El chaval del gimnasio se quedó a solas conmigo
Llevaba semanas fijándome en él. Era uno de esos chicos de último año de instituto, de los que solo piensan en ganar volumen y en llevar el pelo cortado a la última. Todavía conservaban cara de críos, pero los cuerpos ya eran de hombre, y eso era justo lo que me desordenaba la cabeza cada vez que lo veía aparecer.
Casi siempre venía con un colega del mismo molde. Se turnaban en las máquinas, se vigilaban las series, se sujetaban la barra el uno al otro por si cargaban de más. Tenían esa cercanía tonta y física de dos amigos adolescentes, pero mi imaginación calenturienta convertía cada roce en otra cosa: pensaba en cómo se rozaban los hombros, en cómo se olían el sudor sin darse cuenta.
Una tarde, ya cerca del cierre, el gimnasio se vació del todo. Yo estaba bajo la ducha cuando los oí entrar al vestuario. Hablaban sin bajar la voz, convencidos de que no quedaba nadie. Fue entonces cuando me enteré de que el protagonista de esta historia se llamaba Adrián.
—Tío, o espabilas con las chicas o llegas a la uni sin haber probado nada —decía el amigo.
—No me rayes, que ahora estoy a tope con la selectividad —contestó Adrián.
—No sabes lo que te pierdes. El otro día Carla, madre mía cómo me la comía.
—¿Carla, la de primero, la que está tan buena? ¿Pero tú no quedabas con Marta?
—Claro, pero Marta se fue el finde fuera y yo estaba más salido que nada, así que le escribí a la otra.
—¿Y le escribes para quedar y ya está, directamente lo hacéis?
—Hay chicas que están deseando, tío. Les dices que te la chupen y te la chupan.
—Joder, ¿así de fácil? Menudo máquina estás hecho —se rio Adrián.
—Ya ves. Ahora he quedado con Marta para ir al cine, pero esa se enrolla menos. A ver si me hace al menos una paja. Oye, y tú aprovecha que no hay nadie y te duchas tranquilo, que se te ha puesto dura solo de oírme.
—Calla, idiota. Que sí, que estoy salido, pero me aguanto. Disfruta tú que puedes.
El amigo se fue poco después. Y Adrián no era el único al que la conversación había puesto a mil. Solo de imaginarme a aquel chaval con la polla dura escuchando las hazañas del otro, deseando meterla en algún sitio caliente, se me había levantado un empalme imposible de disimular debajo de la toalla.
Me costaba salir de la ducha sin que se me notara, pero las ganas pudieron más. Quería cruzarme con él en el vestuario, comprobar si seguía empalmado, fantaseaba incluso con encontrármelo ya desnudo. Me anudé la toalla a la cintura y salí hacia la zona de las taquillas.
—Buenas —dije, como si nada.
—Hostia, qué susto —saltó él—. Pensaba que ya no quedaba nadie.
No tuve la suerte de pillarlo desnudo, pero lo que vi casi era mejor. Adrián se había quitado la camiseta. Tenía los brazos cargados, definidos por las horas de pesas, el pecho ancho con algo de vello, y unos abdominales marcados por los que bajaba una línea oscura de pelo hasta la cinturilla del pantalón. Llevaba un short de deporte que no lograba esconder el bulto del que su colega se había burlado. Se le marcaba con claridad la línea de la polla, cargada hacia la izquierda, larga, tensando la tela hasta casi la cadera.
—Ya he supuesto que no sabíais que estaba aquí —dije, sosteniéndole la mirada—. Por la charla que tenías con tu amigo.
—Joder, qué vergüenza. Perdona, tío.
Y al decirlo, se bajó el short. Se quedó en unos bóxers gastados, con la cinturilla mojada de sudor justo bajo el ombligo. Venía empapado de la sesión, y el olor de su cuerpo me llegó de golpe, denso y joven.
El morbo de la situación me nubló el juicio, y le solté algo de lo que podría haberme arrepentido muchísimo.
—Yo te puedo echar una mano con eso, si quieres.
Adrián me miró confundido.
—¿Con qué?
—Con eso que llevas ahí —dije, señalando con la barbilla su bulto—. Y con lo de que nunca te la hayan chupado, también.
Se quedó de piedra. Me miraba sin saber qué decir, pero no me echó. Y esa falta de rechazo me dio alas. Si no había dicho que no, era porque la curiosidad podía con él.
—Ya verás como te gusta —seguí, bajando la voz—. Tú cierra los ojos y déjame el resto a mí. Imagínate que es Carla la que se arrodilla.
La idea de comerme esa polla virgen mientras él pensaba en una compañera de clase me ponía a reventar. Me acerqué con decisión y le apoyé la mano sobre el bulto. Estaba caliente, durísimo, latiendo bajo el algodón.
—Cierra los ojos y disfruta, guapo.
Me echó una última mirada, mezcla de miedo y de ganas, y los cerró. Repasé su cuerpo con calma: tenía delante a un chaval entero, fuerte, sudado tras el entreno, con la polla a punto de reventar esperando la primera mamada de su vida. La escena me tenía descontrolado.
Fui agachándome poco a poco, olfateando su piel, notando el sudor que le resbalaba por el cuello, las axilas, el pecho, el ombligo. Olía fuerte, a hombre joven recién entrenado, y eso me encendía todavía más. Me arrodillé frente a él y hundí la nariz justo encima del bulto.
Adrián soltó un gemido contenido. Me asombraba lo poco que había dudado. No sabía si le iban los tíos o no, pero aquello le estaba gustando: notaba la polla palpitar bajo la tela. Ya iba siendo hora de quitarle lo poco que le quedaba.
Al bajarle los bóxers, la polla saltó hacia fuera y casi me golpea la cara. El olor a sexo y a sudor invadió el vestuario. El chaval tenía una buena herramienta: gruesa, larga, con el glande grande asomando entre la piel. Debajo, dos huevos llenos y colgantes, rodeados de vello oscuro, cargados de semen acumulado que pedía salir.
Antes de metérmela en la boca, quise jugar un poco. La agarré con una mano y me la pasé por la cara, por las mejillas, por los labios. Quería que su olor se me quedara pegado a la piel. Abrí la boca, saqué la lengua y apoyé en ella la punta de su polla mientras empezaba a masturbarlo despacio.
—A ver… ¿seguro que quieres que te la chupe? —pregunté.
Lo puse a prueba, sabiendo de sobra que, así de cachondo, no había ninguna posibilidad de que se echara atrás. Pero la pregunta lo obligó a abrir los ojos y mirarme con cara de sorpresa. Lo que vio no era precisamente a una compañera de clase con las tetas grandes: era un hombre adulto, grande, peludo, que casi le doblaba la edad, arrodillado y desnudo en el suelo del vestuario, mirándolo con la cara llena de vicio.
Adrián no se atrevió a hablar, pero dijo que sí con la cabeza. Y esa fue toda la señal que necesité para tragarme su polla entera. Empujé hasta el fondo, pegué la nariz a la mata de vello del pubis y la mantuve ahí. Tenía la garganta llena, la lengua fuera lamiendo la base de sus huevos y la nariz inundada de su olor. Estaba en la gloria.
Cuando le demostré lo tragón que podía llegar a ser, arranqué un vaivén lento que le sacó unos cuantos bufidos. No iba a ser solo su primera mamada: iba a ser la mejor que le hicieran en mucho tiempo. Seguro que un montón de chicas probarían esa polla algún día, pero pocas la disfrutarían tanto como yo en ese momento.
Poco a poco, Adrián fue cogiendo confianza. Primero me posó la mano en la cabeza, casi con timidez, pero enseguida empezó a marcar él el ritmo, hasta que me agarró del pelo y me la clavó hasta el fondo. El crío se ponía dominante, y eso me encendía como pocas cosas. Decidí ayudarlo a subir un escalón más.
—Ven —le dije, soltándola un momento—. Vas a aprender a follarte una boca de verdad.
Me tumbé boca arriba en uno de los bancos del vestuario, con la cabeza colgando por el borde, justo a la altura de su polla. Adrián entendió mis intenciones al instante.
—Ahora sí. Ahógame con ella.
Con cara de no creérselo, pero arrastrado por el morbo, fue acercando la polla hacia mí. Desde mi postura, veía la escena del revés, esperando con la boca abierta a que me empalara de una vez.
Cuando empezó a entrar me asaltó el miedo de que fuera demasiado grande y me ahogara de verdad. Pero en cuanto sus huevos me rozaron la nariz, el miedo se convirtió en pura excitación. El olor intenso a sudor de adolescente me conectó el olfato directamente con la polla, como una descarga que me abrió de golpe. Estuve a punto de correrme ahí mismo.
Adrián perdió el control. Empezó a follarme la boca con ganas, sin contemplaciones. Yo solo veía sus huevos golpeándome la nariz, lo oía gemir cada vez más alto y notaba su polla cruzarme la garganta una y otra vez. De cuando en cuando salía del todo y yo aprovechaba para coger aire, aunque ni así dejaba de gemir del placer. Inspiraba hondo para recuperarme, pero su polla seguía pegada a mi cara y mi cuerpo se llenaba de su olor con cada respiración.
Por mucha actitud dominante que hubiera sacado, seguía siendo un chaval virgen follándose una boca por primera vez. Así que no aguantó mucho. Enseguida se le aceleró todo.
—Tío, me voy a correr —jadeó.
Reaccioné rápido. Me incorporé del banco y volví a arrodillarme delante de él. Quería que terminara sobre mi cara. Empezamos los dos a frotarla a la vez: yo con la boca abierta, deseando que me llenara, y él con el gesto desencajado por lo que estaba sintiendo.
—Joder, me corro, me corro —repetía.
De la punta empezaron a salir chorros calientes, tan fuertes que me empaparon la nariz, la boca, el pecho. Algunos resbalaban hasta llegarme a mi propia polla. En ese instante, al sentir su corrida tibia lubricándome la mano, me corrí yo también, sobre las baldosas del vestuario. Gemí como un animal, con la boca llena de su semen, con su polla ya floja apoyada en mi lengua, mientras aquel chaval sudado me miraba con cara de asombro. Vaya primera mamada le había regalado.
Adrián tardó unos segundos en moverse. Respiraba hondo, mirándose la polla todavía húmeda y luego mirándome a mí, como si intentara entender qué acababa de pasar. No dijo gran cosa. Recogió su ropa del banco, se vistió en silencio y, antes de salir, me echó una última ojeada por encima del hombro.
—Mañana… ¿vienes a la misma hora? —preguntó al fin, sin atreverse a sostenerme la mirada.
Sonreí desde el suelo. No hizo falta que contestara.
—Aquí estaré —le dije.
Y supe, mientras la puerta del vestuario se cerraba detrás de él, que aquella no iba a ser la última tarde que nos quedáramos a solas.