El héroe del show acabó de rodillas ante dos hombres
Damián Roca acababa de salvar a media ciudad, o al menos eso parecía aquella noche de carnaval. El humo del último número se disipaba sobre la plaza y los aplausos subían hasta el balcón donde él saludaba con los brazos abiertos, todavía con la capa de showman que lo había hecho famoso en media Europa.
Tomás lo miraba desde abajo, con el chaleco reflectante de voluntario puesto y el pulso acelerado. Tenía veintitrés años y se había apuntado al operativo de seguridad del festival sin imaginar que terminaría a un metro del hombre al que admiraba desde hacía meses.
Damián era todo lo que él quería llegar a ser: grande, seguro, con esa barba castaña recortada y esa voz que hacía importante cualquier frase. Durante el montaje lo había tratado con una cercanía que a Tomás le parecía un privilegio, casi la de un hermano mayor.
—¿Qué tal ahí abajo, chaval? —le preguntó cuando bajó del escenario, dándole un toque suave en la mejilla—. Aguantaste el tipo como un profesional.
—Ha sido… increíble —balbuceó Tomás—. Cuando la estructura empezó a arder pensé que íbamos todos al suelo.
—Tranquilo. Para eso estoy yo. —Sonrió—. Anda, vente. Hay que celebrar las victorias.
Lo que Tomás no sabía era que no había ninguna victoria que celebrar. El incendio controlado, el rescate de última hora, todo formaba parte de un montaje cuidadosamente ensayado por Damián y un equipo de técnicos resentidos a los que habían echado de una gran productora. Mientras el chico lo seguía, embelesado, una voz le crepitó en el auricular escondido bajo la barba.
—Todavía no estamos listos, Damián —dijo Mateo—. No vuelvas aún. Gana algo de tiempo.
Maldita sea. Quiso gritarle, pero mantuvo la sonrisa intacta. Cuando uno se pasaba el día mintiendo, aprendía a sostener la fachada pase lo que pase.
—¿Sabes una cosa? —le dijo a Tomás—. Mi hotel está aquí al lado. Vamos allí. Estaremos más tranquilos.
***
La suite era un loft de lujo, amplísimo, con ventanales sobre los tejados de la ciudad y una cama enorme al fondo. Tomás se quedó plantado junto a la puerta, sin atreverse a tocar nada, mientras Damián tiraba la capa sobre el sofá de cuero.
—¿Esperabas algo más modesto? —rió—. Ponte cómodo. Yo voy a quitarme esta armadura de payaso y a darme una ducha rápida. No tardo.
En cuanto cerró la puerta del baño se peleó con el traje para arrancárselo de encima. Se quitó el auricular y lo dejó de un manotazo sobre el lavabo, harto de tenerlo zumbándole en la oreja todo el día. Abrió el grifo, dejó que el agua corriera caliente y se metió debajo del chorro con un gemido de gusto.
Su cuerpo era macizo y muy peludo: pectorales esculpidos y vientre firme cubiertos de vello castaño, la espalda y los testículos depilados, el resto de oso. Y, sobre todo, tenía una polla bestial, gorda y larga, dispuesta a dar guerra.
Salió, se plantó frente al espejo y se ató una toalla a la cintura, donde se marcaba un buen bulto. Pensó en el novato esperándolo fuera, en lo bien que se le había puesto la cara cada vez que lo miraba durante el montaje. Aquello iba a ser fácil. Un crío así, todo admiración, comería de su mano.
—Vamos allá —masculló a su reflejo, sonriendo con confianza.
***
Salió a la suite solo con la toalla, marcando paquete. Tomás no se había movido ni se había sentado; seguía de pie, demasiado educado, y al verlo casi desnudo se le pusieron los ojos como platos.
—Perdona —dijo Damián, cruzando la sala descalzo—. Después de una noche así, no te imaginas las ganas que tenía de quitarme todo eso de encima. ¿Quieres ducharte tú también?
—No —dijo el chico, alarmado, sin apartar la vista de aquel torso peludo—. Gracias, en serio… pero no debería.
—Como quieras. —Se dejó caer en el sofá y dio una palmada en el cojín de al lado—. Anda, siéntate. Los dos estamos cansados.
Tomás se sentó, rígido. Damián se despatarró todo lo que la toalla le permitía, se estiró con un «mmm» de placer y puso las manos detrás de la cabeza, exhibiendo los sobacos peludos sin el menor pudor.
—¿Sabes? De donde yo vengo esto es casi una costumbre —dijo—. Desnudarse, relajarse, ser uno mismo. Cuando ganamos algo grande, celebramos en confianza. Sin ropa de por medio. Ayuda a soltar la tensión, te lo digo yo.
—Vaya —murmuró Tomás, impresionado y muy incómodo—. Suena… bien.
—Es bastante habitual en mi tierra. —Damián bajó la voz, melancólico—. A veces cuesta recordar que estoy lejos de casa, que la gente de aquí no entiende según qué cosas.
—Debe de ser duro estar tan lejos —dijo el chico, olvidándose de pronto de sus nervios y compadeciéndose de él de verdad.
Lo tengo en el bote, pensó Damián. El cuento de la tierra lejana era una excusa cojonuda; con eso convencería hasta al santo más beato.
—Mira, Tomás, lo entiendo. Mi primera vez después de una gran noche yo también estaba cagado de miedo e incomodísimo. Pero solo es carne. —Y antes de que el chico pudiera reaccionar, se abrió la toalla.
Su polla, dura y gorda, con un par de huevos enormes, se balanceó a un palmo de la cara de Tomás.
—¿Ves? Nada del otro mundo. Todos somos humanos, no somos de piedra.
La cara del chico no tenía precio. Tragó saliva y no fue capaz de despegar los ojos de aquel rabo.
—Ya, pero… tú eres… mayor —acertó a decir.
—Y eso qué importa. —Damián se agarró la polla por la base para que la viera bien—. Es liberador, créeme. Y oye, aquí solo estamos tú y yo. Nadie tiene por qué enterarse de nada.
—¿Nadie? —repitió Tomás, levantando por fin la mirada hasta sus ojos.
—Nadie —prometió él, acercando la cara a la suya—. Un rito entre los que se la juegan juntos.
Tomás miró aquella polla dura, con una gota brillando en la punta, y luego volvió a los ojos del hombre. Y entonces cerró los suyos y separó los labios.
Se besaron.
El chico apenas se movía, sin experiencia, pero la lengua de Damián se metió en su boca y la suya respondió por instinto, mientras una manaza le apretaba el bulto de los pantalones. La barba le raspaba la cara. Era raro, pero le gustaba. Le gustaba mucho.
Levantó la mano y la posó en aquel pecho peludo y caliente, sintiendo los músculos duros debajo. Bajó despacio por el vientre hasta cerrar los dedos en torno a la polla. Estaba ardiendo, y dura como una piedra.
—¿Te gusta eso? —le preguntó Damián con una sonrisa, levantando el brazo para ofrecerle un primer plano de aquel sobaco peludo—. Anda, ven aquí.
Lo guió con la mano en la nuca hasta su axila, y el chico empezó a olfatear y a lamer, perdido en el olor a sudor y a hombre. Damián gimió, satisfecho.
—Muy bien, así… Eso es.
—Quítate esto —murmuró luego, tirando del chaleco y la camiseta de Tomás hasta dejarlo con el torso desnudo, unos músculos jóvenes y bien marcados—. Ahora ven. Chúpamela. Voy a enseñarte cómo se hacen las cosas.
El chico se dejó caer de rodillas en la alfombra. Damián le sostuvo la cabeza y lo arrimó a su polla.
—Abre bien. Así… ¡joder, qué gusto!
Tomás se la metió hasta la mitad antes de que le diera una arcada y se apartara tosiendo. Damián sonrió, paciente.
—No te rajes ahora, novato. Esto acaba de empezar.
Y el chico volvió a la carga. Le dieron más arcadas, pero esta vez no se retiró: aguantó, lamió, mamó con torpeza pero con ganas, mirándolo a los ojos desde abajo mientras Damián le acariciaba el pelo.
—Eso es… hecho un machote —jadeaba él, encantado—. Muy bien…
***
Lo que Damián no esperaba era el cambio. Cuando puso las dos manos sobre la cabeza del chico y empezó a empujar las caderas para follarle la garganta sin piedad, Tomás aguantó un rato, ahogándose, hasta que de un tirón seco se zafó del agarre y se levantó de un salto.
Se quedó frente a él, respirando agitado, con los ojos encendidos. Ya no había rastro del crío educado y tembloroso de hacía un momento.
—Vaya —dijo Damián, recostándose en el sofá y masajeándose la polla babeada—. No está mal, chaval. Tienes futuro… si das con el maestro adecuado.
—Tú lo has querido —respondió Tomás, muy serio.
Se quitó las zapatillas y los pantalones de un tirón, y su polla saltó libre, joven, gruesa, dura como un mástil. Cruzó la distancia que los separaba y le plantó un beso brutal, salvaje, nada que ver con la timidez de antes. Cuando se separaron, Damián supo que el juego acababa de ponerse serio.
—Venga —lo provocó el showman, divertido—. Demuéstrame de qué eres capaz, novato.
No tuvo que repetirlo. Tomás lo agarró del cuello con una fuerza que lo dejó sin aire y lo empujó hacia abajo, obligándolo a doblar las rodillas, hasta dejarlo arrodillado en el suelo. Ahora era el chico el que miraba desde arriba. Ahora su polla quedaba delante de la cara del gran Damián Roca.
—¡Joder! —masculló él, sorprendido por la fuerza del crío. Y, para su propia sorpresa, la sorpresa le puso la polla a cien.
—Ahora me la vas a chupar tú a mí… maestro —dijo Tomás, con un tono burlón que no le conocía.
Damián lo miró, sinceramente impresionado. ¿De verdad este es el mismo que temblaba hace cinco minutos? La verdad era que le encantaba. Le encantaba que lo dominaran, que le dieran caña, que lo trataran como a una puta más. Cuanto más, mejor.
—Sería un honor comerte la polla —dijo sin pestañear.
Tomás lo arrimó a su rabo con tanta brusquedad como él lo había hecho antes, y esta vez fue Damián el que abrió los ojos como platos al notar aquella polla deslizándose por su garganta. Le dio una arcada, intentó sacar la cabeza, pero el chico apretó y lo obligó a tragar otro palmo.
—Oooh… —masculló Tomás, sin aflojar—. Así, eso es.
Y Damián, el héroe de la ciudad, el hombre que cortaba el bacalao, mamaba sumiso, encantado, cediendo sin resistencia. Acababa de pasar de maestro a puta, y no podía estar más a gusto.
***
Entonces llamaron a la puerta.
—¿Señor Roca? —dijo una voz al otro lado—. Le traigo un regalo de parte del hotel.
Damián se sacó la polla de la boca y vio la cara de pánico de Tomás. Se ató la toalla y fue a abrir, contando con librarse del camarero en dos minutos.
En el pasillo había un chico rubio platino, peinado con esmero, perilla y ojos azules, de unos veintitantos. Llevaba esmoquin negro y sostenía una botella de champán.
—Cortesía de la casa —dijo, repasándolo de arriba abajo con una calma impropia de quien recibe a un cliente medio desnudo. Antes de que Damián pudiera coger la botella, el chico se coló dentro con sorprendente agilidad—. No se merece menos, señor. Ya se la dejo yo.
—No hace falta que… —empezó Damián, pero el camarero ya había avanzado hasta la mesa y se había topado de frente con Tomás, desnudo en mitad del salón, con la polla aún tiesa.
Hubo un segundo de silencio total. Tomás se tapaba como podía, rojo como un tomate. Damián cerró la puerta con un soplido de fastidio.
—Esto no es lo que parece —dijo el chico.
—¿Ah, no? —El rubio sonrió, con un aire descarado, nada nervioso—. ¿Y qué es lo que parece?
—Escucha —intervino Damián, acercándose; la toalla se le desenrolló y cayó al suelo, y su polla dura volvió a salir a jugar—. Podrías ser un buen tío y guardar el secreto de lo que has visto. ¿Nos harías ese favor?
El rubio no retrocedió ni un paso.
—Faltaría más —dijo. Y de un solo movimiento se pegó a él y lo besó.
Tomás se quedó mirando, sin creérselo, mientras la mano del camarero bajaba a masajear los huevos depilados del showman. Damián gruñó de gusto y respondió al beso. Cuando se separaron, el rubio lo miró con una sonrisa afilada.
—¿Esto es lo que quieres? —preguntó Damián.
—Oh, sí —asintió el otro—. Me encantaría probar el culo del poderoso señor Roca.
—Creo que podemos hacer sitio para uno más. —Damián se giró hacia Tomás, con la mano del rubio aún en su trasero—. ¿Qué dices, novato?
Tomás, demasiado cachondo para dudar, solo pudo asentir.
—Genial —dijo el camarero, tendiéndole la mano—. Iván. Un placer.
***
En cuestión de minutos, Iván se había deshecho del esmoquin y mostraba un cuerpo pálido, firme y musculoso, no muy distinto del de Tomás. Los tres se besaron por turnos, manos recorriendo torsos, pollas duras chocando entre ellas, mientras Damián los acariciaba a ambos con una sonrisa golosa.
—Menudos potros tan bien armados —murmuró, paseando la mirada por las tres ergas—. Esto promete.
Iván le sostuvo la cara con una mano y lo miró con fiereza.
—Creo que ahora eres tú el que me va a comer el rabo a mí —dijo, y lo empujó del hombro—. De rodillas, va.
Damián no replicó. Se arrodilló entre los dos jóvenes, sumiso, y se amorró a la polla del rubio mientras Tomás, de pie a un lado, se la cascaba viéndolo todo. El que en teoría era el hombre fuerte, el héroe, mamaba como una puta complaciente, pasando de un rabo al otro, lamiendo huevos, dejándose usar.
—Mira cómo disfruta —le dijo Iván a Tomás, divertido—. Esto es lo que quiere de verdad. ¿Le damos lo suyo entre los dos?
—Yo diría que sí —contestó el chico, ya sin rastro de timidez.
—¡Mmmm! —gimió Damián, encantado con la idea.
***
Lo llevaron a la cama enorme del fondo. Damián se puso a cuatro patas en el centro del colchón, exponiendo aquel cuerpo peludo y musculoso, el culo en pompa, mientras los dos jóvenes se subían a su lado con las pollas duras.
Iván fue el primero. Le untó bien la entrada y se hundió en él de una embestida lenta y firme. Damián soltó un rugido grave, agarrándose a las sábanas.
—Eso es… —jadeaba el rubio, clavándole las caderas—. Para esto sirve un héroe de verdad.
Tomás se colocó delante y le ofreció su polla. Damián la engulló sin que se lo pidieran, mamando con ansia al ritmo de las embestidas que recibía por detrás, atrapado entre los dos cuerpos jóvenes. Gemía con la boca llena, encantado de que lo reventaran por los dos lados a la vez.
Se turnaron. Iván dejó el sitio a Tomás, que se hundió en aquel culo caliente con un gemido ronco. Para ser su primera vez, el chico aprendía rápido: agarró las caderas del showman y se lo folló con una seguridad que ni él mismo se conocía, mientras Iván le ofrecía a Damián su rabo para que siguiera mamando.
—Joder, qué bien la mete el novato —masculló Iván, mirando a Tomás con aprobación.
—Aaah… más fuerte —pidió Damián entre jadeos, completamente entregado—. Dadme bien, joder…
Lo dieron bien, hasta que el gran Damián Roca no fue más que un cuerpo gimiente atrapado entre dos hombres que lo usaban a placer. Tomás notó que ya no aguantaba; aceleró el ritmo, se clavó hasta el fondo y se corrió dentro con un grito ahogado contra la espalda peluda del showman.
Iván lo relevó, todavía duro, y bastaron unas pocas embestidas más para que también él se vaciara con un gruñido. Damián, con una mano entre las piernas, se la sacudió un par de veces y descargó sobre las sábanas con un alarido largo, temblando de la cabeza a los pies.
Durante un rato solo se oyeron las respiraciones, los tres tumbados, pegajosos y agotados sobre aquella cama de rey.
***
Iván fue el primero en levantarse. Se vistió frente al espejo sin prisa, comprobando los puños de la camisa y el cuello del esmoquin, tan pulcro como había entrado.
—Tengo que volver al curro —dijo, guiñándole un ojo a Tomás—. Ha sido un placer.
—Lo mismo digo —murmuró el chico, todavía aturdido—. Oye… ni siquiera sé tu nombre de verdad.
Pero Iván ya cerraba la puerta tras de sí.
Cuando salieron del hotel, Damián había logrado disolver toda la tensión a base de charla y palmadas en el hombro, como si nada de lo anterior hubiera pasado.
—Oye —dijo en el ascensor, rompiendo el silencio—. Sé que aquí esto no es tan normal como en mi tierra, pero… después de esta noche te confiaría mi vida, chaval. Esto queda entre nosotros, ¿vale? Confío en ti. Ciegamente.
—Sí, claro —respondió Tomás, y por dentro pensó que acababa de perder la virginidad de la forma más bestia posible: en un trío descomunal, con su ídolo de rodillas. De puta madre.
***
Lo que Tomás tardaría semanas en entender fue que nada de aquella noche había sido real. Ni el incendio, ni el rescate, ni el héroe.
En cuanto el chico desapareció calle abajo, la sonrisa cálida de Damián se borró de golpe. Se reunió con su equipo en un local de mala muerte donde Mateo y los demás lo recibieron entre aplausos.
—No ha sido tan difícil —dijo, dejándose caer en una silla—. Que alguien me quite este disfraz de una vez.
Habían montado la farsa entera: el desastre, la salvación, la leyenda del showman invencible. Y, entre risas, brindó por el más brillante de todos, el actor que había bordado su papel de camarero.
—Por Iván —dijo levantando la copa—, despedido de su anterior trabajo por «conducta poco ética». La mejor incorporación que hemos hecho.
A unos cuantos kilómetros de allí, en una cafetería con wifi, el rubio dejaba una buena propina sobre la mesa, cerraba el portátil y se marchaba con esa misma sonrisa seductora con la que había llamado a la puerta de la suite. Para él, aquella noche solo había sido un trabajo más. Uno especialmente agradable.