que apartaba a tiempo y que luego revivía a solas con una furia desesperada. Se tocó despacio, la mano resbalando por el agua, imaginando a uno de esos hombres jóvenes del pueblo entrando en su tienda y desnudándose para probarse algo. Se corrió con un gemido ahogado, el placer y la culpa mezclados como siempre lo habían estado.
No sabía que a unas calles, en el polideportivo, alguien acababa de oír su nombre por primera vez.
***
Unai Goikoetxea tenía veintidós años y ninguna intención de esconder nada. Acababa de terminar el entrenamiento y se quitó la camiseta empapada sin pudor, el torso firme brillando de sudor bajo las luces del pabellón.
—Oye, ¿habéis visto la tienda nueva de la calle mayor? —dijo, secándose la nuca con la camiseta—. Dicen que la lleva Mikel Aranburu, el exjugador.
Aitor Mendizabal, el preparador físico, veintisiete años y una calma que le costaba mantener, sintió un tirón en la entrepierna al oír el nombre. Llevaba media vida fingiendo que no miraba a Unai cuando se cambiaba.
—¿Aranburu? ¿Ha vuelto al pueblo? —preguntó, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Unai sonrió, ladino, ajustándose la cintura del pantalón sin disimulo.
—Eso parece. Mañana me paso. Si está él, igual le pido algo más que un autógrafo.
Aitor frunció el ceño y giró la cara para que el otro no le viera la reacción del cuerpo. No era el único en aquel pueblo que llevaba años callando lo que quería.
***
Unai cruzó la puerta de Aske al día siguiente, a media tarde, cuando ya no quedaba nadie. La campanilla sonó y Mikel levantó la vista del mostrador. Lo reconoció en el acto: la seguridad con la que andaba, la sonrisa que no pedía permiso, esa manera de ocupar el espacio como si todo le perteneciera.
—Buscaba algo para entrenar —dijo el chico, paseándose entre las estanterías—. Pero igual me llevo otra cosa.
Mikel tragó saliva. Había aprendido a leer a los hombres en los vestuarios, a distinguir la curiosidad del deseo, y lo que tenía delante no dejaba lugar a dudas. Aun así se obligó a contestar como un comerciante cualquiera.
—Por ahí tienes las sudaderas. El probador está al fondo.
Unai cogió un par de prendas casi al azar y se metió en el probador sin correr del todo la cortina. Mikel apartó la mirada por costumbre, por miedo, por todos los años de práctica. Pero cuando el chico lo llamó, la voz tenía un peso distinto.
—¿Me dices si me queda bien?
Lo dijo de espaldas, con la camiseta a medio quitar, la espalda desnuda y los músculos tensos bajo la piel joven. Mikel se acercó. El probador era estrecho y el aire allí dentro estaba cargado del olor del chico, a sudor limpio y a algo que le hizo apretar los puños.
—Te queda —murmuró.
Unai se giró despacio. Estaban a un palmo. Durante un segundo ninguno de los dos se movió, y en ese segundo cabía toda la vida que Mikel había pasado conteniéndose.
—Llevas todo el rato mirándome como si fueras a romperte —dijo el chico en voz baja—. No te vas a romper.
Y lo besó.
***
Fue Unai quien dio el primer paso, pero fue Mikel quien lo empujó contra la pared del probador con un hambre que llevaba media vida ahogando. Le mordió el cuello, le bajó las manos por el pecho firme, por el vientre, hasta el bulto que tensaba el pantalón. El chico jadeó y echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndose.
—La puerta —alcanzó a decir Mikel.
—Cerrada —respondió Unai con una sonrisa—. La cerré al entrar.
Lo arrastró fuera del probador, a la trastienda, donde había un sofá viejo que el chico ni siquiera miró. Le arrancó la camiseta y se quedó observando el cuerpo de Mikel un instante, los pectorales anchos, el vello oscuro que bajaba por el abdomen, antes de empujarlo a sentarse y arrodillarse entre sus piernas.
Le desabrochó el pantalón sin prisa, disfrutando del temblor que recorría a aquel hombre enorme. Cuando lo tomó en la boca, Mikel cerró los ojos y soltó un sonido que llevaba veinte años guardado. Unai sabía lo que hacía. Lo lamió despacio primero, observándolo desde abajo, midiendo cada reacción, y después se entregó sin contención hasta que las manos de Mikel se cerraron en su pelo.
—Para —jadeó Mikel—. Para o esto se acaba antes de empezar.
El chico se levantó, se quitó lo que le quedaba de ropa y se sentó a horcajadas sobre él. Piel contra piel, por fin, el peso real de otro cuerpo después de tantos años de imaginarlo solo en el agua caliente. Mikel le recorrió la espalda, las nalgas firmes, mientras Unai se frotaba contra él y le mordía el labio inferior.
—¿Cuánto hace que no dejas que alguien te toque? —le susurró el chico al oído.
—Demasiado —admitió Mikel, y la palabra le salió rota.
***
Lo hicieron despacio y luego sin freno. Mikel lo tumbó sobre el sofá, lo preparó con paciencia, atento a cada gesto, y cuando por fin entró en él, los dos contuvieron el aire al mismo tiempo. El chico se aferró a sus hombros, le clavó los talones en la espalda y le pidió más con una voz que no admitía dudas. Mikel se movió hondo y constante, viendo cómo el placer le cambiaba la cara a aquel hombre joven, cómo lo que durante años había imaginado a solas estaba ahora ocurriendo de verdad, caliente y ruidoso y real.
No hubo silencio esa vez. Por primera vez en su vida, Mikel no se tapó la boca.
Unai se corrió primero, arqueándose con un gemido largo, y el espasmo de su cuerpo arrastró a Mikel detrás de él. Se vació dentro con la frente apoyada en el hombro del chico, temblando, mientras una risa incrédula le subía por el pecho. No era culpa lo que sentía. Por una vez, no era culpa.
***
Se quedaron un rato tirados en el sofá, recuperando el aliento, las piernas enredadas. Unai trazaba círculos perezosos sobre el pecho de Mikel.
—¿Sabes que medio pueblo se moría por que volvieras? —dijo el chico—. Aitor, el del polideportivo, lleva días nombrándote.
Mikel arqueó una ceja.
—¿Aitor?
—El preparador. —Unai sonrió contra su piel—. No eres el único por aquí que disimula mal. Igual deberías invitarlo a la tienda un día de estos. Yo no tendría inconveniente en estar.
Mikel se rió de verdad, una risa que le salió desde un sitio que creía clausurado. Miró el techo de su trastienda, el local que había montado para esconderse y que acababa de convertirse en lo contrario. Fuera, el pueblo seguía igual de tranquilo, ajeno a todo.
Por primera vez desde que bajó de aquel autobús, no tenía ninguna gana de huir.