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Relatos Ardientes

Mi disfraz de príncipe encendió a los guapos del baile

Todos los veranos esperábamos con ansias los bailes de carnaval del Club Recreativo del Norte. Eran increíbles. Siempre venían bandas a tocar y la cosa terminaba siendo divertidísima. Nos disfrazábamos cada año y aquel no iba a ser la excepción.

Primero pasaban las murgas y las comparsas, coloridas y festivas, sensuales, por la avenida donde estaba el club. Pasaban también algunas carrozas, aunque año tras año eso se iba haciendo más escaso. Mientras tanto, el salón permanecía vacío. Pero apenas terminaban los corsos en la calle, la gente inundaba el lugar de un modo incontrolable.

Nuestro grupo de amigos, chicos y chicas, charlábamos del tema unos meses antes para decidir qué disfraz llevaría cada uno y no repetirnos. Por eso a nadie le pareció raro que yo dijera que me disfrazaría de príncipe, ese personaje de historieta que tanto me gustaba de chico. Cuando llegó la noche tenía preparado todo el atuendo: la peluca de melena que me quedaba tan femenina, la chaquetilla dorada y brillante con botones rojos saltones y charreteras de general, y las infaltables calzas color carne pegadas al cuerpo, que me daban un aire de desnudez descarada para la época.

Llegamos a la puerta del club riendo, en caravana, soltando frases de alegría. Movíamos los cuerpos al compás de la música estridente que escupían los parlantes. La multitud era impresionante. Avanzábamos chocando con la gente, pero nadie se ponía nervioso. La pista estaba a full. Serpentinas, papel picado y espuma mostraban la algarabía que reinaba en aquel lugar.

Al rato empezamos a tomar unas cervezas y tuve que acercarme a la barra. Ahí me crucé con cuatro tipos vestidos de guapos del novecientos, malevos de bigote y sombrero. Me dijeron algo al pasar, o al menos creí que me hablaron, porque no escuché nada con semejante ruido y solo atiné a sonreír. Esperé un buen rato mientras el ir y venir de la gente me agotaba.

—Pero qué lindo príncipe tenemos acá... —escuché de pronto a mis espaldas, y noté que alguien se me apoyaba con descaro, sin disimulo. Sentí el bulto contra mi cuerpo.

—De verdad que tenés un culo precioso... —volvió a hablar, y su dureza se hizo más evidente. Sonreí para mis adentros y se me erizó la piel, como cada vez que algo me prendía la mecha. Cuando al fin pude girar la cabeza, vi que era uno de los guapos del grupo. Un maduro de bigotes, no supe en ese instante si eran de verdad o postizos. Los ojos parecían claros, aunque las luces lo confundían todo. Las cejas, anchas y pobladas. Seguía apoyándose sin control, metía la nariz en mi nuca y aspiraba mi olor, que por suerte todavía era respetable, aunque ya empezaba a sudar.

En eso me trajeron lo que había ido a buscar y me escabullí, no sin cierto morbo y con una calentura peculiar que iría creciendo a medida que la noche entraba en su apogeo de saltos y gritos. Tomamos con los amigos y, de a poco, cada uno se fue dispersando, buscando otras compañías. Yo seguía en medio de un baile, en rondas que armaba otro grupo de chicos y chicas que me arengaban como locos. No sé si con burla o no, pero poco me importaba: me divertía a lo grande.

Volví a verlos de reojo a los guapos del 900. Y en un momento fueron ellos los que me rodearon, dando vítores, palmas, tomándome de las manos para hacerme girar y girar, apretando mi cintura contra ellos, pellizcando como al descuido mis nalgas. Al final de uno de esos bailes me vino una urgencia tremenda de ir al baño. La vejiga estaba a punto de estallar.

***

Los baños del club eran amplios, pensados para mucha gente, y aun así no paraban de entrar y salir. Tengo la costumbre de no usar los mingitorios, así que me metí en uno de los cubículos cerrados, con puerta e inodoro. Encontré uno libre. El olor del lugar ya era ácido y fuerte, de tanto uso.

Cuando me di cuenta, tenía a uno de los guapos por detrás. Me dejó orinar, ayudándome a bajar la calza color carne. No supe si era el mismo de la barra; creo que no. Mientras yo soltaba el chorro él me chupaba las orejas y me sobaba el culo. Yo intentaba abstraerme de todo aquello, pero el cuerpo ya era una llama viva.

—Estás fatal, criatura. Te lo habrán dicho, tenés a todos los machos alzados...

—¿Ah, sí? ¿Estás seguro? No estarán exagerando un poco —dije terminando de soltar el chorro, mientras él me acariciaba las nalgas al aire y me sacudía la pija. No me dejó hacerlo a mí porque la tomó con los dedos, y enseguida empezó a levantarse contra mi cuerpo. Cuando quise acordar, ese macho del novecientos me tenía ensartado, con una de mis piernas levantada sobre el borde del inodoro. La tenía gruesa, no muy larga, pero me abrió de par en par, mientras con una mano me masturbaba y con la otra me pellizcaba los pezones, duros como su carne.

—Mirá cómo me tenés, príncipe, tan duro... me encanta tu culo, es brutal... —jadeaba contra mi nuca. Se escuchaban los pasos de la gente que iba y venía afuera. El ajetreo y las voces tapaban mis gemidos contenidos y los gruñidos de aquel ardiente desconocido.

Cuando acabó adentro, sin sacarme nada, me giró y, sin un gramo de vergüenza, me besó en los labios mientras yo sentía el calor caer entre mis piernas. En un abrir y cerrar de ojos el tipo desapareció tal como había llegado. Me acomodé como pude, me limpié y volví al baile.

***

Para entonces ya había perdido del todo a mis amigos, enganchados con otra gente que pululaba por el club. El tiempo pasó como pasó la noche, y a eso de las cuatro de la madrugada muchos ya se habían ido. El salón empezó a ralear y se notaban los claros entre la gente.

Salí a la calle. Algunos iban y venían, otros fumaban y se marchaban entre risas y empujones. Un auto se acercó al cordón de la vereda y una cara conocida asomó por la ventanilla.

—Eh, príncipe, vení con nosotros, te llevamos a donde vayas... —dijo uno de los guapos, asomándose con una sonrisa jovial, dándole una pitada al cigarrillo y tirando el humo hacia la calle.

—No sé quiénes son ustedes... —dije yo.

—Un amigo nuestro que ya se fue dice que vos lo conocés. Pero bueno, yo soy Bruno, el de atrás es Damián y el que maneja es el que llaman El Tano —los tres se rieron por lo bajo.

—Y yo soy el príncipe valiente... —dije acercándome al auto, en tono de broma.

—Subí, la vas a pasar bien... —miré para ambos lados. No había nadie conocido. No sentía miedo; al contrario, el morbo me había agarrado del cuello, como solía pasarme. Me dejé llevar y subí. El auto arrancó veloz y se perdió por las calles hasta salir a un camino de tierra que ellos conocían bien. De eso me daría cuenta más tarde, porque apenas entré, el de atrás, el tal Damián, ya me tocaba las nalgas y buscaba mi boca para besarme, metiendo la lengua hasta el fondo. Yo le respondí del mismo modo. Por encima del pantalón le manoteé el pedazo, duro como una piedra.

Con los dedos fuertes que tenía, ese macho me rasgó la calza de príncipe y hundió un dedo en mi entrada todavía abierta. Y así, entre besos y manoseos, me senté a horcajadas sobre él. Damián me la fue metiendo despacio, mientras con las manos me abría los cachetes, y yo empecé a cabalgarlo. Él me abrió la chaquetilla y empezó a mamarme los pezones, que ardían de calentura.

—Este príncipe es tan caliente, muchachos, es hermoso... —gemía el que me penetraba.

—Qué culo tiene, encima le gusta la verga... me muero de calentura. ¿Tano, falta mucho? —mientras tanto, yo la tenía rígida, y Damián me apretaba y me pellizcaba las nalgas.

Mis cabalgadas aumentaron. Los gruñidos de Damián se hacían más fuertes; sabía que estaba cerca del final, que iba a acabar adentro en cualquier momento. Yo aceleraba el vaivén contra su carne firme y gruesa, que tragaba sin reparos en esa madrugada que se abría a un nuevo día.

—Ya viene, te voy a llenar, hermoso, qué bien que te movés, ohhh, sí, sí... —empezó a acabar y yo no pude contener lo mío y lo salpiqué entero. Eso le dio todavía más morbo y me volvió a besar sin sacarse nada, latiendo aún dentro de mí.

***

El auto se detuvo y recién ahí se salió de mi cuerpo. El día ya se anunciaba claro. Estábamos en un monte que yo no conocía, donde no se veía nada a más de dos metros. Había huellas de autos marcadas en el suelo; pensé que sería un lugar bastante transitado, pero en ese momento poco me importaba.

Bajaron todos. El que llamaban El Tano me dio la mano para que saliera y, al hacerlo, casi me arranca de un tirón la calza que ya tenía por las rodillas de tanto moverme. La chaqueta voló por el aire. Me agarró de la cintura, noté su bulto creciente y me dio un beso de fuego, metiéndome la lengua bien adentro. Con mi mano le acaricié esa dureza. Sentí un movimiento por detrás: una boca me comía la nuca, el cuello, las orejas, y unos dedos me pellizcaban los pezones. Era Bruno, que también me apoyaba su erección, creciendo a cada minuto.

El Tano se sentó en el asiento trasero y se bajó los pantalones, dejando al aire una verga erguida, gorda, casi majestuosa, con la cabeza brillante y babeando. Entendí el mensaje, me arrodillé y empecé a deglutir aquella herramienta. Le lamí también los huevos, y todo eso hizo que el hombre gruñera de gusto. Casi al mismo tiempo, otra verga larga y juguetona se clavó dentro de mí como un aguijón. Bruno se prendió a mis caderas y empezó a bombearme sin frenar, a una velocidad casi salvaje, gimiendo y balbuceando cosas en mi oído.

—Qué culo tenés, príncipe... creo que me enamoré de vos, qué rico, quiero cogerte siempre... —seguía dándome sin parar, sudando y haciéndome sudar, mientras la mía se levantaba como un resorte y yo lloriqueaba como un loco enceguecido por la lujuria. Igual no dejaba de mamarle la verga al Tano, que también jadeaba muy caliente. Era un maduro que controlaba bien sus tiempos. Mi saliva le bañaba todo el grosor. Mientras tanto, Damián sacó del baúl una lata de cerveza y se puso a beber, mirando baboso la escena. Tendría unos treinta, más o menos como Bruno, que pronto me llenó el fondo.

—Te voy a llenar, te doy todo, sí, me encanta tu entrada abierta, ya viene, ya viene, ah, ah... —entró como un flechazo que no podía detenerse, inundándome entero, aprovechando mi calentura. Su cuerpo se aflojó. Yo no dejaba de meterme la verga del Tano en la boca, de adorarla, de mamarla.

Bruno salió, todavía chorreando. El Tano se puso de pie y me llevó al asiento. Me hizo apoyar las rodillas, sacando el culo hacia afuera, y ahí mismo me ensartó sin miramientos. Fue y vino a su antojo. Los otros dos miraban y se codeaban cuando vieron que de mi pija empezaba a salir leche, casi sin control. Mi entrada se abría más y más; la del Tano era la más gruesa, no tan larga, pero ancha.

Después me la sacó, me tomó de las caderas y me bajó del auto.

—Vení, cariño, vení conmigo, quiero que te abras acá... —dijo, y le escuché por primera vez la voz grave, de hombre cincuentón. Me tumbó de espaldas sobre el capó del auto, me abrió las piernas y, parado como estaba, me metió todo. Tenía un aguante que yo no le conocía a nadie.

Los otros dos bebían una cerveza cada uno y miraban cómo aquel hombre me hacía delirar. Yo lloriqueaba cada vez más fuerte. Bruno me roció un poco de cerveza sobre los pezones y empezaron a chupármelos entre gruñidos, como perros. Me olfateaban la piel, y cuanto más chupaban y más cerveza echaban sobre mi cuerpo en llamas, más se entrecruzaban las bocas entre ellos, haciendo la escena todavía más caliente. El Tano apuró las embestidas, buscó mi boca, se la di, las lenguas echaban chispas. El orgasmo estaba por llegar. Se aferró a mi cuerpo, que temblaba, empujó una y otra vez y, entre alaridos, acabó adentro. Se quedó unos momentos sobre mí, latiendo, hasta que salió y la verga le colgó floja.

—Vamos a casa... —dijo El Tano.

—¿Vos decís? —preguntó Bruno.

—¿Y vos qué decís, príncipe? —me lanzó el Tano. Por supuesto que no quería perdérmelo. No tenía nada que hacer salvo seguir disfrutando con ellos. Subimos al auto, Bruno y Damián atrás conmigo, y hasta la casa del Tano nos besamos, nos manoseamos y me hicieron acabar otra vez. Aquel carnaval fue tremendo. Todo gracias al disfraz de príncipe.

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Comentarios (6)

LoboNoc77

increible, de los mejores que lei en esta categoria!!!

NicolasD22

Por favor necesito la segunda parte, me dejo con ganas de mas

EstebanQ

me recordo a un carnaval al que fui hace unos años... siempre pasan cosas cuando uno menos lo espera. buen relato!

Rulo_cba

jajaja el final me mato, tremendo

DiegoMdz

y hubo segunda parte de esa noche? jaja. muy bueno, se hizo corto

Fantasm4Nocturno

Me encanto como lo narraste, se siente que viviste cada momento. Los disfraces siempre esconden sorpresas no? Espero que subas mas relatos asi, tienes buena pluma

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