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Relatos Ardientes

Dos hombres y yo en aquel viaje a la costa

A mediados de octubre me apunté a uno de esos viajes para jubilados, de los que organizan a precio de saldo cuando ya nadie quiere moverse de casa. Salimos de la estación de autobuses con la primera luz, rumbo a la costa de Levante. Me tocó al lado una señora mayor que apenas despegó los labios en todo el trayecto. Al acomodarme la saludé y le ofrecí mi sitio junto a la ventanilla, pero negó con la cabeza sin mirarme, como si el gesto la incomodara. Pasé las horas observando el paisaje y dejándola tranquila.

Llegamos sobre la una del mediodía. Nos repartieron las llaves en recepción y nos avisaron de que el almuerzo era a las dos. Subí a mi habitación, deshice la maleta y me metí en la ducha para quitarme de encima el cansancio del camino. Bajé al comedor con el pelo todavía húmedo.

Había una pequeña cola en la puerta. Me coloqué detrás de dos hombres que charlaban entre ellos. Cuando llegamos al frente, el maître nos preguntó si íbamos los tres juntos.

—Nosotros dos sí, él no —aclaró uno de ellos, señalándome con cordialidad.

—Si no les importa sentarse los tres en la misma mesa, los acomodo ahora —dijo el maître—. Si no, tendrán que esperar a que quede sitio.

Nos miramos y, casi al mismo tiempo, dijimos que no había problema. El hombre nos guio hasta la única mesa libre, junto a un ventanal que daba al paseo. Nos sentamos y nos presentamos.

—Yo soy Andrés, acabo de llegar —dije.

—Ramón —contestó el más corpulento, tendiéndome una mano gruesa y cálida—. Y este es Tomás. Nosotros nos marchamos mañana.

Una camarera dejó sobre el mantel una botella de vino y otra de gaseosa. Nos servimos. Ramón alzó su copa con una sonrisa ancha.

—Pues brindemos por conocernos. Por nosotros.

—Por nosotros —repetimos Tomás y yo, y bebimos.

Nos levantamos a por la comida del bufé. Cada uno se preparó su plato y volvimos a la mesa. Mientras comíamos, la conversación fluyó con esa facilidad rara entre desconocidos que se caen bien desde el primer minuto. En un momento, Tomás dejó el tenedor y me miró con curiosidad.

—¿Y tú vienes buscando novia?

—No, eso no entra en mis planes —respondí sin dramatismo—. Hace tiempo que descubrí otros mundos que me llenan más. Sin ataduras.

Los dos se miraron. Hubo un silencio breve, de esos que dicen más que las palabras. Ramón se inclinó un poco sobre la mesa.

—Vaya. Resulta que eres de nuestra misma condición. Nosotros nos apañamos sin mujeres, y la verdad es que no nos va nada mal.

—Lleváis razón —dije, sosteniéndoles la mirada—. He tenido experiencias con hombres que me han dejado mejor que cualquier otra cosa.

—Creemos que nos vamos a entender —contestaron casi al unísono, y los tres nos reímos.

Terminamos de comer entre miradas que se alargaban más de la cuenta y sonrisas que ya no disimulaban nada.

***

Al salir del comedor les dije que necesitaba descansar, que el madrugón me había dejado molido.

—¿Os parece que quedemos aquí sobre las seis y damos un paseo por la playa? —propuse.

Les pareció bien. Nos separamos en el pasillo, cada uno hacia su habitación.

Cuando cerré la puerta me desnudé y me metí otra vez bajo el agua caliente. Me enjaboné despacio, recorriéndome el cuerpo con las manos mientras pensaba en ellos dos. El cuerpo enjuto de Tomás, los hombros anchos de Ramón. Me imaginé sujetando la polla de uno mientras el otro me besaba, y noté cómo se me iba poniendo dura solo de pensarlo. Salí de la ducha, me sequé y me tendí desnudo sobre la colcha. Me quedé dormido casi sin darme cuenta.

Desperté sobresaltado. Eran las seis menos cuarto. Me vestí a toda prisa y bajé al vestíbulo. Allí estaban los dos, esperándome junto a la puerta giratoria.

Caminamos por la arena con el sol ya bajo, comentando tonterías, riéndonos de nada. La brisa traía olor a sal y a calamares fritos de los chiringuitos. Acabamos en una calle estrecha llena de bares.

—¿Os apetece tomar algo? Invito yo —dije.

Nos acodamos en una barra y pedimos tres cervezas. Las bebimos sin prisa, con las rodillas rozándose bajo el mostrador, hasta que se hicieron las ocho. Volvimos al hotel a tiempo para la cena. El comedor estaba medio vacío a esa hora. El maître nos sentó en la misma mesa y cenamos repasando lo que habíamos visto en el paseo.

Después nos quedamos un rato en unos sofás del hall. Sobre las diez empezó a sonar la música del salón de baile.

—¿Te apetece bailar? —preguntó Tomás.

—El baile no es lo mío —dije.

—¿Y subir un rato a nuestra habitación? —soltó Ramón, bajando la voz.

—Llevo toda la tarde esperando que lo propusierais.

—Pues ni una palabra más —dijo Tomás, levantándose—. Vamos.

***

En cuanto se cerró la puerta del ascensor, Ramón me agarró de la nuca y me besó en la boca. Le respondí metiéndole la lengua justo cuando la cabina se detuvo con una sacudida. Nos separamos sofocados y salimos al pasillo. Tomás abrió la puerta de la habitación y, con una mano en mi espalda, me empujó hacia dentro.

—Ponte cómodo —me dijeron, y los dos desaparecieron en el baño.

Me quité la camisa y los pantalones. Estaba claro a qué habíamos subido. Cuando salieron, lo hicieron completamente desnudos y abrazados, riéndose como dos críos. Se echaron sobre la cama y empezaron a besarse delante de mí, sin pudor. Yo me había puesto duro solo de mirarlos.

—No seas tímido —dijo Tomás, alargando una mano hacia mí—. Ven aquí.

Me quité la ropa interior y me acomodé en el colchón. Me indicaron que me pusiera en medio, y se abrieron para dejarme sitio. Les cogí la polla a los dos a la vez. La de Tomás era larga y fina; la de Ramón, más corta y gruesa, como la mía. Las acaricié despacio, sintiéndolas endurecerse en mis puños, mientras ellos me besaban el cuello y me recorrían el pecho con las manos.

Tomás se incorporó y empezó a lamerme los pezones, trazando círculos con la lengua hasta que se me erizó la piel. Ramón bajó al mismo tiempo hacia mi entrepierna y se metió mi polla en la boca. Era demasiado placer junto. Cerré los ojos y me dejé hacer.

Luego fue Tomás quien me ofreció la suya. La chupé con ganas; era tan larga que al tragarla entera me llegaba al fondo de la garganta. Lo hacía con calma, ayudándome de la lengua, y notaba cómo se estremecía a cada movimiento. Me la sacó para volver a besarme en la boca, largo y húmedo.

—Déjame a mí ahora —pidió Ramón.

Tomás se apartó y Ramón se colocó sobre mí, en sentido contrario, para que pudiéramos chupárnosla a la vez. Mientras lo hacía, le acaricié los testículos y fui llevando los dedos más atrás, dibujando círculos en su entrada hasta que un dedo se deslizó dentro. Se estremeció entero.

Por su parte, Tomás me untó la entrada con un poco de gel frío y empezó a trabajarme con cuidado, primero un dedo, luego dos. Cuando me notó listo, me penetró de una sola embestida larga. Solté un gemido contra la piel de Ramón. Tomás entraba y salía a un ritmo lento y profundo que me hacía arquear la espalda.

Cambiamos de postura. Ahora era yo quien follaba a Ramón mientras él se la comía a Tomás y los tres nos buscábamos la boca como podíamos. Empecé a notar que se me acercaba el final y se la saqué a tiempo.

—Vacíate en su boca —dijo Tomás, apartándose.

Me incorporé y se la metí a Ramón entre los labios. Me la chupó con ansia hasta que terminé, sosteniéndome las caderas con las dos manos. Tomás me sujetó la cabeza y la acercó a la de Ramón.

—Límpialo bien —murmuró.

Lamí los labios de Ramón hasta dejárselos limpios, y él me abrió la boca para que la mía se encontrara con la suya. Me dejé caer sobre la cama, todavía temblando.

Pero ellos no habían terminado. Ramón me abrió las piernas y me metió su polla gruesa de golpe. Me folló con más fuerza y más ritmo que Tomás, y todo mi cuerpo se retorcía debajo del suyo. Al mismo tiempo, Tomás me ofreció la suya y volví a chupársela, esta vez con desesperación, hasta que se estremeció y se vació mientras la tenía dentro. Tragué el primer envite y dejé que terminara sobre mis labios. Le limpié la polla con la lengua.

Ramón aguantó un poco más. Cuando estaba a punto, se retiró, se subió sobre mi pecho y se corrió contra mi boca abierta. Tragué lo que pude y le pasé la lengua por encima para no dejar rastro.

Quedamos los tres tendidos, sudados, recuperando el aliento.

—Hacía años que no lo pasaba tan bien —confesé, todavía con la respiración entrecortada.

—Nosotros tampoco —dijo Ramón, dándome un beso lento en la sien.

***

La música del salón de baile se había apagado hacía rato. Por los pasillos no se oía nada.

—¿Te apetece que nos duchemos juntos? —preguntó Tomás.

Nos metimos los tres en la bañera. Nos mojamos y nos enjabonamos unos a otros, demorándonos en cada recorrido más de lo necesario, sin urgencia ya, solo por el gusto de tocarnos. Después nos aclaramos y nos secamos entre risas bajas.

Eran más de las doce y media. Me vestí, los besé a los dos en la puerta y volví a mi habitación por el pasillo en penumbra. Me acosté y dormí como hacía tiempo que no dormía.

A la mañana siguiente bajé al vestíbulo y vi las maletas amontonadas de los que se marchaban. Entré al comedor y allí estaban ellos, desayunando. Me acerqué, los saludé y nos intercambiamos los números de teléfono. Nos reímos un poco más, prometiéndonos que, si el azar volvía a juntarnos en otro de esos viajes, no lo dudaríamos ni un segundo.

Salí del hotel con la maleta a cuestas y la certeza de que aquel destino, que había elegido casi por aburrimiento, me había regalado mucho más de lo que esperaba. A veces los mejores encuentros llegan cuando uno ya no los busca.

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Comentarios (5)

NicoRdz22

increible, uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo!!!

LectorPasajero

jaja me mato lo de la señora del autobus, detalle muy bueno. El resto no defrauda para nada

Torcuato_77

me recorde de un viaje que hize el año pasado, situacion muy parecida. Nunca supe sus nombres pero fue una noche que no olvidare. Gracias por compartir

RobertoMza

bien escrito y con mucho morbo, sigue publicando!!

SebaCba88

la presentacion engancha desde el principio, se nota que sabs como construir tension antes del momento clave. Espero mas historias tuyas

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