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Relatos Ardientes

Mi fisio me tocó donde nadie lo había hecho

Me llamo Daniel y este año decidí recuperar algo del tiempo que la paternidad me había robado durante más de una década. Entre el trabajo y los críos, simplemente no quedaba un hueco para mí. Había abandonado el deporte y me había dejado estar, devorado por la agenda imposible de mis tres hijos.

El reconocimiento médico de la empresa me dio la excusa perfecta. El colesterol y los triglicéridos estaban por las nubes, y de pronto tuve un motivo para reclamar un par de horas semanales que solo fueran mías.

El médico me recomendó nadar, pero odio el agua. Que tu padre te enseñe a nadar lanzándote al mar hasta que el instinto te empuje a flotar no funcionó conmigo. Sé defenderme, soy de costa, pero no me pidas veinte largos seguidos. Un compañero de oficina insistió tanto con el crossfit que terminé apuntándome a un box cercano a casa.

Elegí el turno de las siete de la mañana para poder ocuparme después de llevar a los niños a sus mil actividades. Marta, mi mujer, apostó a que no aguantaría ni dos días madrugando. Y sin embargo, religiosamente, me levantaba a las seis y media y me presentaba en aquel entrenamiento que yo imaginaba militar y que resultó ser mucho más relajado de lo que temía. Nadie se reía de los pesos ridículos. Incluso Pablo, el entrenador, me frenaba cuando intentaba cargar más de lo que mi físico maltrecho aconsejaba.

A esa hora siempre éramos los mismos, con pequeñas variaciones según el día. El que nunca fallaba era Rubén, una bestia de un metro noventa con el cuerpo esculpido músculo a músculo. Solía entrenar cerca de una chica, Noelia, un pibón al que era imposible no mirar de arriba abajo. Su trasero era un imán para mis ojos, y con la excusa de fijarme en la técnica de los ejercicios me recreaba más de lo debido.

Las pajas eran mi único desahogo desde que fui padre, apenas interrumpidas por algún arrebato de sexo en las épocas en que engendré a mis hijos. Y no es que se me hubiera apagado nada. Tengo cuarenta y un años, mi mujer quiso ser madre joven y tuvimos al primero cuando yo rondaba los treinta. Tres varones en cuatro años, y ninguno más, porque me negué en redondo a seguir buscando la niña. Creo que Marta nunca me lo perdonó. Uno de sus castigos fue convertir nuestra vida sexual en un desierto.

El crossfit, contra todo pronóstico, fue un acierto. Enseguida noté el cambio en mi cuerpo. Nunca fui gordo, pero tampoco musculado: la falta de ejercicio había moldeado una figura blanda que, con un par de ajustes en la comida, mejoró a una velocidad que me sorprendió. Todos lo notaban, todos menos Marta.

Empecé a mirarme en el espejo del vestuario después de ducharme solo. Veía aparecer algo de vello en el pecho, una línea que bajaba hasta el pubis, los muslos firmes que tuve a los veinte. Me ponía cachondo verme así, fantaseando con que una mujer como Noelia tal vez no le haría ascos a un tío como yo. Más de una paja cayó en aquella ducha pensando en ese culo.

Mejorar tanto acabó jugando en mi contra. El exceso de motivación me llevó a forzar la máquina. Empezó a molestarme un hombro y arrastraba siempre la zona lumbar cargada. Pablo me aconsejó bajar pesos y buscar un fisioterapeuta. Yo no conocía a ninguno por el barrio, y cuando se lo comenté me dijo que Rubén tenía una clínica a un par de manzanas del box.

Lo pensé un par de días. No me hacía gracia tratarme con un compañero de entrenamiento, por si luego no me convencía y no sabía cómo escapar. Pero las molestias no cedían, así que me acerqué a hablarle al terminar la clase. Fue incómodo: tuve que esperar a que dejara de tontear con Noelia, y casi se me empalma viendo cómo su manaza le agarraba el culo y cómo ella ponía cara de gusto cuando un dedo se le clavaba entre las nalgas.

—Perdona… —balbuceé, rojo por la pillada—. Pablo me ha dicho que eres fisio. Que tienes clínica, vamos. Y yo, bueno, tengo molestias y no sabía si…

Parecía un idiota dando rodeos, como si fuera a invitarlo al baile de fin de curso.

—Si necesitas un fisio, las manos de Rubén son las mejores —me interrumpió Noelia, salvándome del ridículo.

Rubén ni contestó. Cogió el móvil, revisó su agenda y soltó un seco «vente hoy a las dos». No me atreví a decirle que esa era mi hora de comer.

***

A las dos en punto estaba en la puerta de la clínica. Rubén me recibió con el pijama típico de los sanitarios. El local era pequeño: un recibidor y dos puertas, una al baño y otra a la sala del tratamiento. Se sentó él mismo frente al ordenador para hacerme una ficha. Su trato era cortante, y eso, sumado a su físico, imponía una barbaridad.

En la sala solo había una camilla, una estantería con toallas y un par de botes de crema. Me pidió que me desnudara hasta quedar en calzoncillos, sin dejar de mirarme en ningún momento. Intenté hacer conversación, pero apenas me dio pie, así que me callé y terminé de quitarme la ropa con torpeza bajo su mirada.

Se quitó las zuecas blancas y se acercó descalzo. La temperatura de la sala era agradable, pero tenerlo a pocos centímetros me erizó la piel. Me hizo hacer ciertos movimientos mientras me palpaba con aquellas manos enormes. No me preguntaba dónde me dolía; parecía tener un don para encontrar la contractura exacta.

Luego me mandó tumbarme boca abajo y empezó el masaje por las zonas peores: los hombros, la lumbar, la parte trasera de los muslos. Yo solo veía sus pies descalzos, aunque casi todo el tiempo lo pasé con los ojos cerrados, flotando en ese placer raro que se siente entre el dolor y el gusto. Lo único incómodo era el silencio, roto apenas por su respiración y por mis propios quejidos cuando presionaba un punto dolorido.

—Estás muy tenso —dijo por fin—. Relájate. Sé que impongo, pero en mis manos vas a mejorar enseguida. No soy un fisio cualquiera. También creo en las energías que nos transmitimos. Por eso voy descalzo, para que la tuya baje a la tierra. Llevas años sin dedicarte un minuto y el cuerpo lo nota.

Me sorprendió oír eso de un tipo tan rudo, pero no quise prejuzgar.

—Tengo tres hijos. Tiempo para mí no es algo que me sobre.

—Yo tengo dos, y no es excusa para estar tan abandonado.

—Gracias —solté con ironía.

—No me malinterpretes. Vi cómo llegaste al box y lo que has mejorado en nada de tiempo. Tienes buena genética, unas piernas fuertes a pesar de los años parado. Ahora relájate y déjame a mí.

Bajó la intensidad de la luz y siguió. No llegué a dormirme, el masaje era demasiado fuerte, pero nunca me había sentido tan relajado. Para terminar me hizo crujir el cuerpo entero usando su peso. Para soltarme la espalda me abrazó desde atrás, cruzó mis brazos sobre el pecho, me apoyó contra el suyo y, tras varias respiraciones, fue haciendo crujir cada vértebra.

Lo que no esperaba es que, después, no me soltara. Cuando intenté incorporarme, un simple chasquido de su boca me dejó quieto, sintiendo su calor invadirme. Aunque mido uno ochenta, su corpulencia me hacía sentir pequeño. Un sonido de pájaros lo interrumpió: era el timbre, mi hora había terminado. No quiso cobrarme. «Si decides seguir, ya ajustaremos cuentas», dijo.

***

Cuando volví al box, los dolores habían bajado muchísimo y me sentía con una energía renovada. No sé qué me había hecho, pero entrenaba con más fuerza que nunca. Rubén seguía distante; solo cruzamos palabra para fijar otra cita dos semanas después.

La rutina se repetía: iba al mediodía, me desnudaba, me examinaba con el mismo detalle. Su cercanía dejó de incomodarme. Era habitual que sus muslos rozaran los míos durante el masaje, y a veces notaba contra el dorso de la mano algo que solo podía ser su sexo. Me avergonzaba pensar que lo hiciera a propósito, sobre todo porque más de una vez me sorprendí imaginando su tamaño.

Rubén se había aprendido mi cuerpo de memoria y celebraba cada avance. El pecho empezaba a marcarse, la grasa del vientre desaparecía, los hombros y las piernas eran otra cosa. Justo las zonas a las que él dedicaba más tiempo. Yo me concentraba en sus manos, en sus dedos hundiéndose para deshacer cada nudo, mientras miraba sus pies grandes y peludos imaginando que de verdad se llevaban mi mala energía.

Intentaba no fijarme en cómo apoyaba su cuerpo sobre mi cabeza cada vez que bajaba por la espalda, ni en aquel bulto grueso y caliente que se rozaba contra mí. No podía contener los gemidos cuando sus manos alcanzaban mis nalgas. Un día, con total naturalidad, me retiró el calzoncillo para masajearme los glúteos. Solo levanté un poco la cadera para ayudarlo. La primera vez colocó una toalla; la segunda ya no la puso.

—Daniel, no mentía con lo de tu genética —dijo, con las manos explorando mis muslos—. Es impresionante lo que estás progresando.

—Gracias a ti. Después de tus masajes entreno mucho más duro.

—Entonces deberías venir cada semana.

No pude evitar un gemido cuando, al decirlo, sus dedos rozaron un sitio donde nadie me había tocado nunca.

***

Las molestias volvieron, o eso me dije, y mis entrenos se convirtieron en un desastre. Fallaba con pesos que antes movía sin pensar. Al final de una sesión penosa, Rubén entró en el vestuario mientras me duchaba.

—Daniel, esta tarde te vienes a las siete. Como sigas así te vas a lesionar.

Como siempre, no esperó respuesta. Me dejó pensando bajo el agua. No me quitaba de la cabeza la pregunta de si aquellos roces eran tan normales como yo quería creer. ¿Me estaba dejando tocar esperando algo más, o era pura paranoia mía? Rubén destilaba testosterona. Era imposible que a un macho así le gustaran los hombres, y menos un tío corriente como yo.

El resto del día estuve nervioso y excitado. Me inventé una reunión para que Marta no sospechara, como quien esconde una amante, cuando lo único que tenía era una cita con mi fisio. A las siete estaba en la puerta. Tardé en llamar al timbre. Cuando lo hice, salió una chica joven que se despidió de él con un abrazo.

—Pasa, Daniel. Me alegra que hayas venido —dijo, más sonriente que de costumbre.

La sesión empezó igual, pero esta vez dedicó más tiempo a cada músculo. Cuando me quitó el calzoncillo, no hubo toalla. Empezó por los pies, demorándose como nunca. Yo no podía reprimir los gemidos de gusto.

—Cuando te relajas te pones muy ruidoso —bromeó.

—Tío, es la hostia. Nunca me habían dado un masaje de pies así.

—Es una de mis especialidades —dijo sin darle importancia—. ¿Te has fijado en que tengo muchas pacientes mujeres? Soy experto en masaje perineal. Muchas lo necesitan después de dar a luz, entre otras cosas.

—No sabía que eso existiera.

Mi ignorancia le hizo gracia. El masaje siguió en silencio. Con total libertad ante mi inacción, rozaba mis testículos y aquel punto prohibido una y otra vez. Sentía su sexo apoyado contra mis pies o mis manos según la postura, y esta vez no me quedó duda de que estaba casi tan duro como yo.

—Date la vuelta —ordenó, con la voz algo más ronca.

Obedecí, dejando ver mi erección en todo su esplendor. Rubén fue a por una toalla y, en lugar de taparme, la dobló con cuidado y me la colocó sobre los ojos. En aquella posición vulnerable, ciego y desnudo, retomó el recorrido. El pecho, las manos, los muslos. Notaba mi sexo latir, la humedad asomando cuando rozaba el perineo.

Me colocó las piernas semiflexionadas y empezó a acariciar la zona que ansiaba y temía a partes iguales. Trabajaba el vientre con una mano y el perineo con la otra. Rozaba la base sin llegar a agarrarme, y sus dedos comenzaron a explorar con una destreza que me dejó sin aire. Los gemidos se volvieron incontenibles, y él pareció tomárselo como un reto: cada vez gemía más alto.

—Relájate. Esta es mi especialidad —me susurró ante mi nerviosismo.

Sus dedos, ahora lubricados con algo, volvieron a la carga. Esta vez uno de ellos entró con un gemido que me salió de lo más hondo. Era evidente que sabía lo que hacía. Intenté agarrarme varias veces, abrumado por aquellas sensaciones nuevas, pero él me lo impedía siempre, concentrando todo el placer en su dedo, que presionaba un punto que me hacía retorcerme y mojarme el estómago sin control.

El segundo dedo no tardó en sumarse, multiplicándolo todo. Rubén me sujetaba contra la camilla y solo se detenía para humedecerse y entrar más adentro.

—Tienes un perineo precioso —dijo, como un halago, al introducir el tercero.

Yo no podía contestar. La excitación era brutal. De pronto exploté sin que nadie me tocara siquiera, cubriéndome de varios chorros. El orgasmo me dejó exhausto, vacío de una tensión que llevaba años acumulando. Rubén me retiró la toalla de los ojos y empezó a limpiarme con una media sonrisa que no le había visto nunca. Bajo la tela de su ropa se adivinaba el bulto cruzando su cadera, confirmando que mi intuición sobre su tamaño no iba desencaminada.

El masaje terminó como siempre, crujiéndome hueso a hueso. Cuando me abrazó por detrás, apoyado contra su pecho, noté el calor de su sexo contra mi piel. Nos quedamos así varios minutos, hasta que decidió soltarme.

—Puedes ducharte si quieres. Ya veía que necesitabas descargar mucha tensión.

Me dio vergüenza haber soltado tanto solo con aquello. Cogí la ropa y crucé desnudo hasta el baño, huyendo de una situación que me superaba. Cuando salí, él ya estaba vestido de calle frente al ordenador. Solo acerté a musitar un «gracias» antes de dirigirme a la puerta sin mirarlo a la cara.

—Te apunto para el próximo martes a la misma hora —escuché antes de cerrar.

Y supe, mientras bajaba las escaleras con las piernas todavía temblando, que el martes volvería.

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Comentarios (5)

Ciro_BA

Increible... me dejo sin palabras. De los mejores que lei en mucho tiempo 🔥

LecturaNocturna88

exelente relato!!! sigue escribiendo asi

MarcosC_ba

Me enganche desde la primera oracion. Hay algo en ese despertar lento que se siente muy real, sin que se vuelva forzado. Me gusto mucho como lo contaste.

PabloSureno

Por favor una segunda parte, no puedo quedarme con las ganas jaja

ChicoNocturno

Jamas pense que un relato de fisio me iba a poner asi jajajajaja tremendo

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